Carlos Cociña

De La Siega, la enciclopedia libre.




De Aguas servidas (1981).


1. El primer fragmento
(emisión oral primera)
“Estructura de la mirada”
(Fragmento)

Entre todo,
la mano busca la piel
la piedra
el agua y la tierra.

Por la palma se deshacen los contornos.

El tacto desordena la textura
y por poner la voz
se desentraña la forma del agua.

La tengo en las manos.
La amaso en las manos.

Con los dedos cierro el párpado.

Desde lo negro a lo blanco
cambian los matices
os objetos
la piel
la boca
las manos
y puedo
y miro el ojo.

El ojo en su agua se retrae,
entre las paredes.








De Tres canciones (1992).


Se acerca el tren;
sus luces van sobre las lomas.
No son los carros del tren,
es un gran gallinero extendido sobre los árboles
del cerro.
Ese tren va a las tierras cardinales.
En sus ventanas iluminadas se refleja
el gran transatlántico,
entre los valles de maíz, encendido
entre los insectos que vibran en vuelo.








Como una cadena de montañas que nace en el
mar del sur
y se despeña hasta las aguas antárticas,
la cruz de los andes atraviesa la selva
y los valles
con el ruido de las nieves y las mareas del oeste.
Como una cadena de montañas,
de sur a norte, que
se eleva hasta la bóveda de la cruz
de las estrellas,
la cordillera sostiene el mar que se va sobre
la pampa
como una única ola.
La montaña de los andes se estrella en el cielo
cubierto de sales marinas.








De Espacios de líquido en tierra (1999).


2c Dentro de sí ves el aire que inspira y la vibración de éste
cuando entra alternativamente, sin orden, por las fosas nasales
o la cavidad bucal y adquiere una presencia tan nítida
que la voz retrocede, aún conservando su mayor intensidad.
La respiración, el aire que se acoge en el cuerpo y luego retorna, tiene la forma sonora de una única presencia. Ya no escuchas,
estás inmóvil en el aire y eres la respiración que escucha
cómo otro oye las palabras que se forman en la voz.








De Plagio del afecto (inédito, 2003-2007).


En la atracción del amado se debe proceder de diversas formas para aligerar la desolación. Hay que operar con total acierto una inversión. El expresar el afecto es una obligación, no para el sujeto, sino para la relación. Demandar un gesto proviene del interior mismo del discurso del deseo. Esto se debe en gran medida a un antiguo temor. En él no existen las acciones obligatorias de controladores o de análisis. Cada uno escoge y posteriormente la elección es homologada. No por azar, son actos deseados y posibles. Se trata de una habilitación, y no implica nada más que una sucesión de roces que ratifica que el otro es libre de escoger. Ciertos actos pueden desviarse hasta convertirse en un desastre. Cuando el amado se autoriza a sí mismo, pone de manifiesto que algo se ha movido en el deseo. La oposición entre cerrado y abierto evita, sin embargo, lo esencial: la responsabilidad en la relación. El punto de vista, el análisis personal, el control y goce se encuentran entrelazados. El amante habla de alguien diferente de sí mismo. Pero su posición puede no estar en la diversidad, sino en la insistencia de su pregunta, en su indignidad, en un límite reencontrado o incluso en el propio punto de interés disfrazado de pregunta. Si el amante hace de semblante del amado y no se constituye, por sus prejuicios, en un obstáculo, el deseo inconsciente del otro se acoge. El interés del amante consiste en que se opone al de identificación. Lo que queda no es un sujeto no identificado, sino un sujeto que puede ser objeto del deseo. El mismo se define como aquel que podía ser cualquier cosa para cualquier persona en la medida en que se ha despojado del otro que habitaba en él. Hacer de semblante está íntimamente vinculado con las relaciones imposibles: imponer, aceptar, analizar. En este sentido el acto de amar se opone a la acción. Está basado en un no actuar fundamental, de permanecer inmóvil cuando alrededor todo es movimiento. Hacer de amante es permanecer en su lugar, mientras el amado se desplaza. Con ello es posible su deseo y la pasión.
afecto 06







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