Atenea Cruz

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Por Atenea Cruz



La maravillosa fórmula del doctor Funes

No es tan complicado.


Vivir

no es tan malo cuando se está incompleto.


Todo está en adaptarse.


Todo radica

en esperar a la muerte.

Y actuar

como si no importara lucir como un engendro

como si no doliera esta carencia

como si las miradas no gritaran de risa.


Como si, en realidad,

nunca hubiera pasado.






Tregua

Dicen

que algún día

tu cuerpo me será lejano,

mientras tanto,

en este universo,

tu partida

es

hambre que no acaba.

Llaga pudriéndose.


Mientras tanto,

me acuesto cada noche

con la mano en el sexo,

recordándote,

esperando

que pasen veinte años

o el tiempo necesario

hasta que no tenga que decir tu nombre

para ponerme

de

pie.






Vagabundo

Tengo miedo.


Afuera está la nada.


No quiero despertar

veinte años después

con el cuerpo pudriéndose.


Eso es el miedo:

haber salido del útero

y no regresar jamás.






Destino

No percibo el origen de ésta carencia.

Sólo me consumo hora

                           tras

                           hora

necesitándote.


Sé que no soy

esa carne

que necesitas que te envuelva

para sentirte lleno.

Que nadie me arrancó de tu costado.


Y sin embargo

mis costillas se agitan al escuchar tu nombre.


Brotaste de la inmensidad del destino

de un capricho estadístico;

acaso de mí misma.


Y estás aquí. Ahora.

Intento hacerme inmune al olor de tu pecho.


No lo consigo.


No consigo sacarte de mi boca

ni entender

para qué te encontré

justo en éste momento.






El buen arte de venerar objetos

Me confieso fetichista empedernida

acepto mi mala costumbre

de coleccionar la basura que me recuerda

                                                      tiempos mejores.


Almaceno estorbos

como mi juventud

amaneceres violetas

árboles sacados de raíz.


Atesoro

palabras que no fueron,

películas francesas

que dirijo y actúo.


Básicamente

todo lo que no apeste a soledad,

igual que yo.


Dirán de mí

que poseo un apego enfermizo

a insignificancias que engañen al vacío,

pedacitos de alientos que son de otros.


Tienen razón:

mi vida se reduce

a guardar lo que quede.

Aferrarme a las cosas

que me hacen recordar

que existí

en una vida.






Uno para Henry Chinasky

Él dijo:

“anoche

soñé que te metía la verga

pero

no pienses

que estoy dándote entrada

o que significa algo para mí”.


Sonreí.


Nunca fui más.


Su nombre todavía me dolía hasta la carne.

Cada vez que cogimos

me hizo creer en la posibilidad del cielo.

De un Dios.


Aún es mi única razón para existir.


Pero sólo dije:

“pene se oye menos vulgar”

y salí.






El canto de las ballenas asesinas III

Es verdad:

el canto de las ballenas corroe el alma.


Se oye incluso

las playas alejándose

de nuestras vidas.

Escucha a la soledad

acostada en nuestra banca del parque:

las grietas de la arena

tragan la angustia de no estar juntos

el miedo a no tenernos.


Dejamos de confiar.

Ahora

cada uno

debe arrastrar sus muertos sin ayuda.


No disimules

no sirven la fidelidad

ni la lástima,

no se trata de heroísmos.


Volvimos a ser dos extraños.


No digas nada.

Sólo escucha el canto de las ballenas.

Óyelas deslizarse bajo el agua.


No hables.


Entre nosotros

las palabras

ya no tienen utilidad

o sentido.




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