A propósito de "El instinto de la memoria", de Julio del Valle

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El tema del agua, o de la historia.
La historia como una playa.
A propósito de El instinto de la memoria, de Julio del Valle.
Por Andrea Cabel



La primera parte del libro que es la más amplia, se titula “Historia”. En ella, se conjugan importantes paradigmas que se irán desarrollando de a pocos a lo largo del libro: la memoria y el tiempo. Ambos ingredientes son necesarios para que el sujeto poético nos cuente en un tono introspectivo, meditado, sereno y a veces rabioso lo que siente ante el paso de las cosas, de las personas, de los lugares. Sobre el tiempo nos dice “la arena en la mano sería una metáfora clara del tiempo” Es decir, tal cual el agua, la arena desborda los espacios que la circunscriben. No podemos mantener un puñado de agua, como no podríamos hacerlo con uno de arena. Sobre la historia, sin embargo, nos dice que tiene nombre de marea. Y la marea, en sí misma, no tiene bordes, en todo caso, tiene algo que llamamos orillas.

El recuerdo, la consecuencia de la memoria, es un reino habitado por paisajes específicos que se conjugan con personajes, con la misma voz del sujeto poético que nos narra a modo meditado y sutil, lo que piensa, lo que siente. Es un caminante, un observador el que escribe estos versos. Esta voz poética, introspectiva, curiosa, llena de inteligentes preguntas que aparecen como un mar revuelto, necesita de pronto, interactuar con quien lo lee, el lector no es un observador inmóvil de todo esto, el filósofo, que como cita, a veces es poeta, a través de los diálogos, de algunos breves, rompe el ritmo lírico e incluye las preguntas coloquiales, las preguntas que irrumpen en una sola pagina “¿qué miras ahora?” Entonces, alza la mirada y quiere encontrar un “otro”. Comienzan las preguntas, la espera de más preguntas, y no necesariamente de respuestas. Éstas, poco a poco aparecen a modo de metáforas, y la búsqueda por sus raíces, por los personajes que habitaron su nombre antes que de él comience a darle el verso exacto para resumir este momento: “el pasado es siempre un recuerdo presente”.

Y partiendo de su memoria, va en búsqueda de los apellidos que son como los suyos, intenta reorganizar a modo de rompecabezas, a modo simple, a quién pertenecieron sus ojos que ahora buscan otros ojos que le confirmen lo que pregunta, “El padre de mi abuela, Heinrich Muller, insistía en que le llamaran Enrique”. La identidad.

El tema de la identidad aparece sutilmente, con temor y delicadeza en cada momento que se intenta recordar, y critica –cuestiona- el recuerdo, la historia. Uno es lo que hereda, lo que construye después, lo que calla. Lo que dice y lo que busca.

Expone temas que pasean entre estos tres grandes ejes: memoria, tiempo, historia. Son palabras que se necesitan entre sí para poder dejar una idea completa. En el poemario, el sujeto poético se da cuenta que uno es sujeto de tiempo, dice: “serás como yo, un pedazo de tierra con memoria”, es decir, se reconoce como parte de todo este aparatoso sistema de idas y vueltas, de reencuentros, de desamparos, de despedidas y pérdidas.

La historia como una playa.

La historia es la marea, es el inmenso caudal de misterios que arrasa con cualquiera sea lo que se involucre en su camino. El mar es un espacio habitable para criaturas mágicas, algunas aún no conocidas, es parte de un paisaje íntimo, profundamente silencioso excepto por el ruido del sol cuando lo alumbra o el de los pájaros que vuelan alrededor de él. El agua tiene una forma específica en este texto y es la forma de la historia. Ambos tienen en común que son parte de un ciclo, que se transforman y que constantemente se están haciendo. El pasado no es más que esta palabra que nombro. Y que pasa, y que ya no existe ahora, que existió hace unos minutos.

El agua aparece para contener los versos, para mostrar que tanto la historia como la memoria son sensibles en tanto albergan el deseo, la esperanza, la distancia, la poesía.

Podríamos encontrar un paralelo entonces entre dos figuras que se desarrollan entre los versos, el cielo y el mar. Ambos se miran, el mar es la historia, como hemos dicho anteriormente, el cielo sin duda, sería la memoria. Son dos espejos que nutren el uno del otro y que podrían abrazarse pero que sin embargo, lo que hacen es mirarse, parecerse el uno al otro.

La forma de decir las cosas

Existe una preocupación por el lenguaje, no solo por un tono y estilo personal marcado, si no porque incluye idiomas ajenos al castellano que son parte de la polifonía del libro y de la vivencia personal del autor. La inclusión del alemán permite ubicar al lector en ese contexto desde el cual él escribe, o desde el cual él se traslada.

“Cruz del sur”

Esta es la cuarta parte del libro. Y por un lado, desde la tierra, cualquiera que levante la mirada, ve que la cruz del sur es un paisaje inalcanzable, infinito y hermoso. Es una señal que nos sirve, muchas veces para ubicarnos en lugares que no conocemos, una guía, un grupo de luz que en polifonía (por llamar de alguna manera el equilibrio entre las estrellas para formar una figura) marca un camino. Por otro lado, la cruz es un símbolo sacro e histórico igualmente.

En este acápite asoma el amor, de modo sutil nuevamente. Dice un verso “Porque la posibilidad del amor es casi tan fuerte como el amor” y concluye este primer poema en que “por eso sin duda, se hace necesario no creer demasiado en el amor ni en la justicia. Por eso sin duda, creemos”, es decir, estos “entes” por llamarlos de alguna manera, el amor y la justicia son dos necesidades, dos paradigmas, dos constantes de las sociedades actuales y dos constantes de los individuos actuales también. Y luego, el poema IV, de “Cruz del sur”, continúa en una escena plagada de gerundios, es decir, llena de movimientos constantes, “despertando, evadiendo, evocando, mimando, desesperando….” Todos estos movimientos se atolondran y acaban rozando las manos del sujeto al que se dirige este yo poético y que dice “perdiéndote, inexorablemente perdiéndote” ese poema es uno de los mas intensos del libro puesto que brilla como las estrellas de esta cruz que esta tan lejos de nosotros y que funciona como el amor y la justicia, todos lo vemos, todos lo sentimos, todos nos acercamos a el de alguna manera, y podemos acabar en lo que diría luego “una furiosa calma”.

El juego de miradas es a cada momento más intenso, el sujeto poético que comienza preguntándose sobre la historia, sobre su forma de ser através de nosotros, sobre la memoria que la recupera, sobre el tiempo que lo asume todo, de pronto se acelera y se intensifica de modo más personal e íntimo. Un modo que compartimos los lectores al sentirnos igualmente víctimas del recuerdo, del tiempo, de la memoria. Siguiendo este poema encontramos un mantra, se repite “salvo tu nombre y la emoción de tu nombre” y se repite, y se repite hasta que solo queda el nombre, y la emoción del nombre, de pronunciarlo. El acto profundo que implica para el poeta la emoción de enunciar una palabra, y por ello, de creer en ella. La palabra existe, tanto en el poema, como en la realidad del poeta que la repite ritualmente, esperando que ella, lo escuche y lo cobije.

Corazón

Este acápite es el más breve del libro, y sin embargo, podemos decir, literalmente, que este libro tiene un corazón. Y la memoria indiscutiblemente, tiene un corazón, y en este caso, el sujeto poético destina unas breves páginas a hablar de ello. En este acápite se traslada el centro de la discusión que es el tema de la historia, hacia uno igualmente íntimo pero con un lenguaje aparentemente confesional. El poema que abre este breve acápite del libro contiene constantes negativas “Nunca habite bien mi corazón…// No, nunca en verdad habité bien mi temeroso corazón, / no hubo tiempo alguno ni valor ni ganas./ Para decorarlo,/ armarlo, depurar sus paredes, / pintarlo, / hacerlo mío. // No, en verdad no tuve tiempo ni valor ni ganas / para reír para llorar sinceramente. / La pérdida, el fracaso, el amor obtenido. / No, no tuve tiempo ni convencimiento/ para soltarle las amarras, / y volar tan alto hasta/ que de tanto amar / se le quemaran las alas / y se destrozase en tierra hecho añicos, / la cara pintada de rojo, los ojos sudorosos. // No, nunca hice verdaderamente la paz con mi corazón. / No tuve ánimo ni valor ni coraje / para perderme en sus rincones abiertos. / No tuve ganas para sentarme bajo su sombra…” Este corazón es temeroso, y se ve en un espejo y se reconoce física e interiormente, no es solo un músculo y varios tejidos, en todo caso, es un tejido que involucra consecuencias más intensas que las que nos cuenta la biología. “No”. La negación contiene este poema, contiene este corazón, y en eso sí, todos tenemos empatía con este nombre, no siempre tenemos el valor, no siempre nuestras alas despegan, no siempre, no.

Obertura es una pieza de música instrumental con que se da principio a una ópera, oratorio u otra composición lírica y es el título del final del libro, de la última parte. Dicho de otro modo, el final del libro se plantea, musicalmente, como el comienzo de algo. Como la reiteración de algo, el final de la memoria, es decir, de los poemas que se preguntan por el paso del tiempo, por las consecuencias de su constante ir y venir, es musical. La obertura plantea dos versos finales precisos: “mi callado cielo/otra vez”. Podríamos entender que es un guiño al libro anterior “callado cielo”, a la poética anterior, y sin embargo, enfatiza, en la imagen del silencio, porque el cielo que se refleja en el agua, que se refleja y alimenta de lo que ve y que de alguna manera cíclica lo contiene, está callado, siempre, y es la imagen sin duda, al ser de un ciclo, de una plenitud. El aire y el agua como dos elementos que se miran y complementan y que se necesitan para esta polifonía visual, para este entramado de colores y de hilos que son tejidos con instinto.








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