Daniel Zetina, "Cucaracha"

De La Siega, la enciclopedia libre.

(Redirigido desde Cucaracha)

Por Daniel Zetina


Francisca llegó al recreo con el fastidio de las matemáticas. Aunque Paquita, su maestra, era muy paciente, no lograba quitarle lo aburrido a lo aburrido.

Francisca bebió toda el agua que pudo y se retiró a un extremo del patio. No quería compartir con nadie.

Comenzó a escarbar con una varita. Se aburrió. De pronto se acercó Felipe, un niño de primer grado. Francisca lo vio sobre su hombro, hacia abajo: el niño era menor que ella tres años. No podía divertirse con él, pensó. Le dio la espalda.

Felipe jugaba un trozo de plastilina entre las manos. Siguió caminando absorto hasta que chocó con la cadera de Francisca, quien se volteó para encararlo.

Se miraron profundamente. Estaban solos, y ahora, sin pensarlo, acompañados. Bajaron la vista. Volvieron a mirarse. El efecto fue muy diferente: parecían dos nubes a punto de chocar, pero de repente sonrieron. Quedaban quince minutos de recreo. Sus mejillas se sonrosaron.

Francisca no se dio cuenta cuando una cucaracha cayó en el hombro. Era gigante. Felipe se sintió impotente. Sólo atinó empujar a Francisca, que perdió piso. Al caer se quejó. Felipe asumió la pena doble al verle las blancas piernas a Francisca. No sabía si decir algo, una disculpa. Sudaba.

Francisca pensó en llorar o en pegarle al pequeño. Se sacudía la manos –aún sentada en el piso de tierra– cuando vio a Felipe señalar la cucaracha.

Francisca sonrió y alargó las manos a su héroe. Se incorporó. Juntos rodearon a su contrincante. –Tú –dijo Francisca con voz de mando.

Felipe aplastó a la blata que crujió como una nuez de castilla. Felipe retiró el zapato de la víctima. Sonrió a francisca con la boca abierta, con sorpresa, con emoción.

Carcajearon.

Aún faltaba algo.

Francisca se hincó frente al animal.

–Se mueve –dijo.

–Pero ya no puede hacerte nada –contestó cortés el superhéroe.

–¿Alguna vez has probado una cucaracha? –preguntó la afortunada.

–No –respondió Felipe.

Francisca y Felipe juntaron sus cabezas, oreja con oreja, y así se acercaron al cadáver. Francisca tomó al insecto con los dedos índices y pulgares y le jaló una pata. La ofreció a Felipe. Ésta la tomó y la chupó. En su rostro se adivinaba el rigor científico.

–¿Y? –preguntó ella.

–Mmmm… –No habló. Felipe arrancó otra para y la llevó a los labios de su cómplice.

Con una pata de cucaracha en la boca, cual palillos de mondar, Francisca y Felipe volvieron a sonreír con los ojos brillantes.

–Está buena –dijo Felipe babeando.

Francisca tomó al insecto y le desprendió lo que en un pollo sería la pechuga. Más grande y viscoso que la pata, el pedazo fue engullido por una Francisca alegre. Felipe la imitó.

–En mi casa dicen que no hay que...

–Olvídalo –sentenció Francisca–, en mi casa también.

Rieron a gusto, con superioridad.

–¡Mugrosos! –dijo una voz a sus espaldas.

Era un niño de sexto. La pareja lo miró y volteó el rededor. No había nadie más.

–¡Marranos!, ¡puercos! –continuó el instigador–. Lo vi todo.

Felipe y Francisca se miraron, se tomaron de la mano y avanzaron poco a poco.

–Alguna vez has probado a un niño metiche? –preguntó Francisca sin soltar a Felipe y sin quitar la mirada de los cachetes del intruso.

–No, amiga, nunca –contestó Felipe.

Joaquín, el de sexto, retrocedió lentamente. La cara se le tornaba de asco.

–Sucios –logró a decir.

–¡Aaaaaaaaaaaaaaa! –gritaron a coro sus contrincantes, mientras avanzaron pisoteando el polvo del patio.

Joaquín huyó despavorido.

José, el viejo prefecto, se acercó a la pareja.

–Vamos, niños, hay que volver a clases.

Los niños avanzaron aún con las manos entrelazadas. Cruzaron el patio. Al llegar al edificio de las aulas se soltaron.

–Me llamo Francisca.

–Yo, Felipe.





© Daniel Zetina (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

Volver a Número 7: Mayo 2006