Queta Navagómez, "Desafío"

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Por Queta Navagómez



La mujer aquella iba sentada junto a mí, se levantó con aires de princesa y con un meneo exagerado avanzó hacia las puertas del vagón. Cuando éstas se abrieron, taconeó por el andén, acompañada de todas las miradas y mi envidia más rastrera.

Lo primero que hice al llegar a mi departamento, fue pararme frente al espejo y entender porqué yo pasaba inadvertida: ropa de mal gusto, abdomen abultado, llantitas indiscretas, busto flaccido... en fin, un balance nada favorable.

Me dio lástima mi cuerpo maltratado. A manera de restitución le prometí que, sin importar sacrificios, dentro de dos meses, las miradas de todos los hombres resbalarían sobre el. Me inscribí en los aeróbicos, al ritmo de la música pegué de brincos, pujé, sudé como caballo y fortalecí los músculos abdominales hasta que el plazo se cumplió.

Hoy es el día, mi cabellera negra y ondulada cae sobre la espalda, el maquillaje es impecable, las zapatillas moldean y alargan mis bronceadas piernas y un hermoso medallón me adorna el pecho. Decidida, abro la puerta y salgo al pasillo taconeando con ritmo, procuro dar a las caderas un movimiento incitante y logro los primeros resultados: la del ocho se queda boquiabierta. El portero me mira incrédulo mientras salgo para recibir el sol de la tarde. Siento sobre mi cuerpo miradas codiciosas y me envanezco. No he llegado a la esquina cuando escucho el chirriar de los frenos y el golpe: de seguro dos tontos que al mirarme, olvidaron que iban conduciendo. ¡Es increíble lo que puede lograr una mujer desnuda a media calle!




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