Alfredo Carrera López, "Provinciano"

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Por Alfredo Carrera López


Correr -piensa Alberto. No hay otra opción en este lugar. Cuidado con la gente, con el piso resbaloso, con las manos de la gente, con las puertas atrapa-dedos, con los comerciantes, los payasos, los jipis, las prostitutas. Cuidado con las vías del metro.

Hay que deslizar dos pesos para recibir el boleto, eso sin decir "uno por favor" (lo pueden confundir con turista), es necesario entonces caminar en una dirección sin titubear, aunque no sea la correcta. Si descubre pronto que no lo es, puede dar vuelta o hacer expresiones que den idea de olvido, si no mejor hacer dieciséis estaciones más antes que cualquiera se dé cuenta que es un provinciano o, peor aún, que ni siquiera sabe hacia donde va.

Le divierte a Alberto subir al metro, esperar, contar las estaciones e intentar ubicarse rápido en la ciudad más grande del mundo; sin embargo, cuando no se tiene uno de esos trenecitos en su pueblo le cuesta al principio mucho trabajo eso de los transbordos y evitar comprar alguna de las excelentes oportunidades que se ofrecen ahí. Sabe, ante todo, que es mejor estar en el subsuelo que arriba. Alberto visita la ciudad por unos días solamente con el deseo de ver a una amiga.

Y aunque no lo crea, ya ha extraviado en visitas pasadas varias mochilas en el trayecto por “personas amables que lo han distraído con pláticas muy interesantes” -dijo él- mientras otros se encargaban de desaparecer su poco equipaje. Lo peor es que no le ha molestado. Antes de salir al exterior va con la esperanza de ver a alguna prostituta bellísima (como en algunos comerciales), un ángel caído del cielo, para pasar la noche o la vida entera, con esas mujeres que sí saben amar.

Ha decidido no ver a nadie ya, importarle un pepino si hay alguna viejita volando por el vagón mientras él está sentado, no hablar con la gente por bella o amable que sea y si es necesario, corrección: si es posible, agarrarle las nalgas a alguna chavita. Cree que con su postura de mejor parecer un barbaján que un provinciano saldrá adelante, hasta ganas le dan de irse a vivir a la capital a buscar una mejor vida: las mejores mujeres, los mejores conciertos y espectáculos.

Esta vez, Alberto, logro subir corriendo al metro y salir ileso, aún no sabe que al pagar el boleto su cartera era extraída del pantalón.



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