André Chandía, "Otoño"

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Por André Chandía


Otro día lunes que voy al trabajo y decido no bajarme donde debo, sigo hacia el centro y allí tomo la micro hacia la cárcel de mujeres. Una jauría de periodistas espera agarrar alguna noticia o inspirarse lo suficiente en la entrada de la cárcel como para inventar algunas líneas que publicar.

A las once sacan a la Andrea a dar declaraciones al juzgado. De pronto abren la puerta y los periodistas se abalanzan a la entrada. Me quedo mirando desde unos cincuenta metros más allá cómo sacan, totalmente custodiada y acosada, a aquella mujer que planeó el escape que ni los más expertos pudieron detener.

Ella esquiva los lentes de las cámaras, mira hacia arriba y en el recorrido de su mirada me ve y se detiene, frunce el ceño y hace una señal de que me vaya. Muevo mi cabeza negándome y un escalofrío me recorre; muchos notan mi presencia, afortunadamente, ningún policía.


Viernes, me entero de que quizás puedo verla. En viernes la sacan al patio a tomar sol y respirar.

Entro y desde uno de los pasillos recorro el patio, la veo y ella siente mi mirada. El guardia que la acompaña se agacha y le pregunta algo, llama a otro guardia y le da algunas instrucciones; instantáneamente me toman del brazo.

- Señor, el teniente Goldberg quiere verlo.

Le conté la historia y dijo:

- Coincide con lo que nos contó la señora Andrea y no creo que se mostrara tan fácilmente si así no fuera.

Por lo visto, en la cárcel tenían un gran respeto por ella y la trataban con gran amabilidad.

- Por favor, pase por aquí.

Me condujeron a una pieza con sólo dos sillas. Me senté y esperé. Pasaron un par de minutos y se abrió la puerta. Entró un gendarme, Andrea y otro gendarme más que quedó custodiando la puerta.

No pude hablar de inmediato.

- ¿Por qué viniste?

- Porque te reconocí en el diario y comencé a recordarte, quise saber cómo estabas y si puedo ayudar en algo.

- No, no puedes ayudarme, estoy frita, tanto entrenamiento para equivocarme en una huevada.

- Si quieres no vengo más.

- ¡No! Ven cuando puedas, tengo que conversar con alguien que me haya conocido antes, no vienen ni mis padres ni mis amigos, necesito que me cuentes cómo era antes de ser lo que soy ahora.

- ¿Por qué lo que eres ahora?

- Más mala o peor que antes ¿acaso no me encuentras distinta?

- Bueno, tu modo de hablar, tal vez más seco y más frío.

- Eso es lo que soy ahora, un pez frío y sin sentimientos. Y no me duele decirlo, ni siquiera me da pena lo que pase o me pueda pasar. Todo lo que empecé por un sentimiento lo terminé por una causa a la que entré no por razón, sino que por corazón.

El tiempo pasó, los gendarmes hicieron sonar sus tacones y Andrea paró de hablar obedeciendo una orden tácita, se levantó y salió como si ella hubiera sido quien custodiara la puerta.

Regresé al trabajo y estuve silencioso todo aquel día, y en la noche en mi casa, también.

Me acosté temprano y me dormí como por una orden al cerrar los ojos. Desde ese día hasta el viernes siguiente desperté temprano y a la misma hora.


Entró el primer gendarme, se pasó a un costado de la puerta, entró ella y luego el otro gendarme que cerró la puerta y se paró en frente de ésta.

- ¿Por qué volviste? ¿Por qué te expones?

- ¿A qué?. No tengo nada que esconder, me siguieron toda la semana, es normal, desconfían de mí.

- Te acuerdas cuando nos conocimos, te acuerdas que al otro día me fuiste a buscar, te esperé todo el día, me senté en el sillón, dos horas antes de que llegaras y no me moví hasta verte.

- Eso sentí ese día.

- Siempre que ibas a verme yo te estaba esperando en donde me encontrabas, desde hacía largo rato.

- ¿Y por qué?.

- No sé, quería que todo saliera bien; era una tonta, me quería sentir segura. Por eso me alejé, era demasiado insegura a esa edad. Los gendarmes hicieron sonar sus tacones. Esta vez salí más tranquilo.


- El día que nos vimos por última vez, allá en Huérfanos, conocí a Miguel, un caballero bien vestido, era su chapa, y me enamoré de él. Conocí su vida y me hice parte de ella, fui a Guatemala a hacerme guerrillera, fui una de las mejores, una de las más consecuentes, no por ideas, hasta el día de hoy no lo entiendo bien, sino que por amor a Miguel, me cegué y lo único que me queda por esperar es que él planee otro rescate, que creo imposible. Este es mi ataúd, mi última morada.

Estuvimos en silencio hasta que los tacones de los guardias rompieron ese hielo lleno de pensamientos.


Qué puedo hacer ahora, ser otro más de esta ciudad, alguien que sabe algo de su propia vida como lo saben todos de la que viven, no puedo ser un héroe que defienda a su doncella en peligro, no tengo armas suficientes para eso, no tengo siquiera posibilidades de obtener nada.

Sólo espero que no la condenen a morir fusilada, por la esperanza de verla salir en libertad.


Mi trabajo se ha vuelto cada vez más monótono, con menos sentido, un día tras otro me levanto, hago lo que tengo que hacer y me acuesto de noche, tan simple mortal como cualquiera.

Los días de verano se acaban; desde enero hasta hoy he visto a la Andrea otro par de veces, ya no conversamos mucho, más bien voy a acompañarla un rato. A principios de marzo empezó su juicio y es culpable de todo lo que se le acusa, hasta de cosas que ni pensó hacer.


- Pero qué caso tiene defenderme, al final la pena será la misma, nada aminorará su crueldad o piedad.

- Por lo menos para no entregarse sin luchar.

- Eso es lo que quieren, que yo cause polémica para glorificarse más aún, para ser, a costa mía, mejores ante quienes los observan. No les voy a ayudar, no les daré armas para golpear más bajo a cualquier otro. Ayer recibí papel y lápiz para que escribiera lo que yo quisiera en mi tumba, es decir, aquí; fíjate -me dijo en voz baja y me mostró una hoja sin escribir- mírala a contra luz sin que se den cuenta.

Hice como que necesitaba más luz y me levanté a leerla, un poco a contraluz pude notar que había algo escrito, como si fuera un sello de agua.

- Si la humedeces con orina aparecen las letras, es un truco de guerrilla.

- Qué dice, no alcancé a leer.

Miró hacia el techo y pronunció unas palabras con una actitud despreocupada. "Totem", creo que quiere decir, te amo, te rescataré, Miguel. Lo dijo rápidamente y como diciendo cualquier otra cosa.

- ¿Crees que lo haga?.

- No sé si lo logrará, pero intentará.


El juicio continuaba aunque estaba todo ya resuelto, los jueces, abogados, políticos y todos los involucrados en el caso necesitaban propaganda para ennoblecerse más aún a los ojos de la gente; son héroes para muchos y a los otros les importa un carajo. El sol se pone más temprano, pero no lo he visto desde hace una semana.


¿Hace cuánto tiempo estaban aquí?, fue la primera pregunta, la menos violenta, que fue seguida de un bofetón con una mano grande, gorda y pesada.

Contesté con una sonrisa de satisfacción.

- No sé, nunca supe nada de lo que planearon.

- No me güeví, maricón, me gritó el gordo.

- Pero si a ustedes sólo les faltó acostarse conmigo, son testigos de que no sé nada, ¿cómo iba a saber?

- Ella te lo dijo -y otro bofetón con ida y venida, mi cara sangró, el gordo me rompió la boca con su anillo, se me endureció el rostro, pero por dentro sentía una risa a carcajadas, mi mente gritaba ¡huevones, imbéciles, se les escapó igual!

Al tercer día me dejaron dormir, no me podían hacer mucho daño porque quedarían en ridículo si se sabía que al único que tenían de sospechoso le habían hurgueteado hasta la caca del water sin encontrar nada.


Desperté temprano, lo supe porque estaba tirado a la intemperie en un patio de baldosas frías, terminé de abrir los ojos y me arrojaron un balde de agua helada.

- ¡Despierta conchetumadre! Oí, traté de pararme, pero me dolían hasta los pelos del culo.

- En un par de días te vay maricón -me dijo un flaco de bigotes que estuvo siempre detrás del gordo, mientras me pegaba patadas en las costillas, era el que me despertaba con un pañuelo impregnado de no sé que mierda cuando quedaba inconsciente.

Nunca perdí la sonrisa de mi alma, eso lo recuerdo bien, me sentía tan satisfecho de que la Andrea hubiera escapado, como si yo la hubiera ayudado.

Ella había mandado una carta a Amnistía Internacional pidiéndoles que velaran por mí, porque yo no tenía parte en el asunto de su fuga. Ellos se demoraron una larga semana en sacarme de allí y estuve otra larga semana en cama, reponiéndome de las palizas y el sueño.

Lo último que me queda por decir es: ¡SE LOS CAGARON PERROS MARICONES!.



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