El ángel que se desvanece

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Ubaldo R. Oliveiro


Era de Cienfuegos. Cuando llegó y me fijé bien en su cara, percibí que los más veteranos tardarían muy poco en sabotear su espacio y convertir allí su vida en otra segunda y temeraria cárcel.

El Chino de Birán, nuestro amigo y consejero, le sugirió que el primer año se aislara en un cubículo hasta que del cuerpo y de sus facciones se hubiesen borrado toda la ingenuidad, toda la candidez, pues en él peligraban. Lo escuchó y dijo que probaría. Creí que lo haría porque nos lo dijo pero cualquiera sabe qué lo retuvo a última hora, por qué rechazó lo que para él habría sido lo más conveniente.

Un mes más tarde el Chino le preguntó qué había sucedido. Javier le confesó que tenía miedo de pasar tanto tiempo allí acompañado únicamente del chirrido de las ruedas del carrito del desayuno a las cinco de la mañana y de las voces que a la hora del almuerzo amenazaban al repartidor con lanzarle a la cara un cubo lleno de porquería si este no le doblaba o triplicaba la ración de yuca o arroz, o la de harina de Castilla, o la sopa de pésimo sabor.

El Chino nos presentó una tarde de domingo cuando tomábamos sol en el patio del Bloque 6. Yo llevaba tres años y me faltaban dos para salir, y si no se me torcían los planes, si ningún atravesado me complicaba la pena, contaba con volver a casa y dejar que la tranquilidad y la pesca de los sábados en Cayo Zetía guiasen en adelante mi existencia.

Mi padre por fin se había decidido a comprar el bote. Me escribió diciéndome que ya solo quedaba que lo calafatearan para pronto tenerlo entre las garras de la marea. Mi corazón se lo agradeció. Le respondí que para mí se trataba de una noticia importante, una brújula que me fortalecería en la espera.

En la carta me pidió que le buscara un nombre bonito, un nombre que fuera fácilmente identificable para no armarse líos en la cabeza al buscarlo entre las decenas de chalanas, chalupas y botes que fondeaban detrás del restaurante Las Palmas. En la misma respuesta le dije que sí, lo pensaría bien, que no se preocupara.

En ese puerto de embarcaciones menores había visto cómo por las noches los pescadores iban a recoger las redes y los palangres que habían lanzado por la mañana.

Muy cerca nos bañábamos mis primos y yo en una piscina. La piscina cerraba por lo general a las 11 de la noche. Los veía con bultos camino de sus casas y cuando no, los sentía llegar y empezar la maniobra de traer hasta la orilla la red, o levantar los palangres, o los jamos, sí, casi nunca dejaban de encontrarse sorpresas. A veces me acercaba y como algunos me conocían y saludaban, si alguien no me reconocía de inmediato, no faltaba quien le informase que ese que estaba ahí descalzo y en chor, el flaquito ese, era el hijo de Mongo, y a Mongo, mi padre, todos lo conocían porque trabajaba ahí mismo, en el restaurante Las Palmas, el único de los dos en activo en todo Cabal.

El Río Grande hacía tiempo que lo habían clausurado hasta nuevo aviso por un robo de cajas ron Bacardí. Orden del administrador Cabrera que también lo era del otro restaurante pues aquel funcionaba como un apéndice del Las Palmas. Entonces todos los que querían beberse unas líneas de Caney o de Bacardí, de Carta de Oro, o tomarse una cerveza Hatuey iban allí, a Las Palmas.

Alguno al reconocerme, aunque fuera un poco borroso a causa de las escasas luces que amparaba sus maniobras, reanudaba el trabajo y tan pronto se alegraba el ánimo (si se descubría un apetitoso pargo entre las piezas) como se alicaía si notaba que se había perdido otra noche y Dios sabía cuándo la suerte volvería de nuevo. Y así un día pisándole los talones al siguiente.



Yo no era muy buen jugador de ajedrez. Quizás ese fue nuestro primer puente. Siempre hay puentes anteriores aunque a la conciencia le cueste reconocerlos a un primer movimiento.

-Mira socio, te presento a un contrincante. Ojo con él.

El Chino sabía lo que se decía. Ya se habían batido mientras yo estaba en la celda de castigo. Me metieron en la celda de castigo porque requisaron el colchón y encontraron tres paquetes de pastillas de maico.

Me las tomaba cada vez que tenía ganas de quedarme despierto toda la noche jugando a los dados, o leyendo alguna que otra de las tantas novelas rusas que invadían (a veces por su peso y las más por sus muchas páginas) la biblioteca de la penitenciaría, fertilísimas compañeras de aquellos años, ahora reducidos a un indistinguible tatuaje, a un montoncito de piezas irrelevantes.

Me preguntó si yo creía que él pudiese resistir cinco días seguidos en la celda a base de una sola ración diaria. Le dije que allí, llegado el momento, aguantaba hasta el que menos se lo podía imaginar. Que no era cuestión de ser más fuerte o menos fuerte, era otro asunto. Darrel Standing, el protagonista de un libro de uno de mis dioses, Jack London, lo había demostrado cientos de veces dentro de su camisa de fuerza en la cárcel de San Quintín de California.

-Es que yo siempre tengo hambre compadre, y con la poca jama que aquí nos dan, me imagino que al segundo día tendrían que trasladarme de urgente a la enfermería.

Le hablé de mi experiencia. Al principio yo también creía lo mismo y me cercioré que no. Uno se afirma. Hay pocas cosas tan saludables como vivir ciertas experiencias en la propia carne. El viaje es intenso pero uno crece y eso siempre servirá para toda la vida. Será un recuerdo siempre fertilizador, una brújula fiel.

No parecía estar muy convencido de soportar 22 días a razón de una sola comida diaria. Casi nunca nos llenaban las bandejas de plástico (las de metal estaban prohibidas ya que con ellas podían fabricarse cuchillos y punzones) y del desayuno ni hablar. De sol nos permitían un día a la semana. Así lo habían decidido el teniente Rivero y el teniente Matos, los dos encargados de Orden Interior.

No era conveniente juntar de ningún modo a cinco o seis compañías al mismo tiempo, por ejemplo un domingo a tomar el sol, porque la sangre era muy probable que llamase a la sangre. A los que tenían veinte años o más de condena les importaba bien poco cumplir el doble o el triple, o morir allí mismo. Solían tener bastantes enemigos porque en su día fueron abusadores de los novatos que llegaban. A nosotros los menores, si nos calentaban la cabeza, podíamos dejarnos llevar por la tempestad del orgullo, el honor y esas cosas, y meterle cuatro puñaladas al primero que nos mirase con terceras. Solía ocurrir.

Javier no tenía hermanos. Lo habían condenado por un hurto al descuido en un barrio de San Germán. Una mañana llegó al barrio, encontró una moto con las llaves puestas frente a una tienda de ropa, la cogió y se largó con ella. Al poco la abandonó en las afueras de San Germán y ahí acabó la historia de la moto y principió la de Javier. Le pedían 7 años. Su madre apeló al Tribunal Supremo y allí le denegaron la apelación. En la liquidación de sentencia finalmente le llegaron tres años y medio. La madre le prometió remover cielo y tierra para conseguir un segundo juicio pero no pudo pasar de ahí. 17 años. Era lampiño. El Chino muchas veces bromeaba con él,

-A ver chamacón, ponte así de lado para masajearte con los ojos y hacerme una ya tú sabes.

Javier se reía y le decía que no bromeara de ese modo delante de los demás porque si se metían con él poco ejemplo podría dar, le costaría imponerse y alejar a los cachalotes ¿y entonces qué?

A los que llevaban más años allí los llamábamos así. Eran ases comunicándose con las manos de bloque a bloque. Cuando teníamos que comunicarnos de bloque a bloque, de ventana a ventana, lo hacíamos copiando con las manos. El Chino fue quien me enseñó. Era importante saberlo para confidenciarse mensajes sin que los guardias llegaran a enterarse. También le enseñó a Javier. Siempre decía que si alguno se propasaba con nosotros se metería en un buen lío con él. ¿Había más de una intención en ese sospechoso paternalismo? ¿Era del todo inocente como siempre nos dio a entender? No lo sé. De lo que sí estábamos convencidos era de que el Chino no era un hueso fácil de roer.

-Mira.

Aquel punzón daba miedo.

-¿Y si te agarran qué?

-A mí los guardias del penal me tienen miedo. ¿Tú no sabes que aquí yo soy el rey desde hace diez años? Pregúntale un día en confianza al teniente Matos sobre mí, ya te dirá si aquí se me respeta o no, anda pregúntale.

El Chino estaba en Playa Manteca desde 1977 y no dudaba nada de que allí terminaría sus días.

-Yo me jamo a un mariquita si tengo que hacerlo, pero a uno que le guste de verdá la pinga chico, ahora que eso de violar no, eso sí que ni muerto chico. Por eso tengo dos o tres causas pendientes, por defender a menores y sacarlos de más de un atolladero.

De familia habíamos tres en aquel antro de mil demonios. Mi tío Pascual y Jelson, un primo hermano por parte de padre de allá de Ciudad Soler. Nos llevábamos bien y nos echábamos una mano en lo que podíamos. Claro que eso no era un impedimento para que se te intentaran lanzar con voracidad los bujarrones. Si eras bien parecido y no tenías pelos en la barbilla, ni se adivinaban en las piernas o debajo de los sobacos, pues te decían cosas y veían en ti a una mujer, y claro, a esa mujer había que jamársela como fuera.

Creo que lo peor que hizo Javier fue no seguir el consejo del Chino. No sé. Al menos le hubiera dado tiempo de curtirse, de afianzarse, entonces obligarlo a ponerse de rodillas hubiera costado lo suyo. No sabemos qué fue lo que pasó. No imaginamos qué fue lo que pudo frenarlo a última hora.



Tres meses después de cruzar la puerta del penal, la suerte (a veces tan abundante en otros que ni siquiera tienen derecho a merecerla) lo dejó sin defensa.

Una tarde llegó una cordillera de Moa y en ella venían delincuentes de alto y peligroso calibre. Muchos en el penal temblaron, se cagaron en los pantalones, para qué vamos a negarlo. Entre aquellos delincuentes, un tal Camaján.

El tipejo aquel llevaba 18 años entre rejas, y al parecer, por las noticias que me dieron de sus andaduras, era un incorregible abusador de menores. En más de una ocasión los guardias lo sorprendieron en sus fechorías pero la cosa no pasó de ahí. No se negó. Decía que ya estaba cumplido y que si de algo estaba seguro era de terminar sus días dentro de los muros de la prisión, fuera la prisión que fuere.

Ese jueves de marzo nos pusimos a jugar una partida de ajedrez como a eso de las once de la noche. Javier había recibido, en una visita especial, una jaba de comida con millones de cosas.

Nos hartamos esa noche de gofio, de galletas, de Jalea Real. Ya iba por tres meses y cada día me decía “Oye socito, que cada día me queda un poco menos”. Yo me reía por dentro de sus ingenuidades porque dentro parece que el tiempo no avance nunca, se vuelve un enemigo interminable. Como a eso de las 12:25 aproximadamente pasó un oficial y nos mandó a que nos calláramos y nos acostáramos. Decidimos continuar la partida al otro día y además la llenura nos había desanimado un poco.

-Mañana seguimos -le dije-. Lo pongo debajo de la cama para que por la mañana, con el barullo del recuento y el baño no se fastidie el juego. ¿Ok?

-Ok.

Dormía allá al fondo, cerca del baño. Por las mañanas, aquella parte del bloque se convertía en un auténtico enjambre. Se fue para su litera y yo acomodé debajo de mi cama el tablero con el juego a medio terminar. Media hora más tarde siento como unos pasos a la entrada del bloque. Una sombra. Alguien intenta abrir la puerta. El guardia no podía ser porque forcejeaba con el candado de manera peculiar. De repente la puerta se abre y entra un tipo alto, medio mulato, con una bolsa en las manos. Se acercó a la litera de la derecha y coincidió que al que le preguntó fue a Joaquín. ¿Casual coincidencia o ya estaba lo suficientemente informado? Joaquín es el tipo más cobarde que yo he conocido en toda mi vida. Un cobarde de los grandes de verdad.

Cualquiera podía llegar donde Joaquín y pedirle todo lo que la familia le había traído, y Joaquín, sin mediar ninguna sílaba, dárselo todo, todito.

Sale al medio del pasillo y se dirige al final. Yo me incliné un poco en la cama para medio enterarme de qué era lo que se tramaba. La sombra llegó hasta la litera de Javier y lo despertó con brusquedad. El muchacho, natural, se asustó. Fue todo demasiado rápido. Javier intentó escabullirse por el otro lado de la litera pero el tipo salió de nuevo al pasillo y le cortó el paso. En pocas fracciones de segundos sacó del bulto que llevaba un punzón echo con el travesaño de una litera (lo supe al otro día) y lo arrinconó contra la pared. Le intentó bajar los pantalones y Javier se resistió y sólo escuché,

- … tame joputa.

Ya nos habíamos levantado unos cuantos en el bloque y nos habíamos acercado a la litera de Javier pero cuando notamos que se caía sin decir nada, supimos que ese hijo de la gran puta iba en serio. Salió como mismo entró y del revuelo que armamos en el bloque se aparecieron los guardias. Nadie sabía quién era pero forzamos a Joaquín a que lo describiera y casi deseé que el tipo intentara vengarse de Joaquín de igual o peor manera. No sé, creo que pude detenerlo a tiempo y no lo hice. O tal vez no.

Poco tiempo después me dieron la libertad y lo primero que hice fue llegarme al puertecito donde estaba la chalana, y con una brocha y un bote de pintura de óxido rojo, ponerle el nombre. A papá le gustó. Le conté a medias dónde nacía la fuente de aquel nombre.

A veces, cuando lo veo mecerse porque se levanta un poco de viento, me parece entreverlo en la proa, de pie, llamándome para que de una vez y por todas acabemos la partida.



© Ubaldo R. Oliveiro (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Para volver a Número 16: Marzo 2010