Alejandro Higashi, "Algunos poemas de museo."

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Por Alejandro Higashi


Si luego de subir por la vieja y empinada escalera,

descansas en cualquiera de las tres habitaciones que dan a la calle,

podrás sorprender la luz maravillosamente íntima que alguna vez alumbró al más distinguido

cliente del ryokan de Ohashi-ya, 37ª estación del T kaid , y detener el tiempo.


En las construcciones típicas japonesas, la luz es una herramienta más

para lograr que lo denso parezca más liviano y que los muros de mayor peso

se liberen de la gravedad y bailen ante los ojos sorprendidos de los niños y los extranjeros.

Un método sencillo consiste en acentuar los intensos contrastes entre, por ejemplo, los blancos que

reflejan los muros de papel de arroz con los tonos oscuros de las maderas del piso.

Otra herramienta es el arte del sho-Do, la caligrafía japonesa que adorna los rollos del tokonoma

y los fusuma o biombos decorativos que separan las habitaciones en una estancia.


Los efectos que estas sencillas combinaciones producen

escapan a toda comprensión.


Hoy mismo, hace unas horas, una joven ha visto simultáneamente su muerte y su nacimiento

en el tránsito de unas cuantas sombras superpuestas,

se ha topado frente a frente con Matsuo Bashoo y ha encontrado la belleza de la flor

en la semilla del árbol del cerezo que aún no planta y se ha marchitado ya en su mano,

ha caminado en el sentido de los rayos del sol hasta convertirse

en la sombra delicada de un brote de bambú servido en la mesa de algún poderoso emperador,

ha pronunciado los más bellos ideogramas sobre las tablillas alargadas de una cálida neblina

y se ha vuelto transparente como la gota de rocío que lenta, pausada,

resbala sobre la piedra que a la vuelta de los siglos termina por ceder

hasta quedar marcada por el terco transitar de una insignificante gota de rocío.

La he visto disminuir hasta volverse nada en este simple laberinto.


He querido decirle que sólo son juegos de sombra y luz, pero el tiempo ya no existe para ella.






.*.*.*.


Bob Harris y Charlotte se conocieron en un hotel céntrico

de Tokio donde paraban, perdido uno entre las nubes de un comercial fallido

y la otra entre la niebla de su condición de universitaria recién casada,

que no sabe todavía calcular el tiempo necesario

para llegar puntualmente al cumplimiento de sus sueños y llega siempre tarde.


Ambos, al encontrarse, supieron que habían topado por primera vez con dos tesoros,

pero no pudieron indicar el lugar exacto en el que estaban escondidos,

les faltaba tinta y pergamino para dibujar un mapa

y no llevaban las herramientas necesarias para desenterrarlo de una vez,

de manera que los tesoros se transformaron después en inquietantes frustraciones.


El enigma de la película, sin embargo, no es éste.

Al salir de la sala, la pregunta que queda en la mente de los espectadores

es otra: ¿qué mantiene unidos, durante una semana, a Bob Harris y a Charlotte?


Lo que los une, en mi opinión, es un gran puente que no se ve,

sin piso ni barandillas como una cuerda floja, tendido sobre el abismo;

un gran puente oculto bajo los destellos rojizos de las hojas secas del oto o

en algún parque de Tokio o de Kioto, un chirriante puente viejo que no se ve

y que sólo sirve para unir esas distancias que nos alejan de todo

y de vez en cuando para hacernos creer que todavía tenemos una oportunidad,

aunque nuestra mayor oportunidad en realidad consista en compartir

al azar un rato en el mismo lobby o algunas horas de charla en un café,

quizá un poco deslumbrados por la transparencia del aire.






.*.*.*.


Hay un pueblo en China donde la gente cree que es posible volar.

Los llaman la gente-pájaro de China.

Todo es producto de una confusión,

como sucede siempre con las historias más entrañables,

pero a nadie le importa y todo mundo ahí se esfuerza por conservar esta leyenda viva entre montañas,

construyendo alas y llevando a sus hijos a la escuela de volar

que celosamente cuida Yan Si-chang, la nieta del primer hombre-pájaro,

sin entender muy bien la riqueza del equívoco que custodia,

pero ejerciendo las más avanzadas estrategias pedagógicas (por ejemplo, su sonrisa).


Un día, dos extranjeros que llegaron a este pueblo

también pensaron que era posible y lo intentaron,

pero volar aquí, como en cualquier otro sitio, es un asunto serio.


Yan Si-chang les enseña que para volar

nada es mejor que un gesto afirmativo, que una canción,

que una llamada telefónica en una tarde fresca.

Les enseña, sobre todo, que volar entre los árboles puede ser una empresa mortal,

pero que el más arriesgado de los vuelos sólo se cumple sentido adentro,

en ese silencio empecinado, fugaz, un poco sin propósito,

de quien cierra los ojos un momento y escapa de aquello que los otros consideran su vida,

para llegar al centro absoluto de su libertad

y descubrir que el pensamiento es frío y veloz

como la bala que cruza por última vez la cabeza de cualquier niño triste.






.*.*.*.

Pocas veces, a pesar de su furia,

a pesar del éxito de sus estrategias más desesperadas,

a pesar de la opulencia con la que sacrificó a sus enemigos y halagó a sus aliados,

pocas veces Atila pudo ver más allá de sus narices.

Porque la luz le dio en los ojos con demasiada fuerza y atravesó el cristal blindado de su copa,

porque era un poco bizco como todos los de su raza,

porque tenía un poco desviado el tabique de la nariz (recuerdo de la empu adura de un arma enemiga),

porque el amor fue siempre una triste niebla en la que dar de tumbos.


Porque quizá sólo estaba un poco cansado para empezar de nuevo...


La historia, en todo caso, no lo perdonó del todo:

ya se contaría en el Waltharius cómo el héroe adolescente

logró enga ar al viejo guerrero ahogándolo con copas llenas hasta despojarlo de Hiltgund,

princesa de Burgundia y concubina de Atila, guarda del yelmo y la coraza del rey.

En el De origine actibusque Getarum,

Jordanes recordaría por siempre la terrible borrachera que lo condujo hasta la tumba

la misma noche en que celebró su matrimonio con Ildico, joven más que hermosa:

al quedar dormido boca arriba moriría ahogado por su propia sangre,

manando consuetudinariamente por la nariz a causa de ese tabique desviado del que hablé antes.


En realidad, Atila estuvo siempre un poco cegado por el amor,

y creyó que así sería eternamente:

como sucede a menudo, el amor fue para él un espejismo

que podía construirse al despertar cada ma ana

sin tener que recurrir a todos esos pretextos de que está llena la vida

(negocios, contratos, cláusulas en letra peque a,

hijos de los que finges estar orgulloso

sólo para no aceptar que fueron tu mayor fracaso);

lo imaginó hecho de las rocas más sólidas de una cantera que parecía inagotable;

sobre él levantó las murallas más altas de todos sus palacios;

y en realidad, quizá, nada más quería ser mejor que sus amigos.

Sólo para descubrir un día que la eternidad apenas dura lo que el ta ido de una espada.


En fin, el lector habrá adivinado que esta historia

no es la de nadie en particular...

todos, sin duda, hemos so ado alguna vez con un amor eterno

y nos hemos ahogado en ese sueño... quizá sea eso lo que más duele.


En resumen, Atila era un hombre débil

como cualquiera de nosotros.

Y pagó cara su debilidad,

como habremos de pagar nosotros un poco más tarde,

cuando entendamos que estuvimos más tiempo del necesario en esta fiesta

y que todos, de algún modo incomprensible,

andamos por la vida con ese metafísico tabique desviado que apenas nos deja respirar.




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