Hikikomori Barcelona Blues

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Darío Hernando

Apiádate de mí —yo le grité—,
seas quien seas, sombra u hombre vivo.
Canto I, La Divina Comedia
Dante Alighieri


que os den a todos por el culo

Le doy al Enter y la frase aparece en la pantalla de mi ordenador, repentina, como con alma propia.

Nadie me replica.

Hay unos cuantos usuarios en el chat. Doce personas, catorce, algo más si cuento a los bots pero no los cuento.

Espero unos cuantos segundos.

Escribo:

que os peten, payasos

Le doy al Enter.

Escribo:

jajajaja

Le doy al Enter.

Nadie me replica. La peña de los chats ya está inmune. Desde hace tiempo. No reacciona. Puedes meterte con su madre, con su hermana, con sus hijas, con sus muertos, con lo más sagrado: su propia sexualidad. La adrenalina seguirá siempre dentro de los niveles normales. Nadie reacciona. No hay discusiones. Miro el reloj de Windows, a la izquierda, abajo:

09:33 p.m.

Me digo: «a las 09:35 p.m. cierro el chat».

Lo digo en voz alta.

Digo:

«cierro el chat y voy a comer».

Llegan las 09:35 p.m.

Cierro los ojos, y hago jugar los dedos sobre el muslo, un muslo flaco y sin carne, y no cierro el chat.

Oigo: tirurí.

calientenena ingresó al canal Me pregunto, de forma inmediata, como siempre, como todas las veces:

¿será un bot?

Llevo más de cinco años entrando periódicamente al chat de Sexo de Hispachat y calientenena no me suena como nombre de bot. Pienso, intento recordar: no me suena.

Sí me suenan, en cambio, victoriacachonda, Desfasada25, Rubitaxx, _alizzia: todos esos sí son bots, links a páginas porno, webcams de pago, spam.

calientenena no me suena. Al menos no me suena como nombre de bot. Pero puede ser un bot nuevo. O un marica. O un bromista. Puede serlo, sí, pero ¿lo será? La duda se instala dolorosa dentro de mí: me pregunto:

¿Estaré dejando pasar a una chica de verdad?

Me siento un gilipollas pero, no lo puedo evitar —sería suicida evitarlo—: pico su nombre.

Se abre la ventana del privado. Ocupa una quinta parte de la pantalla.

Escribo, con esperanza:

hola guapa

Le doy al Enter.

Escribo, con esperanza, con una esperanza cada vez más corrosiva, cada vez menos asida a mi parte espiritual, cada vez más hormonal, física:

que tal

Le doy al Enter.

La esperanza sigue ahí, enquistada, royéndome la piel desde adentro hacia fuera, dejando, a su paso, una pasta muerta de dignidad y queratina.

Cinco segundos y calientenena no contesta. No parece que sea un bot. Los bots tienen un comportamiento singular, único y mil veces repetido: lanzan la publicidad en décimas de segundo tras nuestro script: aparece un párrafo, profundamente desalentador, de cuatro, cinco o seis líneas: nos mata: nos pide dinero a cambio de un striptease virtual. Pero calientenena no contesta tan rápido. No es un bot. Diez, doce segundos: sigue sin contestar.

Sonrío, primero. Dejo de sonreír, después.

Me dispongo a actuar: debo hacerlo con velocidad.

Escribo:

con ganas de marcha???

Le doy al Enter.

Escribo:

jejeje

Le doy al Enter.

No contesta. Puede que no conteste nunca. Ya no contestará. Alguno de los ocho o nueve tíos con los que comparto sitio en chat (MurcianoSex, bandini, Hiphopero23, alguno de ellos) se me ha adelantado, ha tenido suerte, se ha ganado la atención de calientenena. Nos hemos embestido con nuestras cornamentas, todos, y uno solo se ha quedado con la hembra.

¿Y quién sabe?

Tal vez ya estén quedando para esta noche:

me dispongo a imaginar el diálogo:

Hipotético usuario rival: jeje, entonces vas caliente… nena?

calientenena: chiiii

Hipotético usuario rival: y te gusta mamar pollas?

calientenena: chiiii

Hipotético usuario rival: ahmmm

»y de donde eres?

calientenena: barcelona

»i tu

Hipotético usuario rival: tambien

»jejejeje

calientenena: jejej

Hipotético usuario rival: pues podríamos quedar

»no?

calientenena: chiiii

Qué rápido, pienso. Qué fácil, pienso. Qué poco gasto psíquico, pienso. Qué grande, preciosa y exagerada la recompensa, pienso.

El diálogo —repetido media docena de veces en mi cabeza— me duele: en el corazón, en el alma, muy cerca del centro del cuerpo, en los riñones.

Me duele la posibilidad de que a un tipo que no soy yo, una desconocida le vaya a mamar la polla dentro de unas horas, o días, o meses. Alguna vez en la vida. Una desconocida, ¿me entiendes lo que te digo?, alguien a quien no estaremos obligados a volver a ver. No habrá boda, ni hijos, sólo placer sexual: un placer denso y circunscrito de un modo único a la polla y a los huevos. Algo —cómo decirlo, cómo contarlo, cómo hacer que te des cuenta cabal de lo que quiero explicarte—, algo maravilloso.

Bajo la pantalla sin apagar el sistema, apoyó la cara encima del ordenador cerrado. Llevo catorce horas en este puto chat. Y se me han escapado, cuento, Brisa25, Tu_guarrita, Lorenna, la_peke_22, inesita —llegué a hablar con ella, me dio la dirección del Messenger, pero finalmente no entró—, y ahora calientenena. Llevo catorce horas en este puto chat. Me echó a llorar. Siento una sequedad fría a lo largo de toda garganta. Levantó la pantalla. Voy a la ventana del canal Barcelona del chat de Terra. Pero aquí, joder, todo es más difícil: es un puto chat de colegas: las tías entran buscando amistad, charlas acerca del tiempo, pasar el rato. Hay que dar mil rodeos. Es terrible. Acabo siempre extenuado. Es mucho más de lo que soy capaz de soportar. Abro otro Internet Explorer. Aparece el buscador Google delante de mis ojitos rojos. Mil, dos mil, tres mil veces. Cuántas veces veo el logotipo del Google al día. Tecleó chat, tecleo sexo, tecleo barcelona, pero, finalmente, no pico en el botón de Buscar ahora.

Cierro la ventana. No tengo a nadie conectado en el Messenger. Quien inventó la palabra tristeza pensaba en mí: en ese ser humano que soy durante este exacto instante.

Vuelvo a Hispachat.

calientenena abandonó el canal

Ya ha quedado con el chico, la hijaputa, y se estará perfumando el coñito, y se estará poniendo guapa, y yo jamás conoceré ni el color de sus ojos ni el timbre de su voz. ¿Será rubia?, ¿morena? Jamás lo sabré. Nadie me lo dirá. No moveré ni un dedo para averiguarlo. Pienso: que se muera la hijaputa. No quiero saber nada de esa chupapollas. La imagino muerta, destripada. En realidad, imaginó un emoticón muerto, destripado De ella, en realidad, ya no espero nada: ni su dolor, ni su amistad, ni siquiera su indiferencia. No quiero saber ya nada de ella. La odio durante unos segundos y punto, la cosa se acaba allí. Al cabo de dos minutos ya la habré olvidado.



Entre las cuatro de la mañana y las cuatro de la tarde no se puede sacar gran cosa de los chats. Son zona muerta: tierra de pajeros, bots y niñas de nueve años. De lunes a lunes. Las chicas, esas con las que podría quedar para una mamada, están sobando o en el curro. Lo mejor que se puede hacer, en fin, es sobar uno también. Pero anoche me dormí demasiado pronto, me desperté demasiado pronto. Son las diez y media de la mañana. Es julio. La ventana de mi dormitorio da a un parque interno. No sé qué hacer. Me acabo de comer una barra de chocolate: algo que no se cocina, algo que no requiere utensilios para su ingestión, algo que se puede comer mientras uno mira una pantalla: como las papas fritas, como el yogur bebible, como los bocatas de jamón york. Trago el último trocito de chocolate. Y ahora, francamente, ya no sé qué coño hacer. Enciendo el ordenador. La melodía de inicio de Windows es calmante, pero me calma apenas.

Me llama mi padre: al móvil.

Sí, tengo un padre, y una madre, y un número de móvil, y dos hermanas, y un nombre, y una edad. Soy un ser humano, creo. El tono Nokia tune es horrible: tiene algo de diabólico, de fantasmal, de apocalíptico, presagia los males del Averno. Ya sabes lo que te digo, ¿verdad? No atiendo el móvil, por supuesto. Sería incapaz. Me llega un sms. Mi padre me ha dejado un mensaje en el contestador. Lo escucho. Comienza diciendo: hijo. Es curioso, podría llamarme por mi nombre, pero me dice: hijo. ¿Le hace ilusión?, ¿pretende algo?, ¿por qué coño lo hace? Tiene la voz cansada, está muy enfermo, morirá pronto. Tres, cuatro meses. Me dejará el Passat. Veintiún años de ausencia efectiva bien lo valen. Es un modelo 2003: el coche. Pero para qué, para qué coño me va a dejar el coche, me pregunto. Nunca aprendí a conducir. Lo intenté varias veces, lo juro, pero nunca aprendí. Me resultaba difícil: los semáforos, las sendas peatonales, los demás coches. Renuncié pronto. Mi humanidad no está hecha para ese tipo de cosas. Puedo reconocer, en todo caso, que el Passat es un buen coche. Pero, en fin, se pudrirá en la calle de abajo, aparcado en línea entre otros dos coches, o furgones, o camiones de reparto. Podría venderlo, lo he pensado, pero no necesito la pasta. Como sea, todavía faltan tres o cuatro meses para que el viejo se muera: tendré tiempo de volver a pensarlo.

Mi padre, el mensaje, la voz, la información, comienza diciendo: hijo. Le cuesta hablar: cada palabra es un martirio. Pobre tío, pienso. Joder, pienso. Es mi padre: durante un par de años compartió con mi madre la potestad de mi ser. En ese sentido, merece todos mis respetos. Lo oigo resoplar, gemir, toser. Eso del cáncer de huesos, pienso, debe doler un huevo. Me pregunta —entre resoplidos, gemidos y toses— si iré en agosto a Valencia. No le devuelvo la llamada, nunca lo hago. Pero la respuesta, y él lo sabe, es no. Suena el teléfono de la sala. Es él, lo sé: es él. Insiste: quiere que lo quiera. No hay nadie en casa. O sea, quise decir, no hay nadie con la capacidad emocional de atender una llamada de teléfono. Mi madre debería pensarse —pensárselo en serio— lo que le sugerí: enseñarle a Wojtyla a contestar las llamadas. Creyó que se lo decía en broma: una de esas bromas de mal gusto. Pero no era una broma. Wojtyla es un gato la mar de listo. Le he enseñado a que me chupe la polla y lo hace con suma delicadeza, igual, imagino, que si fuera una mujer. Es un buen bicho, pero en algún momento le acabaré partiendo la cabeza contra el suelo. Sé que me dolerá más a mí que a él, pero sé también sé que no lo podré evitar. He tenido otros gatos, y un hámster chino, un Yorkshire: la historia siempre se repite. Las diferencias entre un caso y los demás son mínimas. Recogeré su cadáver, lloraré como un niño pequeño, no sabré que hacer con él. ¿Enterrarlo? Ya me dirás cómo. Vivo en un tercero, aquí no hay tierra, sólo polvillo en suspensión, partículas, motas, gránulos volátiles que se expanden, se dejan arrastrar por el ventilador y cubren la superficie de los muebles, los libros, los mangas, la Play y el televisor. Me da pena siquiera pensar en el inevitable momento en que eso —la muerte de Wojtyla, sentir su sangre en mis manos— ocurra. Ya lo he dicho, es un buen bicho, es un gato la mar de listo. No se lo merece. Ni eso ni ninguna de las demás cosas. Yo le puse el nombre: Wojtyla, porque es blanquito, de alguna raza de esas guapas: Rex, Siamés. Mi madre se lo ganó en una tómbola del Corpus de Cornellá. Vuelve a llamar al móvil. Deja otro mensaje. Está llorando. No quedan dudas, es gilipollas. Hay que admitir que a veces los cánceres terminales —la muerte en sus diversos formatos— saben elegir a sus víctimas con delicado acierto.



Detrás de la puerta de mi dormitorio he oído frases como «pues si fuera mi hijo, qué quieres que te diga, mujer, de una guantada lo sacaba de la habitación y lo ponía a trabajar en la obra» o «mano dura, mujer, mano dura» o «joder, pues cuando yo tenía veintitrés años lo que menos quería era estar en casa». Ese tipo de frases. Muchas veces. Con toda la riqueza de variantes que uno se anime a imaginar. Lo que dice de mí la gente no me entra por un oído y me sale por el otro. Soy sensible. Mucho. Tal vez demasiado. No estoy vacío. Un mundo lleno de vida bulle dentro de mí: ilusiones, recuerdos, miedos. Observo con dolor como, día a día, se muere mi interior. Y si a ti no te causa gracia, a mí mucho menos. Soy un yonqui, chaval, soy un yonqui. No puedo vivir sin la aguja. Pregúntale a cualquier heroinómano: el caballo se las trae floja; la aguja, chaval, la aguja es lo único que cuenta: las sustancias o te matan o ya no te hacen sentir nada: a largo plazo acaban por perder influencia sobre la conducta del individuo: el ritual es lo que importa, el ritual es lo que enamora y crea adicción. Podría, y puede, y generalmente lo hace, acompañarnos hasta el fin de nuestros días. Ya te digo, lo que es a mí, me importa un pimiento Internet, la tele, el cibersexo. Podría reemplazarlas ahora mismo, por cualquier cosa; pero esto otro, este ritual diario de despertarme, vivir y acostarme siempre en el mismo sitio, desandar cada día el camino desde mi cuerpo esclavo hasta el cuerpo de mi amo, de algún amo —joder—, de eso no escapo ni yo ni nadie. Te preguntarás: ¿quiero escapar? La respuesta es sí. Pero ni siquiera vale la pena intentarlo. Para escapar necesitaría yo estar adentro y que allá afuera hubiese un allá afuera habitable. No es el caso, y ya jamás lo será, al menos por culpa de la última proposición del silogismo.

Pero volvamos a las frases: volvamos a la primera, que no tiene desperdicio: <i«pues si fuera mi hijo, qué quieres que te diga, mujer, de una guantada lo sacaba de la habitación y lo ponía a trabajar en la obra»</i>.

Primer punto, tal vez el más importante: el tipo que dice esa frase es un alfeñique de sesenta kilos y casi los mismos años. Antes de levantarme la mano para darme la guantada ya se habría cagado dos veces encima. Por otra parte es un capullo, se tira a mi madre, y como no es mi padre, pues no me hace gracia. Vamos, supongo que se la tira, supongo que aún se le pone dura. En fin, tampoco es que mi madre valga lo suficiente como para ponerle la polla muy dura a nadie. Parece una puta cerda, ¿sabes lo que te digo, chaval?, una puta cerda. Yo, al menos, jamás me la follaría. Tal vez borracho, pero aún así lo dudo mucho.

Segundo punto: ¿quién sería el beneficiado de que yo saliese de la habitación y me metiera a trabajar en la obra? Dejando de lado el hecho de que no tengo cuerpo de albañil, de que sería incapaz de pegar dos ladrillos y de que la construcción española —si los periódicos digitales no me mienten— está en crisis, ¿quién sería el beneficiado?, ¿yo?, ¿la sociedad?, ¿mi madre?, ¿el empresario que se atreviese a contratarme? Es estúpido, desde lo más profundo, el planteamiento de cualquiera de esas preguntas. La calle no me necesita, y a mí ya me va bien con sus residuos: residuos de los que por otra parte la calle no puede evitar desprenderse. El equilibrio es máximo, o casi, porque podría serlo aún un poco más, y lo será en algún momento, cuando por fin la gente deje ya de esperar nada de mí y de sufrir sin necesidad.



Tengo once cuentas de Messenger. Entro habitualmente a dos de ellas y uso el resto para recibir correo de foros, páginas porno, de contactos, videojuegos, miscelánea.

Gracias a las virtudes del software, podría tener hasta cinco cuentas abiertas de un modo simultáneo, pero con dos ya me va bien. En una tengo a las tías guarras y en la otra al resto de la peña. Mi universo es simple, puedo administrarlo sin mayores problemas: borro, agrego, admito, no admito, me pongo como no conectado. Cuanto más me acerco a lo binario, más en paz me siento y menos miedo tengo. Sería incapaz de vivir en un mundo —ese de allá afuera— cuya complejidad me obligase a comportarme de un modo demasiado diferente.

Son las siete de la mañana. Me voy a acostar.




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