Carlos Labbé

De La Siega, la enciclopedia libre.

Duodécima coreografía espiritual


Aunque su enormidad cupiera en el lente de las cámaras fotográficas que los turistas disparaban apenas ponían un pie fuera del bus, a Joe Pedro Joe la piedra más grande de Paquió se le hacía difícil de mirar. El aire caliente y el sol del mediodía impidieron cualquier tipo de reflexión en su cabeza que lo previniera de separarse del grupo, de los flashes y de las exclamaciones admiradas, para perderse en un sendero de ripio que se extendía con naturalidad entre peñascos y pastos amarillos. Desde su discman sonaba a volumen altísimo “Leather weather”, del Love de Eugenics, pese a lo cual no podía ahuyentar de su memoria los suspiros acongojados de su madre al teléfono cuando él le dijo que estaba en Sudamérica.

“The air is filled by flesh / Baby / By the trees you´ve never smelled”, intentaba cantar, sentado a la sombra escarpada de dos filones, mientras sacaba de su mochila el botellón de agua mineral. Había trepado sin darse cuenta hasta quedar frente a frente con la cima de la piedra. Desde ahí no había rastro del bus ni de los turistas. Estaba sacándose los zapatos cuando perdió el equilibrio y sólo atinó a afirmar la mochila: la botella fue rebotando hasta que la altura se la tragó. Joe Pedro Joe se sentó en la superficie rocosa, estiró los pies, dio un suspiro, comenzó a dormirse. Sin embargo, se decía a sí mismo, no lograba experimentar el escalofrío que antes le provocaban las vibraciones del sintetizador en suspensión de esa canción, esperando que de un momento a otro la voz grave y la aguda guitarra de Araziel entraran, se persiguieran hasta reunirse y resolver el coro. No lograba escuchar nada, se dijo. El calor húmedo y el dolor de espalda lo hicieron despertarse de golpe. Buscó instintivamente la botella de agua, en voz alta lamentó haberla perdido. Observó la inmensa piedra de Paquió, equilibrada en una diminuta base que lo hacía sentir frágil. Una pesadilla, pensó. No podía escuchar la música; abrió el discman, sopló el laser, cambió las pilas; volvía a sonar, pero no escuchaba. La piedra seguía ahí, no podía soportar verla, sin color ni posibilidad de tacto, a punto de pesar más de lo que su cuerpo podía aguantar, rodando, padeciendo, reventándose cuando cediera esa ínfima base que sería él. Todo se rompería, pero la piedra de Paquió no se habría inmutado: otros mil años más de polvo, esta vez en otra posición, otra la sombra y otra la luz que le daba.

Se sacó los audífonos. Claro, se los había puesto equivocadamente en la mañana; el parlante derecho en la oreja izquierda, el izquierdo en la derecha. De pronto escuchó guijarros que rodaban, golpes, pisadas. Apareció ante él un muchacho alto y moreno de su edad. Llevaba jeans gastados, botas y el torso desnudo, lampiño, en contraste con la ondulada melena azabache que le bajaba desde la nuca. Joe Pedro Joe lo saludó, pero no recibió respuesta. Vio que el muchacho no llevaba mochila, bolso ni botellas de agua, sólo una Biblia de bolsillo en una de sus manos, y que resoplaba como un caballo mientras seguía caminando piedras arriba por la continuación del sendero. Aquella fue la primera vez que Joe Pedro Joe vio a Gustavo. Luego cerró los ojos y se durmió profundamente, como no hacía en semanas. Desapareció el barítono de Stephen Araziel, después los gritos de su propio padre, el empujón, el último portazo. Finalmente quedó la piedra, única en el espacio blanco, sólida, inmutable, hasta que fue cubierta por una especie de bruma que era también un silencio donde no supo su nombre, ni qué lengua hablaba, si su boca estaba llena de un líquido placentero o si ya no tenía labios ni nariz, ni manos ni ojos. Horas después un hombre de larga barba blanca lo despertó. El sol había bajado y empezaba a caer una llovizna. Bajaron juntos por un sendero distinto, entre latas de cerveza y bolsas con restos de comida, además de moscas y cáscaras de fruta. El hombre de la barba le dijo que los guías turísticos lo estaban buscando. Le gustaba mucho el idioma inglés, le confesó, porque lo sentía mejor en los dientes que el castellano; hablaba sin parar: que trabajaba para los jesuitas en la organización del Festival Internacional de Música Barroca de Bolivia; que era un cura católico retirado; que había venido a mostrarle las piedras a unos amigos, que en eso había sorprendido a un chascón rayando ese patrimonio de la humanidad, así las llamaba. Do you mean a graffiti?, inquirió Joe Pedro Joe. No, no. El chascón había sacado un lápiz y había escrito unas leseras de la Biblia en la piedra base de la roca mayor, contó el hombre de la barba. Unos versículos que apenas se pueden leer, dijo, y le propuso que fueran a ver de qué escrituras se trataba. Pero Joe Pedro Joe se excusó, argumentando que estaba cansado. En realidad sentía escalofríos sólo de pensar en ponerse tan cerca de esa piedra gigantesca.




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