Antonio Marts: Espejo, Instantáneas y No sé ni qué.

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Por Antonio Marts



Espejo

i

De nuevo esa extraña sensación —tu temor a la otra—. Instantes confusos en los que imaginas que el cuerpo se entrega a profundo sueño. En el espejo observas la forma tan displicente como te quitas la ropa. Tu aliento alcohólico y el mareo provocan un creciente malestar que te descubre los ojos de ella en tu reflejo. Esas pupilas del mismo color que las tuyas te miran de manera directa. Cierras los ojos para escapar de esa tú que te mira. Pero cerrarlos es introducirte en ella e iniciar un striptease que no puedes controlar. Saberte en tu cuarto te tranquiliza; lo incomprensible es la manera en que llegaste a este lugar. A la fuente en el cruce de avenidas tan distante de tu casa. Te descubres admirada por los conductores que a estas horas de la noche transitan por ahí. Caminas dentro de la fuente y percibes cómo el agua fría va coloreando de blanco tus tobillos. Mientras bailas, te vas despojando de tus ropas; es igual que en el cuarto, sólo que ahora alrededor de ti circulan mórbidos espectadores. Un suspiro escapa de tus labios y decides volver a mirar en el espejo. Entrecierras los párpados y el cristal se vuelve borroso, te preguntas si no estarás del otro lado; entonces el espejo comienza a tornarse acuoso, se agita y en él miras tu rostro desfigurado por las olas.



ii

El primer encuentro fue en una de las tantas reuniones a las que asistías. Culpas al alcohol de lo sucedido. Embriagada, en plena pérdida de tus sentidos, te atrajo la sensación de vida en su mirada, el calor emanado de sus labios, que deseaste con perversidad. Su aroma, único, al principio no te remitió a ninguno hasta que finalmente lo supiste: se trataba del tuyo.



iii

Imaginarte en la primera casilla, con los dados en la mano y negándote a lanzarlos. Inventar mil subterfugios para no encontrar la respuesta. Y era de nuevo la alevosa presencia de ella, eras tú misma a quien veías bajar del taxi, entrar en el agua, tú frente a la otra cuando tú eras la otra.



iv

Cuando cesó el baile cayó el cuerpo. Después escuchaste un grito provocado nunca supiste por qué —quizá tardío arrepentimiento—, la falta de sangre oxigenada en los pulmones, la tensión de la lengua, el cadáver colgando de la regadera.






Instantáneas


I

La mirada penetrante. Un par de ojos incandescentes y en el iris el miedo, las preguntas. Al primer momento es una mirada firme, segura de sí misma y los ojos que la miran, si se escapa, se quedan con este recuerdo en la memoria. Después de unos minutos el rostro es más que la mirada. Son unos labios cerrados a fuerza de no dejar escapar a la palabra. Es una nariz que tiembla. Son los rizos que enmarcan. El temblor va más allá. Es la ausencia. Miraba el futuro y en él se consumía. El frío: nada funciona contra el ardor del cuerpo. Las paredes de cemento la envuelven sin respuestas.



II


Recostada sobre su brazo. Una mirada triste, perdida en pensamientos, ilegible, distante. El tiempo de la espera y las promesas, de los planes y la entrega. Ese día estuvieron abrazados junto al enorme ventanal del edificio. La eternidad. La luz que muere.



III

La luz directa encandila. Las palabras encuentran el reposo. Antes que la historia comenzara su cronología diversa. Siempre la luz es la que escribe.



IV

Instantes después todo ha variado. Luz difusa. El silencio nuevamente, temblor nervioso. Miedo. La luz es río. Nos baña, siempre. Rectángulo construido por ella, apenas recuerdo de su paso. Incompleto. La totalidad nunca se alcanza.



V

Los ojos tiemblan: tea encendida para iluminar la tarde. La noche. Los dedos reposan en los labios. Mantienen el silencio. Las palabras matan. Sólo mira perderse en la negrura de unos pasos. Cuando cierre los ojos todo habrá concluido.



No sé ni qué

Para Cintya
Ocultaba su timidez hablando
como si estuviera ausente, como
si sus verdaderos intereses se en-contraran
lejos de allí...
Kurtt Vonnegot

No paraba de hablar. Ella, sí, ella. Y no era su voz la del hechizo. Ni siquiera el rostro. Era un encanto perdido en los libros de la memoria. Eran sus movimientos. Su no estar quieta. Su que el mundo gire. Eran también las mariposas en el estómago. Nunca antes las había sentido. La mirada perdida en el recuerdo de unos días en la playa. De la noche, la arena y el rumor de las olas. Los ojos de la incertidumbre. Tener fe o no tenerla. Y ser el espectador. Hablar y sugerir las palabras que llagan la lengua. Aire sofocante. El calor provoca extraños cambios de conducta. Las horas. Estoy aburrida de ver atardeceres.

Al menos de los atardeceres de mi ciudad. La ciudad derrumbada. Quedarse con la luz, intensa, efímera, en la mano. Diversa en el recuerdo. Quise entonces aprehenderla en el papel. Hay cuentos imposibles de escribirse. Amores que nunca habrán de ser. ¿O sí? Yo no me fijo imposibles. Escribir robando palabras a otros: a los recuerdos, a los libros. Con ella nunca se sabe. Eso es lo interesante y peligroso. Vámonos, ya me dio frío. Noche cálida. Y ella tiene frío. Ser nadie. Testigo invisible de su andar hacia el auto. Falso ángel guardián. Abrir la puerta. Y su espalda. Enfrente. Estirar la mano. Y su mirada lejos, lejos de aquí. Ahora o nunca. Un rozón. El tiempo detenido. Y la historia que huye. Ella que vuelve. Despierta. Un hombre que comprende tarde. No hablo para ti.

No soy para ti. Así es esto. Tan sencillo. Él podría haber intentado besarla. Recibir una bofetada. Decirle estamos destinados el uno para el otro. Las mariposas, las mariposas escapan volando. Él no es el otro. Y el narrador que quisiera cambiar la historia. La mujer que se mete al auto y cierra la puerta. La luna a medio viaje. Sentir entonces sí el frío. Sonreír. Llorar. No sé ni qué.




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