CINCO POEMAS INÉDITOS de Eduardo Chirinos

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MIENTRAS EL LOBO ESTÁ

-Cinco poemas del poemario ganador (y aún inédito) del Premio “Generación del 27”-



ESCENA PARA UNA PELÍCULA

¿CÓMO MANEJA uno los recuerdos? Yo tengo
varios que se alternan y, para colmo, varían
con el tiempo. No son organizados. Un buen
día aparecen y ¡zas! se instalan sin permiso
reclamando alguna música, si es posible
alguna explicación. Ayer, por ejemplo, tenía
siete años y entré sin llamar al dormitorio
de mi madre. La ventana daba a un amplio
jardín donde jugaba el collie, al fondo
renacía una palmera, un floreciente árbol
de papayas. Mamá se pintaba las uñas
de los pies. Parecía estar muy concentrada
y apenas me hizo caso. «¿Por qué te pintas?»,
pregunté. «Porque hoy llega tu papá», me
dijo. Y eso fue todo. No. Eso no fue todo.
Su vestido colgaba impaciente de una silla
y una cámara filmaba sus piernas (la
izquierda recogida, la derecha ligeramente
levantada). ¿Qué quería de mí ese recuerdo?
No lo sé. Si le pregunto dirá que no había
ningún collie. Que tal vez había soñado.










DOVEGLION

SOLÍA PONER comas entre palabra y palabra.
«Para regular la densidad del poema», decía,
para saborear cada vocablo, como Seurat
saboreaba cada gota de color en el lienzo. No
era excentricidad, tampoco exhibicionismo;
el suyo era el más puro amor a las palabras.
Pude haberlo conocido: murió cuando llevaba
cuatro años viviendo en Nueva Jersey (él
llevaba sesenta viviendo en Nueva York),
pero jamás escuché su nombre. Los poetas
no tienen nombre. Sólo escriben unos versos,
se mueren como todo el mundo. Y se sientan
a esperar. Él esperaba en el segundo piso
de una librería, en una mesa de novedades
(que será mañana una mesa de saldos). Allí
estaba: paloma-águila-león escapado del
trópico, acogido por la más franca tiniebla,
sonriendo y sonriendo ante mi confusión.
«¿Es usted un poeta hispano?» No, me dijo.
En casa los más viejos hablaban español
y los más jóvenes contestaban en tagalo.
Pero yo prefería poner comas en inglés.










EL SOL QUE TODO LO PUEDE

FUE EL día del entierro del engaño y la mentira.
Todo Granada estaba en las calles y el carnaval
incluía –por supuesto– a los poetas: en lo alto
de un carruaje recitaban versos a las nubes,
a los pájaros, a las aguas de un lago que resiste
heroicamente la contaminación. Y allí estaba.
Con sus cabellos blancos y su boina negra. Ojos
que han visto a Dios en el humo de la marihuana,
de los volcanes azules de Nicaragua, velando
entre la confusión. En él no había confusión.
Era el mismo muchacho que escribía versos
para Claudia, el seminarista que nos presentó
a Pound, el jovencito poeta asomado a la
ventana donde enloqueció Alfonso Cortés.
Todo Granada estaba en las calles.
Músicos, danzantes, bailarinas. Y el sol,
que todo lo puede, reclamando silencio.
En un rincón estaba Marilyn. La reconocí
entre la multitud. Llevaba gafas oscuras.
Me hacía adiós con una mano.










CET OBSCUR OBJET DU DÉSIR

SABEMOS QUE es una frase de Pierre Louys.
O, más bien, de un personaje suyo que
despreciaba a las rubias. Oscuro es mejor
que pálido, oscuro reclama deseo y
acompaña a objeto. Aunque, pensándolo
bien, se trata de dos deseos en uno. O de
un deseo doble: de la santa pasada de moda
y de la puta (pasada de moda también).
Pero la moda no interesa, sino el deseo
que se define, igual que el lenguaje, por
su ausencia. Quiero decir que si el objeto
es el sentido, ¿qué sentido tiene desear?
Podría formularlo de otro modo y concluir
que quien desea se halla sujeto a su deseo.
Y es su esclavo. Como el viejo burgués
de la perversa bailarina, como la pobre
bailarina del perverso burgués. Como
el bombazo final que incendia la pantalla
con música de Wagner. Sólo quiero
decir que me gusta Ángela Molina,
pero Carole Bouquet me gusta más.










MONIGOTES

DESDE NIÑO me gusta dibujar monigotes.
Así me entretengo cuando estoy aburrido,
cuando nadie me mira, cuando espero
impaciente el menú del restaurante.
Algunos tienen nombre propio, bichos
que apenas sobreviven en el trazo, en
la corta vida que el papel les concede.
Ellos me acompañan. Llaman a la puerta
a cualquier hora, y yo siempre los recibo.
Llevo a todas partes una pluma, no vaya
a ser que los escuche y no tenga cómo
darles forma. Nunca piden nada a cambio.
Ellos bailan felices en manteles, boletos,
servilletas, y luego –así como han llegado–
se despiden. La gente cree que la pluma
es para anotar versos, apuntes misteriosos
que se le ocurren al poeta. No sabe que
nunca escribo apuntes, que los monigotes
me visitan cuando suena la música
del mundo. Y yo no puedo escucharla.






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