Úrsula Starke

De La Siega, la enciclopedia libre.



Discurso VIII

Navegan los álamos bajo el temporal. Dejan caer sus flores blancas y la princesa evoca palacios muertos. Las épocas viejas bullen sobre los tejados mohosos y bajo ellos aparece el brillo de fantasmas y demonios rejuvenecidos. Hay perfume, hay muchos perfumes para las señoritas de buena familia que deseen ser francesas. Hay ventanas, demasiadas ventanas para ver pasar carruajes vacíos. Hay balcones, pocos balcones, pero hay sol, hay billetes, hay chic. Un piano de cola que no se toca. Primer, segundo tercer piso. Las cortinas son de terciopelo bordadas con hilo de oro y seda. Cuando los patrones ríen, las muchachas ríen. En las camas ellas lloran, en las bibliotecas lloran, en los jardines lloran. Sueltan sus cabellos rizados en aroma manzanilla, cubren sus piernas del acoso patriarcal. La república domina el corazón contrito en sus albos pechos de niñas. Y ahora, las cornisas se deshacen con la brisa pretérita de las tardes. Unos pocos caminan odiando los decrépitos trozos de palo y fierro, unos pocos ven los fantasmas bailar en los salones demolidos, unos pocos gritan de pena. Corean los vidrios, replican los adoquines, crujen los picaportes. Solo en año nuevo se calla. La lluvia es rocío en los recuerdos yertos de la princesa. Memorias de la calle Dieciocho.






Lamento VI

Tengo el cuerpo vencido, abierto de matarife, al crepúsculo de la coherencia mi sentido alucina con deformidades y torciones, el maquiavélico soporte de este cuerpo hinchado en medicinas inaugura la cereminia de mis destierros, como pecadora impune de mis ilusiones transitorias, que no son ni nuca fueron como los sacerdotes me susurraban. Acumulo pesos inestimables en mi sendero de culpas, pero no tengo derecho a sacrificar esta hambruna de dioses. Escondida en la abulia que marca el peregrinaje de mis adyacentes, estimo que he fracasado en el escrupuloso intento por amar. Pierdo la ignorancia de las monjas y produzco el suicidio espontáneo de esta patria maligna que soy, el final del combate que no debí librar, porque me faltaba el pertrecho de la desencia, el producto inexpugnable al que jamás llegué. Pálida entre tus luces momentáneas, perezco quebrada de soledad y estimulo el último residuo de razón para suprimir esta ventizca de marginalidades y bajar al destierro conceptual, terminar esta ira de insatisfacciones y encontrar tu lumbre en mi muerte, porque en este sitio solo he arrullado mi imagen en tu imagen.







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