Alfredo Carrera López, "Tres cafés"

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Por Alfredo Carrera López


A las dos de la tarde estaba yo instalado en el café, por las dudas*. Ernesto había llegado a sentarse en la misma silla, en la mesa de la esquina. La mesera del lugar sabía qué iba a tomar y, como sucede con otros, al recibir el americano también la saludó. Durante el día había otras cincuenta personas que iban en diversas horas a gozar del mismo trato.

El lugar no era el más cómodo, ni el mejor ubicado, mucho menos donde se servía el mejor café. Me imagino que no lo abandonarían sus clientes ni a pesar de enterarse del cambio de grano por ahorrar unos pesos o que desde ese día el agua tenía un costo extra o si las dueñas se veían en la necesidad de ofrecer desayunos económicos para estudiantes. Había una premura terrible por echar raíces. Aunque el lugar ya había cambiado, se había pintado de distintos colores y hasta modificado, sillas y mesas ahí seguían como siempre. No había una mesa que no tuviera abajo chicles pegados, ni siquiera había una verdaderamente limpia: por más que se barría y trapeaba el piso nunca se vio lustroso. El lugar olía a viejo. La encargada de la barra descuidaba la calidad de las bebidas. Sin embargo, las únicas tres meseras que atendían el lugar, junto con la cajera, eran lo mejor, tan bellas. “Unas chuladas”, sospecho que pensaba Ernesto. Yo tenía dos meses visitando ese lugar.

Ernesto le agregaba a su bebida dos sobres de azúcar, un chorrito de agua fría y tomaba toda la que quedaba en el vaso para inmediatamente pedir más. Nunca le había interesado platicar con los otros parroquianos, sí los saludaba, pero no pasaba esa línea. Tomaba su café; no hacía otra cosa que leer y ver a la gente que pasaba. No sabía el nombre de nadie excepto de la mesera y estaba seguro que no necesitaba más. Ni sabía que lo seguía Fernando.

Había buscado un encuentro con él desde hacía el doble de tiempo del que iba a ese lugar donde las cuatro bellezas femeninas trabajaban, aprisionadas por las paredes y el horario. Cuatro meses hacía que lo vi en una exposición, mi hermano Julio lo conocía sin saber de dónde y desde que le pregunté me dijo que no iniciará ninguna persecución porque él ya perseguía a alguna mujer. Me pareció el hombre perfecto hasta que vi cómo deseaba a esa tan dulce mesera; la que además jugaba a ser la intocable con todos los heterosexuales del lugar. Alejandra, después lo supe, realmente era la intocable, la virgen idiota de esa prisión a la que no pertenecía. Era la única que trabajaba ahí por un sueldo y no por una parte de las ganancias como todas las otras. El día que lo supe, me pareció exacta la elección de Ernesto: tratar a la extranjera e intentar llevársela sin todos los impedimentos que tenían las dueñas del lugar; parecía inalcanzable para muchos.

Pendejamente creí que si a él le gustaba ella y a mí me gustaba él, a ella no le quedaría otra que enamorarse de mí, como los cuentos que me contaban mis antiguas parejas: ellos habían logrado tener al hombre de sus sueños al engañar a una mujer-imán que atraería al tercero a la cama. Y todo por proponer a un hombre y no una mujer para un trío. Las enamoradas del homosexual creían que lo único que deseaban era sobre-mimarlas (¿qué tan ciego se necesita estar para andar con un gay no siéndolo?). Al final de la noche siempre eran echados los que después serían mi pareja, para contar su triunfo a pesar de su desgracia. Ninguno logró convencer al tercero de preferirlo a él y no a ella.

Cuando localicé a Ernesto en ese lugar tuve deseos de ir y decirle cualquier cosa, quizá “soy un admirador de su obra” –obra que ni siquiera conocí- o decirle abiertamente “yo sé que eres pintor y todos son putos, ¿cuánto quieres para demostrártelo sin problemas?”. Nunca me atreví, ni siquiera me acerque a él. Un día llamé a Alejandra para que le hiciera llegar un recado, confundió el mensaje, pensando que el papel que le había dado era para ella, volvió a los pocos minutos para entregarme la dirección de un cine cercano, una fecha y su nombre. Tristemente fui a la cita que había logrado con la persona equivocada. Me olvidé de las viejas anécdotas de los tríos para llegar al hombre deseado.

Llegué al cine diez minutos antes y ya estaba ahí nerviosa. Me confesó que era su primera cita con un hombre. Reí descaradamente y ella se esforzó por lograr una carcajada con la cual acompañarme. La traté como Bruno Martí en la película “Conquistando chicas”: le compré palomitas, refresco y dulces, hasta me atreví a tomarle la mano para darme cuenta que eran tan suaves, pequeñas y perfumadas. Me dio lástima engañarla. Cuando salimos caminamos hasta un bar, le invité una cerveza y al regresar del baño, cuando ya nos íbamos, no la encontré. Pensé que seguro se había dado cuenta que yo no podía corresponderle. Al día siguiente, como todos los otros, fui al café a observar a Ernesto. Alejandra temió al verme y cuando se acercaba, me hizo señas para seguirla hasta cerca de los baños para darme la excusa más rara que he oído -me dio miedo, mis amigas dicen que después del cine siempre hay un hotel- y reí igual que antes del cine la otra noche. Esa mañana no terminó mi historia con Alejandra. Ella me invitó, como hubiera deseado que lo hiciera Ernesto, a tomar algo a su departamento. Estaba muerto de miedo, pero acepté.

A dos semanas de mi primer visita a casa de Alejandra empezaba a entenderme con ella mucho mejor que lo hubiera hecho el hombre que realmente la deseaba. La mesera me citó en su departamento dos días después. Acudí por no sentirme solo. A la hora exacta y no diez minutos antes, estaba a la puerta de la habitación que albergaba cocina, comedor, vestidor y el baño. El baño del que ella salió veinte minutos después, entrada la noche, cuando ya habíamos bebido la botella de vino tinto que compró, vestida tan sólo con una diminuta pijama; cuando decidía por irme. Debí de haber huido, como ella. Al otro día seguro que era justificable decirle: "tuve miedo de que me llevaras a la cama". La admiré sin lujuria alguna, la vi como si fuera cualquier día en el café y al darse cuenta se acercó en esa misma actitud de mesera (seguramente pensó que iba todos los días a la misma mesa a verla a ella, a pesar que mi vista siempre se dirigió a otro lugar). Cuando sus rodillas tocaron las mías se inclino bastante hasta preguntar: ¿Se le ofrece una Alejandra por aquí? "Una mesera actuando como tal y sin uniforme, eso es lo que me faltaba", pensé. En ese lapso ya se había sentado sobre mí, la cargué y la dejé en la cama. Esperé a que el vino tinto hiciera efecto y ella se quedó dormida, di gracias, la tapé para huir quedando como un caballero que no toca a una dama en esas condiciones.


No quise volver al café en dos días, pero la imagen de Ernesto en mi cabeza fue más fuerte. Ese día, Alejandra me trajo el americano, como siempre, y una rebanada de pastel, advirtiendo que era cortesía de la casa. Lo acepté gustoso. Ya casi lograba tener el imán tan preciado, casi lograba controlarla. Ese dia la mirada de Ernesto coincidió con la mía. En sus ojos había odio. Yo sonreí e intentaba, con beneplácito, indicarle que ya era mío lo que él quería. Me di cuenta que si no lograba acostarme con Ernesto pronto, lo único que me ganaría sería una golpiza.

Volví a salir en otras ocasiones con Alejandra. Supe más de ella, pero no había nada que me pudiera servir. Un día me dijo que ya estaba lista para todo, que incluso podríamos compartir su cuarto o mi misterioso departamento para ahorrar (nunca la llevé, ¿cómo explicarle la decoración, la pulcritud tan absoluta y los cuadros en las paredes si le dije que tenía un clásico lugar de un soltero?). Al estar de nueva cuenta en su cama, ya desnudos, le pregunté con un cinismo indescriptible: “¿Seguro estás lista? a lo mejor no es lo que esperabas o yo no lo soy”. Su respuesta no podía ser más simple “estoy segurísima, tanto como te deseo desde que te vi” y tuve que continuar. Dormí esa noche ahí. En los días siguiente no me acerqué al café.

Tenía que buscar el modo de continuar con la farsa hasta el final o terminarla de tajo sin más días; dudé mucho, no encontré ninguna opción viable, sólo decidí que no podía seguir engañando a mujer tan frágil. Después de cuatro días de abandono fui para encontrar a Ernesto en mi mesa, en mi silla a lo que yo me senté en la suya, un tanto retándolo. Vi que degustaba una rebanada de pastel, se daba tiempo entre bocado y bocado, pero al percibir mi presencia se asustó, algo verdaderamente inusual. Además Alejandra se dirigía hacía mí tan alegre que enmudecí, depositó en la mesa un americano y la última porción de pastel. Me abrazó como nunca, a pesar de que lo tenía tan prohibido. Me dio un papel como el primero, casi con los mismos datos que el otro, y sonreí sin remedio. Me fui pronto para cambiarme de ropa, arreglarme y llegar a la hora exacta al lugar indicado (unas pocas cuadras de su cuarto).

Al llegar al lugar indicado vi a Ernesto. Alejandra no estaba por ningún lado, por eso fui a esperar a la puerta de su casa. Ahí estuve casi una hora hasta qué llegó, pero eso no fue lo importante: venía caminando con Ernesto (vestido con una camisa rosa y pantalón negro de vestir). Nos presentó, a mi como su novio y a él como a un íntimo amigo. Me asusté, me puse tan nervioso y ansioso de saber que pasaba que lo siguiente que recuerdo es haber despertado en la cama del cuarto, sin zapatos ni pantalón; con uno a cada lado. Alejandra le pidió que saliera un momento y me sentenció: “el pobre de Ernesto está muy confundido, bien triste, siempre ha sido homosexual; me dijo que lo sigue una mujer y me pidió ayuda para decidirse, si hombre o mujer y le dije que le ayudaríamos”. No le creí ni madres a Alejandra, pensé que se lo quería echar o a los dos, le dije que yo era más puto que él, que esos juegos se los creyera su madre, que seguro quería cogérsela para luego decir que estaba curado. Callé en ese momento y entendí por qué ese día me había visto con miedo: él se hacía el homosexual y yo el heterosexual. ¿Podría ser mejor el destino?

*Ernesto Sabato, tomado de Sobre héroes y tumbas





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