Guido Arroyo

De La Siega, la enciclopedia libre.

El proyectista

De "Partituras Ilusorias", libro de cuentos aún inédito.


“La fotografía es un ser propio (...)
La fotografía es un falso presente”
Ramón Peralta


Paso mi vida viendo películas. He perdido la cuenta de las veces que mis ojos se han enfrentado a la fotografía de un ave que trina escapando de una rama, o un tipo que se tira a una mina en una cama. Da y no da lo mismo el contenido, para mí la imagen es única, para la película la imagen es secuencia, mínima unidad que conforma una toma que es parte de una escena que está supeditada a una historia. Pero si miramos, si miro, fijamente, eso no existe, porque todas son fotos sueltas, fotos sueltas que construyen una historia, pero que existen antes que la película sea. El film entonces no existe, el tiempo es una borrosa foto infinita.

Mi función, lo que debo hacer para ganarme la vida, es cambiar la lata cada treinta minutos. Ahora son los primeros treinta minutos de la función matiné de un día sábado, y tengo que pararme a cambiar la lata, cortar los bordes, enrollarla y situarla en la maquina antes de que los pocos espectadores se den cuenta de que lo que están viendo no es real. Ósea, todos sabemos que es ficción, pero pocos saben que en cada cuadro, en cada foto que rueda rápida por el has de luz, se escapan 0,03 milésimas de segundo. Es por eso que el torpe movimiento del sujeto no es verdadero, lo verdadero son las cuarenta fotos que captan su movimiento así, a pedazos.

Éste es el último cine arte del país que proyecta películas en celuloide. Ahora todo es esa mierda de digital, de códigos binarios inexistentes e invisibles que conforman imágenes que no son fotografías, ósea, tiempo muerto, puro tiempo muerto. Lo verdadero es esto, éste mínimo cuadro en blanco y negro de 8 mm, filmado por Serguei Einsteinten del Acorazado de Potankin hace más de sesenta años. El fotonema muestra a un obeso coronel de marina increpando a sus súbditos, porque ellos no querían comer una carne poblada por huevos de moscas, futuras larvas que la carcomían por completo. La idea, la foto, es toda una metáfora de la lucha de clases sociales, toda una realidad para la Rusia revolucionaria.

El café está amargo y el pegamento huele a formalina. Tomo el cuadro y lo pego en mi película hecha de cortes, mi ópera prima que dura un minuto y que contiene al presente, el todo, las fotos que marcan la historia de las películas que son también la historia del tiempo. La fotografía es el tiempo infinito, un tiempo que se ha perdido de mi memoria.

La foto de Einstentein que ahora es mía, me recuerda a mi Padre, a mis tíos desaparecidos que lucharon contra el patrón. Al final todo quedo en eso, ese es siempre el problema del asunto, que nada cambia, sólo está el gesto disidente que prevé una matanza, pues los que tienen armas tienen además uniforme y siempre disparan antes. Mi tío Eduardo murió, como se dice, en la trinchera, en Neltume, en el mínimo pueblito donde nací. Se suponía que allí no habían rojos, había gente acostumbrada a trabajar, dueñas de casas acostumbradas a encamarse con los patrones, para luego buscar a un borracho que reconociera el crío. Pero mi tío sabía que ese era el único punto a favor, la sorpresa, se tomaron el retén de carabineros mientras estaban enfiestados con unas putas, luego los mataron y ante la persecución se escondieron en los cerros. Algunos migraron para Argentina, por que el miedo es el mejor aliado de la subsistencia, pero mi tío no, se quedó allí y murió como murieron algunos de los marineros del acorazado, cosa que queda clara en esta foto, en este eterno presente que es el futuro y ahora es también mi pasado.

Pasa otra media hora, cambio el rollo de cinta y sigo revisando tiras viejas que he cortado de las latas importadas de Estados unidos, Rusia o Francia. Los espectadores parecen zombis que recorren un sábado sin sentido, una tarde que no es más que agua cayendo sobre más agua, porque afuera llueve, y un sonido rugoso eterno como el de las fotos que hacen la película. Como llevo trabajando siete años en el mismo lugar, de lunes a domingo, sin descanso, sin los contratiempos de una vida agitada o amorosa que te obliga a vivir intensamente, he podido identificar los rostros de varios espectazombies, no sé a qué vienen algunos. La soledad es el camino de los inteligentes, dice un personaje de Kurosawa, luego se hace el harakiri y se desangra, muere como héroe, pero ya no existen los héroes, o si existen son anónimos, son genios pervertidos por el sistema que es el mismo que forja a los héroes. Miro más fotos, miro a los espectadores que como dije no sé para qué vienen, varios se duermen, varios vienen a dormir toda la tarde, no sé cuál es la gracia de escuchar ese difuso sonido y un idioma incongruente, pero están, allá abajo, están tan presentes como yo que estoy recortando un cuadro que es el presente, una toma del Cuchillo bajo el agua de Polansky. El tipo mira a la tipa con ganas de llevársela a la cama, ella lo mira igual, pero detrás de ella esta su pareja, un hombre alto, fornido, millonario, que asegura poseerla y que asegura que en cualquier momento matará a ese tipo que la mira, y que es un extraño recogido por auto-stop. Yo puedo ser a veces los dos tipos, pero el azar me han llevado a lo contrario, ósea, ser el que mata al otro, ser el que descubre a última hora que lo están engañando. Todos tuvimos un primer amor, hasta los tipos que duermen en las butacas, hasta Juana que corta los boletos y que tiene tres hijos de distintos padres y que ahora toca la puerta, me interrumpe, me trae más café y me habla de su vida... Pero sale, finalmente sale antes que pase una nueva media hora, el tiempo a veces alcanza. Pego en mí película el cuadro de los tipos que me recuerda a Daniela, ella andaba siempre con vestidos largos, era lo que se dice una outsider, como yo, y eso nos gustaba, sentíamos que teníamos miles de cosas en común, pero las cosas cambian, lo sé, cambian las fotos y cambian los gestos de complicidad que suponen finales felices. He notado que los espectadores más tristes, aparate de los que duermen, son los que lloran en los finales felices, lloran porque eso anhelan para sus vidas, los regularmente felices saben que eso es absurdo, que la vida es gris o negra o una tarde de sábado que parece domingo, y que la felicidad es una actitud, las cosas con Daniela cambiaron un domingo, cuando la vi sin querer verla con otro, no pude acercame, no pude imponer mis derechos, no sé si tenía derechos, sólo pensé en los momentos que pasamos, en el debut sexual mutuo, en los nombres que teníamos para los hijos, en lo imbécil que siempre he sido. Pero a pesar de todo pude mirar tranquilo la escena, pude ser invisible. Creo que eso se debe a que trabajo en este lugar, El proyectista es un ser invisible que ha visto todo los que los demás deciarían, pero que ve sin fruición, por rutina. Podría haber seguido al tipo y romperle las costillas, pero no me viene, lo que me queda hacer es leer el mensaje de Daniela diciéndome que era un psicópata y que la olvidara, aunque no me da para psicópata, sólo para pegar fotos y cambiar rollos, nuevamente es media hora y debo pararme.

Cuando acaba la película alcanzo a fumarme un cigarrillo. La gente que sale me mira como si fuese uno más de ellos, me gusta escuchar lo que comentan de la película, siempre olvidan los detalles de la trama, no saben que la película es foto, no historia.

Tengo que saludar a don Guillermo antes de subir, él ha visto miles de películas porque es el dueño del cine y además un tipo trastornado, su esposa le lleva el negocio por años pero no creo que les dé para comer, casi nadie quiere ver cine arte, no somos un país de artistas, sólo algunos lo somos, pero él me quiere, me abraza, se acuerda de mi nombre y eso es bien difícil porque don Guillermo debido a un accidente tiene problemas de retención, de memoria, para él el cine es recordar su pasado. Lo saludo, le digo cómo estoy, hablamos de las últimas latas que llegan, le sugiero que traiga otras, le doy algunos títulos, me avisa que hoy se irá antes y yo pienso que debo terminar mi ópera prima y exhibir mi minuto que contiene todo el presente, toda la borrosa historia del cine y de nosotros, se verá la última función, pienso. Sonrío, lo abrazo, subo, pongo el rollo, espero que pase media hora mientras bebo sorbos de café.

Son 363 cuadros pegados, de 363 películas distintas. Me faltan dos fotos y hago el minuto, sé bien cómo cerrar la película, pero antes del fin necesito a un niño, busco en los trozos de celuloide que he ido guardando y lo encuentro, es un niño que corre hacia el cementerio, es El niño dormido que lleva las alas de su hermano, un angelito muerto, para que lo entierren. Es un niño guacho en una ciudad guacha, es Santiago, es Chile en los sesentas. La locación es iguale a la ciudad que está afuera del cine, puedo ser yo mismo corriendo a avisarle a mi tía que Carlos se había caído en el estanque. Nadie lo vino venir, sólo yo estaba cerca de la escena, pero Carlos ya sabía nadar y por eso sus gritos me parecieron una broma, siempre fue bueno para las bromas, yo no soy bueno para las bromas, no me río, cómo puedo reírme si Carlos, mi hermano mayor, cayó a un estanque y yo no hice nada, corrí como corre el niño hacia el cementerio del recuerdo, con sus alas que son negras, que no son porque nadie las fotografió. Todo cuaja en las fotos, mi tío fue mi padre y mi padre un borracho y mi progenitor un empresario.

Pasa una hora y se acerca la última función. Salen algunos zombis a recorrer bares y avenidas, busco el ultimo trozo, la última foto que cierra éste minuto maestro del presente, mi primera película que es mía porque yo estoy dentro de las fotos. El cuadro es un hombre que tiene un ojo de vaca metido en la cuenca de su ojo de hombre, y acerca una navaja para cortarlo, la realidad difiere a lo que vemos pero todo queda en esa foto. Es Buñuel y Dalí filmando El Perro Andaluz. Utilizando la vista de aquello con que nos alimentamos para partir la mirada, para desviarla, pero la gracia es que en mi película el hombre no tiene cortado su ojo, está allí aún, a punto de quebrar su presente con un ojo trizado.

Se acaba la función, fumó otro cigarro, habló con Juana, le guiño un ojo por las dudas, quizá quiera ser el cuarto padre de un posible hijo, don Guillermo se ha dio, nadie entra a la sala, tengo miedo, no quiero que suspendan la función, de pronto aparece una chica de pelo rojo, entra, sonrío, subo bebiendo mi café y pensando que por fin exhibiré mi película, no me importan el número de espectadores, ella no es una zombi, algo de vida tiene su rostro.

Cambio las latas cada media hora, espero, miro mi ombligo, recojo los objetos que adornan el suelo, cambio el último rollo, ella está atenta, ella no ha venido a matar el tiempo, el presente, todo está en la foto y en mi película. Los últimos cuadros pasan raudos por la luz, la película se acaba, de pronto agarro el trozo de celuloide y lo cambio rápidamente con mi película, no vaya a ser cosa de que se vaya, ella mira, mira por un minuto las 365 fotografías que son el presente, que son la borrosa historia del tiempo, que son mi obra. Desde arriba, desde el lugar del proyector la veo lívida y perpleja, vuelvo a poner rápidamente su película, se acaba, se acaba la última media hora.

Cierro la sala, bajo corriendo, no me despido de nadie. La diviso caminando por las calles y la sigo, sé cómo ser invisible y la sigo. Al rato saluda de lejos, a un tipo que la espera sentada, se dan un beso, se dan la mano, él le pregunta por la película y ella le habla de mí película, de mi obra que llevo haciendo por años, una obra hecha con fotos de otra películas que ahora son mis fotos, dice escuetamente que tal ve fue un error del proyectista, pero por un minuto muchas fotos aparecieron, dice que le produjeron muchas sensaciones, pero que todo era incoherente. Cuando dice eso yo la miro fijamente de soslayo, esbozo una sonrisa y la contengo, pero no puedo fotografiarla, no es que me importe el tipo que va al lado, sino porque de nada sirve fotografiarla.

Camino por las avenidas, pienso en el minuto del presente, veo una caseta de fotos automáticas, entro, sonrío, hago mohines, lloro, las fotos salen en una tira de celuloide, no son más que plástico teñido de colores que retrata lo que un lente enfoca, esa falsa realidad.

Camino por una galería y miro mi rostro, miro la foto carné, no me parezco, allí no estoy.




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