Ezio Neyra, "Todas mis muertes" (fragmento)

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Por Ezio Neyra


He despertado más tarde de lo que acostumbro. Tras abrir mis ojos hace un par de horas, los volví a cerrar rápidamente. Es raro. Siempre, apenas empieza a sonar el despertador, me doy un par de vueltas en la cama, estiro un poco las piernas, y luego pongo mis pies sobre el suelo. Supongo que esta mañana me he vuelto a quedar dormido porque es la primera tan fría que paso en Arequipa. Siento los pies congelados, a punto de acalambrarse; mis huesos parecen haberse ensanchado; mi piel tiembla; mantengo mis manos entrelazadas para que se abriguen entre ellas.

Pienso en llamar al diario para avisar que llegaré tarde, pero descarto la intención de inmediato. Si no me han llamado hasta ahora, prefiero dar por hecho que no se han percatado de mi ausencia. Además, solo de pensar que debo darme una ducha con el agua tan fría como debe de estar hoy, me genera escalofríos. Pienso también en el mensaje que dejó tía Norma ayer y en el verdadero motivo de su llamada. ¿Será cierto que me extrañan y quieren verme o más bien trataba de darme una mala noticia y no pudo decírmela por teléfono? Trato de entender las razones por las que recién me habrá llamado. Hace más de tres años vivo en Arequipa, y los únicos que saben que estoy aquí son mis padres, pero tía Norma no se puede haber enterado de mi paradero a través de ellos: desde hace más de seis años, cuando terminaron los juicios por la herencia que había legado el abuelo, mi padre no volvió a tener contacto ni con mamajuana ni con sus hermanos.

Recuerdo los años posteriores a la muerte del abuelo. La última vez que estuvo toda la familia reunida fue en su velorio, que duró tres días. La casa permaneció abierta a los visitantes, y éstos fueron llegando en grandes grupos, y nos daban abrazos, y nos daban el pésame. Luego del entierro, regresé a Lima en auto con mis papás, y desde entonces no he vuelto a Camaná. Papá regresó solo una vez para la misa por el primer aniversario del fallecimiento del abuelo, pero de vuelta en Lima fueron pocos los detalles que nos contó. Durante los siguientes años, en los cuales dejé atrás la niñez y luego la adolescencia, las referencias que llegaron de Camaná no eran para ponerse feliz: que el tío Mauro es capaz de cualquier cosa por la plata, que la tía Norma se ha vuelto loca, que quiere quedarse con las tierras, que no le contestes el teléfono a tus tíos, que tal o cual persona ha muerto, que parece que el cáncer se ha apoderado de Camaná.


Abrí las persianas para que entraran los rayos de luz. Incluso en días como este, de intenso frío, Arequipa lleva sobre ella un sol enorme y esplendoroso. Pareciera ser una ciudad siempre brillante. Luego de un par de minutos me paro y voy a la cocina por un vaso de agua. Cuando lo tengo lleno, el teléfono empieza a repiquetear, y dudo si contestar o no. Tras siete timbradas, vuelve a quedar en silencio, y decido volver a echarme: a lo mejor no fue una buena idea haberme levantado. Cuando estoy por llegar, el teléfono vuelve a sonar, y detiene mi descenso a la cama. Titubeo nuevamente, pero luego me dirijo al teléfono y respondo la llamada. Hola, mijito, por fin te encuentro, te llamé ayer, ¿escuchaste mi mensaje? Cuando escucho su voz entiendo que, aunque de manera solapada, mi retraso en salir de casa se debe de haber debido a la intención de recibir esta llamada. ¿Estás ahí, Francisco? ¿Panchito? Me siento al sofá y por fin contesto. La saludo, le digo que sí, que escuché su mensaje, le pregunto cómo ha estado. Qué bueno escucharte, caracho, ya decía yo que esta vez no te me escapabas. Contesto que me alegra la llamada, le pregunto cómo esta Valeria. Enorme, Panchito, la veo y no termino de creerme cómo ha crecido, ay, y yo también, dicen que me he envejecido mucho, quizá tienen razón, esto de ser mamá es tan agotador. Respondo que seguramente lo es, complemento que también debe de ser increíble serlo, sentir esa nueva clase de amor. Ay, Panchito, tú siempre tan complicado con tus palabras, cuando eras niño ya usabas palabras raras, quizá porque leías mucho. Le digo que, de no ser mucha molestia, me gustaría que dejara de decirme Panchito, que ya no me gusta el sobrenombre. Caracho, qué mal humor, caray, seguro estás muy cansado, en el periódico debes trabajar mucho, seguro que son unos negreros. Le pregunto cómo se enteró de que trabajo en un periódico. Fácil, pues, sobrino, La Opinión también la venden en Camaná y te estamos leyendo, desde niño querías ser escritor, ¿no?, así fue como llegamos a ti, así nos dimos cuenta que vivías en Arequipa, muchos Franciscos Neyra no hay tampoco, eh. Contesto que soy un tonto, que debí suponerlo. Bueno, bueno, ya basta de hablar por gusto, ¿cuándo bajas a Camaná?, no sabes cuántas ganas tenemos de verte, le conté a mamajuana que había conseguido tu teléfono y saltó en una pata de contenta, bueno es un decir, anda casi todo el día echada en la cama, la pobre. Le pregunto qué sucede con mamajuana, cuál es la razón de que esté todo el día en cama. Nada grave todavía, felizmente, la artritis que hace que le duela caminar y unos comienzos lentos de Parkinson, todavía lo lleva bien, pero ya se sabe cómo son estas enfermedades, empiezan poquito a poquito pero luego te comen con zapatos y todo, pero se puso tan contenta de saber de ti nuevamente que me dijo que cuando vinieras se pararía y te haría un almuerzote riquísimo para festejar a lo grande, no sabes lo que te extraña. Le digo que me gustaría ir pronto, que apenas tenga menos trabajo iré a Camaná. Ay, sobrino, pero ese caso nunca se va a resolver, déjalo de una vez, ¿acaso crees que chaparán a Cardemil?, ese ya debe estar lejísimos, cánsate ya.


Estiro mis piernas y me acomodo en el sofá. Estoy sorprendido de todo lo que me dice tía Norma, de todo lo que parece saber de mí. Incluso habla de Cardemil, y entiendo que lo que ha venido leyendo son mis artículos recientes, mas no los que publicaba en Cultura. Su voz no ha cambiado mucho. Está un poco más avejentada pero sigue manteniendo las características que recordaba: la dicción embrutecida por la velocidad, el timbre siempre mediano, el tono alegre, saltarín. A pesar de aún estar un poco pasmado a causa de la llamada, me siento contento, estoy a gusto escuchándola después de tantos años. Empiezan a venírseme a la cabeza imágenes de tía Norma, de mamajuana, del abuelo, de mis primos jugando en el jardín, de los árboles, de los veranos. Cuando empiezo a recriminarme por haberme negado esas memorias, soy interrumpido. ¿Me escuchas?, ¿estás ahí, sobrino? Contesto que sí, que se me fue la cabeza a otro lado, que estoy sorprendido por la llamada. Espero que la sorpresa sea buena, ¿no?, si no lo es tendremos que castigarte.

Su risa aísla al auricular de la posibilidad de transmitir otros sonidos. Es una risa larga, con sobresaltos alegres, y otros aún más, que logra conseguir que yo también empiece a reír; primero con una sonrisa brevísima, y luego una más larga, y luego la carcajada casi completa. Bueno, caracho, pero aún no me dices cuándo vendrás a visitarnos, ayer te pedí que nos avises con tiempo, pero vente nomás cuando puedas, esta casa es tuya. Le doy las gracias, le digo que intentaré ir el próximo fin de semana, le afirmo que haré todo lo posible porque así sea. Espero verte la próxima semana, entonces, no sabes lo bien que lo vamos a pasar, mamajuana estará feliz, contentísima, pero dime, ¿qué quieres que te preparemos para comer? Contesto que decidan ellas, que cualquier cosa estará bien para mí. Ay, no me digas ahora que ya no te gusta comer, que no disfrutas de una rica comida, supongo que te gustará al menos un buen chupe de camarones. Le contesto que sí, que estará muy bien, le agradezco su llamada. ¿Agradeces mi llamada?, qué huachafada es esa. Vuelve a reír largo rato. Yo también sonrío. Solo espero que esta vez no nos perdamos, sobrino, sería una pena.

Tras varios minutos de haber colgado el teléfono, aún permanezco sentado en el sofá. Intento terminar de asimilar la llamada. Me siento agitado. De inmediato me doy cuenta de que tengo que ir a Camaná, de que debí haber regresado hace muchos años. Pienso que soy un maricón. Pienso que todavía me comporto como un niño. Pienso en mamajuana. La imagino tirada en una cama, sudando, abrigada hasta en verano. Siento pena por ella. Nuevamente siento que fui un cobarde. Que me perdí muchas cosas. Pienso que no debí haberme permitido tanto distanciamiento. Me pregunto si ya será tarde o si todavía me sentiré tan bien en casa de los abuelos como cuando niño. Me paro. Voy por un vaso de agua. Me vuelvo a sentar al sofá. Me digo que no puedo perder más tiempo. Que me gustaría conocer a Valeria, a quien nunca he visto. Dudo si será mejor esperar unos días o regresar a Camaná cuanto antes. Me digo que quizá sea mejor prepararme, acostumbrarme a la intención. Me digo que mejor es regresar mañana mismo. Me digo que quizás no.


Permanecí cerca de una hora más en casa hasta que me dirigí al periódico. Durante el camino pensé en qué respondería a Quiñónez si éste me increpaba por no haberme presentado a primera hora, como había venido siendo costumbre. También anduve pensando en qué le diría luego de mis explicaciones, en cómo me las arreglaría para convencerlo de que debía ir a Camaná unos días.

Cuando llegué a Policiales, Ramos y Estremadoyro, cosa rara, no estaban. Sobre mi escritorio había una nota donde se me indicaba que Quiñónez me esperaba en la oficina de Salvatierra.


Una voz fuerte me indicó que entrase. Salvatierra estaba sentado a su escritorio y, frente a él, también sentado, Quiñónez. Cuando estuve a pocos pasos de ambos, Salvatierra se puso de pie, se acercó y me dio un abrazo.

-¿Cómo has estado, Francisco? Tanto tiempo.

Le contesté el saludo, y aproveché para extenderlo a Quiñónez.

-Toma asiento, toma asiento, hombre, gracias por venir. Justo estábamos hablando de ti.

Le pregunté lo que sucedía, por qué hablaban de mí.

-Estamos preocupados, Francisco, eso es lo que pasa, ese Cardemil parece inhallable, ya va como una semana desde lo del banco y hasta ahora nada.

Respondo que sí, que parece difícil de encontrar.

-Te pido que seas sincero conmigo, Francisco, ¿te sientes capaz de encontrarlo?, si no es así, basta con que me lo digas y asignamos a alguien más para que te cubra, tengo mucho interés en que se resuelva el caso, creo que ya Quiñónez te adelantó que tengo intereses personales en juego.

Respondo que sí, que Quiñónez me había dado a leer entrelíneas que se trataba de un caso importante, y no de uno más.

-Exactamente, Francisco, si te llamamos a ti fue porque queríamos a alguien más inteligente que el par de mulas que escriben en Policiales, pero queremos resultados concretos, ya no podemos seguir en medio de la nada, ¿has averiguado algo nuevo?

Antes de responder, pienso por unos segundos. Le digo que sí, que estuve reunido con la madre de Cardemil y que esta me había dicho que su hijo estaba en Camaná, que seguramente permanecería allí unos días y luego seguiría camino al norte, quizá hasta Ecuador.

-Esas sí que son noticias, carajo, el resto no era más que chismes, tienes que viajar a Camaná mañana mismo, ¿sabes cómo proceder cuando lo encuentres, no?, me llamas de inmediato, no importa la hora. Parece que por fin cayó, ¿no, Quiñónez?

-Soy viejo en esto -responde Quiñónez-. Hasta que no lo vea, no lo creo.

Me paro de la silla, me despido y camino hasta la puerta. Antes de salir, Salvatierra me dice que antes de partir a Camaná prepare un artículo donde cuente lo de su posible paradero, me dice que siempre conviene que Cardemil sepa que estamos tras él.





La Opinión | DOMINGO 20 DE NOVIEMBRE DE 2005

INTERESANTE GIRO EN CASO CARDEMIL

Rosa de Cardemil: “Es posible que mi hijo esté en Camaná”

Madre del prófugo Rafael Cardemil, Rosa de Cardemil, asegura en conversación exclusiva para La Opinión, que tiene pruebas concretas que demuestran que su hijo se encuentra en Camaná.

Escribe: Francisco Neyra


Como al mejor estilo de las buenas novelas, el caso Cardemil ha dado un giro inesperado: parece por fin conocerse el paradero del prófugo de la justicia. El valle de Camaná parece ser el destino a donde ha ido a esconderse Rafael Cardemil.

¿Y LA POLICÍA DE CARRETERAS? Bien vale la pena hacerse esta pregunta, habida cuenta de que la fotografía del prófugo Cardemil fuera distribuida entre los miembros de esta división de la Policía Nacional. Interrogado un alto cargo de esta división de la Policía, nos respondió que si efectivamente se encuentra en Camaná, se trata o de un descuido de la Policía de Carreteras o de una muy buena maniobra del prófugo de la justicia. “Este tipo de criminales está acostumbrado a escapar de situaciones límite. Además, por más efectivos que se asignen a la variante de Uchumayo, se trata de una zona muy amplia. Es difícil encontrar a alguien entre tantos autos”. Además, descartó tajantemente la posibilidad de que Cardemil haya sobornado a efectivos de la Policía. “Esos malos elementos ya no forman parte de nuestra institución”.

¿ME VOY AL NORTE? La versión de Rosa de Cardemil pareciera ser muy confiable, en tanto la fuga al norte le daría al prófugo de la justicia la posibilidad de llegar a Ecuador. Como se sabe, las extradiciones de criminales comunes es un proceso largo en el país fronterizo, por lo que Cardemil podría pasar una larga temporada sin necesidad de preocuparse por la justicia peruana. Entretanto, aunque sea difícil, resta seguir confiando en la capacidad de la Policía Nacional, a pesar de que sigue demostrando que, al menos en este caso, está muy lejos de la verdad.




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