Gabriel Amador, "El espejo"

De La Siega, la enciclopedia libre.

(Redirigido desde El espejo)

Por Gabriel Amador


Estás como aporreado entre las sábanas azules y el colchón. Te mirás de arriba abajo, te sentís bien. Sin duda. No sabés si alargar la mano huesuda para alcanzar el control remoto, aunque ya sabés que no lo lograrás. Porque no tenés control remoto. No tenés minicomponente ni devedé, ni flat ni nada parecido, solamente un tocadiscos por decoración doméstica con algo de cinta y vaselina en los tomas de cada parlante. Tu televisor es un simulacro de comunicación. Pero vos alargás la mano porque te sentís aburridamente bien. A dos palmos de los zapatos ahí están: el tabaco y las hojillas que compraste ayer antes de salir con Inés. Te da pereza liar uno, el cuerpo sigue a las fibras poco perfumadas de tu "camucha", que es como le dice tu mamá peyorativamente cuando llega de vez en cuando a la visita. De todos modos te sobreponés y sí, liás un cigarrillo. Pronto se te va a acabar el tiempo de estar ensimismado y volverás a tu empleo como sujeto social. En realidad hasta has tenido algo de éxito: alguna vez soñaste con trabajar en derechos humanos, y hoy trabajás en derechos humanos. Eso debe ser éxito, y lo es. Pero estás cansado, sentís como que ayer el mundo te vivió en una pista de baile, un puñado de tragos y piquitos en el alféizar de adentro. Efectivamente, te decís con una sonrisa de estaño por no dejar. Unas manos en un cuello, tu cuerpo aún lo saborea, y algo de muzzarella y pulpón de lomo compensado en la casucha de una barriada entre la semana, y qué sabés vos qué más. No te acordás o te da pereza hacerlo. No lo sabés, la noche estaba vestida de incógnito. Te pareció. En algún momento viste pasar al Pitufo, alguna sustancia nueva, algún roce foráneo entre quién sabe qué leyes y moralidades. Te incorporás, sentís que algo eléctrico todavía te recorre el cuerpo y no es modorra ni un café, que todavía no has preparado. Tampoco es el hedonismo ni la Asistencia Social ni la centroizquierda ni los turís ni tu amigo el Duilio. Es Inés. Y te das cuenta. Te acercás a la cómoda, al tocador. Dextrogirás noventa grados hacia el armario, como quiera que estás descalzo y no te dan la gana tus chancletas de gancho y agujero. En tu mesita de noche buscás tus llaves y cédula para cerciorarte de que anoche llegaste completo, pero no tenés mesita de noche. Qué caray o la muletilla de turno y etcétera. Deben de estar en otro lugar. Buscás en el bolsillo de tu pantalón azul marino, pero te das cuenta de que llevás puesto el calzoncillo —el mismo de ayer, por cierto, y de ayer, y de ayer ad infinitum— y que, además, nunca tuviste pantalones azul marino. El mundo te despierta y lo empezás a notar a medida que te vas ofreciendo a él. Caminás por pausas alrededor de la pieza. En tus oídos aún levitan frescas memorias fantásticas de lo que te pasó. Estabas en la oscuridad, ¿te acordás? Recordás únicamente por los oídos, como un animal que hiberna, cuando vivís a oscuras. Así es como la oscuridad te edifica. Con un gesto lento, muy lento, retirás apenas lo suficiente las sábanas azules de la cama como para sentarte pesadamente. Te apoyás de codos en las rodillas. Entre las manos calzás la barbilla tan ruidosa y moluscularmente que se te ponen rojas y redondas las marquitas en los muslos. Todavía no te has preguntado si tenés hambre ni qué hora es. Sentís el cuerpo lleno de desaires como blandas gelatinas y de esperanzas como azúcar que las endulzan. Por la boca y la lengua, traspasando la garganta y conquistando el esófago, deteniéndose a mitad del tórax, sentís que se resbala desparramado el agridulce sabor de Inés. Ahí te acordás que Inés, aparte de piquitos, literaturas y cuero de redobles, trabaja contigo. Hacés un hum. Así: —¡Huummm! Te mirás los pies, las piernas, el talón. Estás esperando que te asalte un escalofrío incómodo o que el sabor que acabás de paladear te abandone el cuerpo y se independice. Que los oídos se olviden de todo. Que te duela y que te importe estar aporreado, que te ofusque no tener celular, que te sulfure la centroizquierda. Pero nada pasa. Al segundo casi, te olvidás de que Inés trabaja contigo. Te aburrís de mirarte los dedos llenos de talco duro. Empezás a creer que es un asco levantarse e inmediatamente, suponés que sin restregarte los ojos, fumar. Pero no te importa. Te levantás. Al instante, por el efecto de la gravedad seguramente, la vejiga se te llena o vos la sentís llena o…bueno, el hecho es que te vas al baño a mear. Te lo sacás con la mano izquierda y te ponés a esperar pero el chorro no viene. Ahí decidís que estás algo fatigado, que mejor vas a mear sentado. Te sentás a esperar, como cuando esperás aburrido un video de rock barato. El baño te contempla como un héroe rendido. Hacés un alguito de fuerza y orinás. Te levantás otra vez, te lo guardás. Entonces ahí, ése, sí, algo te pasa.

Como una crueldad que la atmósfera o el clima te juega, empezás a recordar que desde lo de Inés hace un año ya. Levantás una ceja y subís la nariz en mueca de mal olor, por ahí se te escapa un hu. Así: —¿Hu? El corazón se te agranda y se te encoge monstruosamente. Te sentís como una hiena o como una sombra chinesca que otros ya han filosofado. La luz te vuela la cabeza, querés rascártela —la luz, la cabeza, la filosofía—, te la rascás. Un sudor fino se hace presente. Un sudor que sentís momentáneamente estrambótico. Das otros pasos, te dirigís a la habitación. Te sentás otra vez, ahora sí, ya medio rencoroso. Empezás a sospecharte si vos mismo no serás simplemente el recuerdo de Inés que Inés está recordando irresponsablemente en otro lugar y con otras intenciones diferentes, muy diferentes, de las tuyas. Te amargás por no poder discernir qué mierdas pasa o pasó. Tus oídos ahora son un carnaval de narraciones que creías perdidas. Te cuesta trabajo, allí sentado, seleccionar entre lo útil y lo estrictamente ornamental. Te agachás un poco e introducís la mano debajo de la cama esperando encontrar la botella de agua. La botella está ahí. Desenroscás la tapa con cuidado de que no se te caiga, te empinás el cuello hasta que algunas gotas se derraman por la comisura izquierda de los labios. Enroscás, agachás y colocás en el mismo sitio. Desmemoriado —así lo sentís, así lo fabulás—, el viento te observa desde el otro lado de la ventana. Con lenta parsimonia volteás la cabeza por el lado derecho de la nuca, a ver si es cierto. Sentís que una inspiración descomunal y menguada te recorre el cuerpo. El color se te sube al rostro al mismo tiempo que una emoción abdominal te descoloca. Te arrecostás a todo lo ancho que la cama te puede brindar, sentís que una vergüenza de oro te arropa y que te duele, pero que te hace más hermoso. Decidís dormir y experimentarte inocente otra vez. Pero ya es tarde, te decís para adentro. La inocencia y su juguete mental únicamente te alcanza como una esquirla dañada y sin pulir. Te anima el hecho de que tu amigo el Duilio y el Pitufo te van a comprender a las mil maravillas, aunque no les importe mucho, mentira. Es mentira y ya lo sabés. Pero por si las dudas te levantás como un rayo y empezás a escribirte esta carta de amor. No me la escribís a mí sino a vos. Como estupidez inmaculada te va llegando, te va surgiendo un alivio terrenal, un color, una premonición, un sueño tántrico. Y aquí estás… aquí te ves. Te atormentan, realmente te atormentan, los últimos días del reinado de Inés, el olor sonambúlico entre los sueños y bajo las encías y dientes. Te escribís, sí, pero al instante vas a morderte la lengua y tu voz masticada te cortará la sangre. Tus pasos no saldrán de tus zapatos. El tiempo se quedará en el pantalón. Desconocés qué va a pasarte cuando Inés ya no te recuerde. Te volverás una piedra incaica, un arroyo vacío de de pepitas de oro en California, un ñoqui que alguien decide no comer por llenura o hartazgo. Como un olvido entrecortado, terminás y te volvés a acostar, a dormir supuestamente. Sacás la hoja y a regañadientes cerrás los ojos, te renegás como si fueras un peligro para vos mismo. Alargás la mano y dejás el lápiz aparte, encima de la mesita de noche que no tenés. Inútil. Te semi incorporás. Volvés a agarrar el lápiz porque sentís que siempre hay un detallito que se te olvida. Te acomodás entre el colchón y las sábanas azules. Escribiéndote te vas durmiendo. Arqueás el cuello con los ejes de tu columna en una ese de cisne que sirve para hallarte más cómodo. Elegís mirar fijamente el almanaque de la farmacia en la pared, así podés pensar, recordar, turbiar el iris. El almanaque de la farmacia en la pared se espesa hasta difuminarse por completo. La luz se triangula hasta atenuarse. Estás aporreado. Desde los secretos del armario te llega un himno a los oídos, un triste canto maternal, un eco a deshoras, que termina por herirte, por dormirte.




© Gabriel Amador (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Número 12: Febrero 2007