Diego Zúñiga

De La Siega, la enciclopedia libre.

De "Malasia"

Novela aún inédita.


14

En el centro del mar un tiburón Blanco observa a Gutiérrez y le trata de decir algo que él no consigue descifrar. El tiburón emite un sonido que parece un ronquido carrasposo, un sonido, piensa Gutiérrez, que le advierte de algo, tal vez del mismo ataque inminente que prepara el escualo u otro animal que no logra divisar en ese mar oscuro.

El tiburón Blanco desaparece. Gutiérrez nada hacia donde él. Mira a su alrededor. Está rodeado de tiburones. Parece el núcleo de un átomo. Pero no repele a los tiburones; los atrae. Se queda quieto. El agua empieza a enrojecerse de un momento a otro. Piensa que puede ser el tiburón blanco.

Ve un hombre con una pistola. Apunta a una mujer. Ella no tiene ojos. No tiene nariz. No tiene cejas. No tiene boca. Sólo tiene un gran tajo que le cruza la cara y que sangra.

El hombre dispara. Una, dos, tres veces. Luego apunta a Gutiérrez. Oye disparos pero no salen de esa pistola.

Los tiburones no dejan de observarlo. Algunos tienen los ojos blancos. Se mueven en círculo. Siguen sonando disparos. Cada vez con mayor frecuencia.

Suenan fuerte.

Al punky le empiezan a doler los nudillos.

Gutiérrez despierta. Está sudando, mucho, las sábanas están humedecidas. El punky sigue golpeando la puerta. Gutiérrez se levanta de la cama y abre. El punky le pregunta que si puede pasar. Gutiérrez lo mira con los ojos semiabiertos y le dice que sí. El punky se sienta en la esquina de la cama y saca de su bolsillo un papelillo de marihuana.

No me gusta fumar solo, dice el punky, y la Ina está durmiendo. Gutiérrez cierra la puerta y se sienta en la cama. El punky prende el papelillo y le ofrece a Gutiérrez. Le dice que no, que no fuma. El punky no le dice nada, aspira fuerte y exhala. No se puede vivir sin esta huevada, dice el punky.

Gutiérrez piensa en su sueño.

Explícame cómo se vive, dice el punky pero Gutiérrez no reacciona. Mira fijo el piso. ¿Te pasa algo? Toma, dice el punky ofreciéndole el papelillo que se consume lentamente, fuma, de verdad hace bien, limpia el alma, huevón, toma.

Gutiérrez lo mira y lo acepta. Aspira fuerte, le devuelve el papelillo y siente primero que todo se le va a la cabeza y que después todo baja, como si fuera una montaña rusa, y luego que la garganta comienza a cerrarse y que le falta el aire, sí, le falta el aire y trata de calmarse pero no puede. Abre mucho los ojos y el punky lo mira y le pregunta si está bien, y Gutiérrez mueve la cabeza diciéndole que no, y el punky se para y le dice que levante las manos, y Gutiérrez las levanta pero el aire sigue sin entrar, y abre la boca y trata de aspirar, pero no pasa nada, sigue igual que siempre, y tose un poco y cierra los ojos y ahí está, bajo el agua, en un baño, intentando salir pero no lo consigue. Una mano presiona fuerte su cabeza e impide que la saque a la superficie, y sigue ahí, bajo un agua donde no se ve nada; está todo oscuro, algo choca con su cabeza, sintiendo que la mano pesa cada vez más, y sigue forcejeando pero no logra salir. Abre los ojos y ve a un tipo a su lado que lo mira fijo, sí, con la mirada clavada en su cara y los labios separados y mojones enormes que flotan a su alrededor, y Gutiérrez cierra los ojos y sigue forcejeando y escucha risas, gritos y más risas, y ya no puede más, ya no forcejea más, ya no hay más aire, sólo agua.

Un tiburón Blanco lo mira en el centro del mar.

Gutiérrez cierra los ojos. Los abre. Inhala muy fuerte y siente que los pulmones se hinchan.

Baja los brazos, el punky le toma la cabeza y se la sacude. ¿Estás bien, estás bien? Gutiérrez respira. Asiente con la cabeza. Se levanta y camina en silencio por la pieza. El punky, en cuclillas, apoyado a la cama, lo ve caminar.

Se sienta en el piso. Gutiérrez también lo hace.

El papelillo se apagó. El punky lo mira y lo guarda en su chaqueta negra. Se quedan sin decir nada por un buen rato.

Si Gutiérrez cierra los ojos ve al tiburón acercándose a él. Si los mantiene abiertos también lo ve, pero no acercándose sino que nadando en círculo, con la mirada fija en su rostro.

La primera vez que fumé yo también me ahogué, dice el punky, pero la Ina me dijo que me calmara y así esperé, hasta que tosí un poco y se me pasó. Después mi papá tocó la puerta y me preguntó que qué me pasaba y le dije que nada, que estaba resfriado. Mi papá no sabía nada, creo que ni siquiera sabía que la Ina estaba encerrada conmigo en mi pieza.

Gutiérrez no quiere escuchar nada. No quiere que el punky le hable de su papá y le explique por qué se va ir al D.F. con su amiga.

Pero tampoco se quiere quedar solo.

La voz del punky parece espantar al tiburón, así que no hay otra opción. Lo escucha. El punky le dice que su mamá se fue cuando él nació, que de un día para otro agarró un poco de ropa y se largó. Que nadie sabe dónde está, que su papá la buscó durante un año, que fue donde todas sus amigas y que nadie sabía nada, ni siquiera los papás de ella, que se fue y punto, como si alguien hubiera presionado suprimir, sin mayor remordimiento. Una mañana apareció su papá en su pieza y le dijo que su mamá había muerto, que ya no existía y que se acostumbrara a esa idea.

A esa idea, repite el punky mirando a los ojos a Gutiérrez.

Después a mi papá lo ascendieron al puesto de teniente coronel y nos fuimos a vivir a Iquique, y bueno, después él se fue a Pisagua y yo me arranqué con la Ina…

Gutiérrez lo queda mirando. El punky saca de su chaqueta el papelillo y lo vuelve a encender. Esta vez no le ofrece a Gutiérrez. Sólo aspira fuerte, con la mirada fija en la pared.


15

¿Y cómo está Augusto?, pregunta Leonor.

Un poco raro, dice Guerrero, no hablamos mucho. De lo único que me habló fue de Gutiérrez. Según él, está vivo. Pero no sé. Está raro Augusto.

¿Pero cómo va a estar vivo?

No sé, así me dijo y listo, después se fue y se supone que me llamará mañana. Leonor bebe agua mineral y lo mira como si no entendiera nada. Santiago come un arrollado de primavera. No quiere hablar de Augusto, pero Leonor le pregunta sobre él, le insiste en volver a un lugar donde no quiere regresar, por eso intenta cambiar de tema; pregunta por Buenos Aires, quiere saber más de eso, quiere saber qué pasó con Gastón, pero no se atreve a nombrarlo, así que insiste con Buenos Aires y con Leonor y su vida allá.

Traen los platos de fondo.

Leonor le dice que hace tiempo que no probaba comida china, que en Buenos Aires lo único que hacía era comer pizzas y algunas pastas, que cada vez que salía terminaba comiendo en algún restaurant italiano y que nada, que se acordaba mucho de él cuando caminaba por Corrientes y por Florida, y por todas esas calles secretas que le recordaban al centro de Santiago y a algunos barrios de Providencia. Pasajes que parecen portales de tiempo, algo así, dice Leonor y se ríe.

Guerrero se sirve pollo en su plato. Ella saca con mucha prolijidad la carne, él no, él mancha a ratos el mantel y se acuerda cuando Silvana lo miraba y se reía de él, y le decía que los iban a echar por dejar todo el mantel sucio.

Ahora sigue manchando el mantel. Las cosas no cambian mucho. El director sigue rodando la película a pesar que la protagonista se fue. Tuvo que conseguir a otra. Ahí está, comiendo junto a Guerrero, en silencio, cruzando por momentos miradas y de vez en cuando comentando lo rico que está todo.

A Guerrero lo perturba que no se hable de algo en concreto; sabe que no es un terreno que le convenga, que en cualquier momento Leonor le preguntará algo y él tendrá que hablar, tendrá que contarle por qué terminó con Silvana y todo ese cuento.

Se adelanta.

Leonor, ¿qué pasó con Gastón?

Ella lo mira y levanta los hombros. No le responde la pregunta, sino que le empieza a hablar de Buenos Aires nuevamente, le cuenta un poco más de su vida en Lomas de Zamora: y que hacía mucho calor, y que la gente era amable, y que lo único que echa de menos es el mate, y así las palabras siguen saliendo de su boca, como intentando formar un puzzle donde faltan muchas piezas, donde no se entiende cuál es la imagen que se construye con ellos. Sigue lanzando piezas que poco a poco van dando un bosquejo de lo que quieren decir, de lo que quieren mostrar, hasta que llegan las piezas que faltaban, las piezas que cuadran a la perfección, pero que sin querer terminan siendo la llave para una puerta que Guerrero no sabe cómo abrir: Santiago, estuve embarazada.

Leonor enciende un cigarro. Fuma. Ya no queda mucha comida. Guerrero la mira. Están ahí, sentados en una mesa llena de platos vacíos.

A los personajes se les olvidó el libreto.

O quizá lo olvidaron a propósito, eso no está claro, lo único que se sabe es que están ahí, sentados uno frente al otro mirándose y esperando que aparezca el mozo y pregunte si les trae la cuenta, y si les retiro, y así termine de declamar el parlamento que se sabe de memoria y sea el único personaje que no está perdido, al único que cuando acabe la escena no lo regañen.

Pero no aparece y ellos siguen ahí, acercándose los vasos hacia sus bocas e imaginando que toman algo, y que hacen algo, y que todo está mejor de lo que parece.

Llega el mozo. Recita sus líneas. Levanta los platos. Se va. Vuelve. Entrega la cuenta.

¿Qué sigue ahora?

Guerrero saca del bolsillo de atrás de su pantalón su billetera. Leonor le dice que ella invita. Sobre la cuenta hay un billete de diez mil pesos. Aparece el mozo y se lleva el dinero.

Guerrero la queda mirando, ella le sonríe. Se levantan, buscan sus chaquetas en la entrada y salen del restaurant.

Leonor abre su paraguas y se acerca a Guerrero. Caminan juntos por Merced. Es tarde. No hay muchos autos. No hay mucha gente. Sigue lloviendo como si no fuese a parar nunca. De vez en cuando pasa un auto y distrae al silencio. Ellos lo miran avanzar, fijando sus ojos en las luces traseras que juegan con el semáforo que le dice al auto que se detenga.

Luz verde.

El auto parte y ellos siguen caminando. Cruzan Mac Iver. Todas las tiendas están cerradas. Guerrero mira de reojo la tienda china donde compraban con Silvana galletas de la suerte. A ella le encantaba comprarlas y ver qué decía el papel que tenían dentro. Guerrero odiaba eso, lo sigue odiando, piensa mientras deja atrás la tienda y se da cuenta que Leonor camina mirándose la punta de los pies y que intenta avanzar al mismo ritmo de él.

Calle Mosqueto. Gritos. El sonido de una moto. Doblan para ver qué sucede: Un tipo en el piso que apoya su espalda en un grifo. Está sentado en noventa grado. Unos japoneses o chinos o quizás vietnamitas lo golpean. Le pegan patadas en las costillas. No hay nadie más que ellos en la calle. Guerrero le dice a Leonor que mejor se vayan, que les puede pasar algo. Ella dice que no, que deben ayudar al tipo que golpean. Cierra su paraguas y se esconden detrás de unos arbustos de la entrada de un edificio. Siguen golpeando al tipo. Un oriental que está arriba de una moto se acerca al grifo. Los demás abren paso. El tipo del piso no se mueve. Tiene el mentón pegado al pecho. La moto ruge. El oriental presiona el acelerador y queda frente al grifo. Se acerca y pone la rueda encima del cuerpo del caído. La hace rodar fuertemente. Leonor se tapa los ojos. Guerrero mira cómo la rueda enrolla la polera del caído y le deja marcado el estómago. Sangra. La rueda se acerca a su cara, el oriental la deja frente a los labios. Uno de los que mira se acerca al tipo del grifo y le abre la boca, pero el mentón vuelve a caer sobre el pecho. Finalmente vuelve a abrirle la boca y lo agarra desde el pelo. El oriental apoya la rueda en la boca del caído, el otro suelta el pelo y vuelve a su posición anterior. Dicen algo que Guerrero no entiende. Leonor sigue con los ojos tapados. Suena una vez más el motor de la moto. Leonor abre los ojos. La rueda comienza a girar. Los dientes vuelan como si alguien hubiese dejado caer un collar de perlas. El caído no grita. Quizá está inconciente, piensa Guerrero, quizá está muerto. Leonor cierra los ojos y se pone a llorar. La rueda sigue girando, pero ya no vuela nada más que sangre. Se acabaron las perlas, se acabaron los dientes. Ahora sigue la mandíbula hasta llegar a los huesos de la nariz y de la cara. Leonor sigue llorando. Guerrero reacciona. Le tapa la boca con la mano y la apoya contra sí. La hace guardar silencio como si estuviera haciendo dormir a un bebé. Ella se aferra fuerte a él y tiembla. Los orientales siguen hablando. Se detiene el ruido. Alguien se acerca al grifo, le agarra el pelo al caído y se la levanta.

No hay nada. O quizá sí: Una masa mojada, una escultura vanguardista, tal vez un cuadro de Francis Bacon.

Los orientales se ríen. El de la moto los hace callar, grita unas palabras y se va. Los demás recogen el cuerpo y lo arrastran por el piso hasta meterlo al estacionamiento de un edificio.

Leonor sigue sollozando. Guerrero le pasa la mano por el pelo, le da besos en la frente y le dice que tranquila, que ya pasó, que todo terminó.

Y se quedan ahí, abrazados entre unos arbustos, esperando que Leonor deje de temblar.


16

La vida como una exposición fotográfica, piensa Gutiérrez. Mira el techo, acostado, con la cabeza apoyada en sus brazos. El punky se fue hace un momento. Terminó de fumar y salió de la pieza. No dijo ni una palabra más.

Gutiérrez piensa en esas fotos. O mejor: piensa en el fotógrafo, que podría ser un dios o un Dios. Un fotógrafo que no tiene pudor, que no piensa en el fotografiado sino que en la foto, en la verdad de ésta. O en su verdad.

Postales.

Gutiérrez cierra los ojos. Las ve pasar. Algunas son más borrosas que otras. No hay palabras, sólo imágenes, caras difusas, lugares indefinidos.

Todo está en blanco y negro. Todo está oscuro. Sí, sus ojos vendados, su cabeza encapuchada y los gritos y los vómitos como la única forma de silencio.

Fotos con gente que no conoce, personas que están a su lado y ya no hablan porque les cortaron las lenguas, les sacaron los dientes y no quieren abrir sus bocas.

El flaco que habla y no se le entiende nada, y Gutiérrez que se que acerca más de la cuenta y siente su olor a mierda y a meado, y los demás lo miran arrugar el ceño y no dicen nada porque ya nadie quiere decir nada, porque las palabras se volvieron viciadas, inertes, vacías.

El flaco cierra los ojos y cae al piso de golpe.

El flaco fue el que le dijo que a las mujeres las estaban lanzando al mar, parece que fue el flaco, después de que volvió de un simulacro de fusilamiento. Le dijo que los milicos les habían dicho que violarían a todas sus mujeres y a todas sus hijas, y que les harían chupar sus picos y tragarse su semen, y que después les meterían botellas rotas por el culo hasta que muriesen desangradas.

El flaco le contó que se acercó un milico y le dijo que a su hija se la habían violado unos perros, unos pastores alemanes que la habían hecho gemir y que ellos miraban cómo la violaban y se masturbaban sobre ella, que él estaba en un cuatro mientras el perro se lo metía hasta que su hija quedaba inconciente y se desplomaba sobre el piso. El flaco le dijo que no lo creía, a pesar de que lo hicieron ver una violación de perro a una persona, pero no a una mujer sino que a otro hombre, y el perro se lo metía y el hombre tenía los ojos vendados y ya no gritaba, sólo abría la boca y babeaba, y después vomitaba, y el flaco intentaba cerrar los ojos, pero los milicos se daban cuenta y le pegaban con las manos abiertas en los dos oídos, y volvía a abrir los ojos y miraba al perro tirarse al hombre, mientras los milicos se reían y les decían que si no hablaban les iba a pasar eso, hijos de puta. Por el techo siguen pasando las fotos. Gutiérrez cierra los ojos y vuelve a ver al tiburón blanco. Se estremece. Abre los ojos y trata de que las fotos cambien, que sean en colores, pero no se puede, el fotógrafo no sacó fotos a colores, sólo en blanco y negro.

Se levanta y camina por la pieza.

Pasan las horas, camina, a veces se sienta, ya no se acuesta, no quiere mirar el techo. Tampoco puede acostarse boca abajo porque siente que le falta el aire.

Deja que la noche avance, espera poder conversar con Madame Leonié, necesita que le siga contando historias. También necesita saber cómo puede volver a Iquique. Necesita partir en un bus y buscar a los papás de Antonieta, aunque sabe que es estúpido pensar eso, sabe que ellos tampoco están en Iquique, sabe que están muertos.

Necesita salir del lugar. Piensa: Los punkys.

Sí, irse con ellos al D.F. o a cualquier lugar, pero irse, jugar a borrarlo todo, a presionar suprimir y comenzar de nuevo.

Se sienta en el piso, apoyando la espalda a la cama. Cierra los ojos. Las imágenes se van diluyendo: ya no hay tiburón, ya no hay exposición de fotos, ya no hay nada más que una oscuridad que lo va hipnotizando lentamente.

Se duerme.


17

El gato se acuesta sobre sus muslos. Ronronea y levanta una de sus patas delanteras como diciéndole a Guerrero que le va a contar un secreto. Él se acerca y el gato le lengüetea la mejilla. Le da cosquillas. Se aleja y le sigue haciendo cariño, mientras ve cómo duerme Leonor sobre su cama, al lado de todos sus libros.

Frente a él, la pantalla está hibernando. Mueve el Mouse. La línea vertical parpadea sobre la página en blanco. Quiere escribir su historia con Silvana, quiere hacer una novela de una pareja que fue feliz y que un día dejó de serlo. Pero le cuesta teclear alguna frase que no decida borrar unos segundos después.

Aunque no siempre fue así. Existió algún tiempo donde Guerrero se sentaba frente a su computador y escribía largos cuentos que no eran más que un plagio a los relatos de Gutiérrez. Sí. Aún recuerda el relato con el que ganó por primera vez el concurso de cuentos de su colegio: era un plagio descarado del cuento “La última playa” de Gutiérrez, que trata de unos chicos que veían morir a una ballena que había varado en una playa del norte. Y lo único que cambió del cuento fueron algunos nombres y locaciones; el resto lo mantuvo. Sabía que el jurado –es decir, su profesores de castellano y de filosofía- no habían leído a Gutiérrez y ni siquiera sabían quién era, porque ellos no dejaban de leer a los clásicos y de repetir el discurso de que no vale la pena leer a los nuevos, porque no dicen nada importante, porque no tiene un buen manejo del lenguaje, porque son superficiales.

Pero Augusto y él encontraron en Gutiérrez lo que nunca encontraron en los clásicos: el entusiasmo.

Teclea unas palabras:

“Al tipo lo dejan inconciente en un estacionamiento de un edificio del centro de Santiago. No recuerda las caras de las personas que lo golpearon y que le hicieron perder todos los dientes. Menos idea tiene de por qué lo golpearon. Pero está ahí, en medio de un estacionamiento vacío sin nadie que lo pueda ayudar.

No se quiere levantar. Quiere quedarse tendido en el piso y morir sin darse cuenta. Se pasa la lengua por los labios y siente el sabor de la sangre. Se mete el dedo entre los labios y los presiona: realmente no tiene ningún diente. Se presiona fuerte el dedo. Imagina que tiene dientes y que se los está enterrando. Le salen lágrimas. Presiona más fuerte. Le dan arcadas. Se saca el dedo y vomita sangre y unos fideos que comió en el almuerzo. Sigue vomitando mientras no deja de temblar.”

Guerrero lee lo que escribió. Selecciona todo el texto. Pasa la mano derecha por entre las teclas. Mira nuevamente el texto seleccionado. Agarra el Mouse y minimiza Word. Abre Mozilla. Espera que cargue. Aparece la página de Google. La línea horizontal parpadea. Escribe “Gutiérrez” y “Onetto”. Presiona Enter. Aparece un par de páginas web dedicadas a la literatura chilena. No hay relación entre ellos. Desde que conoció a Onetto y éste le contó que había visto un par de veces a Gutiérrez, que busca información que los vincule, datos que le afirmen que lo que cuenta Onetto es cierto.

Pero nunca ha encontrado nada. Todas esas historias como si fuesen un secreto que no sabe nadie más que él y Augusto. Las páginas los muestran completamente separados. Gutiérrez siempre está sólo. No se lo vincula a nadie. A Onetto tampoco. Los datos biográficos de los dos son mínimos. Las ciudades donde nacieron, los años, y grandes lapsos de historia que parecen haber sido borradas por unos biógrafos imaginarios hasta llegar al final donde dicen: Gutiérrez murió en un accidente de tránsito cuando viajaba hacia Ecuador. Onetto no publica desde hace quince años, un poco antes de sufrir el accidente que lo dejó inválido. Ahora sólo se dedica a leer y a atender su librería “Amuleto”.

Fin.

Una vida se acabó. La otra sigue, pero quizá también debió acabar.

Sigue buscando información. Agrega algunas palabras: “El iceberg”, “Tiburones blancos”, “batallón Nº13”.

Aparecen fragmentos de la novela de Gutiérrez. También algunos artículos sobre animales marítimos: ballenas, tiburones, calamares. Además, algunas páginas con poemas de Onetto. No hay más información.

Guerrero piensa en el vacío de las biografías y en lo que le dijo Augusto en la tarde. Vuelve a leer las páginas que ya visitó. No encuentra nada. Se aburre. Cierra la ventana. Vuelve a abrir Word. Mira el texto seleccionado. Lo borra.

Regresa la página en blanco. Se queda un rato frente a ella sin hacer nada. Cruza sus manos, las pone arriba del escritorio y apoya su cara sobre ellas. El gato salta y se va de la pieza.

¿Es tuyo ese gato?, pregunta Leonor, que lo mira con la cabeza apoyada en su almohada. Guerrero gira la suya, sin dejar de apoyarla sobre sus manos, y le sonríe. Le dice que no y le cuenta que es de unos vecinos que casi nunca están en su departamento, que pasan viajando y que dejaron al gato al cuidado de una señora que hacía aseo en el edificio, pero que la despidieron hace unos meses, así que el gato se quedó sin comida, por eso se dedica a pasearse por el edificio esperando que alguien lo escuche maullar y le dé algo de comer.

Casi siempre viene para acá, dice Guerrero, pensé que ya lo habías visto. Leonor mueve la cabeza y le pregunta si sabe cómo se llama.

No, dice él, pero yo a veces le digo Nina y ella me mira.

¿Es gata?

Sí, sí, a veces cuando anda en celos se llena el edificio de gatos y yo no dejo que se le acerquen, así que le pongo harta comida en un pocillo que le compré para que no se vaya del departamento.

¿Y por qué, Nina?

No sé, tiene cara de Nina. Además que como es negrita, no sé, se me ocurrió. Además que cuando la llamé por ese nombre me miró, así que supongo que se debe se parecer a como se llama de verdad.

Que raro eso, dice Leonor, no saber cómo se llama e inventarle un nombre. Así como si fuera otra persona, o sea, otro gato, con otra vida y esas cosas, ¿me entiendes?

Sí, sí, contesta Guerrero, tal vez después va a tener trastornos de personalidad o de identidad.

Claro, dice ella, quizá cuando vuelvan tus vecinos ella va a irse con ellos y va a escuchar que la llaman por su nombre y no va a saber qué hacer, y después va a caer en una depresión y se va a suicidar.

¿A suicidar?, pregunta Guerrero abriendo más de la cuenta las ojos y después haciendo unas muecas como extrañeza, pero ¿cómo se suicida un gato?

Se puede tirar desde el último piso del edificio, dice Leonor, o caerse por las escaleras o qué se yo, echar a correr el agua en la tina y después tirarse y morir ahogado, no sé.

Pero ¿cómo va a abrir la llave, si es un gato?

Bueno, Santiago, hay muchas formas de morirse. En realidad son miles. Imagínate que un día se encuentra con un guarén y éste se la come. ¿Viste? Así de fácil.

¿Un guarén?, pregunta Guerrero y cierra los ojos mientras mueve la boca y dice puaj, puaj. Tirita un poco. Después dice que le dio asco y que mejor cambien de tema.

Pero no hay tema. Ella se ríe y le dice que no se acordaba que le tenía tanto asco a los ratones. Guerrero mueve los hombros. No sabe qué más decir. Se quedan en silencio, escuchando llover

Leonor mira las cuatro torres de libros que hay encima del velador. Lee los títulos que aparecen en los costados. Guerrero gira su cabeza y vuelve a apoyar la frente sobre sus manos. Piensa en lo que escribió hace un rato, en que antes escribía mejor, en que antes tenía más ganas de hacerlo. Trata de recordar el instante cuando dejó de tener ganas de escribir, pero no llega el momento exacto, son imágenes difusas que se pasean como en una diapositiva sin orden lógico, sino que al azar.

La imagen de Augusto con Antonieta es la que más se repite. Después de eso fue, piensa Guerrero y presiona fuerte los ojos. Deja de hacerlo. Se duerme. El computador hiberna.




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