Francisco Lertora

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En su página 16 al lado de una entrevista a Ellroy, el señor Juan Iván Sarmiento escribió: “La escena del crimen más perfecta y pulcra que pueda existir es, sin duda, la vida”.

Asesinato de Joan Berró

La historia me la contó Fito
Estábamos en el Parque Forestal
Él fumaba un pitillo de marihuana
Y yo me frotaba las rodillas
Eran alrededor de las 9:15 PM
Aquella noche estaba sin estrellas
Al igual que Montevideo
Envuelto en la bruma
En el sonar de los tacones altos
De unas cuantas putas
Joan Berró caminaba con sus amigos
Y se dirigían a un bar
Llamado el Bucanero
Era el lugar de encuentro
De esos jóvenes poetas
Seguidores de Julio Campal
Se sentaron y de a poco fueron llegando más
Pidieron dos botellas de Ferné
Y se pusieron a tomar
No era raro que de vez en cuando
Uno de los poetas saliera
Con alguna prostituta a tirársela
A algún motel de la calle contigua
A eso de las 12:15 AM
Joan Berró fue uno de ellos
Descendió por una calle
Junto a una rubia bastante guapa
Alta, de piernas firmes, buen culo
Y buenas tetas
Se dirigieron al Orión
Donde pidieron una habitación
Joan Berró ya algo borracho
La desnudó y la tomó
Por la cabeza
Para que le chupara la verga
Y después sobre la cama
La puso en cuatro
Y se la tiró dos veces
Salió del motel solo
Deambuló por unas cuantas calles
Hasta encontrarse con Martín Viez
Este último había sido amigo
De Joan en el colegio
Se fueron a tomar unas copas
Al parecer al bar Málaga
Berró salió de este bar
A eso de las 3:50 AM
Lugar donde lo abordaron dos tipos
Que lo subieron a un Fiat 600
Se lo llevaron a las
Afueras de Montevideo
Y ahí lo violaron
Algunos dicen que mientras
Uno lo violaba
El otro leía un poema de Rimbaud
El asunto es que ahí
Lo tuvieron alrededor de una hora
Hora en la cual gimió
Y rasgó con fuerza la tierra
A cada embestida de los sujetos
Salió sangrando del lugar
Lo subieron a la cajuela
Y lo llevaron hasta el departamento
De uno de los tipos
Ahí le dijeron que escribiese
Un poema perfecto
O si no lo violarían nuevamente
Y Berró aceptó
Al terminar lo subieron al auto
Lo llevaron hasta el malecón de una bahía
Le ataron a la espalda
Una mochila llena de libros
Y lo tiraron al mar
En donde desapareció
Aplastado por tanta poesía
Al terminar de contar la historia
Me quedé mirando a Fito
Que tenía los ojos rojos
Y le pregunté que cómo
Sabía tantos detalles
Y me respondió con una
Mueca de obviedad
Que era por el poema
Que había escrito Berró
Antes de morir
Al fin y al cabo
El poema era perfecto
Lo era todo
¿todo?, le pregunté
Sí, absolutamente todo





Relatividad de una existencia poética

Estábamos sentados en la cama
ella se paró y colocó un disco de Bob Dylan
Comenzó a sonar
Y cuando regresaba yo la tomé por la cintura
la senté en mis piernas
la besé
le agarré una teta
(me sonrió de modo imparcial)
y después nos recostamos en su cama

Encendí un cigarillo y tomé un libro de Dylan Thomas
ella colocó su cabeza en mi pecho
y comenzó a tararear las canciones
Después de un rato me ofreció un café
yo lo acepté y salió de la pieza contorneando sus caderas

Regresó con una taza en cada mano
me dio un beso y seguimos sumergidos en el silencio
o quizás en los acordes que estremecían la pieza
Encendimos ambos un cigarrillo
yo me senté y extendí la mano para tocar el éter
A eso de las seis de la tarde
envueltos en un crepúsculo fugitivo
le dije que me marchaba
me respondió diciéndome -te amo-
y yo salí con mi chaqueta bajo el brazo
y mi antología de Lira en el otro

Al ir caminando sonámbulo hacia el metro
me la imaginé a ella rescostada en su cama fumando un
cigarrillo
tal vez con el libro de Dylan Thomas en la mano
escuchando música
rascándose un sobaco
y tarareando las canciones

Llegué al metro y de inmediato
fue un vértigo espantoso
combinado con una expectante mueca de encierro
Descendí al verdadero infierno
Me bajé en Santa Lucía
Mis pecados fueron perdonados.

Sentados en el frontis de la biblioteca nacional
esperaba mirando el carnaval de micros
el frenesí de la ciudad

Del horizonte hostil apareció mi camarada
con su silueta ancha
su barba adaptada
y su bolso negro repleto de tesoros
más malditos de los que se escondían a mis espaldas

A modo tácito emprendimos el paso
cruzamos tantas calles como gente vemos en nuestras vidas
fotografías tan ridículas como las de nuestra infancia
Y en algún momento el clima cambió
la lluvia se dejó caer sobre nuestras cabezas
en una ciudad que ya olvidé su nombre
quizás tan natural como la infamia de olvidar a hablar

Dos barcos errantes en un océano anónimo
en el cual la palabra fue negada
y el nombre crucificado

Pensé en qué estaría haciendo ella en ese instante
y me la imaginé recostada en la cama
encendiendo un cigarrillo light en su boca
escuchando música con los ojos volcados
al abismo
con un libro de Dylan Thomas en la mano
y tarareando alguna canción desconocida

Estábamos sentados en el Olimpo
cara a cara en el espacio
codo a codo en el tiempo
trago a trago en esta vida
Y bebíamos tan encantados como dioses
nos emborrachábamos tan mentirosos como
un cuento de Borges
incluso nos reíamos tan salvajemente
simulando ser extraños animales de una selva perdida

Él me pasó un poema
yo le entregué el mío
ambos papeles en blanco
ambos éramos dos puntos invisibles

Y seguimos emborrachándonos
al compás de una deliciosa noche en el mes de Enero
tomando Vodka y fumando cigarrillos
en manga corta
pies dormidos

Unas muchachas se reían en algún rincón de la taberna
y llegaron a nuestras mesas
con su ropa ligera
Se sentaron a beber con nosotros
la noche lo esconde todo
hasta los gritos de una tregua
antes del efluvio

Salimos tambaleantes con mi camarada
el movimiento de la tierra se convertía
en verdugo
y nos separamos en la Alameda
cada uno seguía su camino

Ya en la micro miré las calles pasar
que ahora se convertían en serpientes
a la vez que explotaban como artificios
de alguna magia negra e ignota
Y pensé en que ella estaría recostada en su cama
con otro hombre al lado suyo
encendiendo un cigarrillo con su boca pintada
mientras que el otro tendría a Dylan Thomas
en su mano izquierda
y con la derecha un cigarrillo




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