David Preiss

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Casus Belli

De una guerra secreta y olvidada
nadie espera el retorno de los náufragos.
No hay mujeres en la costa
agitando pañuelos en el aire,
no se ven las enfermeras
trajinando en los puestos de combate:
nadie envía un beso en la última postal
y espera el regreso del cartero:
nadie llora al amante que se va
y arroja los dados del azar:
nadie clava banderillas en los mapas
de nuestro descontento
pues en esta guerra secreta y olvidada
nadie ocupa los cuarteles del invierno.
No hay espías en el frente:
nadie mitiga su deseo en una copa
de licor: nadie
vino huyendo del amor:
nadie tiembla a minutos de morir
ni las madres imploran por los hijos
que no vuelven:
no hay soldados en la guerra
donde nadie se enriquece
pues en esta época de paz
nadie llora la muerte de un poema.








Las mariposas de Theresiendstat

"Aquel último
resplandor de agudo y fuerte amarillo,
más vivo que el del sol, es una lágrima
sobre la piedra blanca....
Aquel resplandor de entonces era el último.
Pues aquí no vuelan las mariposas..."

Pavel Friedemann, 4 de junio de 1942.
Escrito en Theresienstadt.


He visto las mariposas de Theresienstadt,
pero no hay mariposas en Theresienstadt,
¿qué si no son mariposas?,
¿qué si no son de Theresienstadt?
Yo he visto las amriposas de Theresienstadt.
He visto los capullos de Thersienstadt,
pero tampoco hay capullos en Theresienstadt,
¿qué si no son de pétalo?,
¿qué si no son de Theresienstadt?
Yo he visto los capullos de Theresienstadt.
He visto los niños de Theresienstadt,
¿qué si no son de capullo?,

¿qué si no son de Theresienstadt?








Sendero con voces

De los poemas que escribías
ninguno queda. A contraluz suya
se abre un sendero de espinos y silencio.
Lo caminas arrullado por los pasos
que te llevan fuera de esta hoja.

No escuchas el llamado que te advierte:
-no toques la corteza ni te tiendas,
avanza por el claro hacia la sombra,
y sé más sombra que la sombra,
más niebla entre la niebla.

Sordo a las estrellas cortas una rama
y la enciendes y despiertas
con cenizas al borde de tu lecho:

vuelves a escribir palabras sin objeto
en busca del umbral: apilas
piedras y vocablos hasta que el día
te da de bruces contra el rostro.

Con su luz, pierdes el dolor y tu memoria.






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