Ernesto González Barnett

De La Siega, la enciclopedia libre.




De Trabajos de luz sobre el agua.


Su poesía: el peñasco
en que con lápiz carpintero constata la subida o bajada
de la marea.

Sus abuelos con ese lápiz pusieron un río entre las piedras;
él no,
marca donde llegó la marea alta o baja
en su pedazo de piedra.

Espera irse al bosque a morir.

Cantó sus muertes.

Ese peñasco: su vida.
Esa roca rayada en medio de sus olas, voces ahogadas
agitándose,
viniendo una y otra vez, insistiendo
en el ruido de fondo...
su casa.
          Su casa: a su merced.

Tibia lengua al oído.
Amor.
Pedazo de amor escurriendo por la piedra.
Dedos como lazos.
Sangre
o no sangre.
Baba.

Aunque no pueda –como sus abuelos- poner un río entre las piedras
y herido de sal y pobre señorío
se ve obligado a dejar sangre tras de sí, retirarse
con las manos vacías.
Errar, tal que otros, su lengua...
no sin amor, no sin amor,
aunque termine todo siendo arena oscura en un mar
aún más oscuro.
La piel despellejada de un viaje a la muerte.








Al ver esa foto de familia,
se da cuenta que fue el que envejeció peor
según la medida de sus sueños, las esperanzas de su gente,
los hábitos y méritos que, sin duda, presagiaban
otro destino.

Un destino: pequeño burgués.

Un hombre bien atados sus cordones, regular corto,
nada de corbatas horribles con monitos.

Ahora bien, decir que la poesía lo arrastró o se dejo llevar
ya poco importa.
Sólo le preocupa el que una enfermera le meta el pene en un pato
para mear. Poder: mear.
Y favor no las noticias. Cosa que sus vecinos de pieza
ignoran lisa y llanamente.

Todavía sostiene la foto. No sabe si dejarla en la mesa
o en medio de las páginas del libro.

Todavía le parece oír respirar a sus mayores.

Y sostiene que lo que hizo con su soledad, por resistir
en su soledad
y que le significó apartarse, ser expulsado,
impuso un modo frío de tratar el fuego, podar las raíces,
acercarse demasiado a la pobreza, lo volvió obediente
mientras le permita seguir escribiendo.

Como cualquier oficio que se hace a consciencia y con amor.

Como cualquier oficio que sabe que nuestro amor a la mujer
es lo único que puede hacernos temblar
y salir del estrecho camino.

Es su orgullo, su pelea, su caída
en este mundo para ganar en otro que quizás no exista.

Familia:

Todos merecemos piedad, que nos lloren. Y todavía más cuando nos salimos
de los límites normales y no logramos volver atrás
¿Por qué no?

Y se mea.








A estos pozos secos
bajamos a trabajar como si fuera un oficio
y frente a eso
Además quisiéramos hacerlo bien.

Picar la parte que reflejada de uno en piedras y polvo
no conozco.
Contener el carbón que en nuestra lengua quiere borrarlo todo,
en las uñas oscurece la posición.

A estos pozos secos...como si fuera un oficio...
y quisiéramos hacerlo bien.

No grites. Aquí no grites.
Traga saliva.
Lanza la primera piedra. Camúflate.
O guarda discreción. Inclínate.
Pero no grites. Llegado a este punto
no grites.

Estás sólo.

La oscuridad entre un golpe y otro devasta.

Todos los días, sin falta, considérate muerto.

Así estos laboreos, estos trozos apilándose.

Ten claro quemar palmas benditas
para las ráfagas de viento y temporales.
En los pabellones no criar palomas ni canarios arrastrar al fondo de tu veta.
Que no te largarás con las ratas.
Eso.

Y si tienes sed llora para humedecer los labios
de los que cayeron aquí:
Los que arrastraron una mujer hasta el fondo de la tierra.
Los que no soportaron sus propias emanaciones.
Los que temieron la piedra y el sacrificio,
a su sangre derramándose aún más oscura
en la oscuridad del padre.

Repítete: no es en vano. No lo es.
Y pica.






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