David Rosenmann-Taub

De La Siega, la enciclopedia libre.




De Cortejo y Epinicio (1948).


X
EL GATO COGE A UNA MARIPOSA

     Es un claro de luna desmoronado, ciego,
que lóbregos estambres enarbola; es un claro
de luna en la pared del comedor, y avanza,
por garras de candor, las alas a la rastra.
Bajel de inmensidad, todo gris ligereza,
con indolencia gris te amustias y tu vuelo,
                    rezongando, rebota.
Las bandejas se apartan de tus torcidos mimbres:
                    te mastica la sombra:
                    a las sillas recorre
un conventual chirrido, la alcuza tintinea
                    roncamente en el trinche,
las servilletas gritan, se funden los rincones.
Es un luto estridente, es un lamento eterno
de cucharas, manteles, platos, saleros, vasos;
es un claro de luna desmoronado, ciego,
que lóbregos estambres enarbola; es un claro
de luna en la pared del comedor, y avanza,
por garras de candor, las alas a la rastra.








LVI
TWILIGHT

     Soler ir por arcanos recodos, timonel
de mallas y barrancos y claustros y atavismos,
acosando el oleaje de sensatos delirios
con la soberanía de lo que no ha de ser.

     Como a la esposa esposo vigilante y dormido,
proteger el regazo del ángelus que sufre,
aguardando en portales de ciudades de herrumbre,
noche, tu advenimiento, cual si llegara un hijo.

     Aguardarte, sí, noche, con tumultuoso hierro
y templar en el aire el materno alarido
y a la tarde que cae pungirle: «¡Es hijo nuestro!»

     Y bebiendo la sangre del lubricán herido,
a ti, negro pomar, celada de senderos,
ofrecerme cual padre con los brazos tendidos.








LXV

     Que no enturbie tus veredas
el barro de mis pisadas,
Echaurren, derrocadero,
Echaurren, calle escarlata.

     Entre las uñas del sol,
a lo verde nunca alcanza,
crepitante, lacerado,
tu arcedal, como mi alma,
Echaurren, calle difunta,
Echaurren, calle sonámbula.

     Con los iris en las manos
en vano te ofrendo gajos
lacres de hidromiel de esperma
y ácidos azucarados.

     Desde la entraña del hijo:
“Padre, ¿por qué andas descalzo?”
Desde la ausencia del padre:
«Hijo, es tarde, apura el paso.»
Y te clama mi tortura
y me persigues clamando.

     Echaurren, donde nací,
no te conocen las ramas:
a lo verde nunca alcanza
el barro de mis pisadas,
a lo verde nunca alcanza
el barro de mis pisadas.








De El Mensajero (2003).


XXXII

     Noche, revélate en mis jemes: sé
               que eres profunda.


Filtro de tempestad interrumpida,
               vas por mi diástole.


Lar sideral, hospédate en mis huesos,
               como la luna.


Y tú, cielo, planea sobre Dios,
               para tocarte.








LXXX
CAREZZEVOLE

     Cuando arreglas mis ropas, cuando ordenas mis libros;
cuando me haces comer a la fuerza, tundiéndome:
«¿Bueno?, sólo por mí»; cuando – quinqué – te acercas,
mientras escribo, y pones tus palmas en mi frente;
cuando – frágil ovillo – te obstinas en mis brazos,
despeinando – peinando – mis cabellos rebeldes,
y mis áridos labios, respetuosa, humedeces,
mi corazón, iluso, trata de parecérsete.

     Cuando, imperiosa, usuras alcores ondulantes;
cuando te agitan vagas colmenas, cuando tejes
jardines diminutos, cuando te acunas; cuando,
con vanidad furtiva, tanteas la simiente;
cuando sonríes, trémula; cuando, tranquila, lloras,
taladrándote – pájaros – los latidos alegres;
cuando, en medio del campo, te duermes, campo muelle,
inútilmente el cielo trata de parecérsete.








De País Más Allá (2004).


XXXIII

     La eternidad apura.
Presos,
acreedores,
unos huesos
aterrados:
                         «Peñascos celadores,
entibiadnos con fuegos de frescura.»








De Auge (2007).


XXVII
RAPSODIA

     Elbirita ostentaba la costumbre
de sentarse de modo
que algunos (mequetrefes)
compañeros guindáramos
divisar
su secreto.

     «¡Elvira!»
Ella no se movió.
«¡Elvira, por Dios santo!»
«Elbirita, con be
larga.»
«Párese al objetarme.»
«Llámeme usté
correctamente.»

     ¿Garrotes?
Unas lágrimas.
Todos (menos, muy pálida, Elbirita),
peñascal
de culpables.
El señor profesor no enristra dónde
catear. Se saca los anteojos. Toma
la tiza. «Un voluntario
que borre el pizarrón.»

     ¡Ayúdenme
a acordarme!
Cienbillones de siglos
o ayer: no queda nadie:
ni el señor profesor,
ni un compañero,
ni, por supuesto, yo;
ni Elbirita, quien, quizá me equivoco,
murió de pulmonía.
No, de parto.
Sí, sí, de parto, sí.
Tuvimos una niña; luego, un niño,
y,
por cimera gloria,
aquel tenue embarazo de mellizos,
que, de un zarpazo, a ella le borró
su secreto,
y a mí, el campo de dicha.

«¡Un voluntario, pronto, al pizarrón!»








De Quince (2008).


XIII
ONTOGENIA

     Santo, para la crema, el chocolate.
Malvada, para ti, mi fantasía.
Verde, para el profeta, lo granate.
Y oscura, para mí, la luz del día.






© David Rosenmann-Taub (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Poesía del fin del mundo: 97 poetas chilenos con vida.