Delia Domínguez

De La Siega, la enciclopedia libre.




Inédito (2004).


Estado natural

Entre aparecida y desaparecida               vivo.
Con ropa de mujer o de fantasma
atravieso las yemas del espejo               y sigo lúcida,
culpable de antiguos sueños muertos
en mi propia conciencia.

Soy pájara emplumada
a prueba de mordidas con las balas del viento.
Por secretos de campo pongo huevos impares
como las bandurrias en los pastos de Chile.

Mi estado natural:                    fruta silvestre
de arboleda con frío que no madura nunca,
niña en pañales               reina del vuelo a ciegas.

Aparecida y desaparecida, cambio de piel
y soy la misma.








De El sol mira para atrás (1973).


El sol mira para atrás

En el cielo
el sol mira para atrás
porque tiene que llamar agua,
y tú conoces las señales
los sagrados olores de la tierra
y empiezas a lustrar tus botas
la escopeta del 16
que el abuelo colgó en el comedor
en ese otoño de su muerte.


Y en el morral huequeado por antiguos
                              reventones de pólvora,
hay un juego de naipes gastados
como esa risa que fuimos perdiendo
cuando nos vendaron los sueños
para que creciéramos
más tranquilos, más ciegos,
y no preguntáramos
por qué el sol miraba para atrás
desde el umbral sonoro de la lluvia,
o por qué los que amábamos
no volvieron jamás
para justificar su eternidad
                              a nuestro lado.


Y tú
y yo
tuvimos que ir guardando las sillas vacías
pasando llave
en el óxido de las chapas antiguas
pasándonos una costura en la boca
para quedarnos
con las palabras estrictamente necesarias
a nuestro sencillo amor.


El sol mira para atrás
porque tiene que llamar agua
y se ilumina la copa de los manzanos
y nos entra un frío por las rodillas
avisándonos la primera señal.








Los frascos azules

No sé la historia de mis frascos azules
pero crecí con ellos
con las lenguas del sol en sus contornos
y el relumbre
en la humedad salada de mis ojos.
Allí filtró la luz sus abanicos
cuando salimos de la infancia
y nos marcó la edad del golpe.


No sé la leyenda de los frascos,
una mano que amaba me los pasó en silencio:
eso fue todo. Alguien dijo una vez
que eran viajados, que tomaron el color del mar
cuando los colonos, hace ciento cincuenta años,
largaron sus velas en Hamburgo; que, a lo mejor,
estaban en la vidriería del pueblo
cuando llegaron los primeros espejos
y los floreros transparentes,
o que salieron de la memoria de un anciano
que los fue trasladando
con sus tabaqueras y sus rifles,
por las repisas blanqueadas de las casas
que se quedaron a morir en la lluvia.


En los frascos azules guardo el aire
que te daré algún día
cuando todo sea verdad.








De Pido que vuelva mi Ángel (1982).


Pido que vuelva mi Ángel

En nombre de todo lo perdido,
de los cometas que nunca más volvieron
a señalar caminos con sus colas de fuego
porque la muerte se paseó en puntillas
desde el pecho de una mujer que pudo amarnos:
pido que vuelva mi ángel.


Por la maleza que cubrió los patios
donde se hundió la luz como canción de cuna
y nuestra soledad fue canto de lechuzas
en el retumbadero de la noria:
pido que vuelva mi ángel.


Por las estufas apagadas en las cocinas del sur
donde los paños bordados en punto de cruz
conservan la lengua de Goethe
en estrictas sentencias que todos olvidaron:
pido que vuelva mi ángel.


Por las manos de hombre
que cargaban antiguas escopetas de caza
y tendían cueros de venado sobre las camas frías
en los dormitorios mojados del invierno:
pido que vuelva mi ángel.


Por los que compartieron nuestra cena,
y probaron el pan y la sopa de la felicidad
cuando aún ninguna muerte
tomaba asiento a nuestro lado
y creíamos ser los héroes de una juventud eterna:
pido que vuelva mi ángel.


Por el amor, en fin, por el olvido
y lo que fue verdad en el entierro de los sueños,
por ti y por mí, temblando de esta maldita soledad,
visibles desde lejos en el paraíso terrenal:
pido que vuelva mi ángel.








De La gallina castellana y otros huevos (1995).


Veo la suerte por las yeguas

Se revuelcan las yeguas en el pasto ovillo                    como jugando
como muriendo          las yeguas.


No se paran las yeguas, yo digo          es la malura,
yo digo          alguien muere hoy
algo grande va a pasar aquí si no se paran pronto
estas yeguas mulatas
que me trajinan por el sistema arterial
por el hueso sacro
por el sistema cerebro-inmemorial
con toda la historia de la casa          como las Polonesas
el Danubio                              y la Marcha Triunfal.


Las señales no mienten,
si no se paran las yeguas se nubla toda la suerte.
Naipe revuelto          a estas alturas
nadie puede ordenar a los hijos del paraíso.


Todo es un galope de yeguas volteadas
sobre el óxido empastado de América del Sur.








De Clavo de olor (2004).

América mordida


“Yo también soy América.
Soy el hermano oscuro.
Me mandan a comer en la cocina
cuando llegan visitas,
mas yo me río
y como bien
y crezco fuerte.”

Langston Hughes


Un estruendo de parto,
palpitación contra la pared de roca viva
donde la claridad es luna sobre el lomo de las yeguas andinas.


Almas del sol          y almas del frío
cuelgan de la luz primaria como las mariposas
que tiñen esta América mordida          donde
el hueso y la piedra,     la sangre amestizada
brotan sobre las tumbas con pasión de selva en rebeldía
para que nadie muera de últimas palabras
o          de últimas conquistas disfrazadas,


para que la leyenda sea          biblia de tribu
desde las dinastías mayas hasta el reino kawéskar
donde los nietos del polar antártico
conquistan la eternidad en
la memoración perpetua de sus dioses sentados
en círculo desde el albor del mundo.


América mordida desde el 10.000 A. de C.








Entra por un oído, sale por el otro

Dice la vieja: hablo por experiencia.
Entra por un oído, sale por el otro.

De pie señores:          ¡la frase para el bronce!
Entra por un oído, sale por el otro.

La jura de amor eterno...
Entra por un oído, sale por el otro.

Sigue la vieja, sigo: las vírgenes no pueden
bailar con los finados, porque todo se pega
como la tos de perro.
Entra por un oído, sale por el otro.

El graznido del Caiquén en la noche
acalambra la mente
y puede paralizar tu sombra.
Entra por un oído, sale por el otro.

El miedo,                    el silbido del diablo,
la cumbia y el rock del milenio,
entran por un oído, salen por el otro.


Pero morir                              entra por un oído
                              y
                                        no
                                        sale.






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