Ángel Valdebenito

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Doméstico

Se ha escrito mucho acerca de mis costumbres más convencionales (saludar con un sinuoso movimiento del brazo derecho y un bramido corto, encoger el cuerpo hasta el límite en señal de descontento, etc.), ocultando en cambio aquellas menos respetuosas de la tradición protocolar de nuestra especie. De ahí el silencio ante mi afición por la estrategia bélica.

En las escuelas, los dibujos me representan como un ser sumiso y amigable, apenas corrompido por un inextinguible apetito. A espaldas de aquello está lo más honesto de mi vida: colecciones de carros de combate, libros sobre armamento, mapas colgando en el taller, réplicas de los soldados de terracota y otros tantos artículos comprados, hechos y recogidos durante años. En tanto, el gesto de mi mano frente al espejo ya no es rígido ni solemne, aletargado por el sopor de las multitudes, no alcanza para emular a los vigorosos generales cuyas historias tanto me apasionan.

Recuerdo un día de infancia con sonido de tambores tras el corral. Llegaban a mí las severas voces de un ejército cuyos triunfos más tarde conocería. Territorios conquistados con esfuerzo y numerosas bajas; nuevas regiones y riquezas para las manos abiertas de la nación que hoy impone la pasividad por decreto, el protocolo, la opacidad de las voces; capitulación ante una civilidad absurda. El humo de la conciliación satura las ciudades con su desprecio por la tropa. Así, proscrita cada criatura que honre las armas, nada queda más que callar ante las gentes, esperando la noche para vestir uniforme frente al espejo y ensayar posiciones en una estrecha habitación, con diminutos batallones esparcidos por el piso.









No eran ellos quienes estaban, pero a veces sí estaban y miraban las ventanas de reojo y de frente nuestros cercos y los sacos apilados por la orilla, repletos de arena o tierra, mismos sacos que a sus ojos el rostro nuestro iban tapando. Claro, después de formar por la mañana e iniciar actividades con premura nos llevaban por escuadra hacia los patios, y sentíamos los gritos, los insultos, señales torpes suyas que no nos fascinaban. Y así por los patios, éste como aquel corriendo a igual manera y sus señas siempre, sus farfullos; tropel lejano que nos miraba entre risas, en tanto encerrados bichos o mocosos de turno, pisando a ritmo seco las callejas de la patria.









Trincheras provisorias

4
La ronda de cigarros pide más cuerpos.
Puntudas, filosas manos entre la niebla.

Ahora tú apareces en un pasillo con guantes verdes
y el cuerpo acurcunchado.
Tienes un amigo de apellido Inostroza
y te acercas a él.
Ahora tu voz rebota entre Huaquimilla, Sanhueza, Catriñanco…
Para avanzar, para alejarte
te vas con ellos.






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