A mi modo

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Mar Gómez Glez



Esperaba su turno con la paciencia de un preso condenado a cadena perpetua. Ocupaba, como de costumbre, el último puesto de la fila. De haber sabido articular su estado habría dicho que no estaba nerviosa. Sin embargo, apretaba los puños dentro de los bolsillos del babi estirando la etiqueta que su madre había cosido con esmero en el pecho. Había dejado su libro abierto sobre el pupitre. La profesora sostenía un ejemplar idéntico pero más cuidado, con las cuatro esquinas puntiagudas como cuando salió de la imprenta, y no redondas como en el suyo. Sólo los adultos conocían el misterio de los cuatro ángulos rectos; los adultos y algunas compañeras avanzadas que lo sabían todo. En manos de la señorita Quim el libro se convertía en un juez soberano que decidiría quién de aquellas niñas era la lista y quién la tonta. La mayoría de sus compañeras ya habían pasado al siguiente estado de sabiduría: a la madre Dalmaho. No le importaba. Ella seguía repitiendo aquellas frases familiares y saltarinas, disfrutando sus reiterativas melodías: La eme con la a, “ma”; la eme con la a “ma”; “mamá”; la eme con la e, “me”; la eme con la i, “mi”; la eme con la o, “mo”; “mi mamá me mima”, “mimo a mi mamá”. Conocía muchos conjuntos de palabras. Sabía que cada doble página del manual coloreado se dedicaba a un sonido. Entendía lo suficiente como para identificar las letras con los símbolos negros que habitaban en los libros. Le llegó el turno, y mirando con interés la página que la señorita Quim señalaba, repitió la frase que sus compañeras habían declamado. La señorita Quim la felicitó sin mirarla y le mandó presentarse junto a la madre Dalmaho. Bajó ordenada, con el dedo índice cruzando la boquita, tal y como le habían enseñado. La postura controlaba su entusiasmo paulatino, que se le aglomeraba en la cara.

La clase de la madre Dalmaho no era como la de la señorita Quim. Allí no había ventanas, ni cuencos llenos de bolas de plastilina, ni letras de colores sobre la pared almohadillada. Una gran mesa de madera lacada ocupaba el centro de la sala; una mesa de verdad, de las de los adultos. No entraba el sol. La mujer arrugada poseía su propia lámpara de pie que iluminaba apenas las cabezas de las atentísimas niñas que presenciaban el milagro de la lectura. La anciana monja ocupaba el extremo más alejado y era la única que permanecía sentada. No se alteraron ante su llegada. Siguiendo la misma estrategia que la había llevado hasta la sala prometida se colocó la última. Podría memorizar las frases que las otras niñas pronunciaban lentamente y repetir con buen ritmo. Su ánimo inicial se fue nublando al recaer en dos obstáculos principales. El primero lo constituía su altura; era tan pequeña que sólo de puntillas llegaba a alcanzar la mesa. El segundo la cubrió de vergüenza: el babi. Ninguna de aquellas compañeras llevaba puesto el escandaloso babi a rayas. ¿Para qué iban a llevar babi si allí no había ni pinturas, ni pizarra, ni arena ni nada con lo que pudieran ensuciarse? Era demasiado tarde para quitárselo. La voz de dentro le pedía que se concentrara pero aquella bochornosa prenda no podía salir de su cabeza. ¿Cómo había podido olvidarse de que el babi es para el aula de la señorita Quim y el recreo?

Cuando sólo le quedaban dos niñas por delante afrontó el inminente peligro. ¿Sería el mismo libro con el que habían estado trabajando? El objeto que manejaba la madre Dalmaho era considerablemente más pequeño. Su naturaleza optimista le convenció de que podía ser una versión más pequeña, igual que la mesa era más grande y seguía siendo la mesa. Además tenía tantos libros en casa, tantas páginas con las que había jugado, que un libro pequeño no podía representar una amenaza. Llegó su turno. La monja dirigía la lectura con el dedo bajo las líneas. El índice la esperaba firmemente detrás de un punto, sobre una letra grande. Silencio. No hubo explicación, sólo el dedo bajo la línea de letras. ¿Qué quería que hiciera? No había ni dibujos ni colores para armar ninguna historia. ¿Qué quería esa señora vieja que la niña dijera? Paralizada seguía mirando el dedo arrugado y firme que apretaba el papel. Algunas alumnas chiscaron los labios. Le pareció escuchar una risa, un murmullo, la madre Dalmaho ordenó silenció y la incitó a que leyera. Ella no dijo nada.

***

La más guapa, la más lista, a la que más quería: su madre dentro de la clase con la señorita Quim y la madre Dalmaho. Ella fuera escuchaba tras la puerta con el babi puesto. Maldito babi. ¿Así que lo que ella hacía no era leer? Todas esas historias que se sucedían en su mente página tras página con los interminables libros ilustrados que su mamá le compraba no era leer. Las historias que empezaban de la mitad hacia delante, de abajo arriba, de cinco en cinco hojas… No era leer. Los tres perritos que le hablaban directamente. Los tres perritos, que eran ni más ni menos que los tres hermanos: Esther, Álvaro y ella misma. ¿Eso no era leer?

La odiosa señorita Quim le repetía a la mujer más bella del mundo las palabras “logopeda” y “colegio especial”. Dijo que padecía “dislexia”. Entonces, cuando intentaba repetir el nuevo vocablo que le había sido atribuido, la diosa de todos sus sueños salió sonriéndola. Le acarició el pelo mientras le susurraba bellas palabras sin que la bruja y la vieja pudieran verlas. Se arrodilló frente a ella para desabrocharle el babi.

—Mamá, el babi hay que dejarlo en el perchero —dijo la niña.

—Hoy no, mañana lo traes —contestó la madre.

No quiso insistir, pero ella sabía que el babi se llevaba a casa los viernes, para lavarlo el fin de semana, y aquel día era martes. La madre metió el babi en el bolso y con la otra mano agarró su manita y ella se sintió feliz.

—Vamos a casa —le dijo mirándole a los ojos.

Entonces la niña comprendió que a pesar de la sonrisa y de los besos, algo muy malo le había pasado a su mamá ahí dentro. Odió con todas sus fuerzas a la señorita Quim y a la madre Dalmaho, las odió tanto que se prometió a sí misma que aprendería a leer como el resto de las niñas, por orden, línea tras línea, y a pronunciar correctamente la erre doble, y a ser más limpia, y a gritar menos, y a no pelearse tanto con su hermano… y así su mamá sería feliz, y un día, cuando fuera grande y tuviera muchos caballos, volvería sin babi en una yegua parda a la escuela para decirle a la señorita Quim que no se creyera tan lista, que le había engañado, porque ella seguiría siempre leyendo a su modo.




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