Diego Lazarte

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Imanes

En las noches,
cuando los ritos de los jóvenes
son más puros.
Recuerdo nuestros días
cuando creíamos celosamente
en los poderes de la palabra y los imanes
y sabíamos por los sonámbulos, que densos y azules vapores
nos investían.

En aquellos días teníamos trabajos sencillos,
                                                        mujeres bellas y supersticiosas,
vivíamos del deslumbramiento.
La ausencia nos aferraba a la palabra
y sabía cuando congregarnos.

Fueron los astros quienes nos supieron nutrir de sabiduría
mientras la música himplaba los sentidos
y desataba en las hembras naturales sacerdocios.

En aquellos días aprendíamos de los poetas,
de esos lujosos magnetizadores,
diestros pases de palabra.
Y mediamos nuestras fuerzas
en la hierba fresca y húmeda de la noche
cuando se sabía apoderar de nosotros
una lejana y augusta tristeza
similar al gimoteo de las hembras y las bestias
en la sucesión de los eclipses
y que nos lanzaría por la noche enfebrecida
y en contra nuestra.

Ahora que hemos descreído del poder de la palabra
habrán perdido sus poderes los imanes,
los elixires tornados agua.
Sufriremos la persecución del mar en sueños.

Ahora que la memoria nos persigue
y en la molienda nos trae relámpagos de miedo
y los inconfundibles sabores de la muerte,
no hay nadie que nos despoje del silencio,
de sus amargas penitencias.
Me sé desterrado por el amor
                                          y sus ritos.
Ahora que ha caído el poder de la palabra
sólo los sonámbulos darán voces para nuestro encuentro.










Insomnio

El mar te habrá establecido dentro de sus dominios, Alejandro.
Te he soñado en el repicar de las olas,
el mar es propicio —dirías—
la memoria iría descargando sus más pesadas reliquias,
éste es tu último cargamento.
He contemplado el noble maderamen de tus ojos
firmes tus amarras.

Sabes que la muerte ha trabajado poderosamente tus párpados,
tu cuerpo niebla y con sus más salobres olores va cubriendo la ciudad.
Alejandro, las gentes se avienen a tu morada
algunos hombres ya se empalagan con tus proezas y tus licores
algunas mujeres discuten sobre sus últimos sueños,
una te habría soñado vestido de blanco,
otra juró escuchar tus pisadas en la vieja casa de tus padres,
muchas habrán soñado con frutos podridos.

Tu silencio los inquieta, ellos, que habrán esperado a que te aferres a tu palabra,
te abandonan.
Tú, que desde niño nos traes en tus lágrimas la sal de los muertos,
han cedido tus párpados, Alejandro.
Los ojos de tus mujeres fermentan calientes lágrimas,
Alejandro, la muerte te habrá dejado luciente para mi memoria
—esa blanca mortaja—

Alejandro, los pocos amigos que quedaron nos ofenden
te presentan palabras lujosas igualmente obscenas,
serán echados de tu lado.

Alejandro, he temido este sueño que suceden las olas
¿Resistiré esta sucesión inevitable?
¿Detendré el peso de mis párpados?
Alejandro
¿Estaré preparado para aguas más profundas?






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