Andrea Cabel, de Uno Rojo

De La Siega, la enciclopedia libre.




De Uno Rojo.

(Lima: Colección Underwood, PUCP, 2009)










el once


los padres no existen, son viejas armas de guerra, excusas falsas para evadir la sensación de estar solos. los aeropuertos repletos de gente, las ventanas abiertas gritando corrientes infinitas de aire. un estómago que corre y se sostiene apenas, grita y gime escondido en sí mismo. no te vayas nunca, no te vayas nunca. un estómago que araña su textura, su manía de latir hacia el cielo. la inmensa bóveda de soledad se abre en dos, en tres, no te vayas nunca, me quedo contigo, la cama se hace dos veces ella, no te vayas nunca

once veces caminaré la misma vereda roja, roja de azúcar y distancia.











los deseos y las piedras


solo hay tiempo desde la ventana. no existe precisión en el arroz, en los ojos de un caracol que escapa. (en otro lugar del mundo hay globos color luna abrigando ruido y voces encerradas en una caja) es huérfano el corazón del miedo; están solas las orillas, muertas como alfombras o luces apagadas.

gota a gota, el universo abre sus deseos y rema hacia la casa en llamas.











pagasarri

bilbao, 2007

«...Tú no cambias. Eres oscura...»
César Pavese


la eternidad podría caer domingo si no existiera tu color. si este cuerpo, hecho de más cuerpos usados no fuese una ola. la caminata cuesta arriba, el sonido de un niño rubio a lo lejos, dando cada paso en comunión, respirando el olor de

las piedras blancas, de los hombres blancos, respirando el cielo abovedado de la ría; los arcos rojos, el descanso en un sol silencioso.

vicenta, el árbol más negro y extenso, los ojos de una nube amaneciendo en un lugar donde las luces son endurecidas por el sol; hay sonidos de rodillas que bailan y mueven los dedos de las manos, esta rueda que piensa al lado de tu nieta se recuesta en un extremo y los mira, giramos el paisaje, es verde, y verde siguen los barcos, la pesca del día. el agua anida frente al perro gigante y de flores. no he dejado de pensar en ti desde que subí y encontré que esperar era verte a los ojos, desde que olí la lluvia, la inflamación de mis huesos. desde que probé el fulgor de esta noche en la que soy trapecista, ave, isla de un lago.











saudade


se llenan tus ojos amplios, tu voz de animal encerrado. silenciosa lágrima tornasol, quédate toda la noche y respira en mi espalda, dime que el espacio no son rostros, no son dientes o jaulas que giran y permanecen. acerca la voz de esos pájaros libres, sobrepasa la sensación de prestigio, de estirpe, quédate mordiendo la materia agria de estar sola, de estar tantas veces tan sola.

















© Andrea Cabel (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

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