Esteban Catalán

De La Siega, la enciclopedia libre.

El Principito


Es como un cliché: Andrés Rojas Pérez frente a la ventana de su departamento. El departamento de Rojas Pérez ya tiene cortinas sobre las ventanas. Es sábado por la noche y Rojas Pérez no tiene con quien salir. El computador está prendido: nadie de sus amigos está conectado. Rojas Pérez está parado junto a la cortina un sábado por la noche. Rojas Pérez escucha la música que viene de otros departamentos. Rojas Pérez encuentra fotos de una ex polola en el computador. Rojas Pérez se masturba con las fotos de ex polola en el computador. Rojas Pérez piensa: he tenido minas ricas. Rojas Pérez piensa: He tenido minas con buenas tetas. Rojas Pérez acaba frente al computador. Rojas Pérez empieza a llorar.

Es como un cliché.

Rojas Pérez, el amigo del que nadie se acuerda. Rojas Pérez, el maldito. Rojas Pérez, el solitario. El único. El grande. Rojas Pérez, el hombre detrás de las cortinas.

El putero. La ex promesa de Rangers de Talca.

Es sábado por la noche en esa ciudad. Rojas Pérez se va a la ducha. Se baña y deja pasar el agua caliente por el pelo y el torso. Por los ojos. Se apoya en una de las paredes del baño, y deja caer el agua por la espalda. El agua caliente se le va por la espalda y le llega al culo. Rojas Pérez se espanta. Se pone derecho, se para como hombre.

Rojas Pérez, el maricón.

Rojas Pérez se peina y se echa desodorante y perfume. Se echa mucho perfume en el cuello. Rojas Pérez duchado con cara de niño y con ojeras. Rojas Pérez con ropa Armani pegada al cuerpo. Rojas Pérez llama por teléfono.

-Hola -dice- ¿Karol? Estuve viendo tus fotos. Llamo por las fotos -dice.

-Ya –dice la voz. De fondo suena música romántica-. Yo me llamo Karol.

-¿Cuánto sale una hora?

-Treinta mil pesos –dice la voz.

Andrés Rojas Pérez: la promesa del Maule. El principito del gol maulino. Andrés, ¿cree que puedan mantener la punta y lograr el ascenso? Mire, nosotros trabajamos en la semana pensando en darle una alegría a la gente. El mérito es del equipo. Andrés, una foto con el niño. Meta hartos goles, Andrés. Que le vaya bien en la capital.

Andrés, el ídolo deportivo.

-Dime donde queda –dice Andrés Rojas Pérez. La mujer habla con un acento extraño. Rojas Pérez no sabe de dónde es.

-En Apoquindo, a la salida del metro Escuela Militar –dice la mujer. Le da las instrucciones-. ¿Cómo te llamas, cariño?

-Gabriel –dice Andrés. Tiene ganas de cortar pero sigue hablando. Tiene ganas de volver a la casa, volver con su mamá y sus tías. Rojas Pérez, el mamón. El goleador en racha negativa.


Es un departamento de cuatro pisos. De cuatro plantas, como dice Karol por el teléfono. Karol dice que no hay conserje. Rojas Pérez se tapa con el gorro de la chaqueta para que no lo reconozcan, pero no hay nadie. Lo más probable, además, es que ahí nadie lo ubique. Pero se tapa la cara.

Rojas Pérez, el incógnito.

Abre Karol. Tiene un peto pequeñísimo y se le ven las tetas. Unas tetas chicas pero agradables. Ricas. Karol mide algo así como un metro y cincuenta. Tiene una faldita negra tapándole el culo. Es rubia. Es linda.

Rojas Pérez está todo colorado. Soy Gabriel, dice.

Ella lo lleva a una pieza, la primera a la izquierda. Hay una cama grande. Un incienso quemándose. Ella pone un disco de baladas románticas. La luz está baja y hay películas porno en el velador.

Rojas Pérez, el ídolo del Maule.

-Que guapo que estás -dice Karol. Tiene los ojos verdes. Le sonríe–. Yo soy Karol, soy paraguaya. ¿Qué edad tienes?

-Veintidós –dice Rojas Pérez.

-Uy, que yo te hacía menos -dice Karol. Le dice que se siente en la cama. Se abalanza sobre las piernas fibrosas y largas de Rojas Pérez–. Te voy a violar -le dice.


Rojas Pérez en la práctica, con el peto del equipo de reservas, puteando a Ramírez y a Caballero, que no se la dan ni cruzada ni con ventaja. Rojas Pérez saltando por un centro con el arquero. Rojas Pérez mostrando su ímpetu y su fuerza para ganar por arriba. Rojas Pérez yendo con todo. Rojas Pérez lesionando al arquero titular. Rojas Pérez de titular en la prensa del día siguiente.

                         TALQUINO YA DEJA HUELLA:
                      NOQUEÓ AL ARQUERO POPULAR

-¿No se te para, papito? -dice Karol. Rojas Pérez la está mirando a los ojos mientras ella se lo chupa. Ella le dice que lo tiene grande, que se atraganta, pero Rojas Pérez no le cree tanto. No está concentrado.

-De repente yo ando caliente –dice Karol – Y le queda mirando el pene.

Rojas Pérez le toca la cara. Rojas Pérez, el tierno. El seductor.

-Pero que bonito que tienes el pico- dice ella, y se pone a reír. Es una carcajada y Rojas Pérez también se ríe. Ella se lo intenta meter en la boca, pero entonces Rojas Pérez se vuelve a reír y ella también. Están desnudos, riéndose. Ella intenta chuparlo una y dos veces, pero se quiere reír.

A Rojas Pérez le gusta Karol. Quiere que lo abrace, que esté cerca. Que se saque eso de la boca.

Pero le dice:

-Sigue, por favor. Chúpame.

Ella se lo toma con toda la boca. Se mueve rápido de arriba a abajo, es una paraguaya rubia y de ojos verdes. Rojas Pérez no se puede ir. Ella lo chupa, lo saca, lo mira, se lo hace con las manos y lo vuelve a mirar.

-Lo tienes tan grande -le dice ella. Pero el pene de Rojas Pérez no levanta cabeza. Está ahí, indeciso, irresoluto, dispuesto a dejar pasar esta oportunidad.


Conversan. Es como un cliché: Karol tiene a su hija en Paraguay. La niña tiene cinco años, está de cumpleaños. Karol se va al día siguiente en un bus a verla. No me da el dinero para un avión, dice. Voy a ir ahí toda apretada por 30 horitas. La niña se queda con la hermana de Karol. Andrés Rojas Pérez la mira y le toca el pelo. Le pregunta si se siente sola en Chile. Karol no tiene amigas. Es la que más llaman y eso genera envidia, dice. Pero lo hago por mi hija. Quiero ver a mi hija, dice Karol, y rompe a llorar.

Es como un cliché.

Rojas Pérez la quiere atraer con una mano, pero ella tensa la espalda. Ha vuelto de donde estaba. Ella le dice: No quiero que te regreses a tu casa así –y tensa el dedo índice- Es muy triste llegar así para irse así.

-Voy a hacer que te corras -dice ella, y se limpia los ojos con una mano.


Ella lo masturba por ocho o diez minutos. Le dice si se quiere ir en sus pechos. Se lo chupa y se lo muerde. El se sube encima de ella, se monta en sus costillas pequeñas, apuntándola con el pico duro hacia la boca. Ella lo masturba. Rojas Pérez la mira. Rojas Pérez le busca la entrepierna con una mano. Rojas Pérez baja con su mano romántica. La entrepierna está seca. Rojas Pérez busca humedad y no la encuentra. Está en las costillas de una mujer hermosa y no se puede ir.

Rojas Pérez, el ingenuo. El principito.

Karol lo masturba fuerte. De repente hay sangre. Karol da un grito pequeño. Le dice: Hay sangre, hay sangre, Gabriel. Y él se mira el pene y sangra: sangra como un niño que ha perdido la virginidad.

Karol se pone una toalla a la altura de los pechos. Le pasa una a Rojas Pérez. Lo mira y le extiende una mano.

-Ven- le dice a Rojas Pérez.

Lo lleva a un baño. Le dice que se siente en el wáter, que se eche un poco de jabón mientras ella lo enjuaga con un balde que hay allí. Ella lo mira, le mira el pene, cabizbajo, sangrante.

-Ya decía yo que eras virgen- dice con una sonrisa. Rojas Pérez la mira: no sabe si es un chiste o si ofenderse un poco. No sabe que decir. Es la tercera vez que le pasa, la tercera vez que sangra así. Pero antes había sido con su polola, con la que se fue.

Rojas Pérez, el niño.

Vuelven tomados de la mano, la paraguaya Karol delante de Andrés Rojas Pérez. Se tiran en la cama. Ella sigue con la toalla y él se la deja bajo la cintura. Ella lo empieza a tocar muy lentamente. Empieza a tatarear una canción que está sonando.

-Es del Puma- dice mientras lo toca de arriba a abajo- Hoy fui a la misa del Gallo, con otra de las que trabaja aquí. A pedir por mi hija. Y después, la que maneja esto, nos dejó afuera dos horas. Dijo que no habíamos pedido permiso- dice Karol. Y baja la voz, le mira el pene, lo mira a él.

Rojas Pérez no dice nada.

-Estuve en el metro, mucho rato –dice ella sin mirarlo, mientras se lo hace con las manos.

-No te pongas triste –dice Andrés Rojas Pérez.

-Me gusta este tema- dice ella.

Es como un cliché: ella canta entonces. Esperando ver tiempos mejores, he pagado un alto precio por Vivianar, canta Karol. Karol alcanza a cantar: Tengo derecho a ser feliz. Rojas Pérez estira el brazo para rozarle la cara, la mejilla que se le hunde entre las piernas.




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