Alberto García-Teresa

De La Siega, la enciclopedia libre.





De Hay que comerse el mundo a dentelladas.
(Tenerife: El Baile del Sol, 2009)



HAY QUE COMERSE EL MUNDO A DENTELLADAS

Hay que comerse el mundo a dentelladas.

Hay que sacar los dientes, pulirlos,
clavarlos con ahínco y rabia.

Hay que comerse la vida a dentelladas;

con mordiscos secos, intensos,
de puro y reluciente hueso.
Con bocados de corazón hambriento.

Hay que defender el mundo a dentelladas.

Hay que danzar entre rechinar de espadas;
de espadas a pecho descubierto.
Hay que vivir en permanente guardia,
defendiendo la vida cuerpo a cuerpo,
defendiendo la vida cara a cara.

Hay que descubrir la vida a dentelladas.

Hay que desenterrar estrellas de la arena,
hay que dibujar trazos de arco iris con los dedos
machados por la rutina, el trabajo y el tedio.
Hay que apartar niebla de las cabezas
con gritos de silencio y de conciencia.

Hay que sumergirse en el mundo a dentelladas.

Hay que escurrirse de las sombras sonoramente,
con estruendo de ideas y palabras.
Hay que escurrirse sonoramente
con redobles de actos y pasiones,
con puños de carcajadas.

Hay que atacar la vida a dentelladas;

caminar en la penumbra precaria,
caminar frente al poder y las pirañas.
No ceder terreno nunca al terror y la ignorancia.
Levantar la vista ácida hacia el mañana.

Hay que acariciar la vida a dentelladas;

arrebatarles el tiempo robado cada jornada,
esparcir abrazos entre timbres y pagas,
regalar ternura y devolver pedradas.

Hay que comerse el mundo a dentelladas.

Hay que comerse el mundo a dentelladas.










CAMINO PARA LLEGAR HASTA TI

Desde esta posesiva jaula de ruedas
auparse para abrazarte es rodear el sol,
zambullirse en una altura de esperanza,
en un horizonte donde medio metro es una cascada
por donde sólo bulle ruidosamente el amor.
Y se descubre allá arriba, se abalanza
una perspectiva a cielo luminoso y despejado
que revela los senderos y los pasos
con los que salvar arrolladoramente las montañas.

Qué fácil resulta caminar sobre tus brazos.










De Oxígeno en lata, inédito




FRONTERA

HAY UN ABISMO entre mi cama y tu techado,
una sima entre mi cemento y tu adobe.
Un abismo de sólo unos centímetros de noche
y de unos brazos, en vez de extendidos, cerrados.










CALLA. EL MAR nos habla.

Escala su rumor sobre los arrecifes
de plástico, sobre las latas
y las manchas de aceite, gasolina,
que angustian las aguas.
Resuena el eco en las paredes
correosas de las lanchas,
sobre los megáfonos
y las cuchilladas de las fábricas.

Siento su sal palpitando
contra mi piel, contra tu brazo,
sobre los rayos de sol que queman
el centelleo de la mañana;
susurrando, bramando,
aunando sus sílabas
a la desecación de las navajas,
medusas, centollos y coquinas.

Calla. Calla.

Asciende ahora su olor en ráfagas,
superando los humos de los coches
y las casetas de fritanga.
Nos rodea apoyándose con suavidad
en el contoneo ingenuo de las plantas,
pero perfumes, líquidos artificiales,
separan nuestros cuerpos con capas
de apariencia, negación y frustración.
Se pierde en el aire como carta
de amor cruelmente extraviada.

Calla. Calla.

Pero no podemos oír nada.
Avanzan olas
            de turistas

                        sobre la playa.






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