Gonzalo León

De La Siega, la enciclopedia libre.

Viña del mal

2do capítulo de la novela "Pendejo", aún inédita.


Vivo en Viña del Mar desde los 3 años, cuando mis padres decidieron ser vecinos de mi abuelo, en la población Empart, adyacente a la Quinta Vergara, desde donde tiempo después escucharemos a las bandas o a los solistas que vendrán al Festival de la Canción: Miguel Bosé, The Police, Nazaret. Recuerdo que, hasta hace un tiempo, los niños y los adolescentes de aquí salíamos de nuestros departamentos y nos íbamos a escuchar la música detrás del inmenso patio de entrada al edificio, con los árboles de eucalipto como telón de fondo.

Pero aclaremos las cosas: ya no vivo en el mismo block, ya que desde los 8 años lo hago en el B-3, departamento 29, en donde se puede leer en una placa de bronce: “Pedro Pastene Chamorro”. Pedro, don Pedro, papi, es mi abuelo y pronto morirá.

Pero no nos adelantemos. Acabo de egresar del colegio, donde fui alumno mateo, de lentes poto de botella y donde estuve eximido de educación física durante muchos años, especialmente desde que me empezaron a dar esos ataques de asma y de epilepsia, que afortunadamente terminaron en 1983, cuando estaba en tercero medio.

Por muchos años creí que Viña del Mar era la fuente de todos mis males. De hecho, mi madre, después de leer una revista, me dijo que todos estos males desaparecerían con mi adolescencia. Así fue, pero cuando me lo profetizó no le creí.

Hoy, cuando observo por la ventana de la cocina o del dormitorio de mi abuelo el inmenso patio, con pasto en donde jamás se pensó que hubiera sido posible, me vienen a la mente aquellas pichangas de fútbol que jugábamos casi todos los días. Piedras o ropa a modo de verticales imaginarios y diez cabros chicos corriendo tras una pelota de plástico o de cuero, según ameritara la ocasión.

Salgo al balcón que da a la cocina, me apoyo en la baranda y recibo el saludo amable de la persona que antes se encargaba de sacar la basura, pero que hoy es nuestro jardinero, o más precisamente, el jardinero de estas viejas, que no hallaron cosa mejor para detener el juego de estos niños y adolescentes que poner una barrera natural.

Hartas cosas ya no están. Por ejemplo, hasta hace poco estuvo estacionado un auto viejo. No recuerdo haberlo visto funcionar nunca, pero era propiedad del tío loco de Claudio Breschi, quien a todo esto aprovechaba de sacarme la chucha cada vez que podía. En ocasiones nos subíamos a él y hacíamos que íbamos en una persecución policial tipo Cheps o que corríamos en la Fórmula 1 de Eliseo Salazar.

Miro hacia otros departamentos y me doy cuenta de que ya no queda nadie: Valeska Chera se mudó hace años; el pequeño Tevo, a quien su padre golpeaba a menudo y que nosotros repasábamos como si fuera un balón tampoco está; Claudio Breschi subió de pelo y vive ahora en lo que se conoce como Viña del Mar alto; Julián se fue con su papá marino a Punta Arenas. Y con Kenneth y con el Guatón Carlos ya no nos hablamos. En fin, ya no me queda nada ni nadie, a excepción de mi madre, mi hermano y mi abuelo.

Por eso pienso a veces que lo mejor sería irme a Santiago o a Concepción. Me gustaría alejarme de esta ciudad, de esta provincia, en la que ya he vivido un terremoto que, por lo pronto, me basta y me sobra. Paul Gauguin dijo, después de vivir un terremoto en Iquique, “cuando la tierra tiembla, todos temblamos”. Por eso tal vez tiemblo al imaginarme viviendo acá hasta viejo y tal vez por eso, en los dos últimos años de colegio, me he hecho de amigos, una manera de retenerme, de quedarme acá, pero como ya estoy en la universidad, con nuevos y viejos amigos (varios compañeros del colegio), no sé si las ataduras podrán funcionar.

“Atar las naves”, como diría el poeta Enrique Winter, podría ser el consejo adecuado, y lo sigo ahora, cuando mi madre me dice que me llaman por teléfono. Es Paulo López, mi mejor nuevo amigo de la Santa María.

-Oye, Lapa –así solían decirme-, ¿vai a venir a estudiar al departamento? Porque si venís, podríamos hacer una pizzas. Alfonso me acaba de confirmar.

Paulo habla con una voz extraña, como de borracho, sin serlo. Le respondo que sí y, enseguida, cuelgo.

En la cocina, mi madre termina de lavar la loza y me queda mirando por un rato, como preguntándose qué pienso, qué le pediré y, lo más importante, si me lo podrá dar.

-Necesito plata para ir a estudiar donde el Paulo.

Mi tono de voz parece decir depende de ti, o del dinero que tengas en la cartera, porque lo que está en juego aquí es nada menos que el futuro académico y profesional de tu hijo. ¿Chantaje emocional? Lo sé.

-¿Cuánto necesita?

-¿Cuánto me podís dar?

-Tome, tome –dice mi madre con enfado-. Usted parece que no entiende que hay que pagar las cuentas, que su padre ayuda con lo justo y que no somos millonarios.

Hasta que yo tenga que ayudar económicamente a mi madre nunca entenderé eso.


Regreso de estudiar del departamento de Paulo. No es el mismo año, sino uno más. El ramo a estudiar fue Cálculo III, y avanzada la noche, vengo subiendo a pie por Traslaviña, una calle bien empinada. Esta vez no hay dinero para taxi colectivo. Me detengo frente al supermercado Marmentini y Letelier, que tiene sus luces apagadas, y al que acostumbro ir a robar chocolate blanco en pequeñas barras.

De pronto varias voces se unen en un mismo grito. Por un rato, imagino que Pinochet ha dejado el poder o que lo han asesinado, así es que, cuando diviso a una persona en un balcón con la bandera chilena, pregunto qué pasa.

-¡Ganamos, ganamos! –grita el sujeto en éxtasis.

Concluyo inevitablemente que Pinochet ha muerto producto de una gonorrea mal cuidada.

-¿Ganamos la guerra? –insisto.

Pero el sujeto ahora sólo salta y baila, por lo que es imposible que me escuche. Empiezan a bajar autos en caravana y verdaderamente no sé qué pensar, hasta que los gritos se hacen comprensibles:

-¡Bo-lo-cco!... ¡Cehachei! ¡Chi! ¡Eleé!...

Autos con banderas tricolores o sinónimos de chauvinismo. “Hombres maravillosos y vulnerables”, como dirá unos años después el escritor Pablo Toro.

Al llegar al departamento, los niños del block estarán jugando afuera, acompañados por sus padres. Las niñas imitarán a Bolocco en su caminar. Y mi madre se abalanzará sobre mí y exclamará en éxtasis:

-¡Ganamos, hijo! ¡Por fin ganamos!

A lo que mi pequeño hermano complementará:

-¡Cecilia Bolocco es Miss Universo, Gonzalo, ¿cachái lo que eso significa?!

Miraré a mi familia con incredulidad, como pensando que no son ellos, sino esos otros de los que hablaba Rimbaud.

-Ya, yo me voy a acostar. Estoy cansado.

-¿Pero, hijo, acaso no va a salir a celebrar?

-No, pero si hay algún muerto, me avisan, ¿ya?

La algarabía seguirá por un buen rato. Y, cuando Bolocco llegue a Chile, dará una conferencia de prensa al lado de Pinochet, quien la mirará con el placer de haber encontrado al fin un joven, en este caso una joven, que valiera la pena.

¡Viva Chile, mierdas!




© Gonzalo León (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Narrativa chilena actual: 28 narradores meridionales.