Hugo Plascencia

De La Siega, la enciclopedia libre.

Carnaval de concreto

I

Te fueron revistiendo baldosa a baldosa
hasta que no quedó más remedio
que llamarte ciudad.

Te erigiste hermosa mujer con el efecto de un monstruo
al que todos temen y copulan
y en lo que dura un semáforo
vaciaron las fuentes de tus pezones a besos.

Pero no siempre estuviste hundida y diseminada
en las estrías de la noche
hubo un tiempo en que los iniciados tocaron tu sexo de laúd
como una manzana de miel y amaranto
dura como el caramelo del medio día
hubo un tiempo en que el viento del torcaz
en una ráfaga invocó tu faldón en la hendidura de tus calles y veredas
y hubo malos tiempos con su enfermedad terminal de fin de viaje
donde el hielo no es hielo pero quema.

Me duele el corazón
del lado
derecho
cada vez que tus hijos te llaman ramera
me dan unas ganas de ponerle un sótano a tu memoria
no dejes que el musgo y el miedo delaten tu edad.
Me miro en esta ciudad con tus ojos
en la alta querencia de tu piel de baldosa
que alguna vez tuvo la inocencia de la Venus de Milo.










II

Fuente de rapsodas el centro de mi ciudad.

Soleil en la combustión de un circo:
los mimos meten mano a la ilusión en la explanada,
gesticulan lágrimas de hollín sobre las plazas.

En una esquina mujeres saltimbanquis
izan las agujas contra la embestida del aire
bajo faroles en el periférico de sus tetillas.

En una buhardilla, un fakir lee las líneas de la palma
de una gitana por el botín de la carne.

Clowns, de reinas desahuciadas por canícula,
ensordecen el zumo de las risas en los autobuses.

En el ombligo, funámbulas bailarinas
con el vientre abierto de artificio:
larga playa en el leotardo de sus hombros;
mecen las raíces de los árboles con su silueta,
árboles agotados de romper banquetas.

Una nube pasa,
como algodón de dulce
o sueño,
y entre el público una niña lagrimea caramelo,
y nadie sabe si es parte del perfomance.













III

En esta ciudad las casas
son una caravana de labios de ladrillo cosido.
Las mujeres acuden al monte de piedad
empeñan su timidez como quien simula una sonrisa
por una piedra de fantasía sobre el asfalto.
Otras oníricas y famélicas
concurren en procesión al mercado
donde la fidelidad se pone a prueba
al paladear las vasijas de barro (con el oficio de arqueólogas)
mitigan la ausencia mojada de sus hombres
sobre el frío cuello de cántaro.
Los poetas como las prostitutas son universales,
ambos duermen hasta la hora del almuerzo
guardan en el crin del aullido
la herida de una lengua virgen de unicornio
y una larga e interminable resaca de vida
en el traspatio de la noche anterior,
tocan sus ojeras delicadas y envejecidas tempranamente
con manos bruscas como la espina de una flor al tacto
que despide silenciosa y tintineante
una gota de mercurio sobre las venas,
disfrazan su venganza de despecho
cierran ventanas, tiran llaves
y les ceden la hendidura de su cuerpo
a otra soledad de cerradura
donde el odio pide un rostro y una carne
para ramificarse,
hasta que el ocaso y la ceiba
se confunden en el sedimento del día
en el vértice de la reconciliación.
A altas horas de la noche,
cuando la oscuridad se afianza
sobre las casas apretadas
a nadie le queda duda
un instante dura más que el obstinado invierno
donde la ciudad cifrada se degusta
como una amarga cosecha de vino.
Hasta que la música de los bares fallece
y reencarnan las luces
en el velado rostro de las fábricas y los cabarets.
El final de la jornada se ha convertido en un ritual
donde basta deslizar la mirada de a poco
para ver desfilar por el reflejo de los escaparates
balcones con gesto de ancianos,
calles cansadas de mujeres duras
que hace algún tiempo besaron a un joven poeta
y olvidaron por una extraña razón
al hijo en una puerta que no conocían
con el pretexto de una botella de vino
que ahora, a su vez,
es una gota de mercurio sobre las venas
que cala como el balance de los años
donde no se alcanza a subastar la miseria
en la que se ha bautizado este carnaval.










Cidade de Deus de fondo

En este humilde barrio
lloran las amargas crías sus calles y favelas histéricas,
sobre el manto de una barda yace un dios de graffiti
tan apocalíptico y crucificado como los niños que lo miran,
no es culpa del fútbol que ya se esté cayendo
es sólo que ya se inventó otra religión.





De Calandrias Underground, libro aún inédito.




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