Ezio Neyra, La construcción (3er capítulo de la novela "Habrá que hacer algo mientras tanto")

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Ezio Neyra


Creemos que, por lo general, nos comportamos como personas normales. No se trata de juzgar lo que es normal y lo que es patológico, pero creo que en este caso las evidencias comprueban que pertenecemos al grupo de personas que es valorado y respetado por la colectividad social. Entablamos relaciones cordiales para lograr nuestros cometidos, maldecimos a todo aquel que consideramos ofensivo (incluso hemos llegado a romper periódicos y a llenar de escupitajos algunos televisores), permanecemos sentados por muchas horas incrementando las arcas de un tercero al que no conocemos; en cada ventanilla a la que nos enfrentamos, frente a cada persona ante la que nos paramos, recibimos un trato especial, personalizado se diría, que se caracteriza por empezar con un bienvenido señor, y, a continuación, casi sin darse un respiro, nuestro apellido pronunciado de manera grandilocuente.

Consideramos que son pocas las personas ante las cuales debemos perder la paciencia; sin embargo, se nos ha dicho que la lista que hemos preparado es muy larga. Dentro de ella, y con esto demostramos que no creemos ni en nepotismos ni en argollas, se encuentran familiares (sobre todo los más cercanos), e individuos a quienes llamamos amigos sólo para no pasar por desatentos. Somos conscientes de que también nosotros debemos de estar registrados en más de una lista similar a la nuestra; ya que, como todos, tenemos defectos. Como aquella vez en la que Gordo esperó bajo la lluvia, empapadísimo y sin balcón que lo protegiera, la llegada de su mujer gorda; o como esa oportunidad en la que Mediano fue a cobrar un cheque vestido como almirante ruso: el gorro de la marina, el saco bien castrense y el intento fallido de hablar como un oriundo de San Petersburgo refugiado en las costas de Helsinki.

Me llaman Alto, pero también me dicen flaco, a pesar de que no alcanzo a verme las costillas cuando me observo en el espejo. O quizá sí, aunque estoy seguro de que ellos están equivocados o, en todo caso, tienen un grave problema de objetividad. Hace ya algún tiempo empezamos a planear la construcción. Teníamos los días contados y sabíamos que, normales como somos, debíamos seguir cada uno de los pasos previos a nuestra partida. La lista de actividades era larga, ya que teníamos ganas de llevar a cabo, por primera vez de manera exitosa, todo aquello que en otra coyuntura nos hubiese resultado imposible. Además, si no lo hacíamos, nuestra unión habría sido en vano. Nos juntamos para realizar actividades que de manera individual nos hubiesen resultado imposibles y no para volver a fracasar, pero esta vez dejando caer nuestras lágrimas sobre un hombro ajeno y ya no más sobre nuestras propias manos.

De hecho, como era de esperar en tres personas normales, cuando nos sentamos a planear la magnitud del proyecto, empezaron a surgir factores que más de una vez estuvieron cerca de aplazar indefinidamente el inicio de las obras. Hubo especialmente uno que, nunca me costó admitirlo, me hizo abrir los ojos respecto de lo poco apropiado de nuestro propósito: el hecho de que en nuestra ciudad no haya ni mar ni río. Sin embargo, y a pesar de todas las consecuencias previsibles, luego de que tú puedes, de que no nos rindamos, de que no es valiente el que no lo intenta, dejamos de buscar explicaciones coherentes, para empezar a dedicarnos, día tras día, a la construcción de nuestra embarcación.

El primer hecho que debimos debatir fue el lugar donde la construiríamos. Gordo propuso la casa de Mediano luego de enterarse de que en ella había suficiente espacio como para poder levantar todas las naves que quisiéramos. Además, sostuvo que a su madre no le incomodaría nuestra presencia pues estaría contenta de notar que su hijo por fin formaba parte de un proyecto trascendente. No obstante, luego de enterarme de que su casa estaba situada en un barrio de clase media, comencé a pensar que no era conveniente trabajar allí ya que estaba seguro de que más de uno de sus vecinos pondría trabas a la evolución del proceso cuando nuestra nave empezase a adoptar formas marítimas. Al fin y al cabo la envidia y la histeria no eran sólo particularidades de telenovela. Sin embargo, Gordo no estuvo de acuerdo con mi postura. Al contrario, me dijo, eso es posible de esperar en otro tipo de barrios, pero en el suyo la construcción pasará inadvertida. Esa gente vive pensando en otras cosas, en sus asuntos, y no se preocupa por lo que hagan sus vecinos. Fue entonces Mediano quien debió romper la oposición de opiniones, pero prefirió no hablar, a pesar de que le dijimos que, de no hacerlo, serían tomadas graves represalias en contra suya.

Esperamos dos días para que se dignara a tomar una decisión, pero fue evidente que no le interesaba participar de debates trascendentes. Al tercer día, y aunque fue duro convencerme de que el lugar no era lo más importante, me plegué a la postura de Gordo y, al siguiente día, empezamos oficialmente la obra. Cuando digo que comenzamos la obra, me refiero al inicio del condicionamiento del taller. Gracias a los consejos de Gordo, quien decía tener experiencia en dirigir proyectos, tuvimos que remodelar la planta baja de la casa y, para ello, no solo retiramos todos los recuerdos y fotografías familiares, luego de que la madre de Mediano nos diera una inesperada y calurosa bienvenida, sino que también derrumbamos algunas paredes que eventualmente podrían restringir el crecimiento lateral y vertical de nuestra embarcación.

Una vez hechas estas refacciones, fue Gordo quien empezó a guiar los trabajos de motivación, valiéndose de diferentes técnicas de Recursos Humanos aprendidas durante tres años de escuela superior. Al comienzo me opuse; le dije que no era necesario utilizar ese tipo de estrategias foráneas y capitalistas: dediquémonos a la construcción y punto. Con todo, Gordo actuó como si hubiese adquirido la misma indiferencia que tuvo preso a Mediano, quien para entonces ya había decidido volver a hablar, y sus frases empezaron a ser repetidas con cierta frecuencia: trabajaremos dieciséis horas diarias, incluso mientras durmamos deberemos soñar con nuestra noble empresa, no nos olvidemos de que la unión hace la fuerza.

Iniciada ya la segunda semana, Gordo pidió a Mediano que consiguiese pliegos de papel lo suficientemente grandes como para cubrir buena parte de las paredes restantes. Una vez hallados (con una eficiencia poco común en él) Gordo le pidió que los colocase. No obstante, mediano como es, tuvo serios problemas para colocar los carteles. Gordo nos dijo que su plan era hacernos trabajar de manera más eficiente luego de leer los afiches. Así que, mediano como es, aunque todo es relativo, me pidió ayuda, ya que así como soy el amigo flaco también soy el amigo alto. De esa manera, pasamos una noche entera pegándolos. No eran cartelitos insignificantes sino afiches muy bien elaborados que Gordo había mandado imprimir. Así, valiéndonos de la famosa pata de gallo y de otras variantes menos dolorosas, terminamos de empapelar las paredes hacia el amanecer.

Como es fácil de suponer, las obras las dirigió Gordo, pues era el único que no tenía experiencia en recibir órdenes. Por cuenta de Mediano corrió la provisión de materiales destinados a construir el armazón básico de la embarcación –todo lo que va, sin ningún lujo–. Por mi cuenta, corrió el diseño y la preparación de las habitaciones, los baños y la cocina. En un primer momento me sentí utilizado por Gordo: el hecho de tener que salir de casa para ir en busca de materiales de construcción no era una tarea fácil. A veces teníamos que partir muy temprano, cuando aún los reflejos del sol eran aplacados por la extensa neblina y, tiritando de frío, esperar a que los centros de abasto abrieran sus puertas para recién iniciar nuestro discurso persuasivo. Entonces decíamos a los dependientes que ya era hora de que una embarcación de ese tipo se construyese en nuestra ciudad, que claro, que pondríamos sus créditos en la proa, que sí, que estaría lista antes del verano, que no, que ese no era motivo de preocupación, que desde luego encontraríamos un buen lugar para navegarla.

Me sentía aún más utilizado cuando regresaba con Mediano, cargados hasta los bolsillos con material de construcción, y no recibíamos ni siquiera un gesto de agradecimiento por parte de Gordo. Me tomó seis días más entender que el trabajo intelectual puede resultar muchas veces más complicado y agotador que el manual. Y es que, por ejemplo, mientras Mediano y yo podíamos descansar luego de la decimosexta hora de trabajo, Gordo aún se mantenía sentado frente a su escritorio, con un plano sobre la mesa que muchas veces daba la impresión de haber sido dibujado más de la cuenta. Sin embargo, y a pesar de lo anterior, nuestro trabajo también era importante, pues de nada valía que Gordo diseñase la embarcación más alucinada, si no tenía el soporte material para construirla que nosotros estábamos consiguiendo.

Pocos días después llegué junto con Mediano de conseguir varios metros de tela para las velas, y encontré a Gordo durmiendo sobre su escritorio. Me puse de mal humor, tanto que terminé levantando a Gordo de un golpe en la mesa y le dije que las cosas no podían seguir de esa manera. Me preguntó a qué me refería y, de pronto, como si los hubiera tenido guardados en el bolsillo, me valí de cinco metros y medio de quejas y de insultos. Mediano se quedó callado nuevamente, pero en sus gestos compungidos sentí que estaba de mi lado. Gordo me dio toda la razón, pero me volvió a preguntar exactamente a qué me refería. Me sorprendió que no estuviera furioso ante mi reacción. Habida cuenta, además, de que nuestra relación había sido accidentada desde el comienzo. Se lo volví a explicar, esta vez de manera más pausada, pues sabía que ya había ganado la batalla.

El acuerdo al que llegamos contemplaba, entre otros puntos igual de importantes, que de ahí en adelante tendríamos reuniones periódicas para tomar las decisiones de manera consensual. Es decir, dejamos atrás el autoritarismo para dar paso a la democracia.

Renovadas mis facultades, me acerqué al escritorio y pude observar por primera vez los planos en los que celosamente había estado trabajando Gordo. Me llevé una gran sorpresa al descubrir que en ellos no aparecían dibujos de ningún barco. Por el contrario, había en uno de ellos el dibujo de una ciudad rara, con una plaza periférica en donde se congregaba el grueso de la población y a donde se llegaba fácilmente ya que todas las arterias, inconexas entre ellas, alcanzaban la plaza con una serie de facilidades como evitar los parques, los estadios y toda construcción grande que en cualquier otro caso hubiese obligado al urbanista a desviar las rutas. En otro de los planos encontré una suerte de manual del buen sepulturero. Estaban dibujados dieciocho ataúdes, todos de diferentes diseños y materiales, como si Gordo, en lugar de haber estado diseñando una embarcación, hubiese estado trabajando en la manera más feliz de ser enterrado. No tuve ganas de seguir revisando el resto de planos. Sólo me paré y tumbé la mesa. Me acerqué a Gordo, lo arrinconé contra la pared y lo maldije hasta el infinito. Pero él, como si hubiese tenido la razón, me maldijo aun el doble y me exigió explicaciones por mi reacción. Le expuse nuevamente, pero esta vez a gritos, las razones y afirmé que de allí en adelante del proyecto me encargaría únicamente yo. Estuvo de acuerdo, pese a que no afirmó ni negó. Sin embargo, tuve la convicción de que muy en el fondo Gordo había entendido que una persona como yo era la indicada para manejar un proyecto de esta envergadura.

Días más tarde nos enteramos de que algunos vecinos habían empezado a hacer averiguaciones sobre lo que veníamos haciendo al interior de la casa de Mediano. Finalmente se comprobaba que usar otro espacio hubiese sido la mejor opción para evitar su presencia, a pesar de que Gordo seguía sosteniendo con insistencia que no había de qué preocuparse pues seguramente la inquietud de saber qué estábamos haciendo se les iría de un momento al otro, cuando hallasen algo que les desviara la curiosidad. Pero la verdad es que el ambiente fue tornándose cada vez más complicado. De pronto, mientras que llegábamos a casa luego de un largo día de recolección de materiales, se nos acercaban uno, tres, seis vecinos a preguntarnos qué hacíamos, en qué estábamos metidos, por qué no les contábamos. Como decidimos reservarnos la verdad, teníamos que hacer grandes actuaciones para improvisar actividades nuevas. Pero nos llamaban mentirosos y lo hacían con pruebas: nos mostraban fotografías en donde aparecíamos colocando las velas o atornillando los salvavidas. Entonces, con la necesidad de no entrar en problemas, alargábamos la mentira y sugeríamos que quizá se trataba de un truco hecho por computadora. Porque es increíble, vecino, de lo que son capaces los programas hoy en día.

En la siguiente reunión que tuvimos, decidí(mos), por seguridad, colocar grandes planchas de madera en las ventanas que daban a la calle. Esto, a la larga, terminó motivando aun más la ya desarrollada curiosidad de nuestros vecinos, a tal punto de que con el correr de los días su instigación empezó a tornarse insoportable: pasaban la noche frente a la casa, a cualquier hora daban apremiantes golpes a la puerta de entrada, valiéndose de megáfonos nos llamaban por nuestros nombres. Empecé a decirme a mí mismo que había sido un idiota al no haberme dado cuenta antes de que Gordo estaba pero no estaba. De hecho, a pesar de haber retirado los carteles de las paredes y colocado otros que me recordaban mi incompetencia, fue difícil sacarme las ganas de retroceder el tiempo y de alterar el pasado.

Como era de suponer, llegó la noche en la que la desazón colmó mis ánimos de seguir con la construcción y, sin avisar a nadie, salí de casa con el único objetivo de perderme. Afuera encontré una pequeña manifestación de vecinos que, a gritos, reclamaba que abriéramos la puerta de la casa y mostráramos lo que de manera tan oculta veníamos haciendo. Decidí no prestar ninguna declaración y caminé rumbo al sur. Me perdí en las calles de mi ciudad. En las avenidas perversas que cada día reconocía menos. Caminé largo rato, llegando incluso a zonas que no recordaba, pero que me resultaban igual de deleznables. Pasé frente a ferias, oficinas, lugares diversos en donde alguna vez estuve. Finalmente la reproducción de los mismos cruces y la inexistente variación de la arquitectura me hicieron dar media vuelta y emprender el camino de vuelta al vecindario. Al llegar, el tumulto se había multiplicado y logré entrar a la casa zafándome de los brazos que trataban de detenerme. Adentro, tanto Mediano como Gordo dormían. Decidí no despertarlos ya que pensé que seguramente habían trabajado mucho. Luego de varios cuestionamientos e idas y vueltas a través de la planta baja, decidí sentarme en el escritorio y tomarme el trabajo de diseñar finalmente la embarcación.

Desde luego no fue un trabajo sencillo. Mucho menos si nunca se tuvo el tiempo para aprender a dibujar. Debido a ello, me demoré más de seis horas en buscarle una forma que además pudiese navegar, hasta que quedé satisfecho y pude también sentarme en una de las esquinas a dormir. Al siguiente día los desperté muy temprano. Les di las instrucciones necesarias para empezar con el ala derecha de la embarcación y ambos actuaron como si finalmente hubiesen entendido la premura de partir.

Por una cuestión de logística decidí(mos) construir la embarcación cerca de la puerta. No queríamos que el proceso de desanclaje resultase muy complicado, ya que teníamos registradas historias de naves que no llegaron a navegar debido a que no pudieron salir del astillero donde fueron construidas. Durante los siguientes días la embarcación sufrió una serie de mutaciones extraordinarias. Por momentos parecía un escritorio; por otros, una bicicleta. Y lo cuento sin vergüenza alguna pues no es mi intención vender una idea falsa de nuestras capacidades como ingenieros. Teníamos experiencia en otros rubros, como ya dije. Sin embargo, al fin y al cabo estos eran datos accesorios, ya que por fin el proyecto estaba en marcha y la construcción estaba finalmente en proceso de concretarse.

Los siguientes días transcurrieron normalmente. Hubo noches en que luego del largo trabajo y ya sentados y descalzos, con una tacita de café calentándonos las manos, debatíamos acerca del objeto que armábamos: ¿qué estamos construyendo?, pregunta Mediano. Una embarcación, hombre. Ah, es cierto. ¿Y para qué la construimos?, vuelve a preguntar Mediano. Para irnos, hombre. Ah.

Otras noches la embarcación parecía un patíbulo, una rampa, una cabaña. Y entonces, como es entendible, me preocupaba y trataba de solucionar rápidamente los problemas formales. Las preguntas llegaban con facilidad: ¿y por qué nos vamos?, pregunta Mediano. Porque hay que hacer algo mientras tanto. Ah. Cierto.

Incontables fueron las dudas e innumerables las veces en que la misma respuesta sirvió para disipar las desesperanzas. Sin embargo, seguimos dedicándonos noches enteras a concretar la construcción. Algunas madrugadas parecíamos ser actores que montan alguna pieza popular. Entonces era como si los vecinos y sus invitados, que cada vez eran más, uno nunca sabe de dónde aparecen, se amontonaran en la ventanilla para conseguir una entrada. Se sentaban en inexistentes escalinatas y esperaban ansiosos el comienzo de la función. Nos aplaudían cada vez que lográbamos colocar una pieza en el lugar adecuado. También nos abucheaban sin reparos cuando sucedía lo contrario. Muchas veces observé a Mediano, que sufría de pánico escénico, esconderse detrás de los viejos tubos industriales que nunca usamos, arreglándose el peinado con las manos temblando mientras decenas de microscópicas gotas de sudor caían desde sus codos. También pude ver a Gordo, que disfrutaba sintiéndose observado, trabajar con pequeñas camisetas que servían como herramientas de seducción frente a las vecinas más asiduas. Ellas respondían con alaridos feministas y con arengas democráticas, mientras otro grupo de espectadores, más escéptico que el anterior, nos gritaba que no seríamos capaces de lograrlo. ¿Lograr qué?, pregunta Mediano.

No pasaron muchos días hasta que finalmente pudimos dar por terminado nuestro trabajo. Fuera de casa sólo quedaban cuatro vecinos sentados en la acera del frente. La avenida lucía desolada, con tres o cuatro docenas de carpas inhabitadas, con dos altavoces tirados en la pista y en el ambiente el característico olor de los colectivos humanos. Esa noche, a falta de luces artificiales, cenamos sobre la embarcación. Descorchamos dos botellas de vino y nos sentimos importantes. La luz nocturna se colaba a través de las velas llenas de orificios. La pasta estuvo deliciosa. Encendimos una pequeña lámpara que nos acompañó el resto de la velada. Entre charlas y declaraciones nos dábamos palmaditas de felicitación, que en muchos casos degeneraron en pequeños golpes que saldaban deudas inmemoriales; nos estrechábamos las manos, pasábamos revista a los últimos detalles previos a nuestra partida. Aún faltaban largas horas para el amanecer. Debíamos, entre otras cosas, inflar las llantas, analizar la dirección del viento, calcular la pendiente de los rápidos, utilizar fórmulas ininteligibles para estimar la densidad atmosférica y abastecernos de provisiones para la larga travesía. Decidimos dormir el resto de la madrugada.

Cerca de la hora del desayuno, tuvimos todo listo. Nuestra embarcación, pulcra y dispuesta, ya había sido desanclada y esperaba en la avenida nuestra presencia. Hasta allí llegamos, luego de convencer a Mediano de que partir era la mejor opción. Cerramos la puerta de la casa, sin llave, por supuesto, y enrumbamos calle abajo. Desde la cubierta observamos al grupo de vecinos levantando las manos y agitándolas. Era como si en todo momento hubiesen deseado ver nuestra partida, pero ya no importaba. Pronto encontraríamos una intersección y doblaríamos decididamente a la derecha. A esa altura lo más importante era partir, y nosotros, tres personas normales, finalmente lo estábamos haciendo.




© Ezio Neyra (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

Volver a Número 10: Noviembre 2006