Fernando de la Cruz Herrera

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Por Fernando de la Cruz Herrera



Cabe toda la planicie en una sábana

es tu lecho este mapa de caricias

donde la tierra está para extraviarse

y los caminos húmedos del prado

son la cálida búsqueda entre sueños

de la distancia en besos

entre el ser el tocar

y el habitarte


unas aves señalan el camino

donde palpan reptiles cada ráfaga

una lengua conoce la espesura

donde convergen todas las raíces

donde arrulla un aliento al caminante

y antepone una gruta su reflejo


los huraños venados de mis ojos

cristalizan la sed entre la piedra

impregnando de líquenes tus labios

hasta inundar mi voz en la cascada

que brota desde todos los panales

y los rizomas crecen en mi cuello al emerger

y sueño litorales

en crecientes espumas fosforosas

y tu silueta veo de montaña

sobre la geografía de este cuerpo

donde la saciedad de tanto río

se vuelve flor de agua entre los poros

y los tallos retornan a este punto

pródigo de voces y de abismos


Nota: el poema “Cabe toda la planicie en una sábana” aparece en la revista Camino blanco. Arte y cultura (No. 5), que edita el Instituto de Cultura de Yucatán.






Una pregunta surge

una pregunta surge como un coágulo

del inerte silencio transcurrido

el eterno prurito de la espuma

o la punción fingida de la nada:


una simple cuestión hasta que viertes

todo el acto de un verbo sobre el lodo

la pura prepotencia del vacío

en la fragilidad de lo posible


un resoplido tal de incertidumbre

a quien nada responde sino el gozo

cuya existencia ignora el firmamento

pero que tú conoces cuando hablas


y la respuesta palpas con la boca

al calor de ese aliento articulado

ese timbre que incrusta los deseos

en mis oídos leves como conchas

que se arrastran


mas insiste la duda en su aleteo

alterando las causas de la ausencia

hasta volcar el frágil basamento

de todo cuanto espera



Si en el diáfano lecho de las aguas...

si naufrago en los timbres de otras voces

—dirás entre la bruma—

y mis dientes encallan en las dunas distantes o las rocas


si nado hasta una orilla donde alguien espera

buscando redimirme del silencio

si penetra el oleaje de mis ansias con todo su poder de tierra firme

si las sílabas brotan

en la voracidad de sus latidos no te importe


o si llego a flotar entre corrientes por ti desconocidas

o canto entre las quillas de una nave que no conoce naufragio

cuyas redes atrapan cada letra y cada melodía de mi boca...


pero no dices nada

nada que llegue más a mis oídos

atentos a las aves que conllevan

un salobre rumor de barlovento






Creciente bajo el cielo de los párpados

no dices nada no y en tu silencio

anidan los reclamos de gaviotas

el oleaje persiste en los oídos

y las palmas se baten como anémonas

que mitigan la terquedad del sol


a su sombra regresan las pestañas

como anguilas de arena a su refugio

y mis pupilas vibran con ojos de agua dulce

que inunda la garganta

dejándose fluir desde la noche:

la calma original sobre un océano

más puro que la ausencia de tu voz


pero el recuerdo llega de tus labios

que todo lo humedece como el vaho del mar

y acaricia las llagas

con la sal de lejanos mediodías






Hasta volver la sed

que el amor —eso se calla— es un silencio

entre tanto batir de alas y dientes

una mueca quizá un estandarte

cautivo de la brisa

un paréntesis

que como llaga brota al mediodía

para contravenir el cautiverio

marchar sobre la grieta

entre lo que se dice y lo que muerde


aquel soñado asomo como en seco

unos arcos en formación de fauces

que las aguas enturbian

hasta volver la sed una osadía

un rojo sobresalto a plena tarde

un filo como un báculo

tal vez la mediacaña de uno mismo

quedando trunco el sueño entre dos aguas

como la duermevela que fluye todavía de la roca

y en cada vaso del cuerpo se avinagra

mientras como una plaga persiste el aleteo de párpados en vilo

sin ti donde posarse las pupilas

sin tu piel prometida


—¿es eso amor?—


sin siquiera latir lo que se calla

en los ojos opacos del idólatra






Memorial Day

el cielo luce a mármol que murmura redobles en tus ojos

y hiere la memoria aquel orgullo de verlo en traje de héroe

ahora vuelto piedra

por un aire de plomo que visitó su piel

cuando un grito de guerra tan lejano

de ti

se tradujo al inglés de los morteros

camuflando de pólvora la selva

su dura tez de barro

el vértigo en sus cuencas de roja marabunta

su vientre en desbandada

la sed insatisfecha con el hielo señora

de tus lágrimas...


pero dime qué fue del compañero

que le truncó de golpe la arrogancia

su fracturado cuerpo de maíz dónde reposa

y su rostro que lenta vio acercarse

a manos de los tuyos la lava de la muerte

su carne consumida por las pústulas del hierro ¿dónde está?

quizá el vientre del río o la boca del volcán me den respuesta

¿adónde puedo ir para llevarle alguna flor?

¿a las fosas sin nombre que nutren las raíces

con tantos otros cuerpos de mi gente que defendió mi tierra

de tu hijo?


tus flores cada año se renuevan debajo de ese nombre

e ignoras mi reclamo

perenne como el río que lame las heridas en la selva


ve pues mujer tranquila y aprovecha

que la historia soterrada sigue siendo pastura del olvido

que todavía tu muerto figura como héroe

e impone aún su brillo cada insignia

a la mirada cómplice del sol

a pesar de que el viento va cambiando su curso

lentamente

y viene ya la noche




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