Miguel Ángel Torres Vitolas, "El muro de arena"

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Por Miguel Ángel Torres Vitolas


Cuando se vieron muy cerca del mar, las dos niñas no se volvieron ya hacia Micelino a preguntarle nada ni perdirle permiso, y antes de que pudiera él decir algo se sacaron las zapatillas y las medias, las arrojaron a un lado y corrieron hasta la orilla agarradas de la mano, dando pequeños saltos. En cuanto sintieron el agua fría contra sus pies empezaron a dar gritos saltando sobre su sitio con los brazos alzados y volviéndose a llamar a Micelino, repitiendo a gritos su nombre. Él caminaba aún, encorvado, unos metros detrás y les sonrió haciéndoles hola con una mano. Llevaba en la otra un balde rojo de plástico con unas palas amarillas y un molde de torres. Recogió las medias y zapatillas que ellas habían tirado sobre la arena y las echó en el balde. Se detuvo, miró a los lados oliendo profundamente con la nariz el aire salado, como si eso le pudiera decir algo, y se sentó entonces en la arena rodeando sus rodillas con sus brazos. Miró entonces hacia el cielo con los ojos entrecerrados, aspirando nuevamente por la nariz, y luego bajó la cabeza y miró a las niñas. El sol, que caía sobre ellas, convertía el mar en una masa amarga, oscura, sobre la que la luz se despedazaba en retazos y hacía de ellas dos escarabajos redonditos que se arrojaban agua con las patas.


- No lo sé. –respondió de nuevo Micelino, sentado en la arena, con los brazos cruzados, mirándolos a ambos con sus ojos pequeños entrecerrados.

Los dos chicos en uniforme de colegio, todavía sin comprender, se sonrieron entre ellos y se sentaron a su lado.

- ¿No sabes por qué estás aquí?

- No. No lo sé -. Esta vez Micelino sonrió y los miró con su sonrisa pequeña y su cara toda oscura, envejecida y flaca.- ¿No deberían estar en el colegio los dos?

Los dos muchachos rieron.

- Sí, creo que sí –dijo el más delgado. – ¿No?

- No, no. Hoy no. Nos han exonerado – dijo el otro-. ¿No te acuerdas? Por las notas. Tenemos buenas notas.

Micelino no dijo nada y tomó un puñado de arena que fue pasando luego de una mano a otra, mientras por instantes todavía los miraba en silencio, sonriendo por segundos. El chico más gordo, colorado y de pelo corto, encendió un cigarro y guardó el encendedor en el bolsillo de su camisa. Señaló luego a las niñas:

- ¿Tus hijas son?

Micelino les sonrió de nuevo e hizo que no con la cabeza.

- No. Mis hermanas.

- ¿Tus hermanas? –dijo el gordo, mirando a su amigo-. ¿Qué edad tienes, hermano?

Micelino esta vez dejó de sonreír. Las niñas jugaban todavía cerca de la orilla y se arrojaban agua con las manos gritando.

- ¿Los han exonerado, de verdad? –dijo.

- Claro, hermano. Aquí el gordo es hasta brigadier de la promo. El gordo sacó de un bolsillo de su pantalón la correa roja de brigadier y se la enseñó a Micelino.

- Yo también fui brigadier una vez –dijo Micelino.

- ¿Ah, sí? La cagada es, ¿no?

Micelino sonrió con el rostro entero e hizo que sí con la cabeza.

- ¿Y esas niñas, tus hermanas, no deberían estar en el colegio?

- No. Las han exonerado también –respondió Micelino.

Los dos muchachos rieron.

- ¿De verdad son tus hermanas? –preguntó el chico flaco, quitándole al otro el cigarro y dándole una pitada.

- Sí. Ella, la más pequeña, se llama Ashley. La otra, la de ahí, es Stacy- dijo Micelino señalándolas.

El gordo se echó de espaldas en la arena y arrojó una carcajada.

- Bacán sus nombres, hermano. –dijo el otro.

Los tres se quedaron en silencio un rato. El gordo, tendido, había dejado de reír y miraba el cielo con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Micelino y el otro chico miraban a las niñas que habían comenzado a hacer un pozo con sus manos y lo llenaban de agua del mar que llevaban en un balde.

- ¿Siempre vienen de este lado de la playa? –preguntó el chico al lado de Micelino-. La gente suele ir más del otro lado.

- No me gusta el otro lado –dijo Micelino, volviéndose a mirarlo. Tomaba pequeños puñados de arena entre sus manos y los soltaba-. Mucha gente. La gente hace ruido.

- Sí, la gente hace ruido –dijo el gordo sin moverse. Luego empezó a reír como si le hubiera dado un ataque e igualmente rápido se quedó en silencio.

Las dos niñas habían dejado de jugar con el pozo y se acercaron hasta Micelino tomadas de la mano.

- Mice –dijo la más grande-. La Ashley quiere que la enterremos. –miró entonces a los chicos y se quedó callada mirándolos, igual que su hermana.

- Son unos chicos que han exonerado de su colegio –dijo Micelino.

El gordo se levantó entonces y los dos miraron a las niñas que se pusieron detrás de Micelino.

- Los han exonerado por sus notas. –dijo Micelino.

El gordo tomó la colilla que había dejado el otro aplastada en la arena y la tuvo entre sus dedos. Las miró a ellas y a su amigo.

- ¿Algunas vez han hecho un muro de arena? –les preguntó a las niñas.

Las niñas hicieron que no con la cabeza.

- Muro de arena –repitió Micelino, mirándo al chico con los ojos entrecerrados por el sol que caía sobre su cara-. ¿Cómo un muro de arena? ¿Un muro de arena? No hay muros de arena.

- Yo lo hacía hace años –dijo el gordo. Dibujó una raya oblicua en la arena con la colilla.- Se hace un muro así contra un lado, contra un risco o algo así. La idea es detener el agua, el mar, que pase.

Micelino sonrió y miró seriamente la raya que había hecho el chico.

- Pero si lo haces así -y señaló con su dedo-. La arena se cae. No resiste la arena.

- Se hace con arena húmeda. Se mezcla con arena seca y se hace unos montoncitos así, como un puño. Y así vas haciendo el muro.

Micelino y el chico se miraron en silencio, mientras las niñas todavía observaban la línea dibujada en la arena. El otro muchacho, sonriendo, miró al gordo.

- ¿Estás huevón? –dijo.


El chico agregó todavía un puñado más de arena junto al cuello de Ashley, hasta dejar solo su cabeza descubierta sobre la arena, que lo miraba y sonreía con sus seis pequeños dientes.

- ¿Está bien así? –le dijo.

La niña hizo que sí con la cabeza.

Más allá, Micelino, Stacy y su amigo empezaban a formar el muro aplastando puñados de arena ordenados y tratando de adosarlos aún más con ayuda de las palas de plástico y del baldecito rojo. El chico se sentó junto a la cabeza descubierta de Ashley que entrecerraba los ojos y no dejaba de enseñar sus pocos dientes.

- ¿Qué edad tiene tu hermano? –le preguntó.

- No sé. –dijo la niña.- ¿Quién? ¿Mice?

- Sí, Mice. ¿Qué edad tiene Mice?

- Mice no es mi hermano.

- ¿No es tu hermano?

- No. Es mi tío. Stacy le dice papá Mice pero mi mamá dice que es mi tío. Mice es mi tío.

La niña entrecerró los ojos aun más y miró al chico, que todavía se quedó en silencio volviéndose a mirar a los tres que trataban de armar esa pared que apenas conseguía parecer una barrera informe de adobes.

- ¿Y qué edad tiene Mice?

- No sé –dijo-. ¿Por qué?

- ¿No sabes?

- No. ¿Por qué?

- Nada. No sé. Sólo que se ve mayor.

- ¿Mayor? –preguntó todavía la niña- ¿Mayor cómo?

- No sé. Mayor. –el muchacho veía a Mice y su amigo que empezaban a formar el muro con una especie curiosa de seriedad y de prisa. El gordo, que al comienzo reía como si todo fuera una broma que nadie más que él comprendía, ya no reía. Tampoco reía Mice, ni la niña que los ayudaba y corría hasta ellos deprisa luego de haber llenado el balde con arena seca que recogía más lejos de la orilla.

- Y tu tío qué hace.

- ¿Mice?

- Sí, Mice. ¿Qué hace?

- Nos trae a la playa, nos lleva al colegio. Nos cuenta historias.

- Sí, pero, aparte. Aparte qué hace.

Ashley volvió a mirarlo con los ojos casi cerrados, enseñando sus dientes: a veces hace queques –dijo.

El gordo se había remangado los pantalones por encima de las rodillas y se había sacado la camisa, dejando al descubierto su cuerpo grueso y colorado, lleno de pecas. Él y Micelino iban formando el muro con sus manos y Stacy se quedaba a veces mirándolos, hasta que alguno de ellos le pedía que fuera rápido por más arena. Cuando el muchacho conseguía encontrarse con los ojos de su amigo, no conseguía reconocerlo. El rostro enfebrecido, los ojos apretados y la frente roja, el otro tampoco lo miraba como antes.

- La marea va a tumbar ese muro –dijo el chico.

La niña volteó su cabeza a mirarlo y luego se volvió otra vez a mirar a Micelino y los otros.



El cielo había empezado a oscurecer y el mar parecía una masa cada vez más oscura que avanzaba hacia ellos. Las dos niñas cubiertas con toallas observaban de pie, junto al otro chico, a Micelino que parecía haberse olvidado de ellos y continuaba aplastando arena contra el muro, que se comenzaba a partir por un lado, cayendo a pedazos que se perdían entre el agua oscura que pasaba y avanzaba haciéndose espuma. El gordo, agotado, estaba sentado con las piernas abiertas y los brazos tendidos hacia atrás. Su estómago y su cuerpo todo respiraban por la boca. Ninguno hacía otra cosa que mirar a Micelino y observar el muro desplomarse por un lado y otro, cayendo a pedazos.

Sólo Micelino, desesperado, seguía aplastando entre sus manos puñados de arena y arrojándolos. No los miraba ya, entonces, y continuaba desesperado tratando de sostener el muro que se desmoronaba por cada una de sus partes, hasta que lo que restaba de él se partió por la mitad, se quebró hecho barro dejando pasar el agua oscura y cayó encima de Mice –que cayó también- y de sus manos pequeñas que se cerraban en dos puños furiosos amenazando al vacío, de sus ojos y de su boca abierta cubiertos de arena, que lloraban a gritos sin alcanzar a decir ni una palabra.



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