Leonardo Aguirre, "Estás conmigo, estás con Dios"

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Por Leonardo Aguirre


Cuento aún inédito; parte del volumen, de próxima aparición, titulado provisionalmente La musa travestida.


Divinas divagaciones sobre el nombre de Dios. Sobre el nombre del autor. Sólo el nombre. No el autor. Una cosa es el autor y otra su nombre. Johnny Pacheco. Johnny el supremo. ¿Suprema de Poggi? Tapa, solapa y foto: Leonardo Aguirre. ¿Chicharrón de Calamaro? Soy el Dios de un paraíso artificial. ¿Una Cervantes? Príncipe de la potestad del aire. ¿Tasayco de té? D. T. de un equipo fantasma. Dios del infinito confinado por mis libros. Enfrascado por mis frases. Universo de versos. Pero no son versos. Aquí no hay poesía. Es decir, en mis libros hipotéticos. Y las hipertéticas de la moza se deforman sobre la fórmica. La moza es una morsa. Una ñorsa. ¿Un Koffi Annan? Dios creó el mundo con palabras. Y llamó Dios a la luz Día. Pitazo inicial. Enciendo mi Puchungo. El aperitivo de un clásico. Y la página estaba desordenada y vacía. La servilleta de papel bulky. Ecuador y Bolivia. Dios en el cafetín. El Diablo Etcheverry es el capitán. La servilleta se atiborra de borrones. La tasca se llena de oficinistas petulantes. La plaza, de gringos y ambulantes. Palacio, de patrulleros ululantes. Formé a mi personaje de la tinta de mi lapicero. Y fue mi personaje un ser viviente. Pero durmiente. Lo concibo según mi imagen y semejanza. Ecuador sube a La Paz. Bajo de mi altar: Dios hecho hombre. El comentarista desciende a la cancha. El preliminar es un Valium. O la voz del narrador. Pero no lo llamo Leonardo. El decoro me lo impide. O las bases de un concurso. O la falta de Bowies. Falta de Bolivia. ¿Cómo se atrevió Borges? El volante vuela sin balón. ¿Cómo Sabato en Abadón? El juez no le da bola. ¿Por qué nadie pitea? Son monstruos y el snobismo les teme. Me incluyo en esta página pero debo pensar en otro nombre. ¿Tal y como soy? Como dicen que soy. Los chupatintas, por ejemplo. Los que han de venir. Cínico, insensible, egotista. Posero y vanidoso. También artista. Al genio se le perdona todo. El comentarista no es futbolista; sólo periodista. No me conocen. Han hecho un menú con pocos ingredientes. El río suena pero trae rocones. El Diablo lanza una flor y recibe un ladrillo. Cada roca es un cuento. Oral o escrito. No distinguen autor de personaje. El pipiléptico es él. El lobo y sus treinta cerditas. Oveja con piel de lobo. Palomilla de ventana. El comentarista no juega ni canicas. Como todo escritor. No separan ficción de realidad. Pero no los culpo. ¿Será posible escribir sobre mí mismo sin convertirme en un personaje? Hipótesis de trabajo: Nancy que Bertha. Aún cuando me llame Leonardo Aguirre y describa el contenido del espejo. La nimia taza de aluminio. Espejito, espejito: ¿quién es el escritor más bonito? Desde el momento que me describo ya soy ficción. Disfraz de frases. Incluso cuando no pretenda escribir una ficción. Quizá mis Memorias. Las Memorias de un Escritor Inédito. Plumífero desplumado. Desplomado sin dar un solo paso. ¿Por qué no? ¿Porque todavía no soy un monstruo? Soy un payaso pero qué le voy a hacer. Uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser. Yo soy el que soy. Aquije y ahora. En esta página. Flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones. Me pide fuego el gordito simpaticón. Miren qué musculatura, miren qué linda figura. Pero sí soy el rey de la puntualidad. Y esos chupatintas me sacan de quicio. Como la morsa que olvidó el cenicero. Como ese tipo que me pide el Zippo. Como el partido para el olvido. Goles, nones. Los monos aburren. Circulan en su cancha. El cuento no marcha. Se mira el ombligo. Como el narciso que lo hizo. Vuelvo y revuelvo. Mi taza espumosa, mi rasa prosa. Devaneos vanos. El lenguaje es una ficción. La palabra no es el objeto. Hay un escritor que existe fuera de la página y fumando espera. Hay otro escritor que duerme dentro de la servilleta y espera que lo nombre para despertar. Y habrá de parecerse al autor de sus días. Con pelos y señales. La página sigue desordenada. El espíritu de mi personaje flota sobre la faz de las aguas. La sopa de letras. El nueve se tiró a la piscina. El juez no se traga el cuento. Soy un collage de palabras. La palabra se desmarca del objeto. La hija se va de la casa. El nueve por el doce. Cambia de apellido. Cambio de nombres y no de funciones. Funes: el perro de la mañana no es el mismo del mediodía. Monet: la catedral de Ruán es distinta según las estaciones del año. Y un pelotón de colegialas alimenta palomas, subleva mi pájaro, en el atrio de la catedral de Lima. El pájaro no existe. Simple categoría. Existe el avechucho que camina por la plaza. Y termina en la panza de algún gato. Y después de digerido será otra cosa. Se me viene el gato. El Butragueño. Ralo, tibio y con azúcar rubia. Devuelvo la taza en el mostrador. Nombrar es ficcionar. Yo soy Leonardo y en algunos cuentos he sido Leonel, Leopoldo, Leónidas y Leoncio. Yo que tantos hombres he sido. Pero, ¿cuándo he sido? ¿A quién le gané? Tantos pseudónimos para tantos concursos. Me encarno en mi personaje. Verbo encarnado. En el principio era el verbo y el verbo era Dios. Y Dios juega a los dados. El lenguaje es un juego. Por eso Wittgenstein se retractatus. La literatura es juego. Varguitas: la literatura es fuego. Pero la literatura no sirve para cambiar el mundo. No sirve para nada. Tiene más leche que café. Lo pago pero tráigame lo que le pido. ¿Comprendes, Méndez? ¿Acaso tiene que servir para algo? Las cosas más importantes de la vida no sirven para nada. Fuera de ellas mismas. El sexo, por ejemplo. No, señores, no sirve para procrear. No, señora, lo quiero sin crema. ¿Qué arrecho desecha un cache por pensar en las consecuencias? Consecuencias, utilidades, costos y beneficios. Con crema cuesta más: siete Solanos. ¿Quién piensa en el embarazo durante la Matancera? Saque de meta. Saca y mete. Mata y seca. Aún cuando no se ponga el capuchino. Aun cuando se derrame la crema. Escribo de puro juego. Y me divierto. No invierto. Y ojalá mi lector también se vacile. Juego para la tribuna. No hay tiempo pa’ la tristeza: vamos, cantante, comienza. Páez: yo no vine a divertir a tu familia mientras el mundo se cae a pedazos. Qué pelmazo. Que el Perú se joda. Me importan un pito esos harapientos que se desgañitan frente a palacio. Los apabulla el televisor. Decamerón: una manga de payasos que lucubra lúbricos relatos mientras la peste arrasa con la ciudad. El cerdito devuelve el Zippo. El porcino se abre camino. Llega a la barra. Exige un Duque de Cervantes bien Helenas. Vuelve. El obeso de regreso. El cochino se manda un chiste de chivos y rechiflan sus compinches. El Tanque toca de taco. El trece agradece. El humor, el sexo, la literatura. Un lujoso yate donde jugamos a los dados en medio de un mar tormentoso. Un partido amistoso. El mar de lo utilitario. Sólo gana el público. El yate navega sin rumbo. De tumbo en tumbo. Volviendo al punto... ¿Para qué volver? Piloto inflable y el capitán sigue jugando. Con las palabras. Con su propio nombre. La página sigue desordenada pero ya no vacía. O se inunda de palabras vacías. Pido más servilletas a la servilleta de viejas tetas. Juego con todas mis letras. Y me duelen las cuatro por esperar a los chupatintas. Leonardo Aguirre se deforma en el aluminio del café. Se desordena sobre el papel. Ordena una Coca-cola. Aguirre ruega a la mesera arrugada. Aguirre agarra su cigarro. Leonardo Aguirre se divide y multiplica en el reverso de la factura. Los anagramas son infinitos pero me circunscribo a lo verosímil: Reynaldo Agüero / Gerardo León y Rúa / Dora Noel Arregui / León Roy Garreaud / Nora Elguera Dior. Y valiéndome del truco fácil de las iniciales: León A. Guerra Dior / Dora G. Uhle Rea / Guido R. León Rea / Noelia D. Agüero / Ronaldo I. Reguera / Eleonora R. Gaudí / Dora R. Noé Leguía. Más trucos: añado la “h”, parto la doble “r”, diéresis a la “u”. Procedo por Descartes: no hembras, no Biblia, no franchutes. Suprimo iniciales. ¿Ronaldo? Nicanor. Mi personaje no soporta el deporte. Elimino Agüero por aquello del pájaro. La opción resultante: Gerardo León y Rúa. Sonido varonil, apellido felino, conjunción aristocrática. Celebro el bautizo con otro Puchungo. Exhalo halos. Anillos, roscas, picarones. Detrás de los picarones se erige, se iza, se arma, se empila la pileta de la Plaza de Armas. Alfonso: la Plaza de la Peruanidad. La espantosa bandera del Tawantinsuyo. Desplazaron al monumento ecuestre de Pizarro por emplazar esa bizarra cojudez. Los marchistas marchitos se marchan ya. La cola de cocaleros, cocacoleros, cocaloqueros zafa culos por Jirón de la Unión. Y en el umbral de esta fonda se detiene un monumento. Se erige mi pileta. Tasayco al mujerón. La supingo Calatayud. Ivagino que la Pizarro por el tarro. Posición ecuestre. Fructificad y multiplicaos. No es bueno que el hombre esté solo. Ocupa una mesa contigua. Extirpa de su cartera un libro y un celular. Se acerca la mesera de senos seniles. Oigo que pide un capuchino. Encuentra un paquete de galletas en los bolsillos del abrigo. Cuero blanco. Blanco mármol. Mucho caché para este café. Pero de lejos, el abrigo se hace mandil. Anteojos dorados. Oro y mármol. Enfermera glamorosa. Me sirvo la Coca Bin Laden para congelar mi ansiedad. Escucho los chasquidos de un encendedor extinto. Levántate y anda, Gerardo León y Rúa. Un salto felino, dos por tres, un triz y zas. Trago flema y la flanqueo con mi Zippo inflamado. Coge mis zarpas y protege la llama del viento. Mis llameantes ojos de lince descifran los encabezados del libro abierto. ¿Desayuno en Tiffany’s? Vi la película y me encantó; por eso mi novio me compró la novela. Tu novio... y no me digas que lo estás esperando. Sí te digo. ¿Cómo dijiste que te llamabas? No lo dije. ¿No lo harás? Para qué. Pura curiosidad. La curiosidad mató al gato. Este gato se apellida León y se llama Gerardo. Mucho gusto. ¿Y tú? No, yo no. Qué graciosa. ¿Acaso importa saber mi nombre? Invéntalo. Tiffany. No pensaste mucho. Piensa por mí. Pienso que tienes cara de... ¿Nella? Prefiero Nelly: Nella es nombre de vieja. ¿Y tu apellido? Doré. ¿Como el dibujante del Quijote? Como las galletas. No quiero entrometerme pero... una preciosura como tú no tiene que esperar tanto. Sólo han pasado cinco minutos... así aprovecho para leer mi novela. ¿Cómo se llama tu galán? Discúlpame si soy grosera pero no quiero una discusión estúpida con mi galán. Entiendo. Sorry, llegaste en un mal momento. ¿Y cuándo será un buen momento? Ha sido un gusto... Gerardo, ¿no? El gusto ha sido mío, querida Nella. Nelly... y no soy tu querida. Gerardo León y Rúa compone un saludo marcial y regresa con el rabo entre las patas. Vuelvo a la servilleta. Nelly Doré... puede ser otro anagrama. Más trucos: doblo la “l”. Convierto la griega en latina. Nelly Doré Garró. Me sobra la “u”. Veamos… la inicial de su segundo nombre. Quizá Úrsula, quizá Uma. Tal vez Urania. Leonardo Aguirre / Gerardo León y Rúa / Nelly U. Doré Garró. Varón y hembra los creó. Tiro de rincón. Todo Ecuador en el área. Levanto los ojos del papel y pesco una sonrisa tímida. Yo también sonrío. El nueve no puede. Nelly vuelve a su novela y Gerardo a su sopa de letras. ¿Y si el galán demora mucho? ¿Si no existe? Se despoja del mandil y exhibe sus piernas de nylon. Coloca los anteojos en el bolsillo de la blusa. Deshace la cola. Levanta la cola. Se dirige al baño como si estuviera en una pasarela. Su Ricci Rabanne me pone Diávolo. De ésas que cuando se agitan, sudan Channel Number Three. El Diablo dobla y redobla en un bosque de piernas. Que sueñan casarse con un doctor, pues él puede mantenerlas mejor. Derrama lisura. Y recoge lisuras del respetable. Yo seguiré en mi vaivén, escribiendo con sabrosura. Hasta que me lleven a mi sepultura. Genio y figura. El capitán se hunde con su barco. El arquero muere con su palo. Naufraga en la sopa de letras. Un centro a la olla. En el mar de lo utilitario. Pero he aquí que llega un chupatintas y no quiero que me rescate. Lo derivo a una mesa vacía. Esta noche tramaremos un fanzine universitario. ¿Fanzine o pasquín? ¿Culturoso o politiquero? Aún no lo sabemos. Yo apuesto por lo primero. Que el Perú se joda. No soy Rogelio. Ni poeta como ellos. Poetas de cafeta. Que riman en servilletas. Colónidas del Palais. Me disculpo con el chupatintas: Luciano el Marxiano. Vuelvo a mi trinchera. No interrumpir: genio trabajando. Regresa mi presa. León acechando. Nelly sorbe su café. Renueva la novela. Retoma el tomo. No se inquieta por la demora del presunto. Las ancas desbordan la banca. Buen Colónida pa’ anidar mi Palais. Invoca a la bruja de ubres abrumadoras. Despliega un Santa Rosita con desdén: en estas fondas se paga al principio. No espera que el presunto pague sus gastos. Su gato es un pelagatos. Medio pelo, pelado, pelele. Cómo se acuesta con semejante jamón. Cómo costea tamaña costilla. Qué tonto quien tarda tanto. Cómo lo hace, cuál es el negocio. Ecuador se lleva un punto de La Paz. Veinte minutos. Media hora. Tres cuartos. No hay tiempo para más. En un texto ficcional, el tiempo es un chicle. Dentro del yate no pasa el tiempo. Leonardo Aguirre escribe en su cuaderno de bitácora. Gerardo León y Rúa deduce que Nelly U. Doré Garró no está esperando a ningún novio. Seguimos con el cruce de reojos. Nelly vuelve a pedir la carta. Ni hablar, me está esperando a mí. Me insta a que insista. El chupatintas me guiña cómplice. ¿Y el resto? Quizá coincidan con el otro partido. El plato de fondo. El clásico del Pacífico. Escucho alineaciones. El comentarista pasa revista. Pizarro lesionado y Farfán en banca. Yo también pido la carta. Mi carta bajo la manga: un Vinatea. Un tinto para acompañar la pizza de Nelly Doré. No tengo Villegas y acurruco los cobres bajo el mantel. Escribo una frase en la servilleta. Hago un barquillo con ella y la encastro en el pico: ¿No crees que una botella es mucho para ti? La mesera cartera pregunta por los gastos de envío. Inclina sus rancias protuberancias. Deposito el importe en su delantal. El sonido metálico la pone en funcionamiento. Calcomanía de una combi: la mujer es una moto y si la calientas arranca. Nelly, súbete a mi moto. Soba mi escoba. Abolla mi polla. ¿Te cepillo, pilla? Atisbo su sorpresa en un ángulo del aluminio. Busca un lapicero. Titubea. Yo babeo. Opta por el colorete. Retorna la mesera automática y me devuelve la servilleta: Lo compartiré con mi novio. Me pico y replico. Acoto con azul apurado bajo el pujado carmesí: Yo creo que ese novio no existe. Otra moneda para la mesera vending. Alcahueta y cuchufleta. Nelly la subsidia con suma desidia. Colorete: ¿Me estás llamando mentirosa? Cambia la servilleta por una factura: se apura. Apura la gaseosa. Apura la cebosa. Gerardo deposita el último cobre: Tú tienes novio pero Nelly no. Se demora en responder. La puse en jaque. Espera la mesera tragaperras. Los parroquianos aproximan sus sillas al televisor. El árbitro comprueba el peso de la pelota. Nelly suelta el colorete. Le tiembla una pierna. No soy el único que lo nota. Excepto la mesera, no hay otra mujer en esta fonda. El equipo rival ya calienta en el gras. Gerardo hierve. No aguanta: pide una copa en el mostrador. Marcho triunfalmente a su mesa. Los blanquirrojos emergen del camarín. Empuño la botella y sirvo para dos. Ella intenta escribir: finge no verme. Le ofrezco un cigarrillo. Tu novio se va a perder el partido. ¿Cuál novio? El himno nacional: los borrachos desafinan con la mano al pecho. La mesera eléctrica viene y va. Aparecen dos chupatintas. Dos más. Un Parchís. Reconocen al tercero y lo circundan. Me ven pero entienden: no hay que molestar al maestro. Giro mi silla y le doy la espalda a la televisión. ¿No te interesa el partido? Me interesas tú. Silbato del árbitro. Timbre del celular. Se anticipa Tapia y detiene a Solano en el borde del área. Contesta presta: ¿A qué hora?... ¿en el intermedio? Chileno chetumadre. Nelly busca la hora en el celular. Calma sus nervios con el áspero tinto. Tiro libre: veinte metros frente al arco rival. Una, dos, tres copas y arrastro mi silla milímetro a milímetro. Mi rodilla golpetea la suya. Amarilla para el número diez. La embotellada mesera practica equilibrismo entre las sillas. Oigo que Soto elude canillas. Que Soto rompe a los rotos. Que la pierde en el área. Oles y no goles. Yo sí toco y ataco. Tiento bajo la mesa. Acerco mi cabeza. Chopin se endereza. Cuatro, cinco, seis copas. Entramos en materia: prontuarios sentimentales. Obvia a su novio. Yo multiplico aventuras y repaso anagramas: Noelia, Nora, Eleonora, Dora. Acuño el cigarrillo entre sus labios. Mis dedos rozan su barbilla. El Cóndor recibe la bola en off-side. Los chupatintas celebran la audacia de un tal Leonardo. Azuzado por la tribuna, el Cóndor trepa la banda derecha. León afila garras en el muslo zurdo. El tinto se extingue; el primer tiempo también. La enfermera empuña y rasguña mi muñeca mañuca. Explora mi pulso, demora mi impulso. Este juego tiene que acabarse: vagido al oído. Pitazo del colegiado. Pausa comercial. Nelly se disculpa por ir al baño. Se esconde en el mandil. Va triste y vacía. Me vacío avistando su bestial Ortiz. No, Gerardo: esto no puede acabar así. Levántate y anda. Los baños rematan un callejón. Valle de Sombra de Muerte. Pero mi copa está rebosante. Dudo en la puerta. Toco. Nadie responde. Entro. Nelly se dobla en un rincón. El colorete sobre un retrete. Lentes en el piso. Ojos vidriosos. Colegiala castigada. Nunca le saqué la vuelta a mi novio: se levanta y el abrigo cae. Pero Nelly no tiene novio: estrecho sus pechos. Yo no me llamo Nelly: piquitos en mi oreja colorada. Yo no me llamo Gerardo: primer botón y enciendo el motor. Mi novio está por llegar: hebilla de mi correa. Tendrá que esperar: segundo botón y palpo su ardor. No sé si quiero hacer esto: cremallera del jean. Pero Nelly sí quiere: uno lunares con mis pulgares. Ya te dije que no soy Nelly: calzoncillo palpitante. Aquí y ahora, sólo eres Nelly para mí: brassiere reventando. ¿Y si alguien toca la puerta?: calzoncillo flotante. Eres la única mujer en esta fonda: sostén colgando. Ausculto latidos. Muerdo su clavícula y voy bajando. Antes de besarlas tienes que ponerle un nombre a cada una. Retumba el segundero de mi reloj. Y retumba el maldito celular. Intento evocar anagramas y Nelly precisa al presunto: Estoy en el baño, voy en un cinco. La cabeza de arriba no me funciona. La de abajo comienza a cabecear. Nelly la despierta con un toque de uñas. Llamas en sus yemas. La diestra en mi aparato, la zurda en el celular: Siéntate en la mesa donde está el libro que me regalaste. Nelly, o como mierda se llame, apaga el celular y frustra mi eyacular: Regreso cuando hayas pensado, ¿sí? Quita mi palma de su rica nalga. Recoge sus mudas, se manda mudar: Tengo que volver al mundo real. Me quedo mudo, con los pantalones en el suelo. Se va la enfermera, llega la mesera. Pega un gritito. La apago con una moneda en su delantal. Comienza a maquillarse como si tal cosa. Y por el espejo me mira la cosa. Observa mi verga. ¿Estás listo para el segundo tiempo?: hace girar la lengua. Estaba calentando un poco: agito el sencillo de mi bolsillo. Pero esto te va a costar más: arrancha el gancho de sus crenchas. No me quiero perder el partido: en mi billetera hay una servilleta. ¿No quieres campeonar, flaquito?: se descubre las ubres. Creo que la camiseta me quedó muy grande: me oculto para mear. ¿Y por qué no te la quitas?: revisa mi pija por una rendija. Jalo la cadena y dejo correr el agua por toda respuesta. Encuentro el colorete de Nelly encima del tanque. Empujo a la bruja. Aflojo el cerrojo. Me aplaude una fila de cinco borrachos. Gerardo León y Rúa sigue a rastras el rastro de Nelly Doré. Gerardo León da pasos pesados por el pasadizo. Gerardo aflora del callejón. Los fluorescentes y el cántico de los chupatintas acogen a Leonardo Aguirre. Me persigno y beso el piso. Nelly se ha ido: sólo queda un cenicero humeante. Corro a la barra y agarro una jarra. Me uno a la tribuna. Blando el carmín como botín. Afirmo que firmé sus firmes nalgas. Sigo jugando con las palabras. Pulo una cópula copiada de película porno. Mi confesión a toda la afición. Mi confección sin cortes. Un Polanski bien pule. Y al pelo, qué se creen. Mi gente quiere oír mi voz sonora. Desde una esquina me marca la camarera cocharca. Rueda el esférico y el réferi cancela mi cuento.



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