Héctor Hernández Montecinos

De La Siega, la enciclopedia libre.




La ciudad aún está en llamas
y casi no quedan edificios de pie
Un silencio pestilente recorre las calles

atiborradas de viscosidades
y restos de construcciones humanas
Salgo de donde estuve guarecido por meses

Llevo una escafandra y un traje submarino
Me cuesta caminar pero me abro paso
entre las ruinas generalizadas

Pateo calaveras y monitores de computador
postes de luz y clavículas
El cielo está púrpura oscuro y no hay ninguna nube

Nada se mueve ni se oye
Una brisa tenue quiebra lentamente
las torres de humo a lo lejos

No sé si quedará alguien más con vida
Debería sentirme atribulado pero no es así
Estoy como metido dentro de un sueño o un poema

de alguien que nunca pudo imaginarse esto
de la manera en que yo lo estoy viviendo
Sigo caminando y no reconozco nada
Hay muchos vidrios en el suelo
y ceniza que se ha vuelto una especie de barro
al mezclarse con la sangre

Pienso en la sensación del primer hombre
que vio una noche estrellada al salir de su caverna
Pienso que quizá más rato sea la última noche que vea en mi vida

que por lo demás se ha convertido en la humanidad entera
En este momento podría hacer cualquier cosa
pero sólo quiero caminar

Si Dios existe seguro me está mirando
pues no hay nada más que ver
Pronuncio mi nombre y no tiene ninguna importancia

porque nadie puede decirlo ni llamarme
El propio lenguaje ya no sirve de nada
Las palabras son como piedras que uno lleva en los bolsillos

para luego tirarlas a un mar que las desintegre
como el caos originario de donde todo surgió
Si camino toda la noche y los dos días que siguen

puedo llegar al Océano
Tengo un cuaderno y varios lápices
para poder escribir lo que ha sucedido

Nadie lo leerá pero quizá eso tenga más valor
Mis manos mi lengua y mis ojos
son las últimas manos lengua y ojos

Mi corazón es el último corazón que existe
y está solo como lo estuvo siempre
al igual que esta ciudad que es la metáfora de la escritura








Después de caminar toda la noche
de repente en frente mío
como una loca aparición

veo un árbol pequeño casi sin ramas ni hojas
y reparo en cuán hermoso es
en medio de este desierto lleno de escombros

Me acercó y tomo una canaleta que estaba botada
lo desentierro por fin y me lo pongo a la espalda
para llevarlo conmigo

Caminamos el árbol y yo
y me siento muy feliz
Quizá me esté volviendo loco

pero le cuento al árbol varias cosas
por ejemplo le hablo de la persona que amé
de lo linda que era mi casa

y siento que de alguna manera el árbol
me cuenta sus historias y me río con él
Me río de mí con él

El árbol tiene muchos más años que yo
pero sin duda es más joven
pero yo sé que los árboles lo hacen sabio a uno
Ellos se alimentan del aire
sobre el cual resbalan los muertos
de la tierra y sus disueltas piedras

de la luz de la Luna que ya no existe
de cada uno de los negros rayos del sol
de la soledad de los paisajes

y de los perfumes de la alta noche
de la lejanía de las montañas
y de la venganza de las nubes

Los árboles son los cuerpos celestes de la tierra
y saben perfectamente que si los muertos
se fueran al cielo

ellos serían los primeros en detener las estrellas
con sus frondosas ramas
y no permitir que la noche termine

Avanzamos juntos a través de un aire negro
luego nos sentamos a descansar y beber agua
también dormimos uno junto al otro

Cuando estábamos en el sueño
el árbol era un joven ciego que lloraba
y sus lágrimas eran de colores

Me decía que el mundo se había devorado sus ojos
yo también lo era y llorábamos juntos
mientras que un arcoiris nacía a nuestros pies

y se elevaba hasta el cielo como un tótem
luego despierto y no hay ni árbol
ni sueño ni nada








Sólo se zarpa una vez en la vida moderna
tan mezquina de sedas y almizcles
para adorar a dioses calcinados con cien ojos

he salido huyendo de mi ciudad
con todas sus instituciones mentales a cuestas
llegué corriendo al puerto donde los barcos invisibles existen

y el océano es una superación de todos los elementos juntos
había un barco que salía de mi cabeza
hecho con las astillas de un sentimiento y una pulsión

que me recordaban que todo lo que flota y se mueve
también retrocede y se hunde en el tiempo
los comerciantes y mafiosos venían a ver

como yo arrojaba mis recuerdos al mar
y se preguntaban entre ellos si algo de eso
podría venderse a los forasteros que veían

en la sal y el hielo las nuevas maravillas de la materia
mientras los niños escribían sus nombres y sus sueños
en la superficie del barco

yo me los imaginaba a ellos con unos años más
acompañándome en nuevas travesías hacia lo más desconocido
que existe entre la ficción y su negativo
de la proa a la popa cabrían cuatro cardúmenes
y de ancho dos manadas
la quilla era más alta que hasta donde terminaba la vista

y las velas blancas estaban cosidas con un hilo de plata
había unos cañones que arrojaban
unas inmensas lenguas retráctiles

y la pólvora se guardaba dentro de los barriles de cerveza
la tripulación que me acompañaba estaba compuesta
de poetas muertos o forasteros de sus propias ciudades

que era la única condición para que mi barco
no se hundiera y naufragara en esas cordilleras
de agua inmensa y biológica

vinieron pájaros desde todos los accidentes geográficos
para acompañarme porque ellos veían en mí
unas alas no para volar sino que para cubrirme los ojos

de los colores preciosos que tienen varias piedras
incrustadas en algunas entrepiernas
que de noche aparecieron como acumulación y deseo

y no obstante para mí fueron soledad y silencio
llevo la comida suficientes para alimentar
todo tipo de inconscientes

tanto colectivos como en represión o profundos y verbales
el agua nos alcanzará para beber millones de años
porque la sal caerá por nuestros ojos

convertida en perlas negras que nadie querrá guardar
ninguna rata ni araña será bienvenida en el barco
porque esas bichas royeron y envenenaron la mesa de mi infancia






© Héctor Hernández Montecinos (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Poesía del fin del mundo: 97 poetas chilenos con vida.