Dante Oliva León, "Balsas de muertos surcan las rayas"

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Por Dante Oliva León


                                                                                Apprécions sans vertige l’etendue de mon innocence

                                                                                Arthur Rimbaud


—Rayas, veía rayas.

—¿Qué más?

—La madera.

—¿Cuál madera?

—La madera del muro, la madera del suelo, la madera de las vigas y la del techo, Doc… Y el agua por todas partes.

—¿Se mojaba la madera?

—Claro que sí. El agua inundaba todo, y todo era de madera, como un galeón antiguo.

—Pero usted dijo que vio algo más sobre toda esa madera, algo que lo confundió mucho. ¿Qué vio?

—Rayas, Doc, le digo que veía rayas.


Se oyó el abrir de las rejas. El gendarme fornido entró lentamente y se plantó expeliendo su aire de orgullo varonil acostumbrado. “Señor, no olvide que solo puede interrogarlo por 15 minutos más”.


—Retírese, por favor... Continúe, disculpe por la interrupción.

—Sí, sí…

—¡Norman!


Pero Norman examinaba las rayas dibujadas en tizón sobre el suelo y no se percataba de palabras.


—Sí, sí. Sólo examinaba estos viejos mapas.

—Disculpe por la interrupción. Por favor, continúe. Usted iba diciendo que vio rayas sobre toda la madera, ¿cierto?

—Lo dije.

—Y que la madera se inundaba con agua poco a poco.

—Sí, la madera de mi barca.

—Describa cómo eran exactamente esas rayas.

—Rayas, Doc… ¡Lo que vi fueron rayas, le digo!


Bajo el alboroto de la cabellera sansónida iba descubriéndole los ojos azules y la inmortal cicatriz a un lado de su mejilla, como quien descubre un universo, escudriñándolo profundamente.


—Mi madre...

—¿Su madre?

—Toda la culpa la tuvo mi madre.

—¿La culpa de qué? ¿De la rayas sobre la madera de su habitación?

—¿Habitación? ¿Cuál habitación?


Sufrió de inmediato un asalto de duda pero recobró de inmediato la calma.


—Su barca, digo.

—Mínimo… Un galeón a punto del naufragio, a punto del naufragio.

—“Culpa”, Norman. ¿Acaso las rayas eran malas?

—No, mister, don’t be dumb, ok? Don’t be dumb. Nada es nunca totalmente malo, Doc.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué? Sea claro. Vamos, Doc, claridad y distinción. Dígalo con claridad y distinción, sea racional.


Hizo un gesto de resistencia.


—¿Por qué dice que su madre tuvo “toda la culpa”?

—Porque no eran lo que aparentaban ser.

—¿Quiénes aparentaban lo que no eran?

—Las rayas.

—¿Y qué aparentaban ser?

—El mar, Doc, el agua del mar. Usted me saca de quicio.


El sonido del lapicero interrumpió al caer contra el suelo. Sin recogerlo, continuó tomando apuntes con otro que sacó del bolsillo izquierdo del saco. Retomó el diálogo.


—Usted dijo que le gustaba mucho el mar, ¿por qué le mortificó tanto la persistencia de las rayas si lo simulaban?

—Por eso.

—¿Qué eso?

—Porque lo simulaban.

—Claro, porque lo simulaban. Muy bien.

—Muy bien.

—¿Cómo lo simulaban?


—A babor, las rayas eran muy onduladas; a estribor, eran demasiado onduladas, como las olas del mar, ¿sabe? La humedad había hecho que todo tenga un color, no sé, impreciso, nada uniforme, entonces había muchos matices, como si fueran nubes, como neblina sobre la barca—. Norman se paró sobre el catre y empezó a hacer figuras con los brazos. —Madera verdosa y luego madera rojiza, Doc. Madera espumosa y de la espuma brotaba Venus, una mujer invisible ¿sabe?, como las de los poemas de Martín Adán… Y luego dragones amnióticos, y un poema de los chinos Tang acariciando de fondo, y aromas alcalinos bajo las alfombras de agua, y las balsas de muertos surcando las rayas…


—¡Alto! Por favor, no vaya tan rápido. Usted olvida que debo tomar apuntes.

—No lo olvido.

—¿Entonces?

—Entonces no iré tan rápido, ¿cuan rápido podría ir alguien que vive en un cajón de concreto de 3 x 3? ¡En este espacio no hay lugar para la rapidez, Doc!


Quedó callado, el foco de 25 le alumbraba la herida viviente del empeine.


—Norman, usted había dicho ver algo. Sin embargo, describe más que visiones, define percepciones olfativas y sonoras, y lo mezcla y lo confunde todo… Quizá ya esté cansado.

—Sí.

—¿Por qué, si sólo van 40 minutos?

—Porque en este espacio no hay lugar para la rapidez. ¿Acaso no lo distingue, Doc? Es tan claro…

—Está cansado, Norman. Si desea, podemos dejarlo para después.

—No.

—¿Entonces?

—Entonces, lo prometo.


Mientras Norman rascaba su pie derecho otra polilla le aterrizó en la cabellera frondosa.


—Bueno. Lo que sintió no sólo aludía a visiones. No sólo vio cosas entre todas esas rayas sino que también olfateó aromas y escuchó ruidos, ¿cierto?

—No. ¡Maldita polilla!

—Explíquese.

—También sentí la helada temperatura.

—¿De qué?

—Del mar, sobre mi piel.

—¿Sintió el mar? ¿Sintió la humedad del mar en su habitación?

—No, Doc, ¡el galeón antiguo!, en-el-ga-león-an-ti-guo. Clarté et distinction! Clarté et distinction!

—¿Pero qué sintió?

—El mar, le digo.

—¿Y qué ocurrió?

—Que no pude mojarme.

—Porque realmente no estaba en el mar… Usted no pudo mojarse porque realmente no estuvo nunca en el mar.

—Acertó.

—Y la culpa de esa frustración la tienen las rayas.

—Elemental, mi querido guatón.

—Y la culpa de las rayas, ¿quién la tenía, su madre?

—Sí, Doc, la vieja. ¡Todo fue su culpa, todo!

—Bien, Norman. Bien.


El cuaderno de notas estaba lleno de abreviaturas, flechas, cuadros y dibujos mal hechos. Al final de la página, el Doc escribía algo ininteligible que parecía en clave.


—Bien, Norman, debe contarme qué sucedió exactamente. Aquella oportunidad, usted había ido con su madre y su hermano a la casa de playa, ¿cierto? Relátelo todo desde el comienzo.

—Sí.

—Empiece, por favor.

—Oh, no, no. Empiece usted.

—Bueno… El nombre de su madre.

—Mamá, pero le decíamos Mami.


El Doc lo miró de reojo mientras se rascaba el pie derecho insistentemente, “deténgase, Norman, su herida”.


—Su hermano…

—Cristo, pero yo lo llamaba Cristy.

—¿Algo más?

—La luna.

—Claro, olvidaba la luna llena, usted lo dijo, dato importante. Bueno, Mami, Cristy y Norman fueron a la playa, ¿es eso correcto?

—¡No!

—¿A qué se refiere?

—¡Mal, Doc! ¡Polilla de mierda!

—Pues rectifíqueme.

—Mami, Cristy y el Cazador de malaguas bajo la luz de la luna.

—¿Usted es el Cazador de malaguas?

—Nomás cuando me río, Doc… Nomás cuando me río.


Cristy era hermoso. Mientras corría por la arena, sus cabellos húmedos se alborotaban y lo hacían verse como un animal extraviado. Siempre sonreía y gritaba, ¡soy un desquiciado feliz!, ¡soy un desquiciado feliz!, y al atardecer, cuando caía el crepúsculo, su felicidad lo confundía en el sol como una gaviota lampiña, volando como si fuera parte del horizonte rojo. ¡Desquiciado feliz!, gritaba imparablemente, ¡yo soy el desquiciado feliz, el grandísimo jijuna!, y sus sonrisas no eran normales, ni sus risotadas, ni sus eructos tampoco y, claro, vamos a la cacería, le contestaba yo, y él, que insistía, ¡sí, vamos a cazar malaguas, pequeño jijunete, ya son las 5, vamos a cazarlas!, gritaba fuerte, y valeroso, hasta el fondazo, a sacar las malaguas más grandototas. Yo me dejaba llevar por su sonrisa, luego el mar nos convertía en depredadores acuáticos, hasta hundirnos en su concierto de zambullidas y colores, mientras los rascaplayas se ahogaban entre las olas como los submarinos en el océano.

Aquella tarde sólo cazamos diez presas. Toma, Cazador, me había dicho, aquí están los palos, aquí están los arpones, toma, Cazador jijunete. Ambos sabíamos qué éramos: depredadores naturales, enviados infernales del ecosistema, mocosos con tendencias suicidas. Y nos metíamos al agua, por la causa esa, y porque había muchos animales en el agua, y quién los iba a alimentar si es que eran tantos, unos cuantos tenían que morir y alumbrar nuestras noches de luna, y porque era divertido matar a esos animales de mierda y dejarlos tendidos sobre el prado de arena, como holocaustos al crepúsculo, como ofrendas a nuestra Killa.

Aquella noche Cristy y yo cenábamos. “Mira, allí llega Mami”. Mami colocó sus anteojos oscuros a un lado de la mesa, nos envió una mirada furtiva y luego se quitó la blusa. Ante la luz de los candelabros, su rostro y sus líneas se hacían más sinuosas y parecía un felino, como si ella y la oscuridad tuvieran algún pacto secreto. “Es una niña hechizada, pequeño jijunete”, insistiendo en que algún día sería nuestra esposa y que tendría 22 años para siempre. Ella entró al cuarto. Produjo una vez más su concierto de gemidos, y volvió a decirle cochino a Cristy por el eructo, y volvió a recriminarle, que no debería hacerlo, que Cristo sucio, pero mi hermanito igual siempre eructaba, igual siempre cochinito, “te digo que ella será nuestra esposa, jijunete”. ¡Sí!, que sí, le contestaba yo, que será nuestra esposa; claro, ella parecía una niña de 22 años y sus tetas eran dos manzanas terribles.

Mami salió del cuarto y se acomodó frente al plato de sopa. “¿Por qué siempre se quitará la blusa cuando hay luna llena, jijunete?”. No lo sé, pero mírala cómo se chupa la sopa, parece que le gustara mucho, ¿no?, que le gustara chupar así las cosas… “Vamos, ya vamos a la playa, Cazador, vamos a ver a la luna, las malaguas ya deben estar brillando como farolas…”.


—¿A dónde vas, Cristo?

—A la playa, Madre.


Cristy dejó abierta la puerta de madera al salir, yo le daría el alcance.


—Mami.

—Dime, Norman- mientras la brisa movía sus cabellos como a un barco ebrio.

—Me gustan las rayas de tu barriga, parecen las olas del mar.


Ella me miró, con sus ojos de niña de 22 años y me lanzó su acostumbrada sonrisa de cómplices. Alzando la transparencia delicada que la cubría inútilmente de mis ojos, me dejó acariciarla con el labio y con el aliento. Su cuerpo era como una fruta muy tersa y la recubrían aromas rozados. Ella esparcía mi saliva sobre su vientre desnudo y me hizo unas señas con los ojos, “naufraga, pequeño hijo, a través de mis líneas naufraga”. Me acerqué más y más, y muy pronto ambos hacíamos lo mismo. Su cuerpo olía a sal, sus rayas también.


—Cesárea.

—¿Es eso racional, Doc?

—Por supuesto, usted nació de una cesárea. Aquí dice.


Mientras veía cómo Norman continuaba rascando la herida del pie derecho intentaba mostrarle unos documentos y escribió nuevamente una glosa.


—Bueno, Norman, deberá decirme qué ocurrió cuando volvió a la playa, donde Cristo, su hermano.

—Rayas, Doc, le digo que solo veía a las rayas.

—¿Y la madera? ¿Dónde quedó?

—La madera…

—Claro, la madera. ¿Qué pasó con la madera?

—¿La madera del muro?

—Sí.

—¿Cuál muro, Doc? ¡Usted me saca de quicio!


No le despegaba los ojos, “ya deje de rascarse, déjelo”, cuando trasladó su comezón desde el pie derecho hasta la cabeza.


—A ver, volvamos a la madera.

—¿Está hablando de la madera del mismo muro, Doc?

—Vamos, Norman, colabore, pues. La madera era importante, no lo olvide.

—Clarté et distinction, Doc, jamás lo olvide… Lo dijo Descartes, ¿sabe? No, usted no sabe. Usted es como Bartleby, sólo sabe y dice lo necesario, cuando lo que importa es lo absolutamente irrelevante, lo innecesario, aquello que no tiene ni fines ni uso, y no es que yo sea aristotélico o escolástico pero… Mire, como ese lapicero en el suelo, ¿lo ve? Ese lapicero es muy importante, ¿sabe? Ese lapicero no tiene ni fines ni uso, allí donde está no es más que una raya en el piso de mi casa-caja de 3 x 3.


El Doc no pudo evitar distraer los ojos, ¿qué haría un lapicero en el suelo?, al mismo tiempo que distinguía los garabatos que Norman había dibujado durante su última ausencia sobre el húmedo suelo con el tizón enorme de lado de uno de los muros.


—Creo que ya no está en condiciones, Norman.

—Oh, los espíritus condicionados… ¿Qué le diré? A mí la medianoche me condiciona, pues me propone la vigilia, me la impone, ¿sabe? La vigilia durante la medianoche es una de dos, ¿sabía? O es un acto de héroes o es el alba de un vampiro.

—¿Perdón?

—Lo perdono, mi querido guatón, pero le aseguro que usted no se adscribe al grupo de los héroes.

—Per…

—Don’t be dumb, baby, ok! Don’t be dumb!

—Bueno… Gracias por la exclusión, de todas maneras… Es usted muy amable.

—No me diga tan feo, Doc. Además no se emocione, usted tampoco se adscribe al grupo de los vampiros, usted es de los que se duerme a las 11 y 59 de la noche, lo sé.


Pasaron 18 segundos de silencio.


—¿Sabía, usted, que la playa es algo delicioso?… Durante la medianoche, claro. ¿Lo sabía? Le pregunto que si realmente, realmente, lo sabía.

—Lo sabía.

—¿Realmente?

—Realmente.

—¡Usted miente! Es usted realmente un mentiroso. Usted es de los que se duerme a las 11 y 59 con 59.

—Pruébelo.

—Mírese en un espejo y encontrará mis pruebas, usted se parece a ese loco que mató a su madre en una película de Chiscot. Usted está mal del coco… Pero no tiene de qué avergonzarse, Doc, pertenece usted a la realeza, pues es usted un realmente mentiroso.


Pasaron 15 segundos de silencio.


—Eso no prueba nada.

—Bueno, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario.

—No concordamos, Norman.

—Buen síntoma, es usted un demente.

—Además es Hitchcock, no lo olvide.

—Ya lo olvidé y todavía no lo oigo aceptar su demencia. ¡Acéptela! ¡Acéptela!


Acariciado por el zumbido de otra polilla, alisó sus cabellos procurando recuperar el orden. Volvió a sentarse y recostarse en el catre con los brazos bajo la cabeza; al intentar una sonrisa, un dibujo casi perfecto e infantil le invadió la cara (sobretodo en los labios).


—Veo que le han ayudado mis técnicas.

—Clarté et distinction!!!

—Ahora respóndame.


Norman pasea los ojos a través de las rayas del suelo, como buscando algo.


—Pregunte.

—¿Qué le dijo su hermano Cristo por lo de su madre, al volver a la playa?

—¿Acepta ser un demente, Doc?

—No hay problema, Norman, lo acepto… ¿Qué le dijo su hermano al volver a la playa?

—Claridad, le digo. No lo olvide… Usted es el demente ahora.

—¿Qué le dijo?

—Las palabras de Cristo no importan.


Norman cerró sus ojos. Hálitos de sudor escapaban por las mejillas del Doc, “importan, Norman, esas palabras importan”.


—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Qué le dijo.

—Él me aguardaba tendido en el prado de arena. Ambos descansamos bajo la luna, ¿sabe? Él improvisaba palabras a la luz de las malaguas, faltaba muy poco para la medianoche.

—Qué le dijo.

—Que había estado en la India, “tiempo atrás, pequeño jijuna, allí aprendí a hacer milagros”.

—¿Y usted le creyó?

—Por supuesto, Doc… Credo quia absurdum.

—¿Perdón?

—Todos estamos en nuestras propias trampas, maldita sea.


Se destruyó la pata trasera de la silla, algunos papeles se humedecieron velozmente sobre el piso de piedra y el orín de la bacinica. El Doc se lastimó un codo al caer contra el suelo, “¡polillas de mierda!”, y miró el túnel contiguo frunciendo el ceño con ansiedad. De pronto se oyeron las rejas y el gendarme fornido entró nuevamente. “Acabó su tiempo, señor”.


—No se preocupe, oiga, yo ya me iba… Cuídese, Norman, hoy habrá luna llena.


Norman bajó del catre y quedó parado frente a las rejas con hálitos de sudor en la frente y los ojos saltones. Los cuerpos que se alejaban por el pasillo iban perdiendo color y se hacían más borrosos conforme avanzaban, desapareciendo sin límites a través del túnel oscuro. De repente, una pálida luz empezó a filtrarse por los barrotes superiores. Norman volteó los ojos algo ansiosos, algo enloquecidos, y pronto el resplandor lo golpeaba muy fuerte, provocándole desvanecerse sin resistencia a través de las rayas del piso. Casi inevitable, casi ineludible, una fuerza descomunal le recorría el organismo mientras la humedad y las rayas del suelo lamían sus retorcijones y gemidos. Su último recuerdo fueron las caras indóciles de unos fantasmas blancos y barbados, violentándolo y gruñéndole, mientras lo introducían en un pesado saco lleno de correas. “¡Vade retro! ¡Vade retro, Lucifer! ¡No ensucien los mapas! ¡No quiebren las rayas del sendero! ¡No me pongan el bozal!”.

A la mañana siguiente, la nariz conservaba el aroma alcalino de un sueño borrascoso, y el resto del cuerpo había olvidado el dolor de los golpes. Un movimiento torpe depositó sus dos ojos sobre el húmedo suelo, sobre el “borroneado suelo”, mientras la mejilla acariciaba el tizón que había sido su ya desdibujado mapa. Y un mar de lágrimas le acarició sin malabares el rostro. Y un mar de gritos no pudo ser escuchado porque, aunque de mañana siguiente, el túnel contiguo seguía tan oscuro como durante la noche y el bozal continuaba allí, casi con inocencia, emitiendo todo su silencio. “Mmm, mmm”.



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