Carlos Yushimito del Valle, "La isla"

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Por Carlos Yushimito del Valle


Incluido en Las islas, (sic), 2006.


                                                                      A mis padres, por invitarme a este viaje.


1

Guilherme recuerda esa tarde en particular, porque era un día afilado y transparente. Un bote pequeño hacía surcos frente a la isla. Capitán Nemo conducía y Luizinho, su padre, esperaba el momento propicio para desaparecer. ¿No era eso lo que siempre había hecho al llegar al límite impreciso del mar? ¿Sumergirse, desaparecer? Pero algo lo contuvo esa tarde. Guilherme lo recuerda ahora que esa frente remangada, que brilla sin animosidad, lo observa como una bestia domada por el tiempo. A pocos metros de ahí, exactamente en el mismo lugar en que lo dejó su memoria, el estómago color de arena de un gran pez sigue emergiendo desde las profundidades del mar, y ese significado, oculto hoy como entonces, realmente se hace importante en su vida. No es más la bestia plateada que se debate con fuertes coletazos mientras tira del hilo brillante; no es más el enrevesado furor entre las mallas el que se apaga quietamente bajo la insolación del atardecer. Aquella imagen que sería desde entonces la muerte para él, flotando boca arriba y casi tan blanca como la esfera del sol vista de frente, no llegó como otras veces con la tensión de su brazo, ni con el anzuelo recobrado de unas fauces que bregaban por no dejar de respirar fuera del agua. Vino así, de improviso. Silenciosamente, como la exhalación de una burbuja. El pez arrullado por un movimiento demasiado quieto, incluso para ser el de un animal muerto. Quieto en la proa, Guiraldes asegura que es lo más extraño que ha visto en su vida. Y Luizinho asegura, mirándolo sin respuestas, que era cierto.


Cuando salían a la ciudad, Guiraldes los acompañaba a menudo en ese gran coche negro con asientos de cuero y ventanas automáticas. En verdad, Luizinho nunca saldría a la isla sin aquel gigante de sonrisa y brazos categóricos al que lo unió siempre un extraño afecto. A veces su padre se zambullía, lo veía bracear, sacudirse al alcanzar la arena, y a veces permanecía en la isla durante horas. No le molesta recordarlo a veces así: conociendo a Guiraldes en la lancha a solas, sus historias en altamar, mientras una lectura en la escuela le proporcionaba la costumbre de llamarlo en adelante Capitán Nemo. Desde entonces, siempre será Capitán Nemo para él. No importa cuánto explore en su memoria, Guiraldes siempre obedecía cuando Luizinho señalaba la isla, y el sonido del motor ocultaba lo que los hombres se decían casi a gritos en la proa; la voz de su padre dando la última, definitiva afirmación, antes de desaparecer. Por eso, mientras Capitán Nemo arrugaba el agua con las extremidades de la embarcación esa tarde, a Guilherme no le sorprendió que Guiraldes hubiera respondido con absoluta docilidad, remando quietamente hasta que el pez estuvo a su alcance, ni que Luizinho estirara su brazo y regresara con el animal goteando en el estómago de su red pocos segundos después de capturarlo. Una vez en equilibrio, tendió la presa a un lado de la canasta y, apoyándose en un tablero, limpió sus escamas y lo destazó con paciencia en varios pedazos regulares.

–Tenemos cebo para media hora más de pesca –dijo Luizinho, como si esa serenidad para entender la vida lo resumiera todo.

Pero Capitán Nemo, acostumbrado a la simplicidad de las cosas, le dio la explicación que buscaba:

–Era un pez viejo.


Esa tarde pescaron poco, devolvieron dos anguilas al mar y Luizinho, que no tardó mucho en volver de su excursión a la isla, debió admitir que había sido una mala idea utilizar una carnada devuelta por el océano. “Lo que el mar devuelve, nunca más lo acepta de regreso”. Esa tarde su rostro revelaba un pliegue nuevo, apenas perceptible bajo la textura del agua que no se apresuró en secar al subir a la lancha. Se mantuvo silencioso mientras evaluaba la pesca de los otros dos y, hasta que ordenó que Guiraldes tirara de la cuerda y el motor encendió su rugido de aceite, no volvió a decir palabra.

Cuando la isla era, en perspectiva, una figura que podía atrapar su dedo, su rostro se suavizó y su cuerpo ya se había secado.

Pasó el resto de la tarde con una sonrisa triste y un ánimo oscuro que Guilherme capturó enseguida, pues no llegó interrumpida ni por palabras calladas por el motor, ni por el aire, ni mucho menos por el balance adormecedor del regreso. Hasta donde tiene recuerdo, ha quedado una mueca que Capitán Nemo apaciguó con complicidad, pero también con una velada molestia. Tiempo después, Guilherme aún recuerda su malestar, pero por motivos distintos.

Esa tarde, frente a la isla, no pescó nada.


2

A papá se lo llevaron hace seis horas. Costó trabajo meterlo en el cajón en que finalmente lo embarcaron con dirección al cementerio. En los últimos años había engordado tanto que incluso fue difícil hallar un traje adecuado para él, que siempre había sido digno y elegante, y merecía despedirse de la vida del modo tan honorable como llegó a ella. Los trámites de la muerte exceden siempre nuestra propia capacidad para el sufrimiento, pensaba mientras las gestiones en el tanatorio me mantenían al margen de todo. Fue la única conclusión que decidí conservar conmigo al final del día. La vida nos imagina a nosotros, y de pronto un día cualquiera es hoy, te miras al espejo, te sientas a una mesa, abres un álbum de familia y sabes bien que alguien te vio llorar, escuchas a quien lo dice, con atención, con cierto escepticismo, como si te contaran un cuento de hadas lleno de contradicciones. Pero la muerte, en cambio, nos exige que la imaginemos severa pero condescendiente, como si fuera una vieja institutriz plagada de virtudes que toma mucho tiempo apreciar. Finalmente nos llevamos el mismo secreto que entonces, con desesperación, quisiéramos que alguien compartiera con nosotros. ¿Nos veremos de nuevo alguna vez? Por último, terminada una larga jornada de seguros y pagos en lugares dispuestos a ser sensibles a cambio de una buena cuenta, la muerte de Luizinho, mi padre, fue exactamente lo que fue, no su maquillaje cargado de compromisos ni formalidades ni absurdos trámites evasores. Fue apenas su muerte, esa fría conveniencia que me había permitido canalizarla como él mejor lo hubiera hecho. Es decir, trabajando. Por fin, de pie frente al ataúd que cuatro horas antes había ayudado a cerrar, pude llorar a solas, extenuado y vencido por mis propias fuerzas. Con el atardecer encima fueron llegando los demás, personas que conocía, que reconocía, que supe que lo conocieron. Todos tuvieron palabras amables. Me dieron la mano. Me dijeron cuánto lo sentían. Comprendían, como yo lo había hecho, que habían envejecido de pronto con esa muerte. Sin darme cuenta, buena parte del lugar se llenó de hombres de su edad, de la edad que hoy tendrían socios, amigos de la infancia muertos antes que él. Para todos ellos tuve palabras de agradecimiento y me mostré comprensivo, tanto como lo hicieron mi esposa y mi hijo cuando los requirieron, su dolor indirecto, sometido a una prueba de fidelidad distinta. Ellos habían tenido más facilidad para debilitar su tristeza que yo, y sabiéndolos fuertes los dejé en el salón, y fui a buscar un asiento libre y tal vez algún consuelo en el corredor de la calle. Algunas personas fumaban junto a la puerta; y entre ellas alguien caminaba con dificultad, ayudado apenas por un bastón metálico. Ahí estaba, después de cinco años, João Guiraldes. Durante cuatro años estuve fuera, y el último verano que papá pasó fuera del hospital decidió prescindir de él porque ya estaba viejo y necesitaba descansar (ambos necesitaban descansar, dijo), y yo nunca encontré el valor suficiente para visitarlo en el asilo de enfermos donde me comentaron que vivía encerrado en sus cataratas cada vez más azules. La distancia que no era mucha me dejó verlo desorientado, cosa que atribuí a la tristeza de la pérdida. Era la primera vez que lo veía perder ese equilibrio perfecto que le educó el servicio a mi padre.

Me acerqué hasta él, intuyendo equivocadamente que no me reconocería.

–Capitán Nemo –le dije.

João Guiraldes volteó sin sorpresa, y solo entonces comprendí que estaba ciego. Sus ojos, fijos en mí, estaban laqueados por una sustancia lechosa que me recordó vagamente el color de los reflejos marinos. Pensé, sin intención, en los ojos de los pescados fuera del mar: aquellos que nos miran fijamente traspasados por el sol.

–Guilhe... –dijo instintivamente. Vi que su rostro adquiría una ternura ruda, sutilmente conmovida–: cuánto siento lo de tu padre, niño. Me enteré hoy por la tarde, y he venido en cuanto pude...

–Te lo agradezco mucho –lo interrumpí, no quise terminar de escuchar su consuelo–. Sabes que tienes tanto derecho a estar aquí como yo.

Negó con la cabeza, pero le cogí el brazo con suavidad y le agradecí nuevamente. Me sentía extraño sabiéndome más grande y fornido que él, pese a que había crecido a su lado casi toda mi vida admirando su portento de roble. Su brazo, entre mis dedos, era como un jarrón delicado que temía lastimar. Así que insistí. Se lo hubiera podido decir toda la noche porque era cierto, porque se lo merecía, porque, sin duda, así lo hubiera querido mi padre. Lo llevé a uno de los asientos en el corredor y, ayudado por mi brazo, consiguió sentarse. Cogí su bastón y lo apoyé contra la tapia.

–Tu padre era un hombre bueno –dijo al rato, cuando ya no supe preguntarle más sobre su vida. Ahora sabía que estaba retirado, que vivía en una casa de inquilinos pudientes, y que las enfermeras ya no creían necesario estimular su autonomía ni sus ganas de sentirse joven y útil otra vez.

–Pero son lindas personas –sonrió, sin malicia, señalando la puerta de salida–; de hecho, una de ellas me acompaña hoy. Está esperándome allá fuera. No pienses mal. Es una chica generosa conmigo, y me cuida mucho más de lo que debiera.

Sonreí y supe que él lo sabía. No miré a través del vidrio.

–Soy un pobre viejo sin ojos, pero sé mirar muy bien las cosas –suspiró–. ¿Te das cuenta? Si no hubiera sido por tu padre estaría pidiendo limosnas en una esquina sin luz, o muerto, atropellado por alguien con demasiada prisa o por mí mismo, muerto por cualquiera que no podría haber visto llegar ni detener a tiempo... Un hombre a quien solo le dieron el don de la fuerza, sin sus ojos, es solo un estorbo para el resto de su cuerpo... pero tu padre, niño...

Quise decirle que tal vez no se hubiera vuelto ciego de no haber trabajado con mi padre, pero evité echarle a perder la imagen que tenía de él, solo por hacer alarde de un estúpido ejercicio de retórica. Ya no tendría más imágenes nunca, después de todo, y quise respetar eso. Además, era cierto que mi padre lo había ayudado más que ninguna otra persona; tal vez mejor que nadie y que eso ciertamente tenía valor para alguien que no tenía nada, salvo agradecimiento.

Sobrevino un momento de silencio incómodo, pero Guiraldes se contuvo y no lloró. Yo terminé por pensar que los ciegos no podían llorar, lo cual me distrajo hasta que un frufrú nos hizo sombra y levanté la vista y ahí estaba ella. Antes de que pudiera verla, parada entre nosotros, Guiraldes saludó a su enfermera: –Daniela –dijo, alzando un poco la voz–: éste es Guilherme... La mujer, una dama enjuta y aséptica, estiró su mano hasta que tocó mi hombro:

–Lo siento mucho, señor Fonseca.

“Señor Fonseca”, repetí, midiendo las palabras. Sentí que le hablaba a mi padre y dije gracias más por inercia; pero algo en la escena me resultó intolerable, y sentí que no podía seguir mirándola a los ojos, ni a sus leotardos blancos ni mucho menos a sus zapatos homogéneos e inmaculados. La mirada que tenía encima de mí, que me traspasaba y lograba mirar más adentro que ninguna otra persona en esa sala llena, era demasiado fuerte para ser compartida por alguien. No lo soporté, no quise soportarlo, pero aún así dije gracias. Agradecí educadamente como lo hubiera hecho el señor Fonseca. Era mi tarea ser comprensivo y tener palabras amables.

Aparté la vista de su falda y me incorporé.

Era una mujer alta.

–Gracias por acompañarme –dije, de prisa.

–Sí –dijo Guiraldes, intentando ponerse de pie.

Entre la enfermera y yo lo ayudamos; le dimos su bastón y quedó rígido y titubeante.

–Voy a darle el pésame al resto de la familia –dijo, encontrando por fin las palabras.

–Lo acompaño, señor.

Sabía que no se acostumbraba a ser tratado así: él siempre había estado del otro lado. Lo tomé del brazo y caminamos hacia el ataúd. Pensé que sería un trayecto inútil porque tampoco podría verlo; pero insistió tanto en llegar, y luego en darle el pésame a mi mujer y a mi pequeño hijo, que no conseguí negarme. Cuando por fin estuvimos junto a mi padre muerto, sentí que Guiraldes se apretaba más fuerte de mi brazo y que su corazón latía acelerado. “Tiene el cuerpo hinchado”, dijo en voz baja. No me atreví a preguntar ni supe si me lo decía a mí o si se lo decía a sí mismo o si se lo había dicho, en realidad, a mi padre. Lo miré con curiosidad y noté que temblaba. Conmovido, pero sabiéndose observado, se santiguó y solicitó que saliéramos. La gente nos miró pasar hasta que llegamos al corredor y a sus sillas vacías, a las personas fumando bajo el umbral, como si no hubiéramos ido a ningún lugar entretanto. Entregué al hombre viejo que tanto me había cuidado y al que tanto quería, y la enfermera que lo recibió pareció entender lo que este simple hecho significaba para ambos. Al momento de despedirse, Guiraldes, Capitán Nemo, me dio un abrazo, y su aliento, amargo e ineludible como la vejez, me golpeó de lleno el oído:

–¿Quieres conocer la isla? –me dijo.

–¿Cómo? –respondí.

–Conocerla... lo que hay más allá de la orilla, en tierra firme. ¿Quieres verlo?


3

Luizinho nunca quiso tener un hijo. En realidad, nunca tuvo tiempo para pensar que tendría uno hasta la tarde en que Nuria lo sorprendió con la noticia de su embarazo. Tal vez Nuria tampoco lo quisiera; pero su naturaleza sumisa y poco ambiciosa se adaptó mejor que él a la situación, y fue finalmente el ímpetu que demostró tener frente a su maternidad inalterable la que terminó por contagiársele a su novio y futuro esposo. Nueve meses después Luizinho fue padre. Un hijo varón, con la salud recia, lo recibió dando gritos en la sala de partos hasta que se puso morado, y él, conmovido por la experiencia, lo bautizó como Guilherme porque le recordó a su abuelo paterno, un mercante portugués que lo saludaba a gritos cada vez que lo identificaba en la vieja dársena. Cinco meses después aceptó dejar la universidad con la promesa de recuperarla más tarde. Empezó a trabajar en la tienda de su padre, un próspero bazar de ultramarinos, donde se estrenó como auxiliar contable y fue ascendiendo hasta ocupar el puesto de gerente administrativo. Dos años después, cuando Luiz padre –apresurado por una salud minada por la diabetes– decidió jubilarse y dejar la dirección en sus manos, Luizinho consideró que ya la experiencia le había enseñado todo lo que debía sobre negocios, y la idea universitaria nunca se le volvió a plantear como un infortunio del que debiera arrepentirse. Tenía en Nuria a una esposa dulce y convencional. Y en Guilherme, que crecía a raudales, un futuro que le sonreía con los hoyuelos más hermosos y una perspectiva de la vida completamente nueva. El ciclo tranquilo que le ponían delante y que tendría que terminar a solas, era, después de todo, una promesa que aceptaba sin miedo ni alternativas. Era curiosamente un síntoma que comprendió formaba parte de la madurez, y que llegaba con sus pesados pies de hábitos, silenciosos y pacientes, y que con ella el tiempo se suavizaba, elegía su ritmo y su propia forma.

Pero entonces llegó la enfermedad.

La tarde que los doctores los enviaron a la ciudad para que Nuria descubriera los motivos que provocaban el dolor en su bajo vientre, Luizinho tenía veinticinco años y supo enseguida que nunca regresarían como se fueron. Recuerda que durmieron esa noche en un hotel, como no lo habían hecho la noche de su boda, apresurada y austera, y que Nuria durmió confortada, no tanto por sus abrazos como por un tranquilizante que le hipnotizó el malestar. El hospital era grande y frío, y quedaba al final de una avenida tumultuosa donde milagrosamente terminaban los ruidos. Esperó en el corredor, un esófago de losetas blanquísimas, hasta que una de las enfermeras le concedió el permiso que había esperado más de la cuenta. Los médicos fueron concretos y él lo agradeció. Dijeron que el útero nunca había sanado de un desgarro natural, probablemente ocasionado al dar a luz y que solía suceder cuando el niño sobrepasaba los nueve meses, como fue el caso, y el cuerpo de la madre era demasiado pequeño. Cáncer, resumió el médico más honorable, y luego enfatizó que el tumor se había enraizado en el cuerpo haciendo metástasis y que no había solución posible, salvo un tratamiento de radiación. Con la mano atrapada esa misma noche, Nuria dijo que acaso estaba previsto que nunca tuviera un hijo, que era muy pequeña para parir, como le había advertido su abuela; pero que era un sacrificio, y que siempre, de una forma u otra, se daba una vida a cambio de otra. Luizinho recuerda que lloró cuando ella se quedó dormida por fin, porque imaginó que ya no despertaría nunca más, y cuando murió, dos meses después, ya casi había aceptado que había muerto, pues el último espasmo se llevó solo el pedazo final de un cuerpo que permanecía intacto apenas por una fuerza de voluntad que combatía con las pocas ganas que tenía de quedarse. El día del funeral el sacerdote leyó un salmo, su voz arrullando el cabello del pequeño Guilherme, recostado sobre el hombro de una tía anciana habituada a la comprensión y a los consuelos. Al terminar, Luizinho agradeció al sacerdote, le dio un beso a su hijo y condujo alrededor del pueblo hasta que agotó la gasolina del coche.

Cuando le preguntan a Guilherme si recuerda a su madre, él responde que no. Pero a menudo tiene la impresión de estar mintiendo, como lo hacen los niños pequeños cuando han hecho alguna travesura. A veces siente culpa cuando apaga las velas de una torta y sabe que, en cierto modo, celebra la muerte de la mujer que le permitió apagarlas. En muchas formas, su padre ha sido todo para él. Y, aunque a veces ha echado en falta su compañía –que valora precisamente porque es escasa–, siente que lo respeta y admira y nunca ha dejado de acompañarlo cuando ha necesitado su apoyo. Por lo demás, lo que Guilherme nunca sabrá es que su madre pudo gozar muy poco del vigor industrial con que Luizinho sustituyó su aflicción por una inusual tenacidad que lo llevó a convertirse en el hombre más adinerado del pueblo, Guilherme lo recuerda alto y elegante, con ese aire de prosperidad prematura, despidiéndose durante una excursión a los pantanos, el día de la primera clase en la escuela, la visita al dentista o la primera vez que lo llevó a conocer la isla. Entonces conocía ya al Capitán Nemo, aunque lo llamaba Guiraldes mientras lo llevaba a la escuela, atravesando los campos verdes de su pueblo hasta que empezaban los suburbios y luego nuevamente arremetían una pendiente de robustos y verticales pinos y el muro de ladrillos que cercaban la categoría que Luizinho siempre quiso para la educación de su único hijo. Cada vez que preguntaba por qué se quedaban a solas en la lancha mientras su padre nadaba en dirección a la isla, el hombre que le acompañaba respondía que lo comprendería cuando fuera mayor. Cuando se hizo mayor ya no le importó saberlo, y no preguntó más. Cuando niño le alegraba descubrir que su padre sacaba la cabeza como una explosión de espuma, un año nuevo junto a la embarcación, y él reía porque la pesca esa tarde había sido buena y todo volvía a la normalidad cuando Capitán Nemo levantaba el ancla y regresaban a la playa. El coche. La vegetación. El cerco de ladrillos claros. Una mujer negra que cocinaba con habilidad lo que cada fin de semana celebraban los amigos de su padre: hombres elegantes y altos como él, a oscuras sus risas que nunca se aplacaban mientras dormía. Luizinho nunca se volvió a casar. Cuando se lo preguntó, años más tarde, dijo que no había encontrado a nadie que le hiciera olvidar a su madre; que a veces morirse es mucho mejor que no morirse del todo. Cuando lo veía alejarse allá lejos, en la orilla, ese pedazo de tierra que sobresalía en el océano como la rodilla de un gigante, Guilherme pensaba en lo pequeño que parecía su padre y la contradicción regresaba a su vida. Luego pescaba, esperaba inclinado contra el mar, deformaba su cara con un dedo, luchaba contra el impulso que venía de abajo y veía cómo Capitán Nemo les rompía la boca a sus peces para rescatar el anzuelo, cómo hacían arcos en la canasta y cómo los dominaba con su brutalidad tierna y protectora, golpeándolos con una tabla hasta que no se movían de nuevo. Ahora, cuando recuerda ese tiempo, reconoce que al volver a tierra sus sueños nunca fueron más profundos. Y echa de menos esa misma paz, aunque a veces piensa, mirando a la mujer que respira a su lado, en la oscuridad, que es un hombre feliz. Y muchas veces él también olvida, cierra los ojos y duerme profundamente.


4

Somos mi padre y yo, un verano hace cuarenta y cinco años. Lo veo otra vez hacia arriba y es el mismo vaquero alto de camisa a cuadros y pantalón crema que enterré dos semanas atrás, menos alto, menos vaquero. Sus cabellos no son grises sino negros como la montura de sus anteojos, y cuando habla, el motor de la lancha tritura sus palabras; pero sé que dice algo sobre la isla, porque señala con su dedo y el otro asiente, asiente un hombre seco por el sol, João Guiraldes, siempre Capitán Nemo. Yo miro el cordel tenso, la humedad de su filo luminoso, y la rigidez del sedal corta la espuma del mar como si fuera la más prodigiosa de las navajas. Sé que a dos kilómetros queda la orilla, las construcciones que se levantan en la homogénea claridad de la arena que forma dunas y jorobas compactas; que más allá los arbustos detienen el implacable avance del desierto, y que ahora ya no hay más arbustos y que el desierto se ha detenido como un animal prehistórico tumbado bajo el peso de su grupa exhausta, vencido por el sol y la soledad. Qué más da pensarlo si vuelvo a mirar atrás ahora, y en el sitio del que partimos solo hay casas diminutas que no tardan en desaparecer, sombrillas abiertas como las branquias de un gran pez respirando oculto bajo los maxilares de una ola que lo engulle. Algunos niños montan cocodrilos, y a un kilómetro del mar flotan neumáticos como náufragos sostenidos por milagrosas boyas. El mar continúa ahí. Sus lenguas. Sus significados. Sentimos su arrumaco, sus fosforescencias bajo el sol fuerte de marzo, los chapoteos que sus ondas deshacen contra la proa, y nos levanta y cómo nos deja libres. Pero el motor termina su descanso, y Capitán Nemo tira ahora de la cuerda y las hélices del motor gruñen, se alejan del muelle y un viejo y caldeado aceite que borbotea dentro se apodera del camino. Mi padre sonríe y sé que el sol se duplica en sus gafas, y que una balsa domina las olas con un viejo marinero en la proa y un pelícano gordo que abre la boca devorándose el viento que desafía nuestra vieja lancha, su vieja lancha internándose en el mar abierto, siguiendo una ruta distinta a todas las demás. Sé que en el fondo solo sonríe para que yo no tenga miedo. Y que Capitán Nemo lo comprende como lo ha comprendido toda su vida. Nosotros seguimos avanzando con dirección a la isla. Veo que mi padre señala delante y cierro los ojos, y deslumbrado por el sol me dejo llevar en su grupa, me dejo arrullar por el mar maternal y la cálida, intemporal, marea. Será nuestro camino hacia el límite, nuestra complicidad, la que nos haga navegar hasta que las gaviotas disparen sus graznidos en dirección contraria, y entonces ya no haya vuelta atrás y lo único que pueda desear entre tanto mar será mar y que esas revelaciones serán sus cantos más seductores, los más sabios ecos de las sirenas extraviadas en el tiempo. “Casi llegamos”, dice Capitán Nemo, mirándome a través de su mar personal, cuando abro los ojos. Es verdad que la isla está cada vez más cerca y yo pongo el timón en sus manos y le sonrío, como a su vez hizo conmigo mi padre cuando hicimos el camino por primera vez, y yo quise contemplar esa tregua en mitad de la nada, que sobresalía como el único secreto que quería descubrir en la vida, teniendo el control sobre ella. Ahora, por fin, está ahí. Siento el viento en los cabellos como una mano grande que me acaricia, insinuándome que todo saldrá bien. Capitán Nemo, viejo en la popa, parece comprenderlo todo nuevamente a través de sus ojos blancos. Mira hacia adelante, la mano firme, seguro de conocer de memoria la última ruta que nos llevará a la orilla. ¿Qué dirá cuando la lancha toque por fin la tierra? Sí, tengo miedo. Pero también tengo curiosidad por saberlo.




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