Granta 109: Work

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Por Alejandro Tellería


Metiendo la nariz en el mileurismo


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En 1889, los alumnos de la Universidad de Cambridge fundaron una revista con el nombre de The Granta –como el río que atraviesa la ciudad homónima y hoy se llama Cam– para compendiar periódicamente sucesos políticos, ciudadanos, literarios y estudiantiles. Publicó los trabajos iniciales de quienes serían después grandes nombres de la literatura inglesa como A. A. Milne, Ted Hughes y Sylvia Plath adquiriendo su sólida reputación actual –reactivada por ex alumnos de Cambridge luego de su casi desaparición en los años setenta– como vitrina global de la nueva literatura en ese idioma. Desde su resurrección en 1979, Granta ha publicado contribuciones de reconocidos autores como Martin Amis, Julian Barnes, Saul Bellow, Raymond Carver, Nadine Gordimer, Milan Kundera, Doris Lessing, Ian McEwan, Salman Rushdie y Gabriel García Márquez.

Siempre en el esfuerzo de dejar constancia escrita de nuestro tiempo y, por tanto, atenta a lo que se cuece en la literatura actual, la visión panorámica de Granta ha captado la calidad de primeros textos de escritores jóvenes en carrera ascendente, como la escritora y activista india Arundhati Roy y la autora de Dientes Blancos y El cazador de autógrafos Zadie Smith. Así, vista la utilidad de quitar la mirada cómoda hacia el ombligo hispanoamericano, alistaremos las narices para husmear en el fogón literario angloparlante y disfrutar de esta suculenta edición, Granta 109: Work, número dedicado a las diversas facetas, no todas tristes o desagradables, del trabajo humano.

La olla se abre con

Life Among The Pirates (Vivir entre piratas), un estudio desenfadado con toques de cuento donde Daniel Alarcón (Lima, 1977) bucea en los peligrosos mares de la piratería de libros en Sudamérica. El escritor peruano criado desde la infancia en Alabama logra aquí una magnífica pieza que, por una parte, aclara con cifras y estadísticas el volumen económico real que la industria literaria maneja en la clandestinidad y, por otra, lleva al lector de la mano por las entrañas del comercio ilegal de libros. Se despliega entonces una expedición documental de tiempo y velocidad cinematográficas: Alarcón exhibe la expedición de quien entiende el asunto desde dentro, y se entrevista con sus fuentes en callejuelas plagadas de malhechores de todo calibre, honestos bares de serrín en el suelo y pisos altos con vistas lujosísimas de la ciudad por igual. Tampoco le cuesta subirse las mangas de cara al escabroso tema sobre el que trata su texto; podemos sentir la comodidad que siente describiendo personajes y situaciones que por su crianza deberían serle ajenas, pero que su origen afín refina para elevar el realismo de su tono discursivo y dejarlo casi en una proclama de respeto y cariño, a la Nelson Algren, por las vidas de quienes retrata.

Donald Ray Pollock (Ohio, 1954) continúa la ruta cutre del trabajo con Tommy, una hermosa fábula de redención que pinta las grises existencias de aquellos engranajes humanos, mientras mantienen en movimiento la maquinaria capitalista norteamericana. Su fresco vozarrón literario, él mismo obrero de una fábrica de papel hasta los cincuenta años de edad, es áspero a la vez que tierno para contar la historia de Tommy, una vida premiada con una mente quizá sana y un cuerpo probablemente sano también, pero vacío de espíritu hasta la desesperanza, rasgo visible de toda desquerida sociedad burguesa occidental de respeto y que Pollock demuestra conocer de causa. No en vano tituló su novela debut –publicada a sus cincuenta y cuatro años– con el montaraz nombre de su propio pueblo natal llamado Knockemstiff (en lego, ‘pelotazo’) para eterna memoria de los licores ilegales que se producían en sus predios durante los años de la Gran Depresión norteamericana, con el loable propósito de aliviar, aunque fuese temporalmente, sus estragos. Pollock rescata la belleza de lo proletario y marginal con una narrativa ubicada entre un Hemingway borracho y un Raymond Carver en anfetaminas.

Esta edición laboral de Granta adquiere entonación tecno con el texto de Steven Hall (Derbyshire, 1975) de nombre What I Think About When I Think About Robots (Lo que pienso cuando pienso en robots), reportando sobre lo más destacado hoy en inteligencia artificial. Conoceremos a TANK, recepcionista del instituto de robótica de la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburgh, y HERB, una máquina autónoma que absorbe información de su entorno. Los fanáticos de la tecnología estarán de plácemes con Hall merodeando por pasillos universitarios con un potencial empleado y otro potencial empleador, que en poco podrían ayudar a que los humanos sigan engrosando las filas del desempleo sin preocupación.

Un poema de Derek Walcott (Saint Lucia, 1954, Premio Nobel de Literatura 1992), titulado In The Village (En el pueblo) pone color caribeño a una escena neoyorquina que funge de preludio a la solemnidad que, presuntamente, debe evocar Salman Rushdie (Mumbai, 1947). En Notes On Sloth (Notas sobre la pereza) el versista satánico se despacha a gusto en una deliciosa exploración que va desde Saligia –el acrónimo creado para que todo holgazán que se precie recuerde los siete pecados capitales en una sola palabra– pasa por la modelo Linda Evangelista –si alguien tiene pereza de pasar por allí, no soy yo– y termina en el delirante retrato de un gandul ruso llamado Ilya Ilyich Oblomov, que planta serias dudas sobre permitir que la esclavitud laboral se domicilie en nuestras vidas. Imprescindible.

Colum McCann (Dublin, 1965) emplea Looking For The Rozziner (Buscando el aliciente) para despertar una visita infantil al trabajo de su padre, periodista del ya desparecido periódico dublinés Evening Press. McCann nos da la visión personal de un niño de nueve años, embelesado por las portentosas rotativas de la planta de producción del diario pero que no por eso es ajeno a la diferencia entre el trabajo y el juego, personificada tanto por prestigiosos periodistas como por esforzados trabajadores de imprenta. Ellos le dejarán una lección de vida tan sencilla como imperecedera: encontrar el rozziner mañanero.

Volamos en el tiempo a la Europa del siglo XVIII, llevados por Julian Barnes (Leicester, 1946) en su nuevo cuento, Harmony (Armonía). Veremos los trabajos que pasa un médico llamado M– para curar la ceguera de la joven aristócrata Maria Theresia von P– frente al antagonismo de sus celosos padres, en un relato pulcro y diestro que se mantiene fiel al respetable fuelle literario del autor de Flaubert’s Parrot, Arthur & George y Nothing To Be Frightened Of (publicado recientemente por Anagrama como Nada que temer).

Primero haciendo periodismo, luego recogiendo basura y terminando como profesor de Harvard, Brad Watson (Mississippi, 1955) se hizo de un lugar en el mundo literario con un libro de cuentos, Last Days of the Dog-Men (1996). Ahora, Granta publica su cuento Vacuum (Aspiradora y vacío), una estampa de tres pequeños –hijos del divorcio y esclavos del trabajo materno– que matan el tedio de la soledad urbana jugando con carabinas, empuñando navajas y saltando del tejado. Watson se plantea con solvencia el ejercicio de desvelarnos aquellas pequeñas mentes y corazones, en una acertada clave de thriller psicológico. Seguimos el punto de vista infantil sobre el trabajo en Secrets Of The Trade (Los secretos del negocio) que tiene a Yiyun Li (Pekín, 1972) contándonos la historia del trabajo de su padre, científico nuclear empleado del gobierno comunista que lleva a la familia a vivir en un claustrofóbico suburbio lleno de familias de científicos nucleares comunistas donde, paradójicamente, recién comprende la existencia de otro mundo más allá de las fronteras políticas; Essex Clay (Arcilla de Essex) de Peter Stothard (Essex, 1951) deja ver la deprimente falta de identidad propia en la aburrida urbanización Marconi, comunidad de técnicos de radar plagada de álgebra y papel milimetrado casi desprovista de libros de texto, burlándose de su enfermiza monotonía pero resaltando cariñosamente las originales maneras que tenían para reivindicar sus individualidades entre tan forzosa igualdad.

Martin Kimani (Nairobi, 1965) examina estremecedoramente y a profundidad el genocidio de Ruanda en The Work Of War, o el trabajo de la guerra: para la etnia Hutu, el exterminio de sus compatriotas Tutsis era un trabajo que les reunía, a través de la muerte, en la inexistente sensación de pertenencia ruandesa, y Kimani explica indirectamente el macabro significado local de las expresiones ‘ir a trabajar’ y ‘herramientas de trabajo’.

Sigmund Freud decía

que el amor y el trabajo son las piedras angulares de la condición humana. Al trabajo, sin embargo, se han dedicado mucho menos páginas en los libros que a la innegable aspiración amorosa del hombre. Y en un país que mientras más regatea la crisis económica más se plaga de mileuristas, esta edición de Granta llega como pedrada a ojo tuerto para refrescar nuestra visión laboral y seguir trabajando duro, sí, pero sin dejar que el curro se nos domicilie miserablemente en la existencia. Demos gracias a las reivindicaciones sociales por tener un trabajo, si lo tenemos, y si no, mejor será que sigamos buscando hasta conseguir uno que nos dé, a ser posible, la ansiada luz al final del túnel. Porque podríamos quedarnos perdidos en el vergel de noches, coplas y guitarras, pero compartirlo con el trabajo podría alejarnos –luego de los sesenta y cinco años– de la oscuridad.




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