Emilio Gordillo

De La Siega, la enciclopedia libre.

Cruces

Del libro inédito "De venir crítico".


Para F.U.L.


No puedo separar su imagen del basural.

Aún no comienzo y ya te situé en un descontexto.

Te explico. Viví con ella. Viví durante todo un año que antes de que pudiera notarlo se convirtió en décadas.

Yo tenía seis, ella era un poco mayor, solo un poco, pero siempre he tenido la sensación de que ese año yo crecí unos diez. Mínimo. Sí, esas cosas que suceden, fue debido a que mamá me dejó allá mientras se arreglaban un poco las cosas. Pero esos son otros asuntos, ya estoy cansado de que aparezca en casi todas las historias, y además, me expongo a tus afanes psicoanalíticos y no tengo ganas.

Seis. Nací el ochentaiuno, ¿entonces qué año era? El mismo año que vino el Papa. Todos eufóricos, como esperando que ese señor medio calvo de nombre femenino los salvara o algo parecido. Pero bueno, qué vas a saber tú si no podías ni asomar la nariz. Y, sí, debe haber sido el ochentaisiete. ¿Otra más? Todavía no me decido, si quedarme o cruzar. Pero no pensemos en eso, al viento lo que es del viento. Eran siete entonces. Rasgos orientales, de japonesita, kaponesitá de campo, de dónde más si todos venimos de allá, toda la familia. A propósito, ¿sabes cuál fue el primer significado de familia? Conjunto de siervos y esclavos. Sospechoso, ¿cierto? Bueno, entonces yo seis, ella siete, y ya llevaba esta dureza en el rostro, una especie de trazo penoso, es difícil de explicar, con seis años se sienten muchas cosas, pero no se sabe explicarlas, claro, y cuando ya logras explicar todo lo que pudiste sentir no es más que un ejercicio matemático, una lógica construida en palabras. ¿Sentimiento? No creo, no es pathos ya, solo mathema. Pero no me dejes caer en ejercicios teóricos, y líbrame del mal.

Lo que te quiero decir es distinto… lo que te quiero decir es que no puedo separar su imagen del basural. Su cabello grueso, el vestidito azul a cuadrillé… Ahí viene esa señora gritona, pregúntale si van a abrir, parece que van abrir. ¡Señora!, ¡señora!, ¿van abrir? Dale, pidamos otra entonces.


Recuerdo sus ojitos rasgados, sus manos siempre sudorosas, los dedos finos y en la palma la cicatriz, así de gruesa, con la forma de un árbol genealógico. Toda la vida con problemas. Un día lloraba, otro no quería ir al colegio, en otra oportunidad quedó con una pierna colgando de la ventana… del segundo piso, amenazando a mi abuela. Me voy a suicidar, y mi abuela, pucha, bájate de ahí oye, y yo, Fran, bájate por favor, y ella, no, yo me voy a matar y ustedes van a tener la culpa, a todos ustedes les va a pesar, y yo otra vez, Fran, por favor, bájate que vamos a llegar atrasados de nuevo, bájate, si la Yaya te va a hacer papas fritas de almuerzo, ¿cierto Yaya que le va a hacer papitas fritas? Cosas así, claro, y uno tan chico que cómo se iba a dar cuenta. Acá en Chile si te movías te retaban, si no repetías las materias del colegio: castigo, si no engullías la poca comida: gritoneos, si no encontrabas el “este” encima de “ahí”: algún zapatazo se te podía venir encima, probablemente acompañado de un “imbécil”, un “estúpido” o un “inútil”. Siempre que pienso en mi infancia me da la impresión de que casi todos los adultos que conocía estaban un poco enfermos, no sé, hacían cosas que yo no le podría hacer a un niñito, qué sé yo, solamente zamarrear a un niño, lo que le puedes hacer es terrible. Tú quizá te salvaste porque pregúntale a cualquiera de mi generación, lo menos que se llevaron fue un zamarreo o un par de charchazos.

Yo me portaba bien, es decir, yo aprendí a moverme en silencio, creo que esa debe ser una de mis pocas virtudes, la observación. Piénsalo bien, los esfuerzos titánicos de lenguaje, los recovecos interpretativos que se debían recorrer para elegir correctamente cuando la voz tronante de mamá decía tráeme el éste de ahí, y toda una casa llena de éstes y llena ahíes, y tú no tenías más de un minuto antes de que empezaran los gritos, los golpes. El éste pues, el éste significa la cosa. Sí, en realidad solo un esquizofrénico se puede manejar así, es verdad. Sabía entonces qué tenía que hacer y qué no, claro, lo que no podía hacer de todos modos lo realizaba en privado, escondido, como un ratón hambriento, en cambio la Fran siempre dio problemas. Yo hoy pienso y dar problemas era tan fácil, un ruidito por ejemplo, el sonido de una flauta, una expresión, ya era un problema, y zum, algo malo te iba a pasar, era como cuando alguien te hace BÚ y tu saltas del espanto, era así pero todo el día, casi todos los días. Y la Fran se esforzaba por dar problemas, aunque nadie se hizo responsable después por los problemas que le causaron a ella. Nadie comete la ridiculez de intentar lanzarse por la ventana del segundo piso, a los siete años, sin tener un buen motivo, una marca, una cicatriz lo suficientemente gruesa como para comportarse así a cada momento del día.


Mi pesadumbre emerge a raíz de dos cosas. Primero la responsabilidad de la familia, toda la familia, y en segundo lugar algo que es más personal, no sé si podrás entenderme. Pero estamos de paso. ¿Cuánto podrá importar?, ¿cuánto podrá valer una conversación como esta?

Durante ese año, que se repite por décadas, nos volvímos inseparables. La única preocupación de la Yaya durante esos días largos fue cocinar, siempre cocinar, no solo ahora que nuestras madres le pagaban por cuidarnos de lunes a domingo, sino desde siempre pues la única bondad de la Yaya en su vida fue servir platos de comida, hasta reventar o reventarse. O sea, piensa en esto, fue dejando botadas sistemáticamente a cinco hijas en el campo, una tras otra iban cayendo a la casa de su madre –mi bisabuela- y ésta (esta, no ésta) las trataba como perras. Tíos violadores, golpizas horrorosas, escarmientos con hogueras, la obligación de salir a robar sembradíos, manzanos, gallinas, lo que fuera para justificar el cuidado de la gran señora Dinamarca, porque la Yaya nunca mandó comida, aunque sí la servía en Santiago, y esa cajita de cartón una vez al año, con un par de porquerías que traía adentro, no justificaba las preocupaciones que la madre de la Yaya se tomaba por tanta hija. La dinámica era tener guagua – no… guagua acá es bebé, niño - y lanzarla de vuelta al campo pues en Santiago no había espacio, entre tanto trabajo en la cocina y noches de tango no había tiempo para estas niñitas piojentas.


Y corría el ochentaisiete y nosotros cada vez más inseparables, pero siempre fue así, recuerdo una foto, descolorida y de tono verdoso, Fran con esos vestiditos a cuadrille, rojo y blanco, conduciendo por el comedor un triciclo en navidad, la mirada hacia el suelo, concentrada en la fuerza que debía poner a los pedales, y yo atrás, gordo y enfundado en unos gruesos pañales de tela, como un cowboy redondo, aferrándome a su cintura y queriendo subir hasta donde ella se sentaba. ¿Dos años? Tres, máximo. Cuatro ella. Y todavía seguíamos juntos, igual que en la foto, casi hermanos, y yo nunca entendí por qué llegué a hacerlo.


Eran de esas casas nuevas, La Florida. ¿No conoces aún? Sí, bueno, queda en el otro extremo de Tobalaba, tu mamá debe vivir en Providencia, ese es el otro lado de Chile. La Florida es una comuna que el gobierno militar construyó para vender casas baratas, y así, de pasada, aprovechar de ganarse la simpatía de la masa antes del plebiscito del ochentaiocho. Hasta hoy el discurso de la derecha, que en ese tiempo no ocultaba ser militar, cala hondo por allá donde vivíamos. Intenta imaginar extensos terrenos, inmensos, a medio construir, tierrales cruzados débilmente por callecitas, líneas de cemento ínfimas, pasajes estrechos donde cabía un solo vehículo. Hoy se recorren esas calles, esas casas, y parecen horribles, nichos, pero al gusto de entonces… ¡palacios!, ¡propiedad!... país de mierda… Ahora está toda llena de narcos.

No es casual que sea la comuna más grande de Chile. Nada es casual.


Lo que no era colegio era juego. La Yaya cocinaba y yo y la Fran en juegos, a veces comunes, a veces ocultos, las tardes eran de dibujitos animados, durante las noches Fran me enseñaba a dibujar cuerpos. Un círculo, decía, ¡no!, ¡un círculo, tonto!, ¡eso no es un círculo!, ¡Mira, así!, ¡así!, y tomándome la muñeca me iba haciendo trazar una circunferencia perfecta, ¡y ahora el cuerpo!, ya, ya, va mejor, ¿ves?, una línea laaaaaarga, el cuerpo, se llama tronco, y después los bracitos, y listo. Ahora la cara, y se queda mirándome fijo. Ahora la cara, repito, y clavo un par de puntos negros, me tiembla un poco la muñeca y delineo la mueca exagerada, la gordísima y desbordante sonrisa. Todavía está mal. ¿Todavía está mal?, le pregunto, y ella, todavía está mal, pero no es tu culpa, es porque no vas a un buen colegio, eso es todo, no te saben enseñar. ¿Me haces otro? Sí, pero cigarros no fumo, este tabaco dulzón es otra cosa. Pero mira, si te traes un arsenal de hojas. ¿Eso es Popular?, ¿cigarros Popular? ¿Hace cuánto estuviste en la isla?


¡Pero no, vale! Coño, que tu tienes el mal del chileno, ¿viste? Pero claro, hijo, que tu te quejas de todo. Yo ya llevo aquí un año y la verdad es que me tienen harta con su quejerío. Se quejan, se quejan, se quejan y no hacen nada por cambiar nada.

A mi me gusta Chile, me gusta un montón. Vale, hace un par de noches venía caminando desde Irarrázabal, apuntando hacia Providencia, en la calle…nadie, ni un alma, chico, algunos señores paseando a sus perros, pero no muchos. ¿Ves que hay un sector donde las casas esas, las grandotas, se empiezan a acabar y comienzan a aparecer edificios, edificios tras edificios? De pronto caigo en cuenta de que me había perdido, ¿no?, entro a un edificio y le pregunto al conserje –serían las una de la madrugada-, perdón señor, pero ¿cómo llego a calle Tobalaba? Que tú haces eso en Caracas a esa hora y te salen con un pistolón, mijo, que te cogen por mañoso y hasta ahí no más llegaste, la gente piensa en todas partes que la van a atracar. El caballero me recibió con una sonrisa, claro, me echó una mirada a este par de tetas, y es que están buenísimas, ¿no?, y hasta me ofreció una taza de café. Coño, cómo no me va a gustar Chile.


Me preguntó si fumaba. No, le digo, mi mamá me dice que eso no se hace. Mi mamá dice lo mismo pero aquí no hay nadie. No recuerdo su nombre pero era del grupo de los grandes, grandes para mi y la Fran, debían tener unos trece o catorce años. Nos sentábamos a la orilla del basural, donde terminaba la vereda, yo estaba contento porque me habían aceptado, por sobre el hombro de uno de ellos veía a la Fran que corría lanzando plumillas, basural adentro. ¿Has visto un basural alguna vez? Este era inmenso, sin fin, es decir, sin fin visual, una gran manzana de basura. Pero no hay solo escombro en los basurales, no te creas, yo recuerdo que había yuyos, plantas, plumillas y mucha tierra que cuando llovía soltaba un olorcito delicioso. No me estás escuchando, ¿cierto? Y me zamarrea el gordo y pierdo de vista a la Fran, no me estás escuchando, mierda, y me da un coscorrón. Un golpe, mujer, un golpe. Entiende, me dice el gordo, tu te esperas hasta mañana en la mañana y esto es lo que tienes que hacer. Todos los chicos sonreían alrededor mío.


Un departamento céntrico cerca del Parque Forestal. Edificios como en París, casi como las fotos de las clases de francés en el Saint George. Muros que dan a la calle, un citófono y un portón que se abre. Escalones largos y pálidos, mármol tal vez, el movimiento acompasado y continuo de las caderas rozando la cabeza, los trazos de un vestidito floreado ondulante, golpecitos suaves a la puerta, rápidos. Un tipo abre y en vez de una bocanada de luz, rayitos de sombra. Ventanas tapiadas, unos hombres de traje sobre los sillones de la pieza contigua, la mujer del vestido se va con el que abrió, cierran otra puerta. Un poco más allá hay otro cuarto negro con una barrera en la parte baja del umbral, potentes focos iluminan el piso que está sumergido, unas plantas verdes suben hasta casi rozar el cielo, hojas verdes, fondo negro, y blanquísima luz cegadora, el cuarto se va haciendo cada vez más oscuro y amplio tras la luz. Luego todo se vuelve húmedo, húmedo y plástico, hay goma bajo el agua. Después todo se vuelve húmedo otra vez, apretado, siguen los gritos y los mordiscos, una luz cegadora se viene encima. Y eso. Más de veinte veces. ¿Nunca te ha pasado?, más de veinte veces escuché esa historia y no sé cómo reproducirla bien. Incluso volvía dormida sobre algunas partes, eso duró hasta que la empezaron a llevar al psiquiatra.


No, hijo, yo no estuve en la isla, unos amigos de mi madre, venían del asunto de Fidel, coño, pero tengo unas ganas de ir, apenas empiece el próximo año me voy a viajar, quiero partir por Cuba, además que con el chavismo eso es más fácil, ¿no? Bueno, que si me ofrecen un buen puesto me quedo allá en Caracas, académicamente me conviene, sabes tú, esto de la política de un libro por día. ¿No tienes idea? La editorial del gobierno publica todos los días un libro. Así que a publicar se ha dicho, no importa lo que sea, la cosa es publicar, bicho. La vaina es que me pienso ir a viajar. No, no necesitas tanto dinero, mira… No, mi familia vive acá. No chico, si yo soy chilena, mi papá es alemán, mi mamá es chilena. Mi madre vive acá, trabaja en la Biblioteca Nacional. Es que es una historia medio compleja. Desde chiquita tuve que viajar, por eso me hice este tatuaje, ve, parte en la pancita y cae, si te pudiera mostrar aquí, asómate tantito. Aquí no te puedo mostrar más, chamo, pero es una frase de Heródoto. Dice: Navegar es necesario, vivir no es necesario.


Sí, he intentado escribir, pero acá es complicado. Hay gente que dice que Chile es un buen lugar, donde hay crimen que se escriba. Yo no sé. No se lee y la gente no compra libros, además es caro y las editoriales son pocas. ¿Fondart? Mandé un proyecto de novela y el comentario fue algo así como: Buen avance, pero novela fragmentaria y posmoderna. Decía “pero”. Como si no aceptaran esta condición llena de vacíos que nos conforma, en realidad quieren hacer memoria, qué se puede decir al respecto. Y para qué vamos a andar con cosas, yo además soy porfiado. Ahora por ejemplo acababa de terminar mi proyecto de tesis: Anamnesis en Informe Valech. Sí, el capítulo de los testimonios. La anamnesis es la memoria como olvido y viceversa. Mi propuesta consistía en decir que los testimonios del Informe revelaban la memoria como olvido, pues se predisponía esa materia prima que es el testimonio a una serie de fines. En la introducción Lagos dice que el Informe viene a cerrar el recorrido trazado por el Informe Rettig y la Mesa de Diálogo. Esa es la finalidad, cerrar, y la memoria es permanente campo en disputa, los testimonios son pequeños y abismales limbos interpretativos, ¿cómo poner en duda metodológica un testimonio? ¿Cómo cerrar duelos?, si los duelos son un constante hacer, y claro, uno elige si los cumple pasivamente, como ahora; que el once de septiembre no es feriado por decreto, o si cumple el duelo de manera activa.

Te puedes imaginar lo que pasó con la tesis, a ningún profesor le gustan estas ideitas estúpidas de que la memoria es olvido. A veces pienso que estoy destinado a ser un hundido, no un perdedor, los perdedores aparecen en alguna parte, los hundidos no.

Lo último que escribí fue no puedo separar su imagen del basural, creo que hace más de un mes. Mira, algunos buses se están moviendo, y ya paró de nevar.


Pues que lo que te voy a contar es complejo, bicho Ferna, así que escúchame bien.

Yo nací en España, me metieron a Chile y me llevaron a vivir con unas tías. ¿Recuerdas el año ochentaisiete?, ¿recuerdas el atentado a Pinochet? Pues mi madre participó. Sí, es cierto, no aparece, ese libraco de la periodista esa, ella no aparece y no va a aparecer. Mi padre también participó. Tampoco aparece. Intentaron acabar con el régimen, echar a bajo la dictadura, pero todo se fue al carajo y tuvieron que salir volando de acá. Según ellos habría cambiado la historia. El asunto es que un día me cogen, me meten en un avión rumbo a Caracas, llego a una casa donde me explican que esa señora de ahí es mi madre y que me tengo que quedar a vivir con ella. En casa jamás se habla del tema, nadie más sabe nada de esto. Mi madre ahora es una académica que yo admiro mucho, es inteligentísima y ella y yo trabajamos por la cultura. Yo estoy terminando mi informe de tesis, elegí la identidad en las crónicas de Lemebel, qué sé yo, pues siento que vine a buscar algo acá, algo que me falta, ¿ves? No, mi tesis es para la Universidad Nacional de Venezuela. Tuve algunos problemillas y “decidieron venirme”, fue un susto, también problemas con drogas. La vaina es que mi madre se vino a Chile hace algunos años y yo decidí seguir allá en Caracas, tengo un departamento en un sector muy exclusivo, todos buenísimos, todos los chamos guapísimos. Mi departamento se hizo famoso en Caracas, ¿no?, pasaban artistas, cineastas, literatos, extranjeros que acogía por ahí. Hacíamos fiestas que duraban días, allá es la dictadura de la felicidad, sabes, no consigues nada con una mala cara como esa que traes tú, chico. Hasta que un día me pasó una vaina, a los tres meses de salir de la clínica de rehabilitación. Voy yendo camino a casa y se me arrima un furgón negro de vidrios polarizados, pienso que si me largo a correr me delato, por otra parte, si no me apuro se me echa alguien encima, así que doblo el paso sin poder sacarme esta idea de que aquí si que no me salvo, pues que me van a matar, que me van a violar y toda la vaina. Me siguen durante cinco minutos y cuando al fin veo bajar a dos tipos de la parte de atrás, me lanzo contra el tráfico. No te imaginas la que quedó, bicho Ferna. Entonces mi madre me cogió, y tú te vienes de inmediato para Chile, me puso en el primer avión. Y pues aquí estoy. Pero me gusta aquí, me gusta trabajar por la cultura además, creo que me va a salir un trabajo con un premio nacional de historia, si me sale me quedo un par de meses más antes de viajar.

Y llegó la mañana. La Yaya ya se había levantado.

¡Su problema es que no saben un coño de vivir!

A veces me da la impresión de que acá ni siquiera se puede conversar, es como si nadie escuchara más allá de su propia voz, y hacia adentro.

¡Pero es que ustedes no paran de hablar o escribir sobre la dictadura, bicho!


No se habló más del tema, por lo menos hasta el fin de semana. La familia se juntaba a almorzar: la Yaya, mi madre y la de Fran, a veces llegaba alguna de las tías que no se fueron a Australia, todos sentados en el comedor de mi madre, en ese departamento cercano al Estadio Nacional, afuera un silencio quebrado solo por el paso de algún vehículo, y el día primaveral, soleado.

Fran se mantuvo atorada la mitad del almuerzo, inquieta, quejándose de la comida, esperando que se enfriara para así poder tener una excusa y dejarla. La familia seguía el típico movimiento de siempre, se hablaba poco, se comía mucho, se movían las bocas metiendo un ruidito silencioso, un mugido constante. Se hablaba de algún programa de T.V. o sobre la cantidad de dinero necesaria para pasar el mes. Con dos de azúcar por favor ¿No tomas azúcar? Te ves bien, no exageres. Es cierto, la T.V. chilena debe ser una de las mejores herencias de la dictadura. Me acaban de poner el postre sobre la mesa y Fran dice, tía, tía Gladys, y mi mamá, qué mi amor, qué le pasa que grita así, qué le pasa, por qué se va a largar a llorar, ¿será que no se quiere comer la comida?, y ella, no, tía, mamá, y la Yaya, ah, si está cabra de porquería hace todo el tiempo lo mismo, en la casa no come nada, se la pasa puro llorando y portándose mal, y la tía Vero, ya, no la pesquen si no hay caso con esta niñita, siempre la tontera de la comida, y la Fran llorando, no, escúchenme, tía, su hijo, el Fernando, él fue, el otro día cuando la Yaya se levantó, llegó y se metió en la cama conmigo, ¿y qué tiene mi amor, si siempre lo hacen?, le dice la tía Vero, y la Fran, no mamá, lo que pasa es que el Fernando vino y me la trató de meter por aquí atrás, por aquí, y yo, también llorando, no, no le crean son puras mentiras que inventa para que me castiguen, son puras mentiras mamá, son mentiras.

Todos los comensales reventaron en una carcajada.


Se la llevaron al par de meses, la tía Vero cayó en una crisis y la familia decidió: nadie se podía hacer responsable, mantener a un niño cuesta plata, y además siempre iba a ser lo mismo con la adicción de la tía Vero. Según la Yaya, de su casa entraban y salían delincuentes todo el día. Así que la mandaron con su papá, el Loco Pancho. Él se fue de Chile cuando empezó la dictadura pero no como tu familia, solo por cuestión de bienestar económico, y para el ochentainueve ya se había hecho de una pequeña fortuna, le iba bien en Australia.

En el último recuerdo que tengo de Francesca ella lleva el pelo tomado y está vestida de amarillo, todos alrededor suyo lloran, como niños, pero ella no, de todos modos tiene puestos unos grandes lentes redondos de sol, después la veo desde una panóramica y ella entra por una puerta. Nada más.


Es que coño, ustedes están muy jodidos con todo eso del sexo. Allá en Caracas todos van al gimnasio y todos están buenísimos, y usamos unos escotes gigantes y nos vestimos guapas y todo, no como sus mujeres que andan con los pantalones caídos y sin pintura. Así que todo el día la gente se piropea y cosas así, en la calle, en cualquier parte, ¡pero la vaina es con humor!, aquí yo salí con una faldita y los piropos están llenos de, no sé, perversidad, vale, están jodidos, y más encima no saben coger, son pésimos.


Al principio estuvo bien, le pagaban clases de piano, vivía en una casona gigante, la adoptaron y la esposa de Pancho la quería mucho, la cuidaba mucho, tenía nuevos hermanos chicos, y así fueron llegando algunas fotos donde se veía crecer, cada vez más rápido. Pero a diferencia de todos acá, que encontraban a la niña tan linda y sana, yo podía escarbar en su mirada y ver que no estaba bien, no sé cómo explicarlo, los gestos no son explicables, pero yo sabía.

Es como la historia de Edipo. La noticia tardó en llegar, primero las fotos cesaron, después noticias vagas sobre la detención de Pancho, tráfico de drogas, negocios sin boleta, los Aus son jodidos con lo de las drogas. Veinte años dentro y la confiscación de todos los bienes. La familia completa a la calle, a trabajar en lo que fuera, la nueva mamá de Francesca con una leucemia fulminante. Y se volvió a quedar sola, pero en país aún más ajeno, no quiso acercase siquiera a las dos familias que viven allá, se hizo desaparecer para todos, solo pasaba de visita en días de celebración, pero huía rápido. Acá empezaron a llegar noticias sobre sus “malas juntas”, sobre los amigos vagos, surfistas y aprovechados del sistema que los protegía dándoles pensiones. Tratamos de que se viniera a Melbourne con nosotros, tratamos de que volviera a Sydney con nosotros… pero sus amigos…, rezaban las cartas una y otra vez.


¡La cultura!, ¡Que tú te deslomas por la cultura!, ¡que tu sufres por la cultura! ¡Y qué te crees, que yo me quejo porque me gusta! ¡He intentado todo! ¡He hecho trabajo social, he intentado escribir, traté de hacer clases, intenté proponer una forma distinta de pensar el caso de los detenidos desaparecidos, su serialización memorialística! ¡Todo el tiempo he hecho lo posible para no caer en el show, en el facilismo del consenso! ¡Y tú, que probablemente te hospedas en algún departamento de ciento cincuenta metros cuadrados, probablemente pagado por los favores concedidos al partido, vienes a criticarme! ¡La academia siempre queda en familia, tu cultura, los contactos, los partidos políticos! ¡Por un lado la derecha acapara el dinero del país y por el otro ustedes lo reconstruyen culturalmente, se apropian, serializan, archivan, seleccionan! ¡Y ustedes no estaban acá! ¡Ustedes ni siquiera conocen el lugar sobre el cual “hacen” cultura! ¡¿Y qué pasa con nosotros, qué pasa con gente como la Fran o como yo que no pertenecemos a la cultura que ustedes llegaron a reconstruir, qué hago, qué hacemos, si nosotros somos unos engendros monstruosos de otra cosa?! ¡Contéstame!, ¡Contéstame! Coño, es que tu estás mal de la cabeza. ¡Si!, ¡este lugar me pone mal, me asquea! Pero, vale, intenta calmarte, bicho, por favor. Coño, termínate ese café y trata de respirar un poco, qué carajo, tranquilo, chamo, si los dos somos chilenos, chilenísima yo, chilenísima. No peleemos más ¿ves?, y tómate eso ¡¿Señora?! ¡Señora!, cuénteme si ya van a abrir el paso, ¿quiere? ¿Ves? Ya está, vas a poder pasar, ya paró de nevar y deben haber limpiado la carretera. Acábate eso chamo, tranquilo, no llores que afuera hace frío.


Bicho Ferna, es una lástima que hayamos terminado así, pero si te puedo ayudar en algo aquí te dejo mi correo y mi número, yo ahora bajo a Santiago, así que si necesitas algo me puedes pedir lo que quieras. Necesito que te lleves esto, no quiero cruzar con esto, me debería haber deshecho hace tiempo de ella, espera un poco, la tengo por aquí, no tiene sentido que la siga paseando, quiero olvidarme. Bicho, ¿y qué es eso? Es una foto, una foto que tomé en Capital Federal hace un tiempo, al reverso lleva escrita una carta y ya no tiene mucha razón de ser. Bueno, bicho, a pesar de todo fue un gusto, de verdad, cuídate mucho y ojala que todo te salga bien, están jodidos allá, bicho, están re jodidos. Yo sé, pero no tengo nada para ganar ni perder. No me bajo hasta llegar a Capital Federal, quizá sea una tontera. Yo sé.



Francesca:

El inglés es un idioma frío para mí, de todos modos te escribo amparado en la misteriosa simetría libre de su sintaxis. Parece ironía pero mis intenciones no llevan nada más que ternura, amor y caricias en esta situación en que ahora te encuentras.
No sé mucho aún pero fuiste diagnosticada con un cáncer, he oído que la enfermedad se ha desarrollado en un tercer nivel. También sé que ha tomado parte de los huesos del pubis y que serás operada en dos días, también sé que por la misma operación no tendrás posibilidad de ser madre teniendo solo veintiséis años.
Estoy muy preocupado, pero no quiero que mi mensaje sea triste. No creo en escapes divinos o bíblicos, como dicen allá, no creo en muchas cosas (nuestra generación es tan escéptica), pero creo en la fuerza y siempre he pensado (porque desde que era un niño que no he dejado de pensar en ti) que tu debes ser una mujer muy fuerte, pues irte y empezar todo de nuevo debe ser tan difícil. He leído un libro de una mujer que encuentro muy inteligente, que también tuvo cáncer y que sanó, ella decía que el desarrollo de la enfermedad está altamente relacionado con el estado psicológico en el que la persona se encuentre. No soy capaz de imaginar la cantidad de penas que has cargado desde que éramos niños, pero debes intentar dejarlas atrás, debes ser fuerte Francesca, yo sé que lo eres, basta conocer el modo en que has sabido llevar tu vida adelante desde que te fuiste de Chile.
Sabes, solo hace unos momentos fui informado de toda esta situación y sentí que necesitaba hablar contigo sobre tantas cosas que hemos dejado atrás. No culpo a nadie en particular por ellas, todos tenemos nuestros motivos para esperar el olvido, pero de todos modos, todos nosotros (hablo por la familia) hemos sido alcanzados por este pasado que compartimos, querámoslo o no. ¿Recuerdas que solíamos jugar en el mismo basural cuando éramos niños? De cierto modo ese basural está metido dentro de nosotros dos, algo de él siempre se quedará dentro. Algo de él se convierte en un sitio. Y sitio significa tanto lugar como asolamiento, linda prima.
Desde un par de años que he estado tratando de localizarte, enviándote e-mails y cosas así, es porque solo hace algunos años supe más detalles de la situación que rodeó tu arribo de Chile, cuando solo tenías nueve o diez años, y me sentí muy triste, lo único que me salva de creerme culpable es que solo era un niño cuando todo eso sucedió –todos sabían sobre las violaciones, y las fiestas en casa de tu madre, yo no- Siento mucha rabia con el modo en el que las cosas se manejaron. Aún me siento enrabiado y responsable, la familia entera es cómplice en mayor o menor medida. A pesar de todo, necesitamos dejar la rabia de lado por el momento, lo más importante ahora eres tú, tu futuro tratamiento y recuperación, tu salud y tu fuerza.
Oí que tu madre va a ir a Australia, trata de no enojarte, no lo digo por el beneficio de nadie más que el tuyo. Eres lo más importante, para todos, pero especialmente para ti misma.
Estaré esperando y preguntando por ti. Solo has lo mejor por ser fuerte, recuerda que tras la operación la buena evolución depende muy muy fuertemente de las ganas que tengas de vivir. ¿Quieres vivir, Francesca? Si es así no pierdas los deseos.
Si tuviera los medios, el dinero, para ir y estar contigo y acompañarte y cuidarte, lo haría sin dudar, estoy juntando algo de dinero, quizá un poco más adelante, quizá en verano…
Quiero estar contigo ahora.
Te quiero mucho mucho y siempre pienso en ti. Siempre te llevo conmigo, como si pertenecieras al lugar en el que nunca he estado.




© Emilio Gordillo (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

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