Franco Salcedo del Río

De La Siega, la enciclopedia libre.



De Como dulce trueno (2008).



El humo se ha vuelto espeso y violeta, el mar está más cerca y por la ventana crece un rumor enfebrecido. Las horas dan vueltas, oscurece. Marie se marea y vomita. Ahí se detienen siempre, cuando Marie se marea vomita y todo vuelve a parecer normal. Un gato salta sobre la cómoda y lo mira.

(Nunca se iría, se quedaría en su departamento, lo llenaría de flores, su piel se adheriría a las sábanas, su cabello revuelto reflejaría las paredes de otros colores, su voz cantaría las mismas canciones)

La mujer se viste, se pasa el cepillo, se coloca el labial frente al espejo. Él la observa tumbado sobre el piso. Desde su horizontalidad, todo sucede como un ensueño, una zona velada de la realidad desde donde podía verse a sí mismo como actor de una película que transcurre oscura y fragmentada.


(Los consejeros se reúnen de emergencia, sudan, analizan las variantes con el miedo en sus pupilas. El rey sube a la torre que le queda y observa el panorama: una cosa es segura: alguien tendrá que ser sacrificado)


un especie de callejón sin salida. Cuando llegamos, para desilusión suya, encontramos casi escondida una única escalera que descendía quebrándose sobre su centro, como una flor aplastada.


Abajo, un jardín, un par de bancas; a lo lejos, una avenida poco transitada. Tuve que consolarla todo el trayecto a casa. Al llegar, su llanto se transformó en sonrisa; entonces supe que era el momento de marcharme.

(Una fotografía es una fotografía, de tanto ir mirándola es obvio que se distorsione, que ardan al contacto de miradas profundas, que se deterioren al roce de objetos semejantes en textura. El juego de luces y sombras no disimula nada, la chica de frente amplia con el cabello húmedo, corto, oscuro, la cara sin maquillaje, una ceja semi encorvada, los ojos mirando el plato, un cigarrillo cuarenta y cinco grados en la mano izquierda con el humo delgado izándose vertical como el antebrazo. En la derecha un tenedor intenta pinchar las últimas uvas de un plato casi vacío, aunque lo mismo podrían ser trufas o ravioles... suena una canción que tardamos en reconocer)

No sé si es un sueño o es el mar, la consistencia es parecida, un letargo salado, lleno de ruidos amortiguados que vienen de un lugar lejano.

Llego a la orilla. Observo los pequeños aullidos del mar cuando oscurece, pálido, desde el muelle artesanal, malva o azul... y a veces negro.

— Franco, quítate la ropa —dice una voz.

No sé por qué le hago caso, entro tibiamente entre las olas llenas de espuma, braceo largo rato. Cuando volteo, ella ya no está. Su vestido yace arrugado junto a una piedra.

Le he prendido fuego en esa ominosa oscuridad, hay voces que arrullan la noche o son las flores de su vestido que se despiden de nosotros, de ella y de mí.

(En mi mochila llevo algunos vestigios, pequeñas piedras, un cuaderno viejo. Siempre es invierno o primavera, siempre es desierto o es el mar. En el camino, trazos incomprensibles, fragmentos de una melodía que no alcanzo a descifrar)


— Franco, qué pasa, por qué no duermes...


— Hay ruidos, Marie, ¿No los oyes?


— Los oigo, sí, vuelve a la cama y quédate tranquilo. Duérmete, son los fantasmas… nada más que los fantasmas...






© Franco Salcedo del Río (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Número 16: Marzo 2010