Edwin Chávez, "1922"

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(Redirigido desde 1922)

Por Edwin Chávez


Cuénto incluido en el volumen 1922, Estruendomudo, 2005.



                                                                                      Invierno & primavera


En la fortaleza de Muzot.

En 1514 Isabelle de Chevron y Jean de Montheys contrajeron matrimonio en la fortaleza construida por los Blonay, una unión que, pese a lo esperado, duró poco. Montheys murió un año después en la batalla de Marignan por una espada que le atravesó el estómago, cerca de los intestinos. Cuando el cadáver llegó a Muzot, ella contempló la escena con incrédulo rostro, pero luego de algunos minutos pidió que alejaran aquel cuerpo de su vista, alegando no conocer a dicho hombre. A los tres meses, un par de pretendientes declararon su amor a la viuda de Montheys, se debatieron a duelo y murieron en el acto. A partir de allí Isabelle enloqueció y fue común verla correr en las noches rumbo al cementerio de Miège, donde estaban enterrados su esposo junto a sus dos pretendientes.


No era la primera ocasión que Rilke imaginaba la figura de aquella dama. En su diario, confesó haberla fantaseado desde el balcón, como en otras oportunidades, pero el 26 de enero de 1922 sintió una repentina conmoción en el cuerpo: el llanto de Isabelle frente a los sepulcros, la flexión del enjuto torso y el golpeteo infructífero de las manos contra la tierra; una, dos, tres veces.

Esa noche, Rilke se convenció de que había que deshacerse por fin de esa imagen, aunque solo tuvo fuerzas para respirar con cierto desgano, mantenerse de pie y animarse a inclinar la vista hacia el jardín, donde un suave viento hacía ondear los rosales.

—La cena está lista—cuenta el poeta que oyó de pronto, la voz de su ama de llaves en tono tímido, respetuoso, que lo hizo volverse sin reparos.


Sí. Era una costumbre acercarse por aquellos días al balconcillo y mirar el paisaje invernal de Muzot, ¿pero qué más podía hacer? Alejarse por instantes del cuarto de trabajo, de las arcas viejas y desusadas, de la ventana doble que permitía ingresar una luz opaca y que lo incitaba a sentir el aire fresco del exterior. No había otra alternativa ante el cansancio de permanecer sentado frente al escritorio durante horas, extensos minutos dedicados a relatar detalles de sus días en minuciosos epistolarios.

Ahora, Frieda le informaba desde la puerta que podía bajar al primer piso y sentarse a la mesa, aviso que calmó su ansiedad; luego de comer pensaría en el párrafo que había dejado pendiente, a pesar de que no lo entusiasmaba ni atraía mucho, acaso porque solo deseaba continuar su anterior trabajo. Al salir de su pieza advirtió que su ama de llaves, en vez de bajar junto a él a la cocina, ingresaba a la capilla del costado, un habitáculo donde se encontraba empotrada una svástica. No había entrado para llevar a cabo su acostumbrado rezo y Rilke se percató de ello al verla aparecer de nuevo, aunque en esta ocasión con una palmatoria y dos cirios en las manos.

—Le dejaré las velas si es que quiere más luz en el cuarto—le dijo ella, ingresando a su pieza y dejando los objetos encima de la consola de abenuz.

Bajaron con lentitud, se sentaron a la mesa y comieron el puré y las patatas con salsa. Tanto él como ella no se decidieron a hablar de algún asunto; más bien guardaron silencio hasta concluir el postre. Finalmente, y luego del agradecimiento, ella llevó los platos al lavabo y él subió a su cuarto de trabajo, con mayor ánimo para continuar su diario y la carta que pensaba enviar a la princesa Marie Taxis.


Mientras escribía, no pudo dejar de pensar nuevamente en la leyenda que según algunos aldeanos narraba las apariciones nocturnas de Isabelle de Chevron cada noche por los alrededores de Muzot. En sus notas, el poeta alega sentir esa figura como un fantasma que deambula en su memoria, en sus días cotidianos, en su habitación. Y es que saber, después de aquellos trágicos sucesos de 1514, que la viuda perdió el juicio y la sensatez, que burló en las madrugadas la vigilancia de su nodriza Ursule para ir rumbo al cementerio de Miège, lo turba considerablemente. Rilke conoce a la perfección dicho mito: por aquellos años hubo el temor de su nodriza por encontrar muerta a su ama, lo que no tardó en acontecer: una noche de agosto, encima de un sepulcro, rígida e inerte, con las manos unidas unas a otras. El mito se expandió por el resto del pueblo y ahora ya no sería el cuerpo de Isabelle sino su espectro que iba a atisbarse en el campo, perdiéndose entre los arbustos, buscando desesperada al amado Montheys.

Sabía aquella historia y, sobre todo, vivía en el mismo palacete donde aquella mujer vio a su esposo sin vida, se enteró de la muerte de sus dos pretendientes y planeó cada medianoche la manera de escapar al cementerio con el único fin matarse. La primera vez que tuvo miedo fue aquella madrugada en la que, mientras descansaba en el balconcillo y sentía la fría corriente de aire sobre la piel de su rostro, creyó ver una mancha azulina en el descampado. Esa misma iridiscencia la debieron observar también los aldeanos, haciéndolos confundir con el espectro de Isabelle. ¿Pero era una mancha? Había escrito varias horas, eso sí, aunque de manera infructífera. Alegó aquella visión al cansancio y la debilidad, y decidió por fin acostarse para continuar al día siguiente. Desde aquella vez, sin embargo, le era imposible evitar el recuerdo de dicha anécdota; le asaltaba la duda, la incertidumbre. A pesar de la ofuscación que significaba imaginar a Isabelle había cierto deseo por retenerla en su mente. La viuda de Montheys, quizá, habría estado en la misma pieza donde él ahora se encontraba, tal vez maniática de acercarse a la ventana para observar el jardín, acaso buscando a su esposo en la penumbra como ahora él hacía con ella. ¿Y por qué no salía de la fortaleza e iba a caminar? Siempre volvía a su pieza y continuaba las cartas.

Al día siguiente, tan pronto despertó de un profundo sueño, fue al escritorio a escribir lo que había imaginado mientras dormía. Le pareció asombroso y ridículo, pero no dudó en describirlo con detalle en su diario. Le causaba cierto pánico el haber esbozado en su mente el semblante de Chevron, escuchado su voz, un tono apacible y galante. De los sucesos recordaba muy poco. Ella había aparecido en Muzot de repente y había ingresado a la fortaleza para quedarse un tiempo. Él no se había opuesto a tal medida, reconociendo incluso que se trataba de la viuda, y aunque no le extrañó saber eso, sí le molestó que Frieda se opusiera. A partir de ahí todo era difuso y poco rememorable. La última voz que había oído antes de levantarse era la suya, pero ahora le costaba recordar la frase exacta.

Cuando terminó de traspasar dicha ilusión a su cuaderno de apuntes, llamó a su ama de llaves. Esta apareció y antes de escuchar el motivo de su presencia, le preguntó a Rilke si deseaba que le sirviera el desayuno. <<He tenido un mal sueño>>, dijo más bien él, desde el escritorio, por lo que Frieda entendió que no debía prepararle nada hasta más tarde.

El resto del día se dedicó a leer los volúmenes que tenía en el estante. Recién cuando anocheció se propuso revisar lo que había escrito en la mañana, y si bien la anécdota lo abrumó de nuevo, prefirió olvidarse de lo sucedido. Bajó a la primera planta y encontró a Frieda viendo el jardín a través de la ventana.

—¿Piensa usted en el rostro de Isabelle de Chevron?—cuenta Rilke que le preguntó aquel día, mientras se sentaba a la mesa.

Su ama repuso que no y le preguntó a continuación si deseaba cenar, consulta que el poeta consintió.


Luego de la comida, subió a su cuarto de trabajo. Es obvio que Muzot le parecía un lugar apropiado para lo que pretendía llevar a cabo, aunque no entendía por qué hasta ahora no había encontrado el momento adecuado para proseguir con sus elegías, comenzadas en Duino, detenidas todavía en Muzot, sin ningún indicio de ser retomadas con éxito. Sin embargo, saber que el lugar era ideal para su propósito lo tranquilizaba; el 25 de julio de 1921 ya le había escrito a la princesa Taxis tan pronto se instaló, luego de que la señora Klossowska arreglara el inmueble para su estadía: <<Aquí estoy, pues princesa, perdidamente enamorado de este Muzot>>.

En el fondo, ya no es cuestión de esperar.

Se levanta para ir al balconcillo, manía que ya no puede evitar, y a pesar del riguroso invierno se mantiene apoyado a la barandilla por minutos. Hay mucha esperanza por ver esa luminosidad en el campo, muchos ánimos por querer saber algo más sobre la viuda de Montheys; si se mantiene allí, es porque sabe que tal aparición no demorará en acontecer. A la media hora dará un profundo respiro e ingresará a su alcoba.

Después de esa visión, se encierra durante varias noches en su pieza hasta que el 11 de febrero, exhausto y emocionado, escribe una misiva a la princesa Marie Taxis. Al final de la carta, se lee: <<Justo este sábado once, a las seis de la tarde, están listas las Elegías. Princesa, si supiera que todo esto sucedió en pocos días, como una tempestad, como un huracán en el espíritu. Incluso me olvidé de comer y solo Dios sabe quién me alimentó. Desearía estar en Duino con usted pero Muzot e Isabelle me han tratado como un huésped privilegiado, y creo que es obligación mía quedarme un tiempo más>>.


El 17 de febrero, luego de levantarse de una repentina siesta, confesaría haber soñado por segunda vez con la viuda de Montheys. Se levantó conmocionado y solo escribió un breve texto: <<Hoy he soñado de nuevo con una mujer que decía llamarse Isabelle. Yo negaba esa afirmación pero ella insistía en llamarse así; una, dos, tres veces>>. Como es costumbre suya en Muzot, baja al salón para encontrarse con Frieda, pero ve a esta sentada al frente de una mujer de cabellos blancos, arropada con un atuendo de pieza entera. Rilke se presenta y la mujer hace lo mismo. <<Isabelle de Chevron>>, cree escuchar, y se apresura a preguntar de nuevo.


En la estancia de la rue Hamelin.

Cuando necesita que lo socorran, monsieur Proust utiliza la campanilla de su dormitorio para solicitar la presencia de su ama de llaves. Ese llamado se debe muchas veces a caprichos súbitos, a ansias improvistas, al deseo de tomar una nueva taza de café o, con menos frecuencia, de ordenar que se aliste el agua caliente porque piensa tomar un baño.

Céleste, enhorabuena, es atenta y servicial a dichas solicitudes. Ha corrido desde la cocina tan pronto escuchó el campanillazo, ha abierto la puerta del dormitorio sin ninguna cohibición y se ha detenido al lado de la cama, donde monsieur Proust, echado sobre la manta y cubierto con un grueso abrigo, en cuyos interiores se han colocado bolsas de agua caliente, se encuentra trabajando entre una pila de papeles. Al erguirse un poco, Céleste observa el cúmulo de jerséis que monsieur Proust ha utilizado como almohadones, tanto para la espalda como la nuca, que se hallan ahora sumidos y arrugados. <<Necesito darme un baño, Céleste>>, ha dicho él al instante, orden que su ama de llaves se apresta a cumplir de inmediato, abandonando la pieza y dirigiéndose a la cocina donde ha dejado el agua caliente a una temperatura de cincuenta grados. Precavida, sabe que monsieur Proust no tiene un horario fijo para asearse y que cuando lo desea, la ducha debe estar lista lo más rápido posible.

Pero además del agua, Céleste debe preparar las toallas, cerca de diez, pues monsieur Proust no se lava con jabón sino que se limita a frotarse la piel con paños. Es un ritual que su ama de llaves conoce a la perfección y que, en esta oportunidad, no le tomará mucho tiempo. Cuando termina, va al dormitorio de monsieur Proust, quien sigue enfrascado en una ardua obsesión con el papel y la tinta, y le señala que todo está dispuesto para su aseo. <<Voy a salir al Ritz >>, le informa. <<Si llega monsieur Gallimard, déjelo pasar al dormitorio para que se cerciore de que he salido>>. Céleste escucha con extrañeza estas palabras pero no se alienta a inquirir el porqué de esa decisión repentina. Hace semanas que monsieur Proust no acostumbra salir de un momento a otro a la calle; abandona el departamento solo cuando tiene una reunión privada o una cita con algún amigo, acordada de antemano a través de epístolas. Céleste pregunta, eso sí, si es necesario ir al boulevard Haussmann para traer al peluquero. <<Estoy bien así>>, responde monsieur Proust, justo en el momento de dejar a un lado las cuartillas con el fin de ponerse de pie.

El lavado dura media hora. Luego, comienza el otro ritual: escoger la camisa, el suéter, la chaqueta y el pantalón que Céleste seleccionó de la cómoda mientras él se duchaba. Comprueba si los ropajes han sido templados correctamente y, decidido el atuendo que va a usar, le ordena a su ama de llaves que regrese el resto a su sitio. Proust se viste sin prisa y antes de abandonar el departamento, le advierte a Céleste que cuando monsieur Gallimard le pregunte a dónde ha ido, responda que no sabe nada sobre su paradero. <<Tiene que hacer lo que sea para que no se quede a esperarme>>, agrega Proust, <<no estoy con ánimos de verlo esta noche>>. Pero por más advertencias que le imponga, y por más que se esfuerce por permanecer horas en el restaurante del Ritz, a merced de los clientes que él conoce a la perfección, anhelando encontrar también a la princesa Soutzo, monsieur Gallimard se obstinará por esperarlo en el departamento de la rue Hamelin, acomodado en uno de los sillones del salón. <<Se le ve a usted de muy buen aspecto, monsieur>>, serán las primeras palabras de este, viendo a Proust con el semblante desencajado y furibundo.

—Ni lo diga—responderá Proust, yendo a sentarse en el sillón del costado—. He estado a punto de morirme tres veces en la noche de hoy.

Conversarán media hora para luego dirigirse al dormitorio, donde Gallimard traspasará a limpio algunos manuscritos hasta la medianoche.


Pero el deseo de ir al Ritz no cesará en las próximas veladas, pese a la constante ansiedad por corregir la tercera parte de Sodoma y Gomorra. En una de esas idas al restaurante se encontrará con madame Legain, quien aprovechará su presencia para invitarlo a una reunión en el salón del mismo hotel. <<Nos hacemos viejos, monsieur>>, bromeará ella luego de su invitación, frase que Proust contestará con una sonrisa, a la que le seguirá un sutil aviso sobre su asistencia. De hecho, Proust hacía años le habría confirmado ir de todas formas, ahora solo podía reafirmarle que haría lo posible, pues su estado de salud era imprevisible. <<Pero si yo lo veo muy bien de salud, monsieur>>, repondría Legain, incrédula, por lo que Proust tendría que

—Hoy sí, pero ayer estuve a punto de morir tres veces.

Pese a ello, Proust tenía muchos deseos de asistir a dicha reunión, únicamente por ver a madame Soutzo. ¡Dios, cómo había pasado el tiempo! Antes, en 1917, era capaz de subir a una de las habitaciones donde ella se hospedaba, comer juntos y conversar una o dos horas; ahora, debía esperar una invitación o verla caminar por los pasillos del hotel. En febrero, incluso, aceptó con ánimos una invitación de la princesa, aunque le señaló que iría después de la cena y que, si no había inconveniente, invitaría a unos amigos para que no se aburriera. Madame Soutzo, a pesar de conocer la falta de puntualidad y los recientes fastidios en cualquier reunión a donde concurriera, se enojó con Proust por la frialdad que le demostraba. Era cierto que estaba cada vez más lejos de sus amigos y de madame Soutzo, debido más que nada a su empeño de detener el paso del tiempo, temeroso de la muerte, algo que lo obligaba a permanecer en su habitación dedicado a escribir, pero su atracción hacia ella era todavía apreciable. De todas formas, esa fue la última noche que la vio, que se molestó por su culpa al no ver a nadie con quien pudiera conversar. Había pasado un mes de aquello y ahora Proust, quien había decidido no volver más a una velada, necesitaba observar de nuevo a la princesa y por ello recurría al Ritz, a la espera de una invitación como la de madame Legain.

En el aparmento, Céleste lo esperaba al lado de Gallimard, arrellanados en la estancia, un salón donde los muebles se encontraban todavía amontonados junto a los retratos de sus padres y el suyo. <<Hace demasiado frío>>, le dice su editor, preguntándole si puede prender la chimenea. Proust intuye que esa consulta se ha debido a Céleste, obligada a no encender el fogón por estar en pésimas condiciones, y que seguramente ha lidiado con Gallimard para que no se hiciera fuego.

—Céleste sabe perfectamente que esa chimenea no funciona bien—contesta monsieur Proust.

—Hazlo por nosotros—repone Gallimard—, recuerda que ni Céleste ni yo utilizamos bolsas de agua caliente.

Proust permanece de pie, pensativo, hasta que ordena a su ama de llaves quemar la leña solo por esta vez.


El 13 de marzo, tres días antes de la reunión de madame Legain, Proust recibiría la carta de Etienne de Beaumont, quien le pedía permiso para ir a visitarlo algún fin de semana. Le respondió de inmediato; podía venir el domingo próximo y traer de paso la fotografía de su tía Beaumont. <<Le pedí a la princesa Soutzo que te invitara a su reunión>>, añadía en su misiva, <<pero tomó mis sinceros deseos por soberbios caprichos>>. Concluida la carta, le pidió a Céleste ir a dejarla en la caseta de correos. Lo que no esperaba en ese instante, luego de tocar la campanilla, era ver llegar a su ama de llaves con otra misiva en sus manos, cuyo remitente se trataba en esta ocasión de madame Legain. En la epístola, algo extensa, le comentaba los preparativos de la reunión y le rogaba asistir a su onomástico. «Sé que su salud y sus libros lo retienen», escribió Legain, <<pero hágame el favor de olvidarlos por un instante, por unas cuantas horas; es una petición mía, monsieur, un ruego con las manos juntas>>. Proust sintió el aroma del papel y llevó las yemas de sus dedos sobre la superficie. ¿Cuánto hacía de su primer encuentro con madame Legain? No lo recuerda, aunque sospecha que debió ser en alguna fiesta de la condesa de Chevigné. Cansado pero con la necesidad de seguir con su labor literaria, suspende la respuesta a Legain para más tarde y opta por continuar las correcciones de Sodoma y Gomorra. Sin darse cuenta, el cielo de París se oscurece y, recién cuando se cerciora del tiempo, se anima a escribir la misiva. Saber que monsieur Gallimard no vendrá esta noche lo llena de satisfacción, pues tiene el resto de la madrugada para estar solo, sin la agobiante figura de su editor, quien suele repantigarse en el único sillón de visitas que alberga el dormitorio. Y, como es de esperarse, Proust le responde a Legain con una larguísima carta, en la que le recuerda su situación anímica, la ansiedad que tiene por concluir su libro y, sobre todo, los decaimientos de su salud. <<Si supiera que el dieciséis estaré bien, le aseguraría mi presencia en su reunión. Pero créame, madame, cada día es como si alguien me cercenara un órgano o una extremidad del cuerpo. Quién sabe, quizá mañana deba sufrir el cerebro o el corazón. Hoy, le confieso, han muerto mis piernas>>. Sin pararse durante horas, Proust soporta el adormecimiento de sus muslos y pies solo hasta concluir la misiva. Al campanillazo, se levanta de un tirón, dejando bolsas y mantas a un lado del colchón. Céleste no tarda en venir, en aproximarse donde monsieur Proust y preguntarle lo que necesita. <<Un café>>, suelta el pedido este, alargando el brazo para que su ama de llaves coja la cuartilla. <<Para mañana, Céleste, es importante>>. Aunque después de decir esto se recrimina, pues cada mandato suyo siempre es cumplido con apremio, y una presión como aquella suele ser para Céleste innecesaria. Además, que sea o no importante dejar a tiempo aquella carta al correo es lo de menos; bastará con aparecer en el Ritz, sentarse a la mesa y estar atento a la figura de la princesa Soutzo.


Dos días después Proust amanecería con síntomas de asma. Consciente de que guardaría cama, se apresura a mandar un corto mensaje para madame Legain, informándole que es casi seguro que no pueda asistir al Ritz. <<Es la garganta, madame>>, se excusa, <<mi terrible y funesta garganta>>. Y no se equivocó. Céleste lo asistió durante las siguientes dos noches con cuidado y esmero, tratando de que monsieur Proust se recuperara lo más pronto posible. El 18 de marzo, de vuelta a la rutina de siempre, recibiría una nueva misiva de madame Legain. Lo que más resalta Proust es una frase escrita al final: <<Le soy sincera, monsieur. Lo mejor, tanto para usted como para mí, fue que no viniera a la reunión. ¡Oh, Dios mío, hubiésemos escapado del alborozo y habríamos dejado a mis invitados a merced del infortunio!>>. Alegre de que madame Legain le diera esas muestras de afecto, llama a Céleste y le dice que no desea recibir ningún tipo de interrupción; ha perdido demasiado tiempo y necesita continuar sus escritos. Ilusa orden, pues por la tarde su ama de llaves tocó la puerta para avisarle que Etienne de Beaumont y un amigo de este habían venido a visitarlo. <<Me dijeron que usted les dio permiso de venir>>, justificó Céleste, a lo cual Proust objetó con una rabieta. Pese a que hacía días le había dicho a Etienne que podía visitarlo un día de estos, se enfureció por el momento que había escogido para llevarlo a cabo. Sin ganas de recibirlos en su dormitorio, fue a verlos al salón. Etienne y su amigo estaban de pie, observando los retratos. Proust no conocía al hombre que acompañaba a Beaumont, pero este se apresuró a presentarlo. <<Monsieur LeCarry es un gran lector tuyo>>, le dijo Etienne, pero sin causar en Proust el mínimo interés; por el contrario, esa mención agudizó su enojo. De pie, sin dar el primer paso hacia el sillón, LeCarry confesó haber disfrutado mucho Por el camino de Swann. Le narró pasajes de la novela que más le agradaron, las frases que solía releer diariamente. Proust, que escuchó sin decir ni comentar nada, contuvo la cólera que se acrecentó segundo tras segundo. Desesperado pero sin el valor de pedirles que se retiraran, se sentó en el sillón y, cuando finalmente optó por hablar, fue interrumpido por una súbita inquisición de LeCarry. A Proust le sorprendió su pregunta, pero en vez de contestarle la verdad, de decir que justo ahora había detenido su labor literaria por recibirlos, prefirió una salida más cómoda, que sorprendió a sus visitantes.


—¿Y ahora sobre qué escribe, monsieur Proust?— consulta súbitamente LeCarry, guardando las manos en los bolsillos de la gabardina, fijando los ojos en la barba de aquel.

—No, monsieur, se equivoca—responde Proust, sentado, con las piernas flexionadas, con el semblante impávido—. Ya no escribo.


En la oficina con la señorita Ur.

El 10 de abril, el Dr. K. escribió en su diario los cinco principios que conducen al infierno. Hoy, precisamente, ha despertado y recordado el primero de ellos: <<Tras la ventana está lo peor>>. No sin sentir cierta angustia, observa la ventana de su habitación que da a la avenida París y sabe que allí fuera, detrás de los cristales, el frío y las avenidas suelen conspirar contra él. Presiente que quizá hoy no es el día adecuado para ponerse de pie y mirar la cúpula de la Iglesia de San Nicolás, los hombres y mujeres que caminan desde temprano en la Plaza vieja o Altstädter Ring.

Hace más de tres meses que viajó a las nieves de Spindelmülhe, que se instaló por algunas semanas en la estación de los Monts-des-Géants, que pasó largas tardes frente al balcón. Aún rememora una anécdota curiosa: en la recepción, el primer día de su llegada a Spindelmülhe, el conserje del hotel confundió su nombre y lo inscribió como Josef K. La primera impresión fue de sorpresa, naturalmente, pero en vez de corregir dicho error, el Dr. K. prefirió una alternativa más interesante: seguir con aquella identificación hasta el término de su permanencia.

Todavía echado sobre el colchón, el Dr. K. da una nueva ojeada a la ventana hasta que por fin decide levantarse. Hay que abrigarse y salir a la Compañía de Seguros, caminar y adentrarse en su despacho que queda en el segundo piso. La rutina es como de costumbre. Transcurre horas sentado en su escritorio y solo espera el momento de abandonar el trabajo para dar unas cuantas vueltas por las calles, atravesar los puentes que separan la ciudad vieja de la nueva: ir primero por la Pasarela de la Cadena, Kettensteg, para retornar finalmente por el el puente Carlos o Karls Brücke. Cuando llega ese ansiado instante, el Dr. K. se pone el abrigo y abandona la Compañía. Praga está gris, pese a la estación. Por una de las vías de regreso, cerca del Carolinum, la universidad donde el Dr. K. estudiara entre 1901 y 1906, ve a una muchacha cuya apariencia le hace evocar a Milena; calcula que debe tener unos dieciocho años. La muchacha viste un traje rayado, su torso se ciñe a una chaqueta oscura, la falda le llega hasta los tobillos, donde unos botines acordonados de cuero acompasan la caminata; lleva boina.

El Dr. K. ve a la adolescente doblar la esquina y se anima a seguirla, aunque ahora ella va en dirección a la casa Sixt, donde él viviera de infante. Es una decisión que no suele llevar a cabo; le basta con observar detalles, rasgos, con memorizar una imagen para escribirla en el diario por la noche. En esta oportunidad, la muchacha ha llamado su atención. El perfil y atuendo se parecen a los que acostumbraba usar Milena; vista de frente, debía ser distinta, debía evocar otros semblantes, otra sensación, pero perseguirla por la calle le causa cierto placer. Por fin, luego de varios minutos, la adolescente se introduce dentro de una vivienda. El Dr. K. se detiene de súbito a menos de cincuenta metros, atisba el domicilio, frunce sutilmente las cejas y emprende el regreso.

Dos días imaginó el Dr. K. las facciones del rostro de aquella muchacha. No había atribuciones celestiales, pero sí le anonadaba ver una mujer que tuviese gran parecido a su antigua novia cuando tenía la misma edad. Tan pronto salía de su despacho, empezaba la caminata por las calles y en dirección a la vivienda; en ninguno de esos dos atardeceres logró verla de nuevo, advertirla con esa boina que cubría parte de su cabello, que liberaba unos tirabuzones de pelo ensortijado. Fue recién al día siguiente que la vio salir de la Iglesia de San Nicolás en compañía de una mujer adulta, de contextura gruesa, rolliza, mientras caminaba de un lugar a otro por la Plaza. El Dr. K. creyó que debía tratarse de la madre, por lo que optó por permanecer en su sitio, tratando de ver el semblante de la muchacha pese a los metros de distancia que existían entre ambos. Solo pudo escudriñar bien esas facciones un breve instante, aunque de todas maneras le pareció insuficiente; de esa percepción, lo único que había logrado era acrecentar su curiosidad. ¿Se parecía o no a Milena de adolescente? Las vio alejarse de la iglesia hasta perderlas de su campo visual por completo. La tensión afectó su salud; comenzó a toser y toser sin pausa, y por más que rebuscó entre los bolsillos de su abrigo no encontró ningún pañuelo con qué taparse la boca. Deseaba pero ahora sí no podía seguirlas.

En casa, sin ceder a la tentación de espiar por la ventanilla, de seguir ese primer principio que conducía, según él, al infierno, se acostó temprano, vigilado por su familia, quienes temían que la enfermedad que sufría pudiera acrecentarse. Felizmente, nada grave ocurrió en los días posteriores y el Dr. K. pudo seguir asistiendo al trabajo con normalidad.

Una tarde, mientras veía por la ventana de su despacho el desfile de un batallón de soldados, le comunicaron que debía recibir a un funcionario. Este llegó acompañado de su hija, quien se sentó junto a su padre. La niña, de nueve años, le trajo a su mente la figura de la joven que mirara días atrás. Al final, terminada su labor en la Compañía, se dispuso a recorrer de nuevo la calle donde vivía esa Milena de dieciocho años.

Esta vez su persistencia tendría éxito.

Cuando cruzó la vivienda, logró observar a la señorita en el umbral de su puerta, sola y concentrada, mirando un punto fijo en la pared del frente. El Dr. K. la observó con detenimiento hasta que ella alzó la vista y se percató de su presencia. La iniciativa, después de todo, fue significativa para el Dr. K., pues confirmó que dicha adolescente se parecía a Milena tanto de perfil como de frente. La volvió a mirar en la iglesia cuatro días después, tomada de la mano con su madre, aunque en esta ocasión ambas iban acompañadas de un hombre bajo y robusto, propenso a la calvicie y cuyos abultados carrillos ensanchaban la forma del semblante.

Este se percató de que el Dr. K. lo observaba, de pie y con el sombrero sobre la cabeza, y fue con su familia a saludarlo. Recién ahí se dio cuenta el Dr. K. que ese hombre era un funcionario a quien asistió un par de veces sobre unos problemas de trabajo en su oficina, aunque hacía mucho tiempo. Aquel doctor se mostró entusiasmado de verlo allí, gesto que el Dr. K. supo corresponder. Por si fuera necesario, el Dr. Schalf le recordó haber ido un par de veces a su despacho para unas consultas legales. <<Me acuerdo pefectamente>>, dijo el Dr. K. ante dicha mención, notando que el Dr. Schalf le guardaba cierta estima por los gestos y la amable sonrisa. A partir de ese instante, el Dr. Schalf le presentó a su esposa e hija. <<El Dr. K. es escritor>>, le dijo a la muchacha, frase que ocasionó en ella algo de sonrojo. A continuación, el Dr. Schlaf le comentó al Dr. K. que le gustaría visitar su oficina uno de estos días. Al despedirse, el Dr. K. echó un vistazo raudo a la señorita Ur., tal y como prefirió llamarla en vez de su verdadero nombre, y sintió vértigo. Las semejanzas con Milena lo atormentaron segundos, quedándose inmóvil mientras los miraba caminar y alejarse.

Días más tarde, entre los malestares de garganta, optó por olvidarse de la señorita Ur., a sabiendas de que en el fondo le traía recuerdos de Milena. El 27 de abril, sin embargo, el Dr. Schalf asomó por su oficina, conversaron media hora hasta que este le señaló que su hija había empezado a escribir y que, sobre todo, había leído su única novela publicada. <<Le encanta su libro tanto como a mí>>, le dijo el Dr. Schalf, aún sentado, <<pero de la lectura a la escritura hay muchas diferencias; preferiría que durmiera temprano y que no se desvelara; en el fondo sé que es un pasatiempo de amor adolescente, yo mismo recuerdo que escribía a esa edad>>. Esta última frase le pareció impertinente al Dr. K., pero no atinó a contradecir ni increpar nada. Al despedirse, ambos en la puerta, el Dr. K se asombró de ver a la señorita Ur. sentada en el pasillo; vestía como aquella primera vez: falda y chaqueta, con aquella boina que le otorgaba a su fisonomía cierto encanto. <<Tal vez podría desanimar a su hija de escribir>>, bromeó el Dr. K., pero el Dr. Schalf se apresuró a negar con la cabeza. <<Hoy tiene la obligación de acompañar a su padre en las diligencias>>, acotó, dando los primeros pasos y señalándole a la señorita Ur. que debían subir al tercer piso. Los dos se despidieron del Dr. K., evacuando el despacho de inmediato.

El último día de abril, mientras se sentía agobiado por los continuos ataques de tos que habían comenzado a agudizarse, el Dr. K. esperó el arribo del Dr. Schalf. Vio, con asombro, la aparición de la señorita Ur., quien se presentó a su oficina con los papeles que su padre debía traer personalmente. Había pensado muchas horas en ese rostro similiar al de Milena, en esa fotografía donde esta aparecía con un paraguas y una boina, y que ahora venía a apreciar casi en persona, frente a una muchacha que debía estar enamorada de algún mocete de su edad. Se sentó, mostrando cierta timidez, hasta que, luego de un par de minutos de quedar en silencio mientras el Dr. K revisaba los documentos, le confió haber leído el relato que este publicara en 1915.

—Su padre ya me lo confesó—dijo el Dr. K.—, pero dudo mucho de que haya pasado un rato ameno.

La señorita Ur. frunció las cejas por la manera en cómo el Dr. K. desacreditaba sus propios textos, aunque contradijo esa creencia.

—A mi padre le encantó—añadió al instante, con un tono de voz menos débil y con las manos firmes sobre los muslos, con la cadera erguida y la mirada atenta hacia el semblante del frente—. Es sugestivo, pero pensé que estaba orgulloso de su trabajo.

—Si me conociera diría que sí lo estoy, aunque tal vez todo forme parte de una falsa modestia. Es cuestión de que me vean día tras día.

—A usted lo vi hace un tiempo—repuso la señorita Ur., como si pretendiera contradecirlo de nuevo.

El Dr. K. alzó la vista, que había fijado en los papeles, y observó a la muchacha con cierta incredulidad.

—¿Se refiere al encuentro con sus padres?—preguntó el Dr. K., dejando los documentos a un lado y reclinándose sobre el respaldar de la silla.

—No, me refiero a otro día. Usted cruzó la avenida de nuestra casa como si fuera un extranjero, un rostro incrédulo y perdido, incluso volteó a mirarme, pero dudo mucho de que se acuerde de ello.

—Suelo deambular por Praga como un alma en pena—acotó el Dr. K., antes de liberar una tos seca, de la cual se recompuso inmediatamente.

—Más bien parecía un forastero, un hombre atrapado en pasadizos y callejones.

—Tal vez un alma en busca de su cuerpo—se ridiculizó el Dr. K., sin ningún retraimiento para burlarse de sí mismo.

—Es llamativa su actitud. Mi padre me confesó que usted era un hombre muy reservado.

—Lo soy en situaciones formales—dijo el Dr. K.—, hoy no sé qué me pasa. Pero si hablara de usted, diría que es una muchacha desenvuelta. ¿Qué edad tiene?

—Veintiuno.

—Parece menor. De hecho, pensé que tenía menos de dieciocho.

—Oh, no—dijo ella—, siempre me lo recalcan, en especial mi padre. Agradecería despertar algún día de estos y parecer realmente una muchacha de veintiuno. Aunque, para serle sincera, desde que leí su texto lo primero que hago es palpar mi rostro tan pronto me despierto.

El Dr. K. no repuso nada a dicho comentario. Estiró los labios parcamente, una sonrisa imperfecta, torpe, gesto que no gustó a la señorita Ur., o que al menos le advirtió que era infructífero hablar sobre aquel tema. Sin embargo, el Dr. K. podía quedarse mirándola largo tiempo sin pronunciar palabra, satisfecho de ver en ese semblante el de Milena. ¿Pero se parecía mucho a Milena o era solo una invención suya? Comparó los contornos de las cejas, la circunferencia de los ojos, la forma de la nariz. <<No tiene nada de Milena>>, se dijo luego el Dr. K., como si intuyera que esa afirmación revelaba el malestar que soportaba día tras día. <<No tiene nada de Milena>>, recalcó, aunque otra tos seca irrumpió en su cuerpo, obligándolo a ladear la cabeza y sacar el pañuelo del bolsillo.

—Quizá sea mejor cerrar la ventanilla—aconsejó la señorita Ur. tan pronto vio al Dr. K. rehabilitado de su súbito malestar.

—Odio respirar aire viciado, así que mejor la dejamos abierta.

—En su condición estaría atormentada. Cuando me resfrío suele darme fiebre alta. Debo guardar cama más de un día y es lo peor que me puede ocurrir.

—En invierno estuve enfermo, pero nada grave—le dijo el Dr. K., antes de toser de nuevo y llevarse el pañuelo a la boca. Esta vez la expectoración duró poco.

—Felizmente ahora estamos en primavera—replicó la señorita Ur., quien había visto su falda durante el inconveniente del Dr. K.; levantó la mirada y atisbó por segundos la expresión cansina de este.

—Es cierto, estamos en primavera—confirmó con una voz algo carrasposa—. Si fuese verano me sentiría más cómodo. El invierno, la primavera y el otoño son para mí la misma estación.

El Dr. K. quedó callado y, ante la inercia de la señorita Ur., añadió:

—A mí me encantaría vivir en una ciudad cálida, en Palestina, por ejemplo. Anhelo vivir en un lugar así.

Pero antes de continuar, percibió una nueva irritación en la garganta que lo obligó a toser, a pararse, a toser con mayor fuerza; carraspeó, tosió, carraspeó; al fin, mientras su respiración volvía a la normalidad, miró con agobio el color rojizo que había adquirido su pañuelo. La señorita Ur. inclinó el rostro; el Dr K. sintió miedo y vergüenza.


En la cena de Mr. y Mrs. Schiff

Joyce vive en un apartamento de la rue du Cardinal Lemoine, a diez minutos del Jardín du Luxemburg. Nora, su esposa, ha viajado en compañía de sus dos hijos a la ciudad natal de este, pese a la persistencia de Joyce de disuadirla para que no llevara a cabo dicho recorrido. Dos días antes del viaje discutieron acaloradamente, pero no hubo reconsideración: Nora partió con los hijos a Londres el primer día de abril, permaneció en aquella ciudad más de una semana y luego enrumbó a Dublín. Él, en cambio, se sumió en una profunda soledad, en una creciente depresión y un incisivo dolor en los ojos. Las cartas desde París que Joyce envió con mucha esperanza no lograron que ella se decidiera a regresar; en una misiva, incluso, escribe que es un hombre mirando un estanque oscuro. Pero ni esta ni otras frases compadecieron a Nora para que volviese.

El dolor artrítico en su hombro se había vuelto más agudo, al igual que la iritis. Pensó en acudir a un reconocido oftalmólogo, terminar con la dolencia que sentía en el ojo izquierdo, pero desistió. En 1917 se había operado el derecho, y si bien los resultados fueron óptimos, la iritis se había extendido a su ojo sano (ahora el infectado) y temía que una nueva operación fuese necesaria, la cual imposibilitaría sus horas de escritura. Para agravar esta situación, recibió en uno de esos días la noticia de Nora, los infortunios que había sufrido con sus hijos en Galway. La causa: los enfrentamientos entre las tropas del Estado Libre y el Ejército Republicano Irlandés. El primer hecho fue la irrupción de algunos soldados en la vivienda donde se habían establecido, utilizando el dormitorio de Nora como lugar de tiro. El segundo: disparos contra el ferrocarril que los iba a llevar de Galway a Dublín.

Joyce, enterado de aquellos incidentes, no creyó que fueran circunstanciales; lo atribuyó a una afrenta personal. Su esposa, felizmente, ya había tomado la determinación de volver a París, arreglar los problemas conyugales que existían entre los dos, por lo que se embarcó de inmediato en una nave que iba a Holyhead. Un día después, Joyce recibía la invitación de Mr. y Mrs. Schiff para asistir a una cena con el motivo de celebrar la primera representación del Zorro de Stravinski, pero dudó mucho si correspondería a dicho agasajo. No solo estaba sumido en una depresión por su familia, sino que estaba sin el ánimo ni la capacidad para asistir a una reunión como aquella. La amistad que tenía con los Schiff, de todos modos, lo obligaba a concurrir.

El 18 de mayo, día de la representación, el ardor en el ojo lo afligió desde temprano y supuso que su presencia en la cena solo sería melodramática, ridícula. Por otro lado, era necesario acudir a un oftalmólogo cuanto antes, pero el pánico a una nueva operación lo desanimaba a persistir en dicha posibilidad. Sin las condiciones para leer o escribir, prefirió dormitar la tarde entera. Nora lo sorprendería con su aparición uno de estos días, quizá hoy mismo, y era mejor permanecer en casa, aguardando dichos regresos. Pero hasta las ocho de la noche no sucedió nada. El sueño había disminuido el dolor que sentía en las retinas y calmado la artritis de su hombro izquierdo, por lo que se preguntó, ya que estaba en mejores condiciones de salud, por qué no se animaba a acudir a la reunión de los Schiff. Lo meditó más de cinco veces; el problema era que en la esquela de invitación los Schiff lo invitaban a una cena de gala, con la formalidad del caso, y él no poseía ningún traje de etiqueta. ¿Pero acaso no bastaba con aparecer por allí?, ¿saludar a los esposos y retirarse luego de una hora? Si al final optaba por presentarse, se hacía demasiado tarde.

Fue en ese instante que le fastidió ver demasiado sucio y desordenado el recibidor de su apartamento; había que rebuscar las vestimentas colgadas en las sillas, evitar las botellas apiladas en un recodo. Del guardarropa de su habitación, al fin, eligió el traje de estameña azul, los zapatos de charol y el sombrero de fieltro negro. Ya fuera, ante el fresco viento de la ciudad, llamó un taxi. Iba con un par de horas de retraso, contexto que en vez de entusiasmarlo lo inducía a desistir por completo, a encerrarse en su habitación y esperar el día siguiente. Al final dejó que el chofer cumpliera con el viaje pactado. En el camino, intuyó la reacción de los Schiff mas no le importó, ya nada le afectaba salvo el llegar lo antes posible, alejarse de la soledad que lo había carcomido por dentro y beber lo suficiente como para dejar de preocuparse; la cena aminoraría la ansiedad. Cuando arribó, sintió una pequeña incomodidad en los ojos y en las extremidades, aunque alegó que esos síntomas se debían al nerviosismo.

Los Schiff salieron a abrirle y lo saludaron con cortesía, a pesar de que vio en sus miradas la contrariedad que les causaba la forma en que se había presentado. Mientras dejaba el sombrero en el colgador, Mrs. Schiff no pudo evitar el relativo enojo e inquirió por qué no había venido con una vestimenta adecuada. <<Si tuviese un traje de etiqueta, Mrs. Schiff>>, repuso, viendo la mueca incrédula de la anfitriona. Su esposo, más bien, lo acompañó a la mesa y lo presentó ante los demás invitados. Recién en ese entonces advirtió el significativo desliz que había cometido al venir; era el único que no llevaba frac y que desentonaba con el resto; sintió vergüenza, arrepintiéndose de la torpe e insistente actitud suya. Mr. Schiff le mencionó los nombres de cada uno de los asistentes y luego le pidió que se sentara al costado suyo. Sobrellevó con desgano la incomodidad de estar ahí arrellanado, a merced del júbilo, del vanidoso estilo de las conversaciones: guardó silencio y se dedicó a beber. Ante las interpelaciones de los consortes Schiff, respondía con monosílabos o de manera escueta, sin aspavientos, hasta que en un lapso de la reunión, casi a la medianoche, llamaron a la puerta.

Joyce vio que los dos esposos se ponían de pie e iban a la entrada del recinto. Por su parte, solo había que servirse más vino en la copa, prender otro cigarrillo, entretenerse con el hecho de dejar las cenizas en el recipiente de metal. Al poco rato, los Schiff volvían acompañados de un hombre vestido con frac y cuya particularidad era el protuberante bigote en el rostro. Mrs. Schiff sonreía con beneplácito y frenesí, al igual que su pareja: miraron a Joyce como esperando que él también compartiera esa felicidad. Dichos guiños se dirigían a su asiento, desde luego, pero no entendía por qué. Finalmente, los dos esposos se acercaron con aquel hombre.

—Él es monsieur Proust, Jim—le dijo ella, en el tono jovial y amistoso al que estaba acostumbrado.

—Monsieur Proust—repitió el hombre, extendiendo la mano mientras Mr. Schiff hacía un espacio entre los dos para poner allí una silla.

Su nuevo invitado se sentó al lado de ambos. Mrs. Schiff agregó entre sonrisas que esperaba que los dos conversaran amenamente, aunque Joyce creyó que esa referencia iba destinada a él, pues Schiff conocía su recio carácter. Pero no. Muy pronto se dio cuenta de que también su acompañante se sentía inquieto, algo irritado. Mr. Schiff comentó que no había esperado ver a monsieur Proust esta noche, sabiendo que ya no acostumbraba salir a las reuniones por quedarse escribiendo.

—No es saludable que esté todo el día en cama—contestó Proust, aprehendiendo la copa llena de vino.

Luego, tanto Proust como Joyce quedaron en silencio un corto lapso; sus anfitriones dejaron de acosarlos y se volvieron al resto de personas, precisamente para que hablaran con la libertad del caso, uno al otro. En un principio, se limitaron a mirar a los hombres que tomaban la palabra; Proust volvía a la garnacha o se llevaba algo de comida a la boca; Joyce se servía más licor y lo tomaba a grandes sorbos. Cuando Proust habló, lo hizo solo para consultar a Mrs. Schiff si había cerveza helada. Ella respondió que sí y de inmediato llamó a uno de los camareros; este tomó el pedido y mientras Proust esperaba, animado tal vez por la proximidad de la bebida, optó por entablar conversación con su acompañante. Le preguntó si conocía a la condesa de Mun, pero Joyce, impresionado por la pregunta, repuso que no. En ese instante apareció el camarero con una pequeña bandeja. El francés se inclinó hacia atrás, reposando su espalda en la parte acolchada de la silla.

—¿Has leído algo, Marcel?—intervino la anfitriona, mirando cómo el mozo le dejaba el jarro y los vasos en la mesa.

Proust volteó a mirar a Mrs. Schiff; esta cambió la forma de la pregunta por otra: ¿había leído ya algún capítulo del Ulises? Atónito, Proust negó con un ademán de cabeza y cogió la jarra; no había leído nada de monsieur Joyce. A partir de ahí, la anfitriona dejó de dirigirle la palabra y se dedicó a seguir la tertulia del grupo del costado, donde estaban Stravinski y su empresario Diáguilev junto al conjunto de bailarines. Mr. Schiff, además, se puso de pie ante el llamado de un invitado suyo, dejando a los dos hombres solos, quienes atinaron a observar callados, limitándose a tomar de sus copas. Por un segundo, Proust se animó a romper el silencio, a sabiendas de que su anterior frase había sido desatinada, preguntando a Joyce si le gustaban las trufas, a lo que este respondió que sí. Esa afirmación, sin embargo, no la aguardó el francés, o tal vez así lo dejó entrever por su asentimiento frío, aletargado, sin nada más que añadir; quizá había creído que iba a escuchar un no, una negativa que le permitiera inquirir las causas y explayar a continuación por qué él sentía encanto por dichas setas, como también las sentía por el champiñón. Lo cierto es que no hubo otra palabra entre los dos hasta el final de la cena, treinta minutos más tarde, cuando Proust llamó a los Schiff y les pidió que lo acompañaran a su vivienda en la rue Hamelin. Los esposos aceptaron y le preguntaron a su otro invitado si deseaba ir con ellos. Este confirmó con un ademán sutil; solo les pedía unos minutos para terminar el vino y el cigarro.

—Saldremos en quince minutos—advirtió Mr. Schiff, acompañando a su esposa donde el resto de asistentes para comunicarles que iban a partir por un tiempo, aunque ellos todavía podían permanecer en el recinto.

Pero a raíz de la ida de Proust, Stravinski señaló que también se sentía cansado y que partiría dentro de un rato; Mrs. Schiff rogó que se quedara hasta que volvieran de dejar a monsieur Proust en su apartamento. Acordado esto, Albert Odilet les cedió el taxi que lo esperaba en la calle para que trasladara a los cuatro. En el colgador de la entrada, Proust recogió su bombín de hongo y una vara delgadísima y oscura, con dos anillos dorados en la parte de arriba, mientras que Joyce hizo lo mismo con su sombrero. Un leve aguacero caía bajo el cielo de París, por lo que tanto Proust como sus anfitriones se detuvieron en la puerta, conscientes de que el frío podía causarles daño.

Joyce fue el primero en llegar al vehículo aunque esperó la venida del resto para saber cómo iban a acomodarse. Mr. Schiff, que había corrido cubierto con un sobretodo, dijo que iría adelante, mientras que su esposa, Proust y él en la parte posterior. Así, Joyce se sentó a un lado de la ventanilla y Mrs. Schiff al otro, dejando que el francés se arrimara al medio. Antes de que el coche emprendiera el recorrido, Joyce bajó la ventanilla y encendió un cigarro, que extrajo del bolsillo de su chaqueta. Sorprendidos, Mr. Schiff lo obligó a que subiera el cristal y botara el cigarro, orden que Joyce aceptó sin queja alguna. Partieron al minuto, y si bien hubo silencio a lo largo del trayecto, al final del recorrido Proust y Joyce se dirigieron la palabra por última vez.

—Es una lástima que no haya leído nada suyo, monsieur Joyce—le dijo finalmente su acompañante de asiento cuando el coche llegó a la rue Hamelin.

Joyce, quien se había limitado a mirar a través del cristal el ralo aguacero que caía sobre París, se volteó para observarlo con detenimiento: el semblante casi redondo, el bigote sobresaliente y la expresión rígida. Antes de volver su vista hacia las calles, cuyas formas se advertían temblorosas debido al alcohol, repuso:

—Es una lástima que yo tampoco haya leído algo suyo, monsieur Proust.

Y le extendió la mano, a modo de despedida, segundos antes de que el francés corriera hasta la puerta del edificio, se cubriera el rostro con la chaqueta, evitando que el agua y el frío le causaran una fulminante congestión pulmonar.


Tiempo después, luego de leer Por el camino de Swann, Joyce escribiría en su cuaderno de notas: <<Proust, bodegón analítico, el lector termina la frase antes que él>>.



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