Fragmentos de "Navegaciones"

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Mauricio Orellana Suárez





Miércoles 20 de enero.


Este año ha venido a matarme, Willie. Desde hace meses, antes que este año apareciera, lo supe sin ser erudita, como se saben las cosas en sueños premonitorios (viene la tormenta, el viento la presagia). Lo sé a pesar de esta mi simplicidad que no sabe de mitos griegos o latinos, y a pesar de la vulgaridad que se abandona a su pasado de falta de visión de mundo con que se me «educó». Con todo eso sé que me queda larga la vida. Sé mucho de asesinos además, y no porque sea muy lista. Lo sé de forma práctica, por el hecho de entender que estoy siendo asesinada.

Lo importante es que estás tú, Willie, frente a mi necesidad de desahogo. Porque lo mío contigo, para que lo vayas sabiendo, es un intento por desasirme un poco de lo muerta que ya voy estando. Llámalo instinto de supervivencia si quieres, o esperanza. ¿No es eso lo que siempre nos hace seguir? Bueno, bueno, no más alegato. Me vas poniendo una cara...

No te preocupes. Sucede que no estoy acostumbrada a escribir en un diario. En realidad, no estoy acostumbrada a escribir nada de nada, ni a leer. De ahí la niebla de la prosa, o el nubarrón. Ya vas a conocerme mejor; pero te advierto que no es fácil, que soy muchas.

Por el momento es todo cuanto tengo para ti.

Gracias, amigo querido. Me da una pena dejarte.





Jueves 21 de enero.


Willie qeudiro:

Hoy me llmao Carmen, soy arquóeolga y me psao dseneterrando mugre de mi suelo: el seulo de mi vdia elabordao de amontoandos cdavárees: mis plaens. Aeyr fui la Julia y no me entraorn gnaas de contarte mis seuños. Tal vez mñanaa.

Csai seimrpe soy Carmen, Julia o Margarita, la fea Rigoberta o Nuria la pbroe diabla. Pcaos vcees soy Nora. A Nora, ya te djie, la etásn aesisnnado.





Sábado 23 de enero.


Mi Willie querido:

Debes de estar confundido. Te disparo que soy muchas y no te doy razones. Es que a mí la razón no me va. Me van las emociones, el instinto, y cuando tengo suerte la intuición. Tal vez por eso me queda siempre larga la vida, la lucha diaria. Ya quisiera yo crecer con la hinchazón de los que saben mucho porque los educaron como era debido. Eso me hubiera dado la tenacidad para poder salir de mi hundimiento. A mi suelo, Willie, se le quebraron las costillas de tanto hundirse.

Quisiera perderme en lecturas profundas e inventarme nuevas formas de sentir, de ser otros. O salirme de mi inercia, tener los elementos; pero estoy atrapada en este espacio, en este tiempo. Atrapada en esta carne, este misterio, sin tener las herramientas para luchar contra la asfixia.

Por eso ncseeito ser arquóeolga y desenterrarme esa parte que se me ha ido muriendo sofocada a causa de la vida deforme que he llevado. Nora nucna huibrea osado... Somos tan distintas. Estamos jutnas pero... no sé: ahí está Nicaragua junto a Costa Rica y no se entienden.



Willie:

Cmóo le gutsaría a Nora tener el alzheimer de su padre, para no tener que recoradr. Recrodar a su padre. Rceordar a su madre. Su padre llamnádola vaga-buena-para-nada, olviadndo en su aatque de alzheimer que él tambéin fue igual a Nora. Su madre leyédnole Biblias, herednádole toads las clupas de las Evas. Olivdar. Olviadr.

Pero para Nora hoy tdoo es temer. Teemr y recordar. Cómo queire Nora tener el alzheimer de su padre. Olviadr. Y, para colmo, la migarña no la deja sola ni un momneto.

A lo meojr sólo deba dejalra salir. Abrir su prpoio cráneo, como le hubeira gustdao a Nora hacer con el crnáeo de su padre. Adiós migarña. Alzheimer. Padre. Dejar sin trabjao a la asesina.

Me da lsátima Nora.

(pág. 85)





Martes 2 de febrero.


Mi Willie querido:

Me siento tan gorda y fea. Quienes me ven me dicen que estoy más flaca que una escoba; pero qué saben ellos. Estar gorda no es lo mismo que sentirse gorda.

Hay cosas que no se pueden evitar llegadas a cierto punto. Ni siquiera sé si el dichoso punto está en el centro de la página o al margen. El problema radica en que de pronto tu vida comienza a salirse de la hoja y a visitar con más frecuencia los márgenes, hasta cuando se le hace costumbre estar fuera de lo escrito y le agarra por no abandonar más las orillas en las que se entrampa. De pronto, la vida vuelta un algo insospechado, fuera de toda planificación, de toda expectativa, de toda esperanza, y, entonces, ¿qué haces?... ¿Me estaré volviendo loca?

Lo que es sentirse la tinta salpicada de la pluma, así me siento. Pero deja eso, ya no quiero turbarte con mis rollos.

Hace un par de días salí a caminar. Me fui de compras. Estuve mirando vitrinas un buen rato y luego entré a tomarme un café en uno de los restaurantes; escogí el menos visitado (no soporto las aglomeraciones, me dan angustia). En eso de tomarme el café estaba cuando siento una mirada clavada a mi cuello. Espero un rato, vuelvo a ver con disimulo y para mi sorpresa encuentro los ojos de un «caballero» a quien ofrecí servicios de compañía en una elegante fiesta de oficina. Quiero volverme de inmediato hacia la taza, pero algo me lo impide: asida a la mano de él, como cosida, la mano de una esposa radiante, muñequesca, decorativa, y, de la mano de ella, una niñita. Vuelvo de nuevo la vista a los ojos de él, me sonríe y se abandona luego al ajetreo de la mano que lo lleva con dirección a una mesa bastante lejana. «Qué idiotas son los hombres», pienso. No todos, pero casi. Al menos, qué idiotas los hombres que conozco, ¿y las mujeres? ¿Es más fácil ser mujer-muñeca?

Ordené un tres leches y lo devoré sin compasión. Atrás de mí quedó la mesa sola, preguntándose, tal vez, qué espacio había muerto con mi fuga.

(Págs. 12-13)




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