Introito

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Hernán Migoya



Adelanto de la novela Quítame tus sucias manos de encima, que Hernán Migoya publicará con la Editorial Norma.




(Extracto del discurso de nueve horas que Su Excelencia el Presidente del Nuevo Orden Mundial, Hamilton Bagge III, pronunció con motivo de la inauguración del M.I.O. -Museo Internacional de lo Obsolescente-, tal como lo memorizó y reprodujo verbalmente el Voluntario Mayor Lewis Grosz, presente en tal ocasión por obra y gracia de un permiso militar)





…Este libro está mal escrito, pero es el único libro que existe.

Ahí radica su principal y único mérito. (…) (*)

¿Qué es un libro?, se preguntarán ustedes. (…) Un libro es un compendio de ideas expresadas por signos sobre una resma de papeles rellenados, por lo general, por ambas caras. Esos signos son como dibujos con significado abstracto, sin relación alguna con el mundo exterior.

¿Y para qué sirve un libro? Ustedes, compatriotas, a buen seguro lo han adivinado. (…)

Un libro no sirve para nada.

Por eso se dejaron de hacer. Por eso se dejaron de difundir.

Por eso se dejó de escribir.

Ya los antiguos griegos lo predijeron cuando, con gran escándalo de las clases bienpensantes y propulsoras de la nación, se introdujo la escritura en la cuna de su civilización, avanzadilla cierta de la decadencia física y moral por venir: “No hay idea que requiera ser escrita, que merezca la pena ser recordada”, dijeron entonces.

Y así fue. Felizmente.

No hay idea que pueda definirse como humana que merezca sobrevivir fuera de nuestras cabezas sólo como idea, si no es que ha sido convertida en Hecho. La idea por sí sola es un enemigo que hay que combatir, una grieta en el régimen inmunológico de nuestros cuerpos, un virus que va perturbando nuestro sistema de defensas, nuestra imbatibilidad física y espiritual. El exceso de ideas no sólo trastorna el mecanismo de nuestro cerebro, apabullándolo y obturando la correcta ventilación de sus circuitos, sino también incide en nuestra fortaleza física, al contrariar nuestra voluntad y confundir nuestro cuerpo con una miríada de conceptos irreales muchas veces contradictorios y absurdos, hasta hacerlo apagarse y, vencido, autodestruirse, debido a la falta de claridad y unidireccionalidad de la idea que debía insuflarle de energía.

Donde hay muchas ideas, no prevalece ninguna, y ello sólo provoca duda, desconcierto, confusión y, en consecuencia, decadencia, agotamiento y muerte.

El Ser Humano se dio cuenta de ello y concentró toda su energía en convertir la Idea, una sola Idea, en Acto. De esa manera, dio un paso más allá de su propia naturaleza y, sublimando su propia vulnerabilidad, no dejó que ninguna idea nueva o excedente se asentara para crecer como pústula parásita de la acción, como enfermedad aberrante, como una cosecha de hiel y podredumbre, como una absceso malformado que hay que sajar y expulsar antes de que contamine y gangrene al resto del sistema.

Afortunadamente, un día el hombre se dio cuenta de que era esclavo de las ideas.

Y decidió prescindir de ellas.

Y ese hombre fue libre, porque a partir de entonces vivió para el Acto. Y así nació nuestro gran imperio.

Olviden las ideas. Son buenas para nada.

¡Una idea! Una idea está bien. Una idea puede ser el impulso motor de nuestra vida, el propulsor irrefrenable de nuestra patria. Una buena idea sabe adónde se dirige, rauda e imparable, y llega a meta con gloriosa efectividad. Una idea es causa, una idea es larva que hecha efecto se transmuta en pura mariposa de vida. Una idea sola es bella y pura. Más de una ya empieza a ser una complicación.

Una idea es obsesión, y la obsesión un día es realidad. Una idea es el origen de la acción humana, el movimiento más hermoso que jamás haya existido. Más de una idea es un estorbo. Un entorpecimiento del Acto. Un lastre del que hay que liberarse cual detritus de la conciencia.

(…)

¿Por dónde iba? Ah, sí. Más tarde el hombre se dio cuenta de que no merecía la pena expresar mediante ese extravagante sistema de signos llamado escritura ninguna de sus ideas, porque, perdida su valía como vivero de ideas practicables, confirmándose como punto medio donde languidecía su potencial para expresarlas en toda su plenitud, esto es, donde negaba toda posibilidad de ser arranque de una acción, de manifestarse como detonante de una gloriosa realidad, se convertía en excrecencia sin objetivo ni valor práctico, en obstáculo en el mecanismo de la psique humana, y por lo tanto en un valor obsoleto.

El lenguaje escrito murió cuando nos dimos cuenta de que no merecía la pena enumerar, detallar ni escribir las ideas que no puedan ser expresadas de hecho. Casi no merece la pena ni verbalizarlas. Cuando uno se pone a verbalizar en la cabeza, es que algo empieza a ir mal. ¡Ustedes lo saben, yo lo sé!

(…)

Pero hay algo peor que la escritura. Oh, sí, mucho peor. ¿Qué puede haber peor que la escritura?, se preguntarán. Y yo se lo voy a decir:

La ficción.

¿Y qué es la ficción?, musitarán, perplejos. Seguramente, muchos de ustedes es la primera vez que oyen tal palabra.

Pues bien, es muy sencillo: la ficción es el reino de la mentira.

Escuchen y olviden:

La ficción es el resultado de dejar que la mente vague desbocada sin un recio brazo que sujete sus bridas. La ficción era un sistema inmundo que en los antiguos y obsolescentes tiempos los ciudadanos con exceso de pensamiento utilizaban para evadirse de la vida real, de sus propias vidas. Una droga insulsa y despreciable que pretendía comunicar certezas a partir de las mentiras, donde la imaginación era el único tirano entronado, y cuyo auge coincidió con el periodo más negro de la civilización humana, pero también con el surgimiento de la esperanza y el primer atisbo de la gloria que estaba por llegar.

La ficción no sólo alimentó un tanto por ciento muy importante de la escritura. También invadió otros campos, otras maneras de perdurabilidad de las ideas nefastas, de las ideas que no podían convertirse en acción, acto y realidad, acumuladas en negro pelotón: el registro sonoro y el registro visual fueron las más importantes alternativas de la ficción.

Este libro pertenece a ese campo minado de la ficción escrita. Pero ni siquiera es un libro en estado puro, pues este libro ya nació con la condición de híbrido bastardo, como ustedes entenderían si pudieran leerlo. Su autor, un joven perturbado que acabó de manera consecuente con la impiedad de sus actos, no fue el creador original de este libro, sino que cual ladrón viscoso y mezquino decidió apropiarse de una mentira ya existente y reconvertirla en su propia mentira. Así eran los hombres que dedicaban su vida a escribir: robaban a otros hombres sus mentiras y quién sabe si también alguna verdad, se las apropiaban y ofrecían como suyas a sus confiados contemporáneos, para engatusarlos con falsas moralejas repugnantes y lecciones inaplicables.

A robar una mentira de otro hombre se le llamaba, en tiempos oscuros y decadentes, plagiar, que sólo más tarde se convirtió en sinónimo de escribir.

Este hombre plagió su libro de otra ficción ya existente en un formato distinto, también obsoleto en la actualidad: la mentira original procedía de un sistema de captura de imágenes que en tiempos se llamaba cine y que, pese a su efímera existencia, minó y destruyó la moral y los valores de varias generaciones de hombres.

Por suerte, ni los libros ni el cine ni el registro sonoro han llegado a nuestros días.

Acabamos con ellos cuando comprendimos, con el advenimiento de la Nueva Era, que el Superhombre del Mañana no necesitaba otras fuentes de esparcimiento, aleccionamiento o redención que no partieran de la propia realidad: ningún acto de creación hay más edificante y natural que la materialización física de la Idea, ni melodía más bella y pegadiza que el sonido de la batalla, ni crescendo más extasiante ni coda más definitiva que el estertor y expiración del enemigo.

Nada hay más verdadero y memorable que la narración oral de nuestras hazañas: no necesitamos mentiras desnaturalizadas para ensalzar nuestros sentidos, no necesitamos patrañas de espíritus débiles. Nuestra historia viva es el mayor ejemplo de Heroicidad, Superación y Gloria que ninguna historia inventada pueda igualar. Nosotros somos inmortales por nuestros hechos, no por el registro anárquico de nuestras ideas irrealizadas.

Así pues, ¿cuál es el sentido de preservar un objeto tan anecdótico, poco edificante y sin significado ya para nuestra civilización perfecta?

El único sentido que tiene es el de satisfacer nuestra curiosidad por saber cómo éramos, o cómo eran nuestros imperfectos antepasados, por ratificar la caducidad de una cultura decadente y claudicante que por suerte erradicamos por siempre de lo más hondo de nosotros mismos.

Sin embargo, antes de dejar libre en exposición un objeto remanente de una sociedad enterrada, de tal calibre simbólico y tal efecto nocivo, nos hemos asegurado de que su significado quede anestesiado y anulado por siempre jamás en nuestra sociedad de hoy.

Hoy ha muerto en digna batalla la única persona de nuestro Imperio que aún conocía el significado de los signos escritos en este libro, y por lo tanto podía descifrarlo y entenderlo. Esa persona me leyó este libro a mí. Y conmigo morirá su contenido.

No es que dicho contenido sea digno de ser siquiera preservado del conocimiento público como si de un secreto pernicioso para nuestra civilización se tratara. Tal categoría sería indigna de esta menudencia de texto. Simplemente, se trata de una historia inventada, en realidad doblemente inventada, y ninguna historia inventada merece ser expuesta ni mucho menos atraer la atención de ningún ciudadano cabal. Ningún mensaje que no pueda ser ejemplificado mediante la realidad merece ser difundido.

Sólo os diré que es tal la ridiculez de su contenido, tal la puerilidad de sus planteamientos y preocupaciones, que dudo que levantara el más mínimo interés en nadie que no fuera un erudito de la historia pasada. Su Héroe, aunque ya hiciera distinción y discernimiento de rasgos de superioridad racial respecto de su entorno, aunque por momentos parezca aprehender y asimilar la noble tarea que le era guardada a nuestra especie, es en realidad débil y frágil, revelándose un ser de corazón endeble y actitud deleznable, indigno de llamarse hombre y de que su falsa historia sea contada, menos aún conservada en escritura, máxime cuando su ejemplo no es precisamente modélico ni ejemplar para las generaciones venideras.

Ni el Héroe de este libro ni su autor, nada más alejado de un Héroe, hubieran durado dos días en nuestro Imperio.

Dicho esto, sólo resta espacio para el lamento. Qué desgracia que sea éste el libro que los ha sobrevivido a todos. Qué desgracia que no fuera el de nuestro Maestro, nuestro Paladín, nuestro Libertador, quien también por aquellos lejanos tiempos escogió la escritura como primera forma de comunicación de su, más que idea, ideal, el mismo ideal que ha logrado este milagro de armonía, equilibrio y guerra.

Pero su libro sí (…) pereció bajo las manos destructoras de los hombres débiles, lloriqueantes y envidiosos, y en cambio nos ha quedado esta ridícula reliquia de ellos, del mundo infame que estuvieron a punto de legar a la Humanidad.

Así pues, extirpados de todo conocimiento dañino y vergonzante para el alma humana, inmunizados contra la pereza, la cobardía y la tortuosidad de la conciencia del hombre antiguo, vean y contemplen desde hoy, hombres plenos y sanguinarios, esta reliquia del pasado imperfecto, este producto perecedero de una raza ya extinta y que, con sus debilidades y sus lamentos, a duras penas podemos creer que fuera hermana nuestra. Pasen (…) y (…) vean, encerrado en esa urna de cristal, este apenas esbozado y sucio fajo de páginas mal reunidas y manualmente editadas, con pésima técnica y malas artes, que queda como vestigio de un pasado que, a nuestro presente gracias, nunca volverá.

Pasen y vean y estén seguros de que este libro, el único libro que ha sobrevivido al tiempo que todo lo perfecciona, no merece ser leído, decodificado ni comprendido. Y nunca lo será.

Pasen, toquen y huelan, y ríanse como ante el objeto de feria que en realidad es.

“¿Por quién combatiremos?”, le preguntó un guardián a nuestro Dios ante el momento inminente de la derrota y la muerte.

“Por el Hombre que Vendrá”, respondió Él.

Ese Hombre ha Venido. El Hombre que fue Idea y devino Acto.

Y esto SÍ es Verdad.


Nueva Texas, año 2008 de la Era Hitleriana



(*) Debido a un lapso de memoria, Grosz no recuerda lo que Su Excelencia dijo inmediatamente después. No embargante, el resto de omisiones textuales se debe a su intención de ahorrarnos el hastío de la redundancia presidencial y no a su mala retentiva. (Nota del Reproductor Oral)





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