Efectos

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Carlos Rojas Olivos


Entró en la casa y lo primero que hizo fue abrir el refrigerador. Tenía mucha sed y sacó un jugo de frutas, que bebió directamente de la botella. No está mi madre, puedo hacer lo que quiera, pensó el niño mientras bebía y recordó a su madre diciéndole que cuando quisiera beber algo siempre usara un vaso. Después que terminó de beber dejó la botella en la mesa, se fue hacia la sala y encendió la tele para jugar con la consola. No está mi madre, se repitió varias veces más para justificar lo que hacía. Tal vez con su madre al lado primero le hubiese tocado hacer los deberes del colegio, beber el jugo en un vaso y hasta cambiarse de ropa, pero su madre no estaba en casa y él podía hacer lo que quisiera. Mientras encendía la consola le dieron ganas de ir al baño. Iba a ir al de la sala pero decidió ir al más grande de la casa: el que estaba en la habitación de su madre. Cuando entró en él cogió muchas toallas y las comenzó a tirar por todos lados. Sentía que podía hacer de todo, incluso husmear en las cosas que su madre tenía en los cajones. Y así lo hizo. Comenzó a encontrar cosas raras como peines de todo tipo, cosméticos en envases variados, cremas de todos los olores, fotos de su madre desnuda y diversos preservativos. Estos últimos pensó en abrirlos para verlos mejor pero los dejó porque llamaron su atención unas pastillas que había al lado. Eran muy pequeñas y todas de colores diferentes. No había ningún nombre o marca en el frasco donde estaban, así que el niño supuso que no eran algo importante. La curiosidad en un niño de unos 11 años es tan grande que sin pensarlo dos veces cogió una pastilla, la de color verde, y se la metió en la boca. Ya en la sala, se puso a jugar un videojuego sobre la guerra del golfo. Más o menos veinte minutos después el televisor empezó a crecer. Creció tanto que parecía que estaba en un cine. Y el cine luego desapareció, porque el niño estaba pilotando un F-14 y sobrevolando el desierto de Kuwait en busca de bases enemigas que bombardear. Todo esto que le estaba ocurriendo él lo tomaba con tanta fascinación y naturalidad que no se dio cuenta de que aún seguía sentado en el sillón de su sala. Luego de acabar con todo el ejército iraquí, el niño comenzó a correr por toda la casa. Iba de arriba abajo y hablaba con la voz en alto. Conversaba con todas las cosas y a todas les puso nuevos nombres. A los cuadros los llamó osipentos. A los floreros clatocarcios y a sus muñecos con los que jugaba los llamó plotecercas. La sed le hizo volver a la cocina pero esta vez no bebió el jugo de frutas con el gusto de antes. Lo escupió y se colgó, literalmente, del grifo para beber agua. Bebía mucha agua pero a pesar de eso la sed no se le pasaba por lo que se mojó la cara y el pelo. Movía la cabeza para los lados y cuando abrió los ojos estaba fuera de la casa. En medio de la calle podía ver a otros niños que corrían detrás de un perro. Lo único que hizo el niño fue también seguir al perro, que se dirigía hacia el parque de su barrio. Corría tras él pero el perro era más rápido y no lo alcanzaba. Tan rápido corría el perro que después de un par de segundos desapareció de su vista.

–Rambo, ven acá. ¡Rambo, ven acá, carajo! –ordenaba el chamán a su perro. Éste no se movía y seguía tirado en medio de la sala de una de las casas que poblaban una pequeña localidad en la selva del Perú.

El perro abrió los ojos y no supo bien dónde estaba. Por el olor, luego de un momento de ver sombras en blanco y negro, logró reconocer a su dueño. El chamán lo había traído de Lima, había sido un regalo de una clienta de mucho dinero, a la cual todos decían que le había curado un cáncer a las mamas. Cuando lo recibió junto con el dinero prometido, el chamán se puso muy contento y pensó que sería su perro guardián, pero una vez en la selva el perro, debido al calor y a la abundante vegetación, lo único que hizo fue comer y dormir. Como en este momento en que el perro duerme plácidamente a pesar de que ha reconocido a su dueño. Rambo era su nombre porque en un principio el chamán creyó que cuando el perro creciera demostraría toda su bravura y lo respetarían, pero para su pesar ese día nunca llegó. Le hubieses puesto Candy o Lassie, le decían sus vecinos como burlándose de él y del perro, a quien veían siempre durmiendo por todas partes del pueblo. Para qué le has puesto cadena si nunca va a correr, agregaban los más burlones. Ni siquiera ladraba y cuando escuchaba ruidos extraños se escondía detrás de la casa. Sólo aparecía cuando venían turistas a hacer sesiones de espiritismo o curaciones. En esas noches se ponía en medio de la sala y era una parte más de la escenografía de los rituales. Inclusive parecía interesado cuando su dueño hablaba y preparaba las velas, el agua florida y las hierbas, pero nadie sabía que lo que en realidad llamaba su atención eran esas cosas verdes para beber que preparaba el chamán y que tenían un olor que al perro volvía loco, a tal punto que nunca dejaba de probarlo. Siempre, cuando todos estaban en pleno viaje astral, el perro lamía las sobras. Y muchas veces algún turista le daba un poco de su porción porque lo que le había preparado el chamán le había parecido asqueroso. Tanta era la adicción del perro al sampedro o a la ayahuasca que por las mañanas se las pasaba durmiendo y por la noches recién se levantaba para comer algo y dejarse llevar por los alucinógenos que le provocaban ver cosas extrañas, tan extrañas que en ocasiones veía colores. O que le hacía correr por todas partes, por mundos y paisajes desconocidos; como en esta noche en la que el perro no sólo ha lamido las sobras, sino que ha bebido dos porciones que unos turistas han dejado a su lado porque no quisieron seguir más el viaje prometido por el chamán.


El niño sabía que tarde o temprano el perro se cansaría, por eso dejó de seguirlo y sólo esperó sentado en el jardín a que éste regresara. Mientras esperaba se puso a jugar con el césped que tenía al lado. Era todo verde, pero para él había partes de color azul y otras de color morado. Cogía un poco de cada color y los combinaba. Al alzar la mirada vio a otro niño que hacía lo mismo, entonces fue que su visión se convirtió en una cámara de fotos y con el zoom de ésta pudo acercarse poco a poco para ver más de cerca la cara del otro niño. Después de verlo se quedó inmóvil porque se dio cuenta de que era él mismo. Estaba también con su uniforme del colegio y hacía lo mismo: juntar el césped. Sólo que éste juntaba césped de color rojo, verde y amarillo. Sorprendido por lo que había visto se dio la vuelta y miró hacia otra parte. Cuando vio que el perro volvía se levantó y fue hacia él, ya no corrió sino que salió con lentitud al encuentro del animal. El perro se veía agotado, al parecer había corrido mucho.Tenía los ojos tristes y la lengua afuera, se notaba que tenía mucha sed. El niño lo cogió por una cadena que llevaba en el cuello y fue caminando a su casa con él. Antes de llegar vio que los otros niños le seguían y sintió miedo porque pensó que le querían quitar al animal. Muy asustado empezó a correr. El perro se soltó y también corrió pero esta vez el niño fue más rápido que él. Tan rápido corrió el niño que en un momento tropezó con algo y cayó al suelo. No sintió nada y cuando abrió los ojos pudo ver al perro, que le lamía la cara. La lengua del animal estaba de un color rojo intenso y el niño, antes de cerrar los ojos, supo que era su sangre. Cuando terminó de lamer pudo reconocer en la sangre del niño un sabor muy parecido al de la cosa verde esa que bebía y le hacía alucinar.


–Rambo –volvió a gritar el chamán mientras lo golpeaba con un palo.

Sintió los golpes y no tuvo más remedio que despertar. Su confusión fue tan grande que pensó que todavía estaba en esa ciudad llena de coches, edificios y tranvías. La ciudad donde había estado toda esa noche tratando de jugar con un niño y en donde todo era color verde. La ciudad en donde había hecho todo lo que no había podido hacer en la selva. La ciudad donde bebió mucha agua, comió carne frita y hasta cosas dulces. Donde todo tenía un olor distinto y pudo por primera vez en su vida correr a su antojo. Pero no estaba más allí y grande fue la desilusión del perro cuando se dio cuenta de que estaba rodeado por sombras extrañas en medio de una sala. En ese momento no pudo reconocer más ningún olor y al final, cuando recordó la cara del niño, lo único que hizo fue ladrar por primera vez en su vida.

–¡GUAU! –aulló el perro con toda su fuerza y salió corriendo hacia la selva. A pesar de que el chamán lo intentó, no pudo detenerlo.


La madre del niño llegó a casa. Cuando abrió la puerta vio pintadas en las paredes cosas que nunca antes había visto. En un primer momento pensó que no había entrado en su casa, pero luego de mirar que las llaves que tenía en su mano eran las que habían abierto esa puerta se dio cuenta de que no se había equivocado. Tanta fue su impresión que por más que quiso no pudo gritar. A pesar de su nerviosismo se acordó de que su hijo estaba en la casa, por eso lo primero que hizo fue buscarlo. Buscó en la cocina. En toda la sala. En la habitación de su hijo y en la suya, luego en su baño, donde encontró el frasco con sus pastillas de LSD esparcidas por el suelo y entonces pensó en lo peor. No encontró a su hijo por ningún lado, no podía creer que éste se hubiese ido de la casa, así que fue al único lugar que le quedaba por buscar. Con una pequeña escalera que salía de una puerta del techo logró subir a la azotea. Respiró tranquila porque no vio al niño, pero cuando ya estaba por bajar una sensación más fuerte en su cuerpo hizo que la joven madre se acercara hasta el borde del lugar. Bajó la mirada hacia la calle y vio a su hijo tirado boca abajo en el suelo con la sangre esparcida por toda la vereda. No supo qué hacer y sólo atinó a levantar un poco la mirada, cuando lo hizo pudo ver un perro que corría por la calle con dirección al parque del vecindario.




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