Aburrida en Bouvertet

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Por Alejandra Maldonado



Qué montaña tan grande. Tardamos unos diez minutos para cruzarla en auto a través de un túnel high tech. Pero ahora que es de noche, estoy recostada en un jardín, a sus faldas, y miro la cima desde una perspectiva contrapicada. Tengo la sensación de que se me va a venir encima y, por primera vez en este viaje, me siento bien.

Afortunadamente es verano, lo que significa que puedo estar a la intemperie, así, sin mayor abrigo, fuera del hotel donde él está todo el tiempo ebrio diciendo estupideces, haciéndose la víctima de toda la historia de su vida, tocando a mi puerta para platicar. No se da cuenta de que así como perdió a todos los amigos de su juventud, a mi hermana y a mí también nos aburre. De que si lo soportamos y de que si aguantamos sus argumentos sin sentido es porque bajo su protección económica podemos tener esta vida de cretinas holgazanas. Y porque somos sus hijas.

Esta noche fue especialmente desastrosa: vino otra vez con el cuento de cómo sufrió de niño para que tengamos la vida que tenemos ahora, bullshit! No sé de dónde sacó ese cuento si nosotras sabemos perfectamente que está por terminarse el dinero de la abuela. Yo no aguanté y haciendo acopio de toda la filosofía de hueva que aprendí en la universidad le expliqué, en el tono más neutral que me salió, lo que para mí es su papel en esta obra. Y se puso a llorar, como el eterno adolescente imbécil que es. Y nada se había salido de control hasta que gritó e hizo un escándalo, azotó el cráneo contra las paredes y estuvo a un paso de tirarse por el balcón del tercer piso que ocupo. Entonces vinieron los empleados de seguridad del hotel, y les dejé al borracho. Y ahora estoy aquí, donde el aire frío que golpea mi cara me hace sentir viva.

Ya pasó la noche y estamos sentados a la mesa del restaurante de un hotel en este pueblo aséptico de la Suiza francófona. Aquí deben de residir no más de mil personas. Frente a mí está otra vez el tipo al que he llamado padre durante veinte años. Son las seis de la tarde y ya estamos borrachos a las faldas del Mont Blanc. Desde la ventana, podemos ver un lago tan limpio que los cisnes y las gaviotas que se posan a las orillas buscando alimento no pueden tragar basura ni mierda turística.

A pesar de que conozco perfectamente la cara del hombre que está conmigo en esta mesa, no tengo idea de quién es. Es la primera ocasión en la que convivimos por más de doce horas seguidas desde que yo era niña. Y sólo nos podemos soportar ingiriendo grandes cantidades de alcohol. Lo que más detesto es no poder evitar sentir pena cuando, con la mirada perdida, se transporta al tiempo donde él era como un tigre y yo me pregunto ¿cómo se fue todo al carajo? ¿Por qué todos en esta familia tendemos al autosabotaje? Puta mala semilla, por más que quiera escaparme, no la voy a extirpar e irá dentro de mí hasta la muerte. Siempre me prometo que voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que no me pase a mí, para nunca ser como él, para que toda la energía que tengo no la tire a la mierda y la convierta en esa cosa horrible cuando sea vieja. Pero sospecho que estoy destinada a repetir sus fracasos.

Cuando tomo el tren hacia Monthey, un poblado más grande, donde está el centro comercial al que voy casi todos los días, llevo una resaca impresionante. Me cruzo con adolescentes que regresan de la escuela a sus casas en sus respectivos poblados. Aunque casi todos lucen hermosos, sin una marca de acné y con un cuerpo que muestra los signos de una buena alimentación y una rutina diaria de ejercicio, hay algunos que seguramente matarían a sus compañeros y a sus padres a la primera oportunidad: usan vistosos aparatos de ortodoncia y son ignorados por la parte bonita de la clase. Los otros, los freaks, me cagan, me frustran y me dan pena. Desde niña he sido una vieja amargada. La gente linda merecería morir, ¿cómo podemos andar así por la vida, lastimando con nuestra belleza y nuestra buena suerte a cuanto loser se cruza en el camino?

Nos quedaremos aquí un mes más, haciendo el ridículo mientras aprendemos a esquiar, hasta que mi media hermana termine el tercer grado de la secundaria, venimos a recogerla para llevarla de regreso a la república bananera de la que somos originarios, pero yo ya no aguanto más, ¿será posible morir de puro aburrimiento? Desearía que sí.




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