Azul y con gusanos

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Por Jorge Enrique Lage



Desde que digo que soy escritor he conocido mucha gente del tipo “Te voy a contar lo que me pasó. Tienes que escribirlo. Si lo escribes vas a hacer tremendo cuento. Etcétera”. Y una vez conocí a una mujer que me dijo: “Te voy a contar algo que no vas a poder escribir”.

—¿Por qué? —le pregunté sin demasiada preocupación. Por lo general yo no puedo escribir casi nada.

—Porque lo que no hace juego con los gráficos mentales da dolor de cabeza. Empezarías a vomitar las palabras y al final estarías contando otra cosa.

Cefálica. De las duras. No sé si le dije que narrar era eso: narrar el otro vómito. Lo único que recuerdo bien de la escena (de toda su historia) son las bailarinas. Estábamos en un bar de striptease centrohabanero. Música y pole-dance. Ella se llamaba Norah, tenía su encanto árabe y bastante dinero a juzgar por los billetes que continuamente deslizaba en los bikinis alegres de las bailarinas.

—Me dedico a la magia. Últimamente se ha vuelto una profesión bien pagada.

Su historia comenzaba en una propuesta de trabajo. Al parecer Norah era un nombre en el negocio y la contrataban con frecuencia para dar espectáculos privados. En esta ocasión debía animar una discreta velada en la residencia de un ministro (omitió detalles con celo profesional) aficionado a los buenos trucos, los juegos de ilusión y ese estilo inexistente en el que algunos tienen fe y que este ministro gustaba de llamar, según entendió Norah por teléfono, magia cubana.

—Así que cargué con mis cosas en una camioneta y conduje hasta la casa del tipo.

La casa era una mansión de alto derroche con jardines importados. Inseguridad máxima. Nadie le impidió franquear la entrada. Evidentemente no la estaban esperando. Llevó la camioneta a un estacionamiento vacío y se dijo que iría a tocar la puerta como todo el mundo. Buenas noches, soy la maga. O, ya que iba vestida de hombre: Buenas noches, soy el mago Norah. Pero rumbo a la puerta cruzó por la piscina y no evitó detenerse. Al principio pensó en una lona hinchada sobre la superficie, reflejando de algún modo la luna. Después, que el agua misma (u otro líquido más feo y más grueso) era lo que producía esa suerte de movimiento respiratorio.

—No había agua. En el fondo de la piscina yacía una forma azul que al mismo tiempo abarcaba toda la piscina. Y al mismo tiempo era un queso.

—No entiendo —dije.

—No se puede entender.

—¿De qué tamaño era?

—Tamaño normal. Tamaño de queso.

La piscina era profunda. Decidió bajar por la escalera, lo cual suponía bajar por el queso, atravesarlo hasta llegar a la forma azul: el pedazo de queso que yacía en el fondo. Tamaño normal. Acostado. Como una persona. Norah advirtió algo extraño: no parecía del todo un ser humano. Lo tocó. Algo así como escamas que brillaban al tacto. Lo movió. Y de repente, el queso habló. Norah creyó entender que le estaba pidiendo ayuda.

—Me dijo que lo llevara al mar.

—Es lo que diría un pez que se está ahogando —comenté.

Ahogándose o no, a ella le pareció que el pobre pez lácteo la estaba pasando mal y en ese momento se olvidó de todo: todas las mansiones, todos los espectáculos, toda formulación de magia nacional. Ayudó al humanoide aquel a levantarse del fondo de la piscina. Y como él (el sexo es arbitrario) ocupaba todo el espacio, levantarse equivalía a salir. Y como Norah estaba dentro del queso, en un solo movimiento se encontró fuera de la piscina y fuera de él. Rápidamente (tan rápido como lo permitía una situación no meditada) lo llevó a la camioneta. Unos segundos después, la camioneta salía por donde mismo había entrado unos minutos antes.

—No sé por qué sentí que era una fuga. Que tanto él como yo estábamos huyendo.

Norah pisaba el acelerador rumbo a la costa sin decir palabra. Sentado a su lado, el queso también hacía silencio. En algún momento ella pensó que ya había muerto y que nunca sabría las implicaciones ni el verdadero sujeto de esa muerte. Llevarlo al mar y punto. Como el ahogado que te encuentras todos los días. Entonces el queso tosió una especie de tos viva o cruzó las piernas blancuzcas y ella le preguntó:

—¿Estás bien? ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasó? ¿Cómo llegaste a esa piscina?

—De paso podías haberle preguntado cómo se llamaba y qué cosa era —opiné.

Ahora viene la parte en que el queso cuenta una historia. Así le dijo a Norah: Te voy a contar una historia. Y Norah se apresuró a explicarme que durante la historia ella no escuchó una sola palabra: vio todas las palabras. Incluso las palabras (por supuesto eran la mayoría) que nada tenían que ver con la historia, lo cual deja sin explicación el hecho mismo de los límites de la historia: la consistencia de un solo relato entre todos los relatos posibles. Pero eso, al parecer, lo resolvían los gusanos.

Porque él no hablaba: vomitaba gusanos.

De esa manera empezó a contar sobre un ratón.

Un gusano era RATÓN. Otros parecían números y signos.

—Ya sé que no se puede entender, pero… ¿dónde estaban esos gusanos?, ¿en el aire?

—En el queso —dijo ella—, que ocupaba todo el interior de la camioneta con los gusanos abriendo huecos. Llegué a tener gusanos dentro del calzoncillo. Algunos se me metieron por ahí.

Se trataba de un ratón joven, de unos trece años. Alto para su edad y bien dotado de cola. Había participado en una de esas películas donde los ratones jóvenes hacen cosas con sus colas y sus paticas: para algunos perversiones y cochinadas y para otros el mismo porno de siempre. Una delegación surtida de políticos varios visitó un día la escuela donde estudiaba. Uno de esos políticos se enamoró inmediatamente de él y lo invitó a su casa después de mencionar, zoofílico y cómplice, que recordaba haber visto un uniforme de ratoncito destacado en cierta película. Él aceptó la invitación, aunque el tipo le cuadriplicaba la edad y no era ni remotamente su tipo, porque uno nunca sabe las ventajas que puede representar meterse en la cama con un ministro.

—Ventajas educativas, por ejemplo —aclaró el queso antes de continuar con la historia:

—La educación es una prioridad de nuestro gobierno —dijo el queso que le dijo el ministro al ratón— y tu educación es una prioridad mía. Quítate la ropa.

Poco tiempo después el ratón se mudaba a la casa de su nuevo educador. Cierto que aprendió muchas cosas con él: acariciarse a sí mismo, peinar y perfumar su blanca pelambre como buen niño de laboratorio, la geografía profunda de China, no cansar la erección luego de cientos de minutos con la cola metida en el ano del amante que no se cansa de recibir latigazos en la próstata, vicisitudes inolvidables de la historia de los héroes de la patria, cómo desmantelar bombas atómicas... Pero la enumeración puede ser engañosa. Norah advertía que ya en esa parte del relato habían proliferado tanto los gusanos que era difícil orientarse y transcribir con exactitud. Vio gusanos evidentemente descartables, como TREPANACIÓN y COPYRIGHT, pero también vio el gusano MAGIA, y no le gustó. ¿Hasta qué punto tenía ella la libertad de no transcribir con exactitud, aun cuando fuera posible hacerlo? A fin de cuentas hubo gusanos que nunca pasaron cerca de sus ojos (salían del queso por la parte trasera de la camioneta) y otros que ni siquiera fueron tenidos en cuenta: ella debió aplastar muchos en el parabrisas y limpiar el parabrisas para poder conducir y la historia, la misma historia, continuaba.

El queso seguía contando.

Viene la parte del descubrimiento. Un día el ministro descubre en su discípulo algo tan fugazmente extraño como puede ser un gesto, un movimiento de hocico al morder, una calidad en la mirada, otra concentración de partículas justo a la hora de dormir o de resolver las ecuaciones diferenciales. Al principio detalles, puntas de hielo, pero la revelación progresa y de pronto el ministro tiene que enfrentar todo el iceberg: su discípulo no es del todo un ser humano. Y por supuesto, acto seguido al ministro le entra un frío de esos que perforan cráneos y desestabilizan la política de los países tropicales.

El gusano HUMANO le hizo preguntarse a Norah si habría un gusano GUSANO. Alguna especie de metagusano copiador e irónico. Y sintió terror.

—Al menos trata de entender por qué yo estaba aterrorizada. Si aquello seguía abriendo huecos en el espacio, más que una salida al mar yo iba a necesitar una salida de mi cabeza, una salida imposible.

Poco a poco, la relación entre humanoide y ministro se va tornando difícil. El segundo lanzando todo el tiempo indirectas sobre la naturaleza poco confiable del primero. Hay atisbos de celos inexplicables y de complejos que tampoco tienen mucho que ver. La diferencia de edades, por ejemplo. Las discusiones entre viejo y adolescente comienzan a nacer como moscas por generación espontánea, al calor de cualquier vaga observación. Se recuerda el escaso presupuesto de tiempo que el viejo, ocupado en trajines ministeriales, reserva para su amante. Se contratan más niñeras y más guardaespaldas. El adolescente, que al principio reaccionaba con vanidad o gimoteos, no tarda en percibir de un modo oscuro (su modo) que el viejo, detrás de todo, lo que tiene es mucho miedo. Hay alguna violencia contenida que se eyacula en sesiones de sexo sadomaso, incluso sin sexo, siempre duras y hasta el fin. El fin de la violencia, el fin de las malas palabras. Hasta que un día el viejo le tiende la trampa. Transcurre una nueva reconciliación y él no se da cuenta de que la cama, ese día, o esa noche, es también una trampa para matar ratones. La barra de metal salta sobre él, lo destroza al instante, pero no lo mata. Por poco. Logra escapar, se arrastra entre hilos cruzados de sangre, el viejo (que ha sido golpeado también) lo patea sin fuerza en las costillas rotas. Con mucho trabajo alcanza la pared y huye por un agujero. Los días siguientes, que pueden ser tres, o cuatro, o doce, se los pasa deslizándose a duras penas por las tuberías y demás conductos helados de la mansión, muerto de dolor, de hambre y de sed, buscando desesperado una salida, una salida imposible porque le han cubierto todos los agujeros. Hay un cazador avezado que no quiere que se escape. Aparecen otras trampas, cebos visiblemente envenenados, el cazador lo tienta varias veces con unos mensajes en los que propone paz, comida, los mejores médicos. Y de pronto, milagrosamente, aparece la falla en el cerco. Un hoyo subterráneo que comunica con la chimenea que comunica con el techo. Pero cuando llega arriba sus fuerzas no alcanzan para mucho más. El salto que da es un suicidio. Cae sobre unos arbustos puntiagudos del jardín. Rebota, rueda, no sabe cómo. Ve la piscina frente a él y le parece contemplar su rostro en el agua, un rostro que no reconoce, que no ha reconocido nunca. Se sumerge, pero ya no en agua porque, a todas estas, la piscina está vacía. Un trastazo contra el fondo apaga la poca luz que quedaba y él se queda tirado allí, un roedor lácteo inmóvil, una cruz de brazos y piernas contra la luz de la luna.

Hasta aquí la historia del queso. Norah prosiguió:

—Le dije que ya estábamos llegando. Que todo iba a salir bien, aunque yo no supiera cuál era ese todo que podía salir mal o bien. Al rato le dije otra cosa y nuestra comunicación, si la hubo, terminó con mis palabras.

Terminó el viaje. Norah frenó la camioneta mágica justo al comienzo de los arrecifes. El queso abrió la puerta y salió, un movimiento inmediato que puso afuera a Norah (ni siquiera tuvo que moverse del asiento) y dispersó un mar de gusanos en la madrugada marina.

Caminaron juntos, por decirlo así, tomados de la mano, hasta la línea espumosa del agua y un poco más allá. Sin transición visible, él pasó a estar bajo el agua, nadó varios círculos alrededor de Norah y luego partió, una aleta disparada al horizonte del Atlántico, una mancha brillante de escamas que se alejan. Nada más. Norah se humedeció la cara con sal antes de emprender el regreso.


—¿Qué te parece? —me preguntó y yo no supe si se refería a la bailarina que en ese momento giraba en la barra sujetándose con cadenas y con una especie de lazo enorme, estridente, excitante, quizás algo defectuoso si uno intentaba mirarlo con ojos sanos.

—A lo mejor todo se puede escribir —aventuré—. Así sea atravesando narraciones defectuosas. No sé, no es que me importe mucho.

—Pues debiera importarte, ¿sabes? Creo que tú no eres un escritor de verdad.

Morbosa, ya lo dije. De las que hablan. Conversamos un rato más. Luego intercambiamos teléfonos y ella se fue. Es posible que yo haya olvidado la mitad de su historia, pero recuerdo de lo más bien que antes de irme la bailarina de las cadenas me guiñó un ojo de manera inequívoca. Tenía puesto un bikini azul. Me pareció que era una chica completamente azul.




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