Carlos Henrickson

De La Siega, la enciclopedia libre.




Balada de los verdugos

A Damsi Figueroa


En un mal sueño nuestro –recurrente
como el hambre- los verdugos
llegaban a la aldea, y había
un solo lugar donde esconderse. Aunque
nunca nos encontramos, sabíamos
la dirección exacta de ese depósito de botellas,
no escrita, pues en esa cordillera
alumbrada por la luna, no hay para qué
escribir nada encima de las casas. En ese
otro mal sueño, en que la luna y el
sol se turnaban y el mundo fingía
sustancia, estaban los verdugos ya,
y nos criamos en un par
de malas artes bajo la sombra
de su gobierno. Cuál era la vigilia, se hace
ya difícil saber: los militares
estaban algo más acá de eso que
llaman realidad, y la ciudad
entera nos dio otra cara de sí cuando
la cruzamos. Hoy, aunque
lo intente, no podría entrar
en especulaciones metafísicas. El café
sabe a café, y el amor y las letras
y la guerra insisten en amarrarse,
secos, a su palabra asignada. Tan
sólo decir aquello de lo que estoy
seguro: sombras la gente, sombras
las cervezas matutinas, sombra
la pretenciosa Academia, Pinochet
la más sombría de las sombras: en este
extendido lado de la luz, estoy
afuera de claroscuros. La realidad
es una habitación vieja, abandonada,
llena de viejas botellas verdes de vino,
con un lavadero oxidado; entra por la ventanilla
el perverso lunario, y en ese
preciso lugar se puede vivir,
encerrado y triste, pero sin miedo; y
hace mucho tiempo que no estoy
en ésa, la realidad. A mi poesía
ya llegaron, ya están aquí, se quedaron a vivir,
obstinados y firmes, los verdugos.








De An Old Blues Songbook.


XLII

No se ve el cielo: tan sólo un estremecimiento,
un reflejo de algo como el cielo,
cuando la chica a mi lado
habla de su madre, la ópera, los terribles
años de los militares. Y en su lengua los dios
benditos y los avemarías todo el tiempo, porque hay también
exaltación, la fe de los inocentes, el golpe
del puño sobre el pecho: mea culpa. Bebemos,
en estricto y común
brindis, santificamos este desgarro
en la emoción, perdido como niño
entre leones en la densa atmósfera, las risas, la vida ligera
del Café del Castaño.








De Ajuste de Cuentas.


Chile

Un país es tan sólo un país.
Kilómetros y kilómetros de bella
pampa y hielo y arenas incontables y,
de tanto en tanto, los manchones de gente,
el reino del reloj y los trabajos.
No está de más acordarse de eso,
cuando las ganas de escupir
la bandera son más grandes. El
cigarrillo no se siente ofendido
al extinguirse, y los sutiles
equipos electrónicos no funcionan
cuando quieren; un país es
tan sólo un país. Su historia
es siempre una suerte de ópera
china, con palabras de la más
insultante prosa: nadie nunca cantó
en medio de los Grandes Acontecimientos.
Un país es un objeto al que
se abrazan, como niños, los hombres
desgraciados. Y no hay
nada entre los brazos: pura vanidad
creerse tan amplios y fornidos. Así,
cuando el documento de identidad no se
quiere romper –privilegio del buen
plástico- o las cifras misteriosas de los
impuestos bailen como insectos
ante los ojos, hay que acordarse,
siempre, por el bien del alma
en estos días postreros, que un país
es tan sólo un país, que toda, toda tierra
es la tierra de nadie.







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