Héctor Antonio Sánchez, "Coincidencia"

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(Redirigido desde Coincidencia)

Por Héctor Antonio Sánchez


(Cuento ganador del XXXII Premio Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”.)


El amanecer anunció un día agradable. El aire estaba fresco y húmedo, se escuchaba el golpeteo de las gotas contra el suelo y el bullicio de los primeros comerciantes: nada realmente era notable. El señor Guirao contemplaba la mancha gris en el techo. «Ahora que han comenzado las lluvias se pondrá peor y a ver en cuánto me sale repararlo». Se desperezó entre las sábanas, se estiró y sus dedos se tensaron como garras —una especie de felino obeso junto a su hembra. Quiso mirarla durmiendo, le gustaba su respiración sosegada y el rostro inexpresivo entre las primeras luces del día. Sólo entonces se enteró que estaba despierta.

—Pero ¿por qué no me dices nada?

—¿No te digo nada de qué?

—Por lo menos “Buenos días” para que sepa que no estás dormida.

Le dio un beso en la frente y se incorporó. Caminó hacia el armario y descolgó un traje. Azul, su color predilecto.

—¿Y qué tiene de malo el no enterarte de que estoy despierta? —preguntó Emma, quien se calzaba las sandalias para marcharse a la cocina.

Guirao tomó la toalla y se metió al cuarto de baño.

—¿Qué tal si me limpio la nariz o me rasco por allí y ni me entero de que estás viéndome? —le dijo sonriente al asomarse a la habitación.

Emma ya no estaba. Él cerró la puerta y abrió la ducha. Sintió un aguijoneo entre los cabellos, luego un escalofrío en el dorso. «Dios, el agua está helada». En pocos días sería imposible tomar un baño sin recurrir al calentador; en esta temporada se invierte mucho dinero en gas. Qué esperanzas de llenar la bañera como antaño, cuando pasaba largo rato sumergido en el agua caliente. «A baño María», le decía Emma, que lo consideraba un exceso, y hasta un atentado contra la ecología. Ahora sólo miraba el fluido helado escurrirse por el desagüe de la tina.

«Emma tan crédula, piensa que realmente me gusta estar aquí temblando».

Cuando ella argumentaba los efectos de aquella costumbre sobre su cuerpo ya no tan resistente, él señalaba con tanto fervor sus virtudes —era buena para despabilarse y para la piel— que llegó a creer en sus mentiras; a veces hasta sentía agradable la ducha. No este día. Terminó rápidamente y se envolvió en la bata desteñida.

En la cocina había un olor a huevos fritos. Tomó asiento cuidando de no arrugar el pantalón ni ensuciar las mangas. Contempló el paisaje a través del ventanal. Vio los árboles tocados por un sol brillante, vio los transeúntes arropados con prendas abrigadas; seguramente afuera refrescaba. Más allá de su jardín caminaban los albañiles; algunos excavaban en la tierra —debía estar pesada por el agua, qué extenuante oficio—, otros aún no se entregaban a la faena. Cuando terminaran de pavimentar la calle, la zona se transformaría: se talarían árboles, se instalarían pequeños comercios, habría ruido. A Guirao le gustaba esta área en las afueras de la ciudad por la calma y el entorno. Su extensa propiedad le había costado una miseria; la construcción de la vivienda marchó próspera durante los primeros tiempos. Era una edificación de dos plantas, sótano y arquitectura elegante; el interior estaba terminado —aún faltaba la fachada— cuando debió suspender la empresa.

—No me importaría ver que te rascas ni que te sacas los moquitos.

—A mí sí.

Emma le sonrió desde el otro lado de la mesa. Sin arreglarse era más bella, con el cabello despeinado y las ojeras sin maquillaje. Ella avisó despreocupadamente:

—El compadre Gaspar nos invitó a su fiesta del sábado.

—Mañana te doy para que compres ropa.

Guirao subió a lavarse los dientes, se puso el saco y bajó de nuevo. La mujer lo esperaba en el umbral. La condujo hacia un sillón y apartó las sandalias: comenzó a tallarle las plantas de los pies.

—¿Piensas salir hoy? —le preguntó mientras le hacía cosquillas.

—No, no tengo a qué —respondió ella entre risas y palabras mal articuladas, al tiempo que le dio una palmada en la espalda. Cruzó los brazos contra el pecho por el frescor, enseguida se echó atrás la cabellera.

—Bueno, mi reina, ya sabes que no vengo a comer.

—Ya sé. Que te vaya bien. —Le besó la boca.

Guirao saludó en la calle a dos de los albañiles, que tiempo atrás habían sido empleados suyos en la construcción de su inconcluso castillo. Visto a lo lejos, contra el fondo oscuro de la arboleda, parecía una edificación medieval. Sólo el color de la piedra, el gris deslavado del cemento. Una reina apoyaba la cabeza contra el marco de la puerta.

El primer autobús pasó a los pocos segundos de que él llegó a la carretera. No lo tomó porque era más costoso el servicio de esa línea; pronto pasaría el de segunda clase.

Al cabo de media hora arribó al local. Carlos lo miró desde atrás del mostrador.

—Hola, pá, ¿cómo está hoy?

—Bien, ya sabes, igual que siempre.

Era su único descendiente en la ciudad; los otros tres se marcharon al casarse. Carlos vivía en un cuarto cerca de la impresora, en pleno centro, a unas cuadras del Ayuntamiento y la plaza civil. Él se encargaba de abrir el negocio por la mañana y atendía a los escasos clientes que llegaban. También se encargaba de guardar secretos.

—¿Ha caído algo?

—Unas invitaciones del tío Gaspar y unas tarjetas navideñas.

No se decepcionó; hacía meses que llegaba esa cantidad de trabajo. Antes, recordó, solía pasar las noches encerrado en el taller preparando litografías, imprimiendo formatos, ordenando los pedidos que solían acumularse. Caminó hacia la parte posterior, donde las máquinas. Las más lejanas estaban recubiertas por bolsas de plástico; faltaba engrasar las más cercanas. Sintió tristeza de verlas quietas, calladas, sucias. Pero ya ni siquiera le llegaba el ánimo de limpiarlas. Por ellas el negocio se había ido a pique; son cosas que, en fin, ocurren: se tiene una buena clientela, se pide un préstamo al banco para adquirir maquinaria más moderna y, de un día para otro —como si se tratara de una maldición o de un estigma— se alejan los consumidores, se reducen los ingresos, se incrementa la deuda con el banco y la Hacienda por no cubrir los pagos. Además de la hipoteca a la empresa.

Entró al baño y se cambió todas las prendas; un pantalón café de satín, una playera verde, una gorra con propaganda política. Al salir, se acercó a una silla y al maletín donde guardaba la cera, el cepillo y la franela, cargó con ellos y regresó al mostrador.

—Pos ya me voy, hijo. Ya sabes: si llegara a venir tu madre –pero me dijo que no, que iba a estar en la casa– le inventas que salí a ver un proveedor o algo así. Cuídate y no te demores con los pendientes.

Lo había dicho con prisa y vergüenza, como parte de un ritual insoportable: todos los días las mismas palabras atropelladas y la mirada evadida, el joven asintiendo con la cabeza solamente —porque tenía los ojos puestos en el suelo y no respondía—, el viejo tratando de salir pronto con su carga, para hacer breve aquella triste escena. «No debe agradarle verme así, hay ciertas cosas que nos gustaría desconocer o no haber visto nunca, pues luego no podemos olvidarlas». En la pared exterior leyó «Nuestra mejor impresión es la de usted». Luego, la palabra «Puto», escrita con aerosol, contra el color amarillo. Formaba parte de la fachada desde hacía medio año, como los fragmentos despintados y las grietas de humedad.

En la plaza puso la silla bajo un árbol, hizo girar el apoyo para los pies, abrió la bolsa de cuero y sacó los botes con cera negra, café, blanca. Luego sacudió los cepillos y las brochas. Retiró el banquito sujeto a la silla y se sentó a esperar. Recordó las plazas donde descansaba en su juventud; eran una novedad la gente de París, los novios en Roma o en Berlín, incluso los niños de Londres o los ancianos de Nueva York y Québec. Un muchacho adinerado y libre, qué envidia de aquel hijo de puta sonriente, delgado, un buen conquistador gracias a la fortuna de su padre. Tuvo mala suerte el pobre ingenuo, el tercero de los cuatro hijos: murió el anciano y dejó todo en manos del primogénito. Mas el muchacho no se conformó; reunió una cantidad considerable, se estableció con una mujer que lo adoraba y montó la impresora litográfica para mandar al carajo las limosnas de su hermano.

Llegó un joven con botas negras, tomó asiento y abrió el periódico. Guirao comenzó a lustrarle el calzado, con la mirada fija en otro tiempo; se movía como un autómata y el parque le parecía lejano, como se sienten los sitios en los sueños. Aunque no soñara. En la tarde comió unos sopes y una soda. El sol empezó a perder brillo: pronto llegarían los paseantes, algún payaso pobretón y los vendedores de globos. Sonarían las campanas de la catedral y habría más palomas hambrientas.

Guirao se quitó la gorra y comenzó a abanicarse. Pensaba en los terrenos aledaños a su vivienda; si lograba venderlos ahora que la zona estaba encarecida, no sólo liquidaría la deuda sino que, tal vez, podría finalizar la construcción de su casa. Ponerle acabados lujosos. Una paloma deyectó cerca de él. «Ah, pinches animales, nomás se descuida uno y lo embarran de mierda». Se puso de pie y se acomodó la gorra nuevamente. Sólo al alzar la vista advirtió a la mujer. Llevaba un vestido amarillo, una bolsa blanca y un sombrero; la cabellera recogida y la boca pintada de un tono suave. Lo miraba con los ojos entrecerrados —se le notaban las ojeras por el gesto, pese al maquillaje. Se hacía sombra con una mano; no se atrevía a dar un paso —estaría a una distancia de cincuenta– como quien no desea confirmar su sospecha aunque se encuentre al borde de la certidumbre, como quien teme saber. Cuando él la miró, no parecieron ya quedarle dudas. Dio media vuelta y se marchó.


Aquella noche, Guirao llegó más tarde que de costumbre. Cenó en silencio con su esposa. Sentía su mirada incrédula sobre el rostro, los ojos de quien escruta y aún quiere pensar que está confundida, era otro hombre muy parecido, una terrible coincidencia. Guirao tragaba con dificultad, no percibía el sabor de los alimentos. Ninguno hizo referencias a lo ocurrido. Subieron a la recámara y se tendieron entre luces pálidas. Emma no quiso apagar las lámparas, sino que se bajó de la cama, se sentó en la alfombra y tomó las piernas de su esposo. Talló los pies con torpeza, les hizo cosquillas, se rió ella misma pero, al sentir una caricia en la mejilla, se puso seria. Tuvo la sensación de que le embarraban cera en el rostro, de que sus ojeras se aguzaban por la tinta de calzado. Como una autómata, cada vez el movimiento de sus manos se volvió más firme y brusco.

—Emma, me estás lastimando.

Ella no lo miraba. Tenía la vista fija en la mancha de humedad en el techo. Luego observó las tinieblas a través del ventanal y las cortinas viejas. Sus manos se movían cada vez con mayor reciedumbre, pero ella sólo pensaba en el cortinaje. Quizá ya fuera tiempo de cambiarlo por un diseño más notable: aterciopelado, grueso, en un color rojo de muy buen gusto.




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